[NÚMERO 19]
DECIMANONA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: Vamos, a usted le toca hacer las leyes sobre el modo de fomentar la industria y artes.
PAYO: Ni lo piense usted, compadre. ¿Qué entiendo yo de ningún arte? Tal vez si hubiera hablado de agricultura puede que por casualidad dijera alguna cosa en su lugar, al fin soy ranchero; pero de artes e industria maldito si entiendo una palabra.
SACRISTÁN: No, ésas son zalagardas(2) de usted para escaparse; pero no valdrán.
Para dictar leyes en favor de las artes, no es menester ser artesano, basta ser filósofo y patriota, y a usted no le faltan ambas cosas. ¿Se acuerda usted de haberme dicho que "mejores son las leyes que evitan el vicio, que las que imponen penas a los viciosos"? ¿Tiene usted presente que también me ha dicho que el mejor modo de destruir los ladrones es fomentar la industria y ahuyentar la miseria? Pues mientras ésta sobre, no han de faltar aquéllos.
PAYO: Sí, me acuerdo de todo.
SACRISTÁN: Pues bien, vea usted cómo tiene disposición para dictar leyes en favor de la industria.
PAYO: Eso prueba que tengo deseos de que se adelante, mas no que soy capaz de dictar los medios para ello, y mucho menos en el día en que las manufacturas inglesas nada dejan qué hacer a los naturales del país.
SACRISTÁN: Es verdad; pero ya he dicho que las grandes dificultades son las que se han de superar, las fáciles cualquiera las destruye. A mí me parece que no es tan imposible fomentar la industria ni las artes, aun en el estado presente, ni con comercio libre con todo el mundo.
PAYO: ¿En qué funda usted esa opinión?
SACRISTÁN: En esto. Los hombres siempre han apetecido y procurádose su bienestar por cuantos medios han podido. La necesidad los obligó, los amaestró la comodidad y los perfeccionó el buen gusto, o si se quiere, el lujo.Los primeros hombres me parece que se cubrieron con pieles de animales, esto les dictó la necesidad. Advirtieron lo molesto del traje, e inventaron los primeros tejidos de cerdas o lanas hiladas. Creeré que serían muy groseros pero se hallaron mejores, y esto les persuadió la comodidad. Finalmente, ya diestros en los tejidos, echaron mano de la seda y el lino, de la grana y el múrice,(3) del oro y de la plata, de las perlas y piedras preciosas para engalanarse y ataviarse. Esto les enseñó el lujo o el buen gusto.
De la misma manera al principio se guarecerían de las inclemencias del tiempo en las garitas o debajo de los árboles, después harían sus casuchas de maderas y ramas, y al fin con el auxilio de la arquitectura levantaron suntuosos edificios y palacios soberbios, y así de todo.
Ahora bien, los hombres no han renunciado ni a su comodidad ni a su vanidad. Ellos no pueden hacerlo todo, luego tienen que valerse de otros que les sirvan y fabriquen lo que necesitan, y éstos se llaman artesanos, los que emplean su habilidad y trabajo en su obsequio, a cambio del dinero que les pagan.
En este caso, es más propio valerse de los presentes que de los ausentes; luego habiendo artesanos americanos y hábiles presentes, serán preferidos a los extranjeros ausentes. Aquí está la solución del problema, indicada naturalmente: hagamos a los americanos tan hábiles y hombres de bien como los ingleses y ya no necesitaremos de éstos, sino que emplearemos en las manufacturas brazos del país que reciban el premio, que por su trabajo se habían de llevar los extranjeros.
PAYO: Pero tal solución no puede realizarla el pueblo; el gobierno es el único que puede llevarla a efecto, y para esto se necesitan buenas leyes primordiales.
SACRISTÁN: ¿Y usted cree que es muy difícil hacer estas leyes y llevarlas al cabo?
PAYO: No, como tenga energía el gobierno para hacer cumplir tales leyes.
SACRISTÁN: Pues compadre, ya cayó usted. Si conoce esto, puede conocer las leyes que convienen y dictarlas. Díctelas, pues, y no perdamos tiempo.
PAYO: Por no ser molesto, escriba usted mis disparates.
Capítulo Primero
Del fomento de la industria o de las artes
Artículo 64. Siendo evidente que el interés es el primer resorte que mueve las pasiones de los hombres, sean las que fueren, se faculta al presidente de la república para que por bando excite a los hábiles extranjeros para que se vengan a radicar en nuestro suelo, bajo las condiciones siguientes:
Primera. Se presentarán al comisionado del gobierno y harán ver el oficio que saben y en qué grado.
Segunda. Si fuere en el primero, esto es, si fueren maestros en el oficio, a satisfacción de los inteligentes, se les habilitará por la nación, en su gobierno federal y en los de los Estados donde quieran radicarse, con casa, instrumentos y dinero para que pongan sus talleres.
Tercera. Éstos se llamarán Talleres Nacionales, y las obras que en ellos se trabajen serán de cuenta del Estado que los proteja, y las utilidades, a su favor.
Cuarta. Será de obligación de los maestros extranjeros recibir en clase de aprendices a los que les remitan los gobiernos respectivos de los Estados, y por cada buen oficial que entreguen, se les gratificará con doscientos pesos.
Quinta. Al momento que se presente un maestro extranjero y sea admitido a poner taller público, se le dará su carta de ciudadano; y además, de toda manufactura hecha por sus aprendices americanos, será la alcabala para el maestro, para lo cual le pondrá su cifra respectiva, que sólo deberá descubrir al gobierno para que la comunique a las aduanas, sin declarar el nombre del maestro.
SACRISTÁN: No entiendo eso.
PAYO: Pues lo explicaré. Míster Lebrun, por ejemplo, pone una fábrica de papel, y en este papel pone la cifra que se le antoje; se la descubre al gobierno, y éste dice a las aduanas (aquí entiendo el gobierno federal y el respectivo de cada Estado; pero todos deben recíprocamente avisarse estas cosas, por medio de circulares, para que todas las aduanas estén avisadas); decía que el gobierno del Estado, donde esto acaezca, dirá a sus aduanas y los demás gobiernos, para que lo avisen a las suyas, lo siguiente: "En este estado de Jalisco (o el que sea) se ha presentado un extranjero fabricante de papel, cuya cifra es ésta (aquí la figura de la cifra), y su explicación es la que privativamente sabe este Estado, lo que participamos a vuestra señoría para que el cobro de alcabala interior que se haga en su Estado, por esta clase de papel, se nos remita para ponerlo en manos del artífice." Es increíble la utilidad que a éste le resultará y lo que se afanaría por enseñar discípulos que lo enriquecieran.
Sexta. Tal privilegio duraría diez años, concluidos los cuales, recalaría a la nación.
Séptima. Ningún extranjero, maestro público, será preso por deuda que no llegue a diez mil pesos, y en causas criminales no será arrastrado a cárceles vergonzosas, sino a las correccionales o cuarteles.
Octava. Desde que comiencen a enseñar americanos, serán tenidos como alcaldes de cuartel, para que con tal autoridad se hagan respetar.
Novena. Aunque lleven dos días de enseñar si se enfermaren, el gobierno los asistirá en sus casas con la misma prolijidad que si hubieran enseñado diez años, avisando por la Gaceta del Gobierno, o por los periódicos donde no haya gaceta, que míster N. se enfermó, que vive en tal parte y que nada le falta, para que el pueblo, que es el legítimo soberano, se satisfaga de la buena fe del gobierno.
Décima. Si el maestro extranjero muriese, se le asignará a su mujer un monte pío de cincuenta pesos mensuales, ora se quede en América, ora se traslade a su patria, bajo las precauciones que dispongan las leyes, esto es, que bajo las condiciones que éstas decreten para saber si existen o no existen las viudas.
Undécima. Concluido el plazo de los diez años, todo maestro extranjero gozará una jubilación de tres mil pesos anuales.
Con semejantes ventajosas ofertas es imposible que no se inundara la república de artesanos habilísimos, que en diez años darían miles de artistas en todas clases, tan buenos o mejores como ellos mismos. Si como estamos haciendo leyes para una república ideal, las hiciéramos para una real y verdadera, yo le juro que sobrarían extranjeros que nos ilustraran aún más allá de nuestras esperanzas.
SACRISTÁN: Es verdad, compadre, pero tales propuestas son ventajosísimas en extremo.
PAYO: No le hace: mayores nos las proporcionarían los extranjeros con su habilidad y enseñanza, pero no estamos en este caso, no sabemos calcular, ahorramos diez, para perder noventa. ¿Qué dice usted, no es éste un cálculo acertado?
SACRISTÁN: Todo eso está bueno para fomentar las artes en lo futuro; pero es menester dictar algunas leyes a su favor para este tiempo, porque el mal es ejecutivo.
PAYO: Diré lo que pueda otra vez, porque ahora vamos a levantar la sesión pública, para entrar en secreta extraordinaria.
SACRISTÁN: Sea enhorabuena. Voy a cerrar la puerta... Ya está.
Sesión secreta
PAYO: Pues con el mayor sigilo ha de saber usted que no hay forma de que los señores canónigos de México se quiten los luengos chaquetones,(4) que les arrastran diez varas más que las caudas que sacan en la seña de la Semana Santa. Sus señorías no quieren quitar las armas de España de la lámpara y demás parajes públicos, ni poner las de la República sobre la fachada de Catedral, ni levantar el mausoleo a las cenizas de los héroes; antes bien, hacen otras cosas que escandalizan. El Pensador, viendo que no valen nuestras insinuaciones, ha tomado la cosa por lo serio y acaba de presentar al Consejo de Gobierno, el siguiente
MEMORIAL
EXCELENTÍSIMO SEÑOR
El capitán de ejército Joaquín Fernández Lizardi, conocido por El Pensador Mexicano, con el debido respeto ante vuestra excelencia, digo que es ya no solamente escandaloso, sino insufrible el público desprecio del venerable Cabildo Eclesiástico de México a nuestras instituciones liberales, cuando por otra parte manifiesta, en cuanto puede, su íntima adhesión al trono de los Borbones.
Por ley general está mandado se quiten de los parajes públicos todos los signos de la dominación española, y a pesar de cuanto he hablado sobre este particular por las prensas, permanecen las armas del rey de España en la lámpara y otros parajes públicos de Catedral. Otra ley también manda que se levante un mausoleo a las cenizas de los primeros defensores de la patria, y ni uno ni otro quiere hacer el Cabildo.
Tampoco quiere colocar sobre la fachada de Catedral las armas de la República Anahuacense, dejando con la mayor impudencia ese hueco vacío, como dispuesto para volver a colocar en él las armas españolas cuando llegue el caso de que nos reconquisten los Borbones... ¡Ah! Desplómese la Catedral y sepúltese en sus mismas ruinas, antes que tan pérfidas esperanzas se realicen.
La adhesión de los canónigos a los monarcas españoles es tan pública como criminal. Dos misas se dicen cada mes en Catedral por los reyes de España; una por los vivos y otra por los difuntos. Estoy persuadido de que en las misas rezadas que digan sus señorías, darán su antigua colecta y en ella pedirán pro regem nostrum Ferdinandum cum prole regia, populo sibi commisso, et exercitu suo ab omni adversitate custodi.(a)
Ni el menor escrúpulo me queda de que sea este juicio temerario, pues cada rato da el Cabildo nuevas pruebas de su amor, respeto e inclinación a los Borbones. El día 30 del pasado mayo hicieron una función clásica a san Fernando, rey de España.
No se crea por este excelentísimo Consejo que me son repugnantes las preces dirigidas a Dios a favor de Fernando VII, considerado como un semejante nuestro; si así fuera, no había cosa más conforme al Evangelio que nos manda orar por nuestros enemigos; pero no es ése el espíritu del Cabildo. Él pide por la conservación de un rey que no cesa de maquinar cuanto puede en nuestra ruina, él da misas por sus antiguos amos, y celebra funciones en honor de san Fernando, no sé si por santo, o por rey de España.
Cuando estos monarcas eran los amos de los canónigos de México, estaba bien que pidieran por los vivos y los difuntos, y que celebraran a san Fernando como los canónigos franceses celebran a san Luis; más ahora que han cambiado las circunstancias, y que la nación mexicana es su legítima ama, pues que a ella le extraen las cuantiosas rentas que disfrutan sin el más mínimo merecimiento, está muy fuera del orden que sean tan cumplidos con su detestable tirano, y tan insolentes, tan ingratos con la misma nación que los enriquece y los tolera. ¿Por qué esas dos misas no las celebran una por el presidente y demás gobernadores de la República, y otras por las almas de los difuntos defensores de la patria? ¿Por qué así como hacen fiesta a san Fernando, no se la hacen a san Miguel Arcángel, cuyo nombre tuvo nuestro primer heroico corifeo? ¿Y por qué, por último, no se da la colecta pidiéndose públicamente por nuestro presidente, por todos los que gobiernan y por la nación y su ejército?
Si estos excesos del Cabildo no salieran de la Catedral, siempre serían malos, mas no traerían otras perniciosas trascendencias, tales como el mal ejemplo de insubordinación que dan al pueblo, y la murmuración que excitan en el mismo contra el gobierno. Sí, Excelentísimo señor: es mucho lo que se murmura, y no en secreto, el disimulo del gobierno en esta parte. Unos lo atribuyen a debilidad y otros a cobardía y miedo que se le tiene a los canónigos. Yo no sufragaré a tan crudas opiniones, antes bien este disimulo del gobierno lo atribuyo a prudencia, porque las cosas no tomen otro aspecto; pero señor excelentísimo, ¿podrá el gobierno ni deberá usar de prudencia por más tiempo contra las públicas infracciones de la ley? La bella Temis, la justicia santa, ¿permitirá que el obispo de Sonora(5) haya quedado impune, después de declararse traidor a la patria bajo su firma, en aquel insidioso y sedicioso manifiesto que imprimió en Guadalajara e hizo circular en todos los Estados, y esto al mismo tiempo en que un consejo de guerra despacha al patíbulo al inocente Basiliso Valdés?(6) Sí, señor, este oficial desgraciado era un inocente en comparación del obispo de Sonora.
Esta misma justicia ¿sufrirá por más tiempo que los canónigos de México no sólo desobedezcan las leyes escandalosamente, sino que ultrajen y vilipendien no solamente al gobierno, sino a toda la nación en masa, porque toda ella se resiente de que en su seno se toleren tan decididos borbonistas?
Callos se nos han hecho en las orejas (permítaseme esta sencilla frase), callos digo, excelentísimo señor, tenemos en los oídos de oír proclamar la igualdad ante la ley; pero yo la busco y no la encuentro muchas veces: ésta es una de ellas. ¿Qué me hiciera el gobierno si yo, teniendo coche, pusiera en él las armas de Fernando VII? ¿Qué pena me aplicara si publicara un papel en que probara que la Independencia era una usurpación al rey de España y que nuestras autoridades eran unos ateístas excomulgados? Y, por fin, ¿qué destino se me diera si yo desobedeciera al gobierno en una cosa que particularmente me mandara? ¡Ah!, los castillos y los suplicios se prepararan contra mí, y justamente; pues los mismos delitos han cometido el obispo de Sonora y los canónigos de México; pero delante de sus señorías enmudecen las leyes, queda sin vigor la Carta Santa y los primeros magistrados no se atreven a sostenerla. ¿Qué dirán de nosotros las naciones cuando noten que el gobierno que no teme el furor de la encantada Liga,(7) todo se acuita y se entumece a la presencia de cuatro clérigos envueltos en ocho varas de tafetán o sarga?(8) ¿No es natural que nos ridiculicen y que nos tengan por los más fanáticos del mundo, más a propósito para ser gobernados por Moisés y Aarón, que por Rómulo o Licurgo?
Además, ¿no es una ingratitud intolerable la de estos reverendos capitulares que no se acomoden con nuestro sistema, y sí se avengan con nuestros pesos? ¿Por qué si no quieren ser independientes, no piden su pasaporte y se marchan a España, a servir a su amo y señor Fernando VII? Así se ahorraría el mal ejemplo que están dando, y el gobierno se hallaría con esas rentas, o para premiar a mil beneméritos que perdieron sus bienes, y expusieron sus vidas por la patria, o para el sostenimiento de las tropas, de estas tropas que aseguran nuestra independencia y libertad y que, sin duda, son más necesarias que todos los canónigos inútiles y regalones del mundo.
Yo no tengo la culpa de ser patriota, el amor de mi nación dicta mis palabras: soy ciudadano y en uso de la acción popular que me conceden las leyes, reclamo en toda forma ante este sabio Consejo el cumplimiento de ellas. A esta respetable Asamblea toca el refrenar estos abusos; y es puntualmente la primera atribución que le concede nuestra Constitución. Dice así: "Artículo primero. Velar sobre la observancia de la Constitución, de la Acta Constitutiva y leyes generales, formando expediente sobre cualquier incidente relativo a estos objetos." Pues aquí están infringidas por el Cabildo las leyes generales; mi presente escrito, que es una formal acusación, es un incidente harto grave; luego, a vuestra excelencia toca formar el expediente respectivo, en uso de su primera atribución. Por tanto, a vuestra excelencia suplico se sirva formarlo y consultar al Poder Ejecutivo, a efecto de que mande que el venerable Cabildo quite inmediatamente de la lámpara y de todos los lugares públicos de Catedral todos y cualquier signo de la dominación española; y asimismo que a la mayor brevedad se levante en el Altar llamado de los Reyes un magnífico mausoleo, donde se depositen solemnemente las santas reliquias de nuestros primeros defensores, y que se coloquen en la fachada de la Catedral las armas de la República, lo más lujosas que se puedan; si pudieren ser de oro, será lo mejor, pues la nación a quien al fin le ha de costar, es muy rica, y los canónigos lo quedarán con ese gasto que no saldrá de sus bolsillos, sino de los pobres labradores, a quienes sacrifican con los diezmos.
Si vuestra excelencia decretare de conformidad con mi pedimento, cubrirá el honor nacional altamente ultrajado por el Cabildo Eclesiástico de México, y llenará los deberes de la justicia, que juro con lo necesario, etcétera. México, junio 7 de 1825. Excelentísimo señor. Joaquín Fernández de Lizardi.
PAYO: ¿Qué le parece a usted el tal escrito?
SACRISTÁN: Él no tiene nada de elocuente; pero está claro y bien fundado, que es lo que basta.
PAYO: ¿Y qué piensa usted que resolverá el Consejo?
SACRISTÁN: Si es justo y patriota, como seguramente lo será, y si no tiene miedo a los canónigos, es regular que todo lo tome en consideración y que haga cuanto esté de su parte para que el venerable Cabildo no continúe burlándose, como hasta aquí, de las leyes del gobierno y de los buenos mexicanos.
PAYO: Dios lo haga, compadre.
México, junio 7 de 1825.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) zalagardas. Astucia maliciosa con la que uno procura engañar a otro, afectando obsequio y cortesía.
(3) múrice. Gasterópodo que segrega un líquido color púrpura usado por los antiguos para teñir la ropa. Por extensión, múrice significa tal líquido.
(4) chaquetones. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(a) En castellano dice: te pedimos, Señor, que guardes a nuestro rey Fernando con su real familia y el pueblo que le está encomendado, y que libres a su ejército de toda adversidad.
(5) obispo de Sonora. Cf. nota 15 al núm. 5 del t. II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(6) Basiliso Valdés. Cf. nota 7 al núm. 17 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(7) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.