[NÚMERO 18]
Jueves 30 de diciembre de 1813(1)
Concluye el diálogo extranjero
FRANCÉS: En efecto, monsieur, usted dice muy bien: sería lo mejor imponer un gravamen a los coches, destinado por lo menos a la compostura de las calles que maltratan; lo que no debía de salir de otros fondos que de los dueños de coches, pues no es justo que lo que se recauda del público con otros impuestos se gaste en reparar el perjuicio que causan los muebles de dos o tres mil particulares.
ITALIANO: Pero ¿usted no me dirá quién le pondrá el cascabel al gato?
FRANCÉS: Seguramente que no.
ITALIANO: Pues dígame usted, y dispense tantas preguntas...
FRANCÉS: Pregunte usted más que el catecismo, porque mañana me largo para Francia, y así ésta es la última conversación. Se lo advierto a usted para que pregunte cuanto quiera, ya sea con orden, ya sea saltando por donde le acomode.
ITALIANO: Pues ¿quién con esos truenos duerme? Preguntaré a usted más que tonto en tierra que no ha visto. ¿Dígame qué tales están los caminos y hosterías de Indias?
FRANCÉS: A excepción de muy pocos, los más están de los demonios. Sin embargo, todos se llaman caminos reales; pero lo son de conejos o pájaros porque están intransitables. Sólo con leer los partes oficiales de las Gacetas se sabe que hay parajes en donde apenas se puede andar. No se lee otra cosa sino que en tal y tal parte se fugaron los insurgentes por lo montuoso y áspero de los lugares.
ITALIANO: Y las tropas ¿por qué no van por donde los insurgentes?
FRANCÉS: Porque las tropas es otra gente, no rancheros rurales como los insurgentes, que los más son jinetes y conocen el terreno, y así se dejan ir por una ladera y se enmarañan en un monte que ni el diablo que los siga.
ITALIANO. ¿Qué tal el carácter de los americanos?
FRANCÉS: Oh, monsieur, ésa es una pregunta difícil de responder con acierto. Sea lo primero que yo no traté a todos los americanos, sino a los de México, y así no puedo responder por todos; y sea lo segundo, que el tiempo que estuve fue muy corto para comprenderlos; sin embargo, diré a usted de los que traté lo que pude advertir, según mi corta comprensión.
ITALIANO: Con eso me contento.
FRANCÉS: Pues mire usted, los españoles americanos tienen mil bellas prendas, que les hacen de un carácter apreciable, aunque por desgracia estas prendas están matizadas con unos peros que las deslucen. En efecto, son hombres, y como tales tienen sus vicios y virtudes como todo hijo de vecino. Hablo en lo común, no en lo general, pues no hay regla sin excepción. Americanos habrá que, estando llenos de todo lo bueno, carecerán de los defectos que noté en los más de ellos y no en todos, que eso quiere decir, en lo común y no en lo general.
ITALIANO: Pues explíquese usted con alguna más claridad para que lo entienda.
FRANCÉS: Vea usted: los americanos son capaces, esto es, tienen capacidad y talento, como he dicho a usted, para aprender cuanto hace el más hábil de otra nación, para imitarlo y aun excederlo, pues hombres que trabajan con tanta perfección sólo mirando y sin instrumentos propios, ¿qué hicieran aprendiendo y con los auxilios de las herramientas más delicadas? Por lo que toca a las ciencias, digo lo mismo. Si hay en América tantos sabios, dificultándoseles tanto las mejores obras extranjeras que hay escritas sobre todas las materias, y allá suelen llegar por alambique, faltándoles las escuelas, academias y bibliotecas públicas de que abunda la Europa,(a) y, lo más cierto y sensible, faltándoles los premios justos a sus tareas, ¿qué fueran, provistos de buenos libros, auxiliados de doctas escuelas e instimulados con grandes premios?
Pero después de esto..., tenga usted cuidado con los peros. Digo que en América hay muchos sabios; pero hay infinitamente muchos más ignorantes por educación, no por naturaleza. Me explicaré, porque yo gusto que me entiendan hasta los aguadores, y cuando escribo jamás uso voces exóticas o extrañas, no porque las ignore, sino porque no trato de que me admiren cuatro cultos, sino de que me entiendan los más rudos. Vamos al caso.
Hay ignorantes por naturaleza y hay ignorantes por educación. Los ignorantes por naturaleza son aquellos cuya potencia comprensiva está tan obstruida o embarazada, tal vez por la organización de sus cerebros, que apenas penetran las cosas más groseras y materiales, y aun éstas las confunden y las revuelven de una manera prodigiosa; digo prodigiosa, porque éste es un mecanismo que el más profundo filósofo no bastará a explicar, habiendo tantos que se atreven a casi demostrar la economía con que pensamos acertadamente; pero ninguno he leído que me resuelva: ¿por qué un insultado, un loco o un tonto (que son los ignorantes por naturaleza), tal vez tienen unos intervalos en que discurren lúcidamente sobre algunos asuntos delicados y se producen con unas agudezas exquisitas, y en las materias más triviales son unos topos de primera? Pues de esta clase de tontos apenas hallará usted en América.
Los ignorantes por educación son aquellos que, teniendo un entendimiento proporcionado para adquirir muchas ideas, se quedan sin ellas, porque ni se las imprimen con la enseñanza, ni ellos se aplican a indagarlas con la aplicación, semejantes a aquellos que, teniendo una buena espada, jamás se defienden en un encuentro, porque no saben su manejo, y así ni la sacan de la vaina. De éstos puntualmente hay innumerables en América, cuyos padres, tan ignorantes como ellos apenas se consuelan y aun satisfacen con ponerlos a la escuela a que sepan lo que pueden enseñarles unos maestros pedantes y mercenarios de barato; pues aunque México tienen algunos profesores sabios, como éstos se hacen pagar de su trabajo, les parecen caros a los padres de que hablo, y ponen a sus hijos con unos maestros que necesitan de aprender. De ahí es que uno de éstos enseña lo que sabe, esto es, leer muy mal y sonsoneteando; escribir peor y sin ortografía el catecismo del padre Ripalda, y sin explicación, y santas pascuas. Y en esto de política, urbanidad, gramática castellana, algo de historia, geografía, principios de religión y derecho público, que todo esto debía entrar en el corazón de los niños junto con la primera leche que maman, ni palabra; porque los maestros apenas saben quién a Dios quiere seguir. Esto es decirle a usted en dos palabras que en América hay muchos talentos, pero falta el cultivo para que luzcan.
Los americanos son liberales; pero declinan en pródigos o desperdiciados.(b) Y esta nota de disipadores se las han echado en cara sus émulos muchas veces, y no entienden. A causa de este vicio hay muchos envueltos en la miseria que deberían vivir con desahogo. Verá usted que no se paran en dar cualquier dinero por una friolera, como lleve el sobrenombre de moda. En las mujeres que gastan la plata y en los hombres que se lo permiten llega esta prodigalidad al extremo de locura, y de locura que no se creyera si no se hubiera visto. En tiempo de don Manuelito Godoy, el agente de éste, Branciforte(2) (que por pecados de los criollos fue virrey de México) tuvo habilidad para desemperlar a las señoras de aquella ciudad valiéndose de su preocupación o simpleza. Hizo que su mujer, hermana del de Alcudia, se adornase el cuello con corales y fingiese abandonar las perlas. No fue menester más para que al instante las señoras mexicanas, estrechísimas modistas y tenaces aduladoras, abandonaran efectivamente las mejores perlas y diesen un increíble valor a los corales (que hasta entonces eran adorno propio de las indias pobres), de modo que no era madama de gusto ni del día la que no traía [e]l pescuezo coloreando como toro matado en las corridas del día;(c) y mientras ellas arrinconaban las perlas, el virrey las compraba baratas por medio de sus satélites; y así recogió en perlas un tesoro, quizá por la mitad de su valor. Así que el virrey se fue y que no vieron las mexicanas un excelentísimo cuello godoyano guarnecido de corales, sino los de las indias sus paisanas, se quitaron los suyos y echaron menos sus perlas. ¿Qué le parece a usted? ¿No son simplísimas las americanitas? ¿No son aduloncísimas? Ya se ve, oí decir que hubo tiempo en que se quitaron un diente, seco y sin llover, sólo por adular a una virreina que tenía este defecto; semejantes a los adulones de Alejandro que andaban corcovados sólo porque el emperador tenía la cabeza inclinada sobre un hombro. Estos entes sí deben llamarse con toda verdad inciviles, autómatas y tontos, pues o no conocen sus locuras siendo tan claras, o si las conocen, van contra los gritos de la razón por capricho, por vanidad o por lisonja.
Lo de las perlas fue ayer; pero hoy se puede decir han acabado de ejecutoriar otra prueba de su bobería. En América es costumbre comer pescado el día de Navidad, así como ensalada con dulce, revoltijo de romeritos, frijoles gordos, nogada, etcétera. Pues, amigo, el año de [18]13 no entró pescado en México porque los insurgentes no lo dejaron pasar de Veracruz a la capital, o porque a los pescados no se les antojó acercarse a las playas (estarían ocupadísimos en el importantísimo asunto de sus elecciones), o por lo que a usted le diere gana; ello es que apenas entró un poquito de pescado, que los comerciantes compraron a veinte y vendieron a treinta y cuarenta y aun cincuenta pesos arroba, de modo que el corriente se menudeó a doce reales fuertes(3) libra, que es decir, a treinta reales de vellón.(4) ¡Ha visto usted cosa más escandalosa! Pues hay más. Se sacó el pescado podrido y hediondo y se vendió en las plazas a seis reales (de cuya compra acaso se seguirán mil enfermedades; ¡quiera Dios que no preparen las naturalezas a otra peste, como la que acabaron de padecer en el mismo año de [18]13!); pues, amigo, se acabó el pescado carísimo; se acabó el caro y podrido; hubo mujer que empleó tres pesos en dos libras de pescado y se quedó sin naguas blancas; otros, sin pagar la casa; otros, sin zapatos; otros, sin comprar una camisa; pero ¿cómo había de ser Nochebuena y no comer pescado? ¡Jesús! ¡Quién lo había de consentir! ¡Casa en donde no se coma pescado no parece Nochebuena! Pero no hay para pagar las drogas, no hay para remendar al muchacho, no hay para socorrer una necesidad, etcétera. Ésta es la gente de Indias en punto a desperdiciada. Yo creo que no hay comerciantes a quienes se lleve el diablo más fácilmente que a los de América, como que están en ocasión más próxima de robar, ayudándoles los compradores con su tontera.
ITALIANO: ¡Voto a Judas! ¡No les diera una desintería(5) a todos esos bobos que han comido pescado podrido y tan caro! ¡Voto a! ¡Qué gente tan majadera! ¿No podían esperarse a otra vez para cumplir su antojo?
FRANCÉS: No, monsieur; el caso es que se coma pescado en Nochebuena, y más que tenga gusanos y valga a peso de oro.
ITALIANO: ¡Reniego de su simpleza, que entra en la clase de incivilidad e idiotismo!
FRANCÉS: Los americanos se precian de muy amantes a su patria; pero son muy desamorados con sus paisanos. Allí no verá usted que americano rico auxilie ni socorra al pobre, aunque sea su pariente; el paisanaje no influye nada en el corazón de aquellos egoístas; no verá usted sino mil infelices abatidos, no sólo por sus paisanos, sino por sus parientes acomodados, y verá usted que éstos prefieren a los extraños a los mismos suyos cuando se ofrece destinarlos en alguna tienda, hacienda, etcétera. Los americanos son dóciles, pero su docilidad pasa en algunos a una cobardía vergonzosa. Son valientes, pero arrojados hasta el extremo de locura. En el tiempo de la insurrección se oían algunas hazañas semejantes a las que se leen de los doce pares de Francia: el resultado es salir mal las más ocasiones. Los americanos son muy religiosos y católicos, pero tienen algunas supersticiones de que necesitan purgarse, especialmente los pobres y las mujeres. El vicio mayor que les noté fue la desunión que tienen entre sí, la que es causa de que ni se socorran, ni se civilicen, ni se instruyan; el americano que tiene dinero no es para nadie, sino para él; se mete en su círculo como la tortuga en su concha, y nadie de sus paisanos pobres tiene esperanza de participar de su fortuna; antes debe recelarse de él, porque el americano es naturalmente altivo y orgulloso; pero con dinero es insufrible. Es tal su desunión que degenera en insociabilidad. Rara vez oirá usted cuatro criollos juntos en su paseo, y más raras los oirá usted llamarse de paisanos Lo común es andar cada familia por su lado, sin asociarse con la del vecino. Si entra usted en un café, advertirá el mayor silencio, como todos los concurrentes sean americanos y no hayan tenido anticipadas relaciones de conocimiento. Esta desunión es la causa de su poco cultivo, de sus muchas y recíprocas necesidades que los afligen. Por desunidos han sido pobres; por desunidos el comercio ha sido para ellos un arcano; por desunidos han sido lisonjeros viles muchas veces; por desunidos han perecido de hambre, teniendo de oro su casa; por desunidos han sido, en fin, y lo serán, esclavos de la ignorancia y de la tiranía de las pasiones; porque el hombre que no se une con un rico siempre será pobre, y el que no se junta con un sabio siempre será ignorante; así como el que anda con un justo es santo y el que se acompaña con un malo es perverso.
No es lo peor que los americanos tengan estos defectos; lo endiablado está en que no los conocen, y como no los conocen, no procuran salir de ellos; y es lástima, ciertamente, teniendo entre sí unos maestros completos de sufrimientos, de economía, de amistad y de lo que se debe llamar amor patrio, cuales son por la mayor parte los españoles europeos. Los americanos muy bien les advierten estas prendas; pero hay algunos tan cerrados de mollera que, no pudiendo negarlas, las dan una interpretación maliciosa. Al sufrimiento con que un pobre europeo tolera, cuando es pobre, treinta mil majaderías de su amo, llaman hipocresía o necesidad. A la constancia con que trabajan, llaman ambición. A la economía con que guardan, califican de miseria. A la franqueza con que se socorren mutuamente, apellidan interés, porque los socorridos les callen sus defectos secretos, etcétera, etcétera.
Esto, a la verdad, es un error que no admite disculpa. Yo he de conceder ingenuamente que entre los europeos hay algunos peores que el pan de cazabe, como dicen los habaneros; he de permitir que sean muchos, pero jamás concederé que sean todos. Diré que entre aquéllos siempre se ha advertido cierta soberbia y un espíritu dominante, devuelto con una sórdida avaricia disculpable; pero diré también que hay muchos muy buenos en quienes no se ha visto sino honradez, afección particular a los criollos y un desinterés generoso y públicamente manifestado.
A más de esto, sabemos que todo hombre tiene sus vicios y virtudes, y que no hay nación alguna cuyos habitantes sean todos malos ni todos buenos. En virtud de esto, ¿por qué ha de haber americanos tan sandios y emponzoñados que han de negar lo que la naturaleza grita y las historias acuerdan? ¿Por qué si me ha robado un negro he de decir que todos los negros son ladrones? ¿Por qué si una mujer hermosa me ha ofendido, he de decir que es fea? Diga que es loca en hora buena; pero no fea, porque todo el mundo está mirando mi mentira. ¿Y por qué, por último, no he de querer aprovecharme de las armas con que mi enemigo me ha enseñado a vencer? Éstas son tonteras o enigmas que yo no entiendo; pero hay algunos miserables mortales tan preocupados en aquel reino, que no sólo cierran los ojos a la razón, sino que matriculan entre sus aborrecidos a aquel que la conoce. Si un americano hiciera estas reflexiones, otros al instante dirían: Ya éste se degradó; es un adulador; está alucinado; es un chaqueta.(6) Pero yo, si fuera el tal americano, me reiría de ellos y oiría sus sarcasmos con una lástima despreciante, creyendo bien compensadas mis tareas con el remedio de algunos abusos públicos y privados, y con el aprecio que me dispensaron los hombres de juicio y de virtud, que siempre son pocos en los reinos.
Tan carecen, amigo, estas verdades de toda ponderación y lisonja, que se puede decir que no hay en Indias cosa más probada. Todos los días se ven españoles europeos que arriban a México envueltos en un embreado y calzados de unas groseras alpargatas, y a pocos años los ve usted rozando sedas y acaso rodando coche. ¿En qué está esto? ¿Es México Jauja? No, porque hay mil infelices en cada calle. ¿Se han eximido los europeos de la maldición de Dios al primer hombre in sudore vultus tui vesceris panem? Tampoco. Pues ¿en qué está la decantada fortuna de los españoles en América con preferencia a los hijos del país? No es impenetrable la causa. El que tiene, ama, socorre y protege al que no tiene; el que no tiene, sufre, trabaja, guarda y ayuna hasta que tiene. He aquí desenredado todo el busilis de la dificultad. Los criollos no son así. El que tiene, tiene para sí; es muy poquito y mentecato y jamás participa de su suerte con otro paisano, aunque lo vea rabiar de hambre; y lo que no tiene, no hace por tener, antes desperdicia lo poco que adquiere. El gachupín rico favorece al gachupín pobre, el criollo rico no trata sino de servirse, cuando más, del criollo pobre; pero nunca de darle la mano, ponerlo en zancos ni hacerlo gente. El europeo pobre sufre todas las imprudencias de su amo mientras cría uñas; el americano nunca las cría, porque le acomoda sufrir nada. El español guarda y se amarra la tripa mientras puede resollar con libertad, de modo que cuando gasta veinte pesos en una francachela, ya tiene, o en giro o reunidos, mil o dos mil. El indiano jamás guarda ni para otro día; hoy tiene diez pesos, y si es menester se gasta veinte, quedándose con la droga de los otros diez. Esta no es liberalidad, sino desperdicio, así como aquélla no es ruindad, sino prudente economía.
Éste es, en suma, el carácter de los americanos, según entiendo. Vuelvo a decir que no hablo en general y que hay criollos que carecen de estos vicios; pero no son los más.
ITALIANO: A mí me ha satisfecho el detalle y ahora conozco que usted no adula nunca a los americanos.
FRANCÉS: Ni a los europeos tampoco. Lo bueno que he dicho de los más de ellos es verdad, y lo malo también. Para mí el criollo malo es lo mismo que el europeo, y el buen americano es igual al buen español. El que tenga defectos de los que he dicho, que se enmiende, que el amor de la verdad prefiere al de la patria, y éste no consiste en adular los vicios de los paisanos para que los fomenten, sino en ridiculizarlos para que los detesten. Siempre alabaré al bueno sea quien fuere; pero jamás al malo, si fuera mi padre, porque no quiero caiga sobre mí aquel anatema que se lee en los Proverbios (capítulo 24, versículo 24): "Los pueblos maldecirán y detestarán las generaciones a aquellos que dicen al impío, eres justo." Y con esto, a Dios, monsieur.
ITALIANO: A Dios, excelentísimo.
CUCHUFLETA
Año nuevo, regidores nuevos y carretones pintados de nuevo. ¿Será nueva la resolución de unos y el gobierno de otros? ¿Se cuidará que haya alumbrado en los arrabales? ¿Se multiplicarán los guardas? ¿Se aumentarán los carros? ¿Se tratará sobre extirpar la mendicidad? ¿Se hará que no roben los coches simones(7) un real de más en cada cuarto de hora? ¿Se procurará hacer común la moneda tlaquearia?(8) ¿Se velará sobre el monopolio? ¿Se abolirán los traspasos? ¿Y se remediarán otras cosas? Así lo debemos esperar confiados en la misericordia de Dios.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) No cuenta el reino sino con cuatro colegios donde se enseña en diez años lo que se puede aprender en tres, y se enseña mucho de lo que no se debía aprender jamás. No hay sino biblioteca y media, si se puede contar con la de la Universidad o el alcázar de Minerva (que hoy es de Marte); en estas bibliotecas (la de la Universidad y la Turriana) [La biblioteca de la Universidad o Alcázar de Minerva fue fundada por Manuel Ignacio Beye Cisneros y Quijano. Se inauguró el 18 de octubre de 1762. La Biblioteca Turriana era la de la Catedral Metropolitana. El doctor Luis Torres Quintero y sus sobrinos Cayetano y Luis Antonio Torres Quiñón legaron sus bibliotecas a la Catedral, además de veinte mil pesos para la construcción del edificio, motivo por el que fue conocida como "Turriana"], faltan las mejores obras modernas, porque vienen de éstas muy pocas, porque cuestan mucho y porque no hay muchos doctores Torres que dejen sus libros para la pública instrucción. No hay en América una Academia pública de bellas letras. Deseos tenemos de ver una escuela de poesía, de historia natural, de idiomas griego y hebreo, ni aun de las lenguas vivas como francesa, inglesa, italiana, etcétera, ¡qué mucho! No hay un colegio donde se enseñe medicina. Esta ciencia tan interesante a la humanidad sólo se aprende (si se aprende) en los cortos ratos que se cursan las cátedras de prima, vísperas y méthodo mendedi en la Universidad; lo demás de la enseñanza se libra en la instrucción de algún buen médico, que se ha hecho tal con su constante estudio y afanosa práctica a la cabecera de los enfermos. Atendido todo esto, es un milagro que haya algunos sabios en América, y en efecto hay muchos y respetables: de éstos no habla el Francés.
(b) No faltan, sin embargo, algunos (como en otras partes del mundo) tan mezquinos y rateros que ni para ellos son buenos: su dinero no sirve ni a Dios ni al diablo; y así no son capaces de hacer una caridad ni de satisfacer una pasión por no gastar un peso. ¡Qué infierno tan desabrido les espera!
(2) Branciforte. Cf. t. I, núm. 5, nota 8.
(c) Tienen estos pobres animales la desgracia de sufrir diez o doce estocadas para morir. ¡Gracias a su mansedumbre y a la destreza de sus suegros!
(3) reales fuertes. Monedas que los españoles labraron en México. Cada real fuerte valía dos reales y un vellón.
(4) reales de vellón. Monedas de plata; cada una valía treinta y cuatro maravedís, equivalente a cinco céntimos de peseta.
(5) desintería. Vulgarismo por disentería.
(6) chaqueta. Apodo que se daba a los partidarios de los españoles.
(7) coches simones. Coches de alquiler.
(8) moneda tlaquearia. Forma derivada de tlaco, moneda ínfima.