[NÚMERO 17]
DECIMASÉPTIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: Conque ¿cómo va, compadre? ¿Cómo se siente usted?
PAYO: Con este frío se me ha empeorado el reumatismo; paso unos días fatales y sólo las visitas de usted me alivian más que las del médico.
SACRISTÁN: Como a mí las de usted y las sencilleces de Rosita. Por fin, ¿ha variado de intento? ¿Vuelve a querer ser monja?
PAYO: Ni por pienso. La anterior conversación de usted la desanimó enteramente.
SACRISTÁN: Ésa fue obra de don Jacintito, no mía.
PAYO: También de usted. Ella es sencillota, pero no tonta. Si usted oyera lo que me dijo, después que usted se fue.
SACRISTÁN: ¿Sí?, ¿qué le dijo?
PAYO: Mil cosas; pero es mejor que lo oiga de su boca. Rosita... Rosita...
ROSITA: Mande usted, señor padre.
SACRISTÁN: ¿Cómo te va ahijadita?
ROSITA: Bien señor padrinito, ¿y a usted?
SACRISTÁN: Siéntate. No tengo más novedad sino el escrúpulo de un grande robo que he hecho.
ROSITA: ¡Usted, robo! No lo creo.
SACRISTÁN: Sí, yo le he robado una esposa a Jesucristo, persuadiéndote que no fueras monja como querías.
ROSITA: No tenga usted cuidado; antes de la persuasión de usted ya yo no quería serlo.
PAYO: ¿Pues entonces cómo me estabas engañando?
ROSITA: Porque me daba vergüenza que me tuvieran por veleidosa.
PAYO: Y si sigues con esa vergüenza y yo hago los gastos ¿qué hubieras hecho?
ROSITA: Quién sabe.
SACRISTÁN: No quién sabe. Tal vez entras monja, profesas, te acuerdas de don Jacintito, te desesperas y te lleva el diablo. Esto es lo corriente; el ¿qué dirán?, hace más monjas que Dios. Pero ¿estás convencida de que es muy dificultoso ser buena monja?
ROSITA: Me parece que es menester tanta vocación para ser monja como para ser mártir; y me admiro al ver tanta monja, esto es, tantas mujeres tan santas y tan heroicas que han podido y pueden resistir a los impulsos de la naturaleza, sin quebrantar el voto de castidad en toda su vida ni por obra, palabra ni pensamiento. Si las monjas son mujeres como yo, si la naturaleza obra en ellas como en mí, si Dios las cría para compañeras de los hombres, es mucha firmeza y mucha valentía el resistir constantemente a tantas seducciones.
SACRISTÁN: Pero, hija, con la ayuda de Dios...
ROSITA: ¡Oh!, esa ayuda y esos auxilios eficaces no son tan comunes como las monjas.
SACRISTÁN: ¿Pues tú qué hicieras si fueras hombre y confesor para probar el espíritu de una niña que quisiera ser monja y saber si su vocación era verdadera o falsa?
ROSITA: ¡Oh!, eso me sería muy fácil.
SACRISTÁN: ¡Muy fácil! Cuando los maestros de espíritu, los teólogos místicos y los consumados directores espirituales prescriben tantas reglas, que necesitan particular estudio, para esto de examinar las vocaciones, ¿tú, una muchachita ignorante, dices que es una cosa muy fácil?
ROSITA: Sí lo es, y vea usted cuál fuera mi prueba. A la muchacha que se confesara conmigo y me comunicara que quería ser monja, le dijera yo: Pues bien, hija, antes de que tu padre haga los gastos, ni pretendas el hábito, ni se divulgue tu pretensión, yo te voy a dar tu año de noviciado; la observancia de los diez mandamientos no debe ser muy difícil como que se apoyan en la naturaleza, y para obrar conforme a lo que ésta nos inspira no se necesitan milagros ni hacernos mayor violencia. Esto supuesto, si en todo un año, tú no quebrantares ni por pensamiento, palabra ni obra ningún precepto del decálogo, puede, puede allá como por cosa rara, que seas buena monja; pero si quebrantas alguno, desde luego no eres para tal estado. Se entiende que siempre me has de descubrir tu corazón como es, porque si me vienes a hacer el vinatero, entonces ya no hay nada, tú te engañas y me engañas a mí.
SACRISTÁN: Ésa es una prueba muy rara y yo no la he visto en ningún autor teológico de los que tiene mi amo el cura; ¿pero en qué te fundarás para hacerlo?
ROSITA: En una cuenta muy fácil. La niña débil que no puede caminar derecha sin dar mil tropezones con el peso de diez libras, menos podrá con las diez libras y cuatro arrobas más. Las libras son los preceptos del decálogo, las arrobas, los tres consejos del Evangelio, a saber: pobreza voluntaria, estado de castidad y vida de obediencia, y la otra arroba, que ni es precepto, ni consejo evangélico, sino mera invención devota consentida por la Iglesia (ya sabe usted que hablo del voto de clausura perpetua), esto quiere decir, que si yo fuera padre le negara mi aprobación a la niña que no pudiera guardar los diez mandamientos en un año, pues la que no puede con diez preceptos naturales menos podrá con los tres consejos evangélicos y el de clausura, que elevados a preceptos por los votos, son más pesados.
SACRISTÁN: Y si en el año tu hija de confesión no quebrantaba un precepto, ¿qué le dirías?
ROSITA: Que hiciera votos por un año, que era el plazo en que estaba probada, y como tal vez, pasado el año, pudiera quebrantar alguno de los diez preceptos, más fácilmente pasado ese plazo, pudiera quebrantar los votos; y así yo no la fiara.
SACRISTÁN: Pues entonces, tú necesitarás saber que una niña no quebrantaba los diez preceptos toda su vida para permitirla ser monja.
ROSITA: Así fuera, porque si no podemos ser buenos, ¿cómo tenemos el orgullo de pensar que podremos ser perfectos?
SACRISTÁN: Admirado estoy de oírte. Te me has vuelto una doctora entre las manos; pero no hay remedio, tú dices bien y por eso sería bueno que los votos no fueran perpetuos; sino que cuando más, duraran un año; de manera que las interesadas experimentaran si podían o no observarlos, y, de consiguiente, quedando en libertad de relajarlos o renovarlos, habría menos monjas arrepentidas y desesperadas; pero me parece, hija mía, que tal cosa no la veremos nosotros, porque yo no sé qué tiene este México, que siempre es el último en imitar y aun en promover estas necesarísimas reformas.
PAYO: Ahora que dice usted reformas, estaba yo pensando que no hay modo de pintar el águila mexicana sobre la fachada de la puerta principal de Catedral ni con carbón, ni con almagre, sino que se ha quedado aquel hueco donde estaban las armas del rey, como esperando su santo advenimiento, y quizá porque no se queden iguales huecos, no se quitan las armas de la lámpara.
SACRISTÁN: Hay muchos contrabandos de ésos en México que no sé por qué no se quitan, estando a la vista y paciencia de todo el mundo; sino que antes que se conservan con empeño. La torre de la iglesia de Jesús Nazareno(2)parece un azabache de prieta; pero las armas de Cortés permanecen y emblanquecidas; en el águila de la fuente de la plaza de Santo Domingo(3)están las armas del rey, las de Cortés están en las casas del Estado... Ya se ve que ésas no son casas de la nación ni las haciendas y grandes posesiones que tiene en esta República, sino de los señores y muy señores nuestros, los duques de la Conquista, como legítimos dueños y señores que son y fueron de esas tierras y casas habidas con la bendición del rey y del papa Alejandro VI,(4) por el ínclito y nunca bien ponderado caballero, el señor don Fernando Cortés, quien las hubo santa y pacíficamente por el glorioso y justo(5) título de conquista.
PAYO: Compadre, ¿qué habla usted de veras?
SACRISTÁN: Pues de veras, compadre.
PAYO: No lo creo, ¿cómo ha de ser justo ese título de conquista no siendo éste otro sino el de la usurpación y de la fuerza? Yo me espanto, sí, yo me escandalizo, me río, me desespero, y a veces me he querido romper la cabeza contra la pared al ver la quieta y pacífica posesión en que han quedado los descendientes de Cortés de todas esas casas y ricos mayorazgos que en el día disfrutan, perteneciendo éstos por todos cuatro costados a la nación americana.
SACRISTÁN: Cuando las autoridades lo permiten, razón y justicia habrá para ello.
PAYO: Pues yo, salvo el debido respeto a las autoridades, no he de creer que hay justicia para gozar tranquilamente lo usurpado, aunque me lo diga el mismísimo Justiniano; porque si hay razón para que los descendientes de Cortés disfruten los bienes que aquél se robó, sólo porque se los dejó en herencia, la misma razón hay para que Fernando VII disfrute de las Américas que le dejaron en herencia sus antecesores de Cortés, tanto arguye de injusta la Independencia.
SACRISTÁN: Compadre, el argumento de usted aprieta mucho, y si tanto peca el que mata la vaca como el que le tiene la pata, yo no sé cómo les vendrán las botas a las autoridades que permiten que los herederos de un ladrón gocen quieta y pacíficamente los bienes que aquél se robó después de descubierto el fraude, y habiendo parte legítima que pida la restitución de dichos bienes, porque hasta el refrán dice que donde grita el cochino se le suelta el lazo.(6)
PAYO: ¿Y cuál es esa parte que pide?
SACRISTÁN: Los pobres del Estado de México y de otros Estados donde tiene posesiones Cortés. ¿No es un dolor ver que en México no hay un hospital general, ni una casa de niños expósitos donde se socorra la humanidad doliente e inocente, y que el señor duque de la Conquista tenga aquí su apoderado, su gobernador y dependientes que le recojan y remitan cuantiosas sumas de pesos que, como está probado, no le pertenecen? No sé cómo subsanarán sus conciencias ante Dios las autoridades que, por respetos humanos, han concur[ri]do, quizá sin advertirlo, a privar a la nación de estos bienes muy suyos. Bien sé que estas verdades son amargas para los interesados; pero no importa, son verdades, y lo más amargo es que se desprecien.
PAYO: Ahora que dijo usted respetos humanos, yo quisiera que los jueces no respetaran tanto a los ladrones, porque éstos no respetan a ninguno. El robo es tan descarado en México que no se puede salir sin escolta; por los papeles públicos sabemos que roban de día en los paseos y, en siguiendo como vamos, dentro de poco será menester salir desnudos a la calle.
SACRISTÁN: Compadre, quién sabe en qué está eso, porque la justicia persigue a los ladrones, los pone en la cárcel, les forma sus causas, y...
PAYO: ¿Y qué, compadre? Después de eso no se hace nada, porque las causas no se sustancian, no se sentencian o si se sentencian, se echan a dormir y no se ejecutan a los reos, y mientras tanto, éstos se fugan y salen a cometer nuevos robos y asesinatos. Luego que cogen a un ladrón... ¡Jesús!, ¡qué de prisa andan todos los jueces, escribanos y corchetes para engrillarlo, separarlo, tomarle la declaración preparatoria, hacerle los cargos y careos, tomarle su confesión con cargo, recibir el memorial ajustado, la causa a prueba, y todos los demás periquitos que los ladrones saben de memoria! Y al fin de todo, ¿qué sucede? Que las causas se echan a dormir y los criminales a velar para ver cómo se escapan y vuelven a las andanzas; vuelven a caer y vuelven a salir; y así hay reo de éstos que debe quince muertes y multitud de robos, y a la hora de ésta andan en sus santos ejercicios.
SACRISTÁN: Pero, compadre, tal vez se dilatan las causas porque así lo exigen los trámites.
PAYO: ¡Qué trámites ni qué calabazas! Cuando se quiere, no andan las causas, vuelan. Al pobre de Basiliso Valdés(7) lo despacharon al otro mundo en ocho días; al capitán Marchena(8) y al "Archivista", en horas los juzgaron, sentenciaron y despacharon a sus destinos; y a un atajo de pillos ladrones y matones no se pueden escarmentar, sino que se contentan con empaquetarlos en la cárcel mientras tienen lugar de fugarse.
SACRISTÁN: ¿Y qué remedio encuentra usted para que las causas anden pronto y los ladrones no se queden impunes?
PAYO: Nomás uno: la Acordada, la Acordada, la Acordada,(9) en los términos que le diré a usted otro día, porque ahora estoy rabiando ya con esta maldita pierna. El sábado espero a usted, no para platicar, sino para que leamos un papel de nuestro amigo, El Pensador, titulado Las sombras de Conchita e Iturbide,(10) y que después se lleve a pasear a mi Rosita.
México, octubre 27 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) iglesia de Jesús Nazareno. Es anexa al Hospital de Jesús, fue fundada por Cortés. El sitio que ocupa la iglesia se llamaba antes de la conquista Huitzillan. La calle del Rastro era la que estaba frente al hospital. Lucas Alamán dice al respecto: "Cortés destinó para su fundación la manzana entera que hoy ocupan la iglesia y el hospital y otros edificios pertenecientes a éste. Comprende su área once mil novecientas y cuatro varas cuadradas, por ser noventa y tres las que tiene de extensión al frente de Norte a Sur, y ciento veintiocho el costado de Oriente a Poniente. El frente mira a la plazuela de la Paja [parte de la manzana comprendida entre las avenidas de la República del Salvador y José Ma. Pino Suárez y el callejón del Parque del Conde], que es una ampliación y continuación de la calle del Rastro: por el costado del Sur se termina con la calle por donde antiguamente corría una acequia, que por la calle de la Puerta Falsa de la Merced [8ª y 9ª de San Agustín, ahora Uruguay], venía atravesando dos manzanas de casas a salir a la esquina del Puente de San Dimas, y desde aquí sesgando por entre las casas, pasaba por la calle del Puente de la Aduana Vieja [1ª, 5ª y 6ª de 5 de Febrero son lo que era Aduana Vieja y Puente de la Aduana Vieja], terminaba tras de Regina, en la del Puente de Monzón [4ª calle de Mesones], por la cual iba a reunirse con otras. Por el Poniente y Norte limitan el cuadro la calle Cerrada de Jesús y la plazuela en que está el mercado [de Jesús] que es propiedad del hospital, por cuya razón, y la de pagar censo al mismo hospital algunas de las calles vecinas por el terreno sobre el que están fabricadas, que se puede presumir que el que se tornó en su principio fue mayor que el que ocupa efectivamente ahora." Cf. Artemio de Valle-Arizpe, Historia de la ciudad de México, 4ª ed., México, Pedro Robredo, 1946, p. 198.
(3) Plaza de Santo Domingo. Cf. nota 3 al núm. 11 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(4) Alejandro VI. Cf. nota 5 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(5) Fernando Cortés. Para saber los bienes de Hernán Cortés cf. Nuevos documentos relativos a los bienes de Hernán Cortés. Publicaciones del Archivo General de la Nación en cooperación con la Universidad Nacional.
(6) En el tomo II núm. 15 de este mismo periódico emplea la variante: "Donde grita el cochino se le suelta el mecate."
(7) Basiliso Valdés. El 28 de marzo de 1824 estuvo a punto de estallar una revolución regenteada por Basiliso Valdés, oficial subalterno, que buscaba atacar la existencia del gobierno, matar y robar a los españoles e incendiar el Parián. Se le acusó de iturbidista y él aseguró detestarle en su papel Don Antonio siempre el mismo. "Yo le defendí en esta acusación primera, y salió absuelto en el segundo jurado. Formó en el cuartel donde se hallaba preso la conspiración, y fué aprehendido en el acto mismo de consumarla: condenósele a muerte, y fué ejecutado en la mañana del 15 de abril, en la plazuela de la Paja junto a Jesús Nazareno, en un patíbulo alto y enlutado." Cf. Carlos María Bustamante, Historia del emperador Agustín de Iturbide hasta su muerte y sus consecuencias; y establecimiento de una república popular federal, México, Imprenta de I. Cumplido, 1846, p. 234.
(8) capitán José Marchena. Alamán sostuvo que los masones lo enviaron a espiar los pasos de Iturbide, y que tramó con Mejía, en un viaje a Veracruz en que ambos acompañaban a Bravo, una conspiración contra la vida de Iturbide. Bravo se enteró de ella y amenazó con matar a quienes llevaran a término tales planes. En México a través de los siglos se dice que Alamán tergiversa los hechos, puesto que fue el mismo Lucas Alamán, ministro de Relaciones, quien dio a Marchena la misión de espiar y delatar a Iturbide. En esta obra se presentan documentos para avalar esta información.
(9) Acordada. La cárcel de la Acordada se estableció primero en los galerones del Castillo de Chapultepec; más tarde fue transladada a San Fernando; después al caserón llamado del Obraje, que estaba en la esquina de las calles de Revillagigedo y Avenida Juaréz. El Ayuntamiento delimitó un terreno que colindaba con este caserón para la constitución de un nuevo edificio que sirviese como cárcel. Entre el nuevo edificio y el caserón del Obraje se dejó una calle que se llamó de la Acordada, hoy Balderas. La cárcel de la Acordada quedaba exactamente en la contraesquina, hacia el sur, de la capilla del Calvario.
(10) Las sombras de Concha e Iturbide. Diálogo. México, Oficina de Ontiveros, 26 de octubre de 1824.