[NÚMERO 16]
SOBRE UNA MATERIA INTERESANTE
Jueves 16 de diciembre de 1813(1)
Cuando me comprometí con el público a darle dos papeles cada semana, pensaba yo que esto era cosa de "mañana nos veremos".(a) Pero después que he visto el peso de la obligación que me impuse, he renegado más de una vez de tal oficio depensador; porque como no está la dificultad en dar los dos papeles, sino en darlos tales que agraden a los lectores, y esto no siempre se puede por las actuales críticas circunstancias,(b) se sigue el que muchas semanas me veo atrojado sin saber qué cosa escribir, pensando que si escribo sobre esta materia se enojan unos, si sobre aquélla se incomodan otros, y así de todos y de todo.
La semana presente es una de ellas: en estas diferencias se ha pasado el tiempo. Ya estamos en vísperas de jueves y yo aún no me resuelvo a escribir. Los subscriptores han de esperar su papel, aunque sea para envolver el turrón en la próxima pascua, y el público lo ha de querer también, aunque sea para matar su curiosidad. He aquí la fuerza del compromiso. Pues a lo último, yo no sé qué decir esta semana, aun sobrándome qué; porque si siempre se ha de saber lo que se dice, no siempre se puede decir lo que se sabe. Pero ahora me ha ocurrido un medio arrogante con que salir de esta apuración. Voy a registrar mis cartapacios, que entre ellos es regular que encuentre con alguna cosa vieja y razonable con que pueda salir de mi empeño... Dicho y hecho; ya hallé un papelón medio roto y oliscando a chocolate de monja que, aunque mal escrito, entiendo que dice:
Diálogo entre un Francés y un Italiano sobre la América Septentrional
ITALIANO: ¡Oh, señor excelentísimo!(c) Bienvenido sea usted; ¿cómo ha ido de Indias?
FRANCÉS: ¡Oh, monsieur, grandemente! ¿Y usted?
ITALIANO: No tengo novedad. ¿Cuándo llegó usted?
FRANCÉS: Ayer desembarqué, y hoy mismo he querido tener la satisfacción de abrazar a mi amigo el caballero de Spazzoni.
ITALIANO: Servidor de vuestra excelencia. ¿Y qué le han parecido a usted las Indias? Que aquí los que no conocemos el mundo sino por los libros, nos agrada mucho la relación de los viajeros como testigos de toda veneración.
FRANCÉS: Amigo: yo estuve en la América cuatro años, siempre ocupado en mis negocios de comercio, y así apenas tengo una instrucción superficial, incapaz por lo mismo de llenar el hueco de la curiosidad de usted y de otros aficionados a noticias verdaderas e imparciales.
ITALIANO: Sin embargo, sin embargo, usted con su penetración supliría bien la falta de tiempo, y poseerá unos conocimientos no vulgares. ¿Estuvo usted en México?
FRANCÉS: Sí, señor, mi destino me condujo a la capital con preferencia.
ITALIANO: Usted estuvo en España antes de ir a la América, ¿no es verdad?
FRANCÉS: Sí, señor.
ITALIANO: ¡Oh, amigo! ¿Usted conseguiría algún buen empleo para pasar a ella?
FRANCÉS: No, señor, porque cuando estuve en España era muy pobre, y ya usted sabe que los empleos se suelen conseguir sin méritos, pero no sin dinero; y así, ¿qué empleo había de llevar?
ITALIANO: Pues, hombre, ¿cómo se atrevió usted a emprender un viaje tan dilatado a una tierra remota, sin reales, sin destino y sin apoyo?
FRANCÉS: Sin reales y sin destino es verdad; pero no sin apoyo, porque fui a establecer, de los primeros, una clase de comercio sin principal, que me ha valido un pan para toda mi vida.
ITALIANO: Enigmas me parecen las palabras de usted: ¡comercio sin principal! ¿Cómo puede ser eso?
FRANCÉS: Muy bien, y luego que llegué puse mi tienda.
ITALIANO: ¿Tienda?
FRANCÉS: Sí, señor.
ITALIANO: ¿Y tienda de qué?
FRANCÉS: De modas.
ITALIANO: Pero aun para tienda de modas, ¿no necesitó usted principal?
FRANCÉS: Sí necesité; pero no necesité llevarlo, porque luego que conocieron los comerciantes mi habilidad, se las apostaron a quién primero me habilitaba con rengues,(2) listones, escarcha, oropel, canutillo, lentejuela y otras maritatas.(3)
ITALIANO: Cada rato me admiro más. ¿Y en efecto usted se desempeñó pronto?
FRANCÉS: ¡Toma, si me desempeñé! Y no sólo, sino que en los cuatro años comí, bebí, paseé, gasté, hice un gran papel entre los señores de México y, después de todo, me he traído seis mil duros con qué pasarlo en mi tierra alegremente.
ITALIANO: ¡Yo estoy encantado! Hombre, usted me vuelve loco, yo sé que usted es muy sencillo y verdadero; pero sin embargo, dígame usted, ¿es verdad lo que me está contando o trata de divertirse?
FRANCÉS: No, señor, es muy cierto cuanto le he dicho a usted.
ITALIANO: ¡Válgate Dios! Esto me parece novela.
FRANCÉS: ¿Y en qué estriba la dificultad que tiene usted para el asenso?
ITALIANO: ¿Cómo en qué? En treinta mil cosas. Ir a las Indias sin destino ni dinero; hallar luego luego protección; consistir ésta en oropel, cintas y brichos;(4)poner tienda de modas; adquirir crédito al instante; hacerse repagar sus cachivaches y trapitos al ciento por uno (porque no puede haber sino menos); comer, beber, pasear, triunfar largamente; ostentar de personaje un trapero modista (perdone usted, que soy ingenuo y estoy espantado), y luego traerse seis mil duros en el corto tiempo de cuatro años... ¡Vamos, que esto es cosa de ir a dar a una enfermería de locos!
FRANCÉS: Pues si usted conociera el carácter de los americanos, no tendría embarazo para creer esto y mucho más.
ITALIANO: Antes de preguntar por su carácter, dígame usted, ¿son todos muy ricos? Porque aunque sean más liberales que Alejandro, si no tienen mucha plata, no pueden hacer uso de ese carácter.
FRANCÉS: Mire usted, hay de todo con desproporción. Esto es, hay una multitud de pobres de mediana clase, que jamás respiran con libertad ni gozan todo lo que apetecen; hay una infinidad de gente vaga, viciosa y miserable que, o no come, o si come es mal, y si viste es peor; pero hay algunos pocos ricos, que cada uno de ellos es bastante a comprar treinta condazgos y cincuenta baronías de su tierra de usted y quedarse tan poderoso como antes.
ITALIANO: ¿Es posible?
FRANCÉS: Sí, señor.
ITALIANO: Pero éstos algunos no son muchos, y usted para gastar y hacerse del principal que tiene, no había menester algunos, sino muchos.
FRANCÉS: En eso hay dos cosas que advertir: la primera, que los consumidores de las primeras modas son esos algunos que digo; y como el carácter de éstos es el desperdicio (especialmente entre las mujeres, que son las que nos hacen el plato), no se paran en dar lo que se les pide por cualquier friolera, aunque sea una telaraña, con tal que sea moda y se le ponga el nombre de extranjera. Yo y una muchacha mexicana, con quien me casé buenamente mientras estuve en América, hacíamos de noche pañueletitas de rengue, sombrerillos, casquetitos, abanicos de papel y otras mil zarandajas, y a otro día pasaban en la tienda por recién llegadas de París. Así las vendíamos muy bien a los ricos y no muy mal a los pobres, porque...
ITALIANO: Párese usted, hombre, ¿cómo es eso de a los pobres? ¿Pues qué también los pobres son modistas?
FRANCÉS: ¡Bueno es eso! Modistas son, y muy modistas; y qué sé yo si más aficionados y liberales para eso que los ricos.
ITALIANO: ¡Parece paradoja!
FRANCÉS: Es realidad. Que la mujer de un hombre que tiene quinientos o seiscientos mil pesos, o cuatro o cinco millones de principal, dé, por ejemplo, treinta pesos por un abanico de papel, ¿a quién le hará fuerza? Pero que dé veinte por el mismo abanico la mujer de un pobre abogado, de un médico, de un oficinista o de un militar que siempre andan a la cuarta pregunta, llenos de drogas y congojas, ¿no es cosa que admira y que prueba su demasiada afición a las modas extranjeras?
ITALIANO: Amigo, a mí eso no me admira: me escandaliza. ¡Cáspita, y qué gente será la de las Indias! No puede menos que ser muy loca o ignorante.
FRANCÉS: Sobre lo loca yo no me atrevo a responder; pero por lo que toca a lo ignorante, aseguro a usted que no lo es.
ITALIANO: Pues prescindiendo del desperdicio de las modas, yo he oído decir, y no me acuerdo en qué papel remitido de allá he leído que, a excepción de unos cuantos, los demás son unos inciviles, necios, autómatas o monos zambos.
FRANCÉS: Mire usted, ya usted sabe la diferencia que hay entre un ignorante y un necio. Un hombre de gran talento puede ser ignorante hasta que no reciba la instrucción necesaria sobre lo que ignora, en cuyo caso deja de ser ignorante. El necio, como que no está dotado de talento o capacidad, jamás se penetrará de la enseñanza y, de consiguiente, jamás dejará de ser necio. De aquí se deduce, y bien, que en aquella tierra donde se puedan hallar muchos ignorantes, acaso no se hallan muchos necios.
ITALIANO: ¿Y a qué viene eso en la América?
FRANCÉS: A esto. Yo soy extranjero, y por extranjero debo ser imparcial. Mas soy francés y por razón política debo ser enemigo de los americanos, por las generales que les tocan con España, con cuya potencia está mi nación en campaña, y por lo mismo debería hablar muy mal de España y de todos sus aliados; pero antes que francés y que enemigo soy hombre racional, y jamás me he dejado seducir de las pasiones. Mañana seremos amigos y me sonrojaría si supiese que yo había producido unas expresiones denigrativas de la América contra la verdad y la justicia. Los americanos, lo mismo que los europeos y los asiáticos, son hombres y tienen sus virtudes y sus vicios, y a mí siempre me ha de oír usted hablar de una y otras con la verdad propia de un hombre de bien, hermano y amigo de todos los hombres del mundo; en cuya inteligencia digo a usted que quien ha dicho que la mayor parte de los americanos son unas máquinas, o no los conoce, o los aborrece de muerte; porque la única regla que a mí me parece infalible para probar que un hombre es tonto es que no aprenda después de procurarle una buena y constante enseñanza. Ésta es la que puntualmente ha faltado a los americanos; luego ¿cómo se probará que son estólidos, cuando ha faltado el barómetro para graduar su ingenio en lo general? (que en lo particular el mundo todo sabe cuánto es el talento de los criollos). Pero aun hablando de toda la masa del pueblo, probarán que carece de instrucción, pero no de capacidad.
ITALIANO. Pero oiga usted, de una proposición negativa no se deduce una afirmativa. De que yo no sea ladrón no se sigue que sea limosnero; y así, de que no se haya enseñado a los americanos no se concluye que tengan talento.
FRANCÉS: Cierto que el argumento es sofístico, y perdone usted. Es verdad que no toda negativa prueba una afirmativa; pero también lo es que hay negativas cuyas afirmativas son consecuencias rectas: verbigracia, de que Pedro no tenga órdenes, necesariamente se deduce que es lego o secular. No digo por esto que este ejemplito sirva a esta otra proposición: los americanos no han tenido instrucción, luego son sabios. Aquí no se puede deducir, porque la instrucción ajena no prueba talento propio; pero sí se deduce bien esta otra: los americanos no han tenido instrucción, luego calificarlos de necios es calumnia; porque, como dije, la instrucción buena y constante es el único medio justo para graduar los ingenios.
ITALIANO: Mucho le acomoda a usted el estilo de la escuela.
FRANCÉS: Es el viejo, pero persuade. A más, que usted me comenzó a hablar en ese idioma y fue preciso contestar en el mismo. Pero qué dice usted, ¿se convence o no de que los americanos no son autómatas, como ha oído decir?
ITALIANO: A lo menos me convenzo de que, supuesta la falta de enseñanza, no pueden calificarse de tales sin pruebas más robustas.
FRANCÉS: Con eso me contento. Y si yo le dijera a usted que los americanos (siempre entienda usted los más en número, incluyendo el pueblo bajo) aprenden fácilmente cuanto les enseñan, ¿qué diría?
ITALIANO: Diría que tienen capacidad, y que el que tiene capacidad no es tonto.
FRANCÉS: Y si yo le dijera a usted que entre los americanos hay infinitos que hacen muchas cosas sin enseñanza y sólo con verlas las imitan, ¿qué diría?
ITALIANO: Diría que eso, a más que capacidad regular, prueba un talento superior a otras naciones.
FRANCÉS: Pues esto hay en América, amigo, y muchos que viven en ella lo ignoran.
ITALIANO: Pues según eso, ¿serán capaces de hacer relojes, fusiles, cañones, obuses, etcétera; montar en firme, tejer el lino, hacer paños, terciopelos, medias y todo cuanto se hace en nuestras tierras?
FRANCÉS: Tan lo son, que lo han hecho y lo harán todas las veces que quieran. El reloj de la Metropolitana de México es un público testimonio de la habilidad de los americanos, por serlo su autor, a quien conocí, y era don Francisco Rangel,(5) un pobre habilísimo, el mejor artífice que tienen en la maestranza; pero siempre de escasa fortuna: si fuera extranjero tendría coche, y se haría pagar bien sus obras. Vea usted si hay o no habilidades en América. Le he citado a usted a este individuo y un artefacto suyo, no porque sea el único, sino por ser el más público.
ITALIANO: ¿Y en qué estará que prefieran los americanos las obras extranjeras a las de su suelo?
FRANCÉS: En muchas cosas. Una de ellas es aquel genio inconstante y novelero que se le ha pegado de la Francia como por reflexión; basta que se diga que una cosa es extranjera para que se aprecie sobre cuantas hagan sus paisanos. Con esto consiguen dos cosas: les chupamos el dinero fácilmente, y falta en América la aplicación al trabajo, como que falta el estímulo del premio.
ITALIANO: ¿Y ésa no es tontera?
FRANCÉS: No, señor, es capricho, es preocupación, y esto no prueba falta de talento. Cada nación tiene sus ideas bobales,(6) de que tarde o nunca se desprenden, y sin embargo no las calificamos de necias. En el mismo París son tan pagados de las modas extranjeras y de la novedad, que, a más de las que inventan, copian diariamente y disfrazan los vestidos y costumbres de otros países; y llega a ser tal esta locura, que en un mismo día no se sabe cuál es la última moda en dos cuarteles de la ciudad. Tanto así varían, y esta variedad ha cundido a España con fanatismo. De modo que aún hoy que estamos en guerra con los españoles, no se desdeñan éstos de imitarnos; y lo mismo son los americanos, aunque más tarde. España es el mono de la Francia, y la América el mono de la España. Esto es lo que hay: monería, no tontera.
ITALIANO: Muy interesado veo yo a usted por los americanos.
FRANCÉS: A la verdad que mi interés está de parte de la razón, y acerca de su habilidad y talento, crea usted que nada le he dicho; pregunte usted a cuantos hayan estado en América y los oirá desatarse en elogios de sus luces, y lea algunos autores que ha escrito de las Indias, como Torquemada, Herrera, Clavijero, Granados,(7) y otros, y verá conformarse su parecer con el mío. Pero quien hace más elogios de sus luces es fray Antonio Calancha;(8) no digo a usted sus expresiones porque le han de parecer exageradas...; pero las doce han dado, y dos amigos me esperan en la posada a tomar la sopa. ¿Usted gusta?
ITALIANO: Mil gracias... Pero yo no quiero saber tan poco de las Indias. ¿Cuándo me hace usted el favor de volver a continuar esta sesión?
FRANCÉS: Es regular que el jueves. Agur.
ITALIANO: A Dios, excelentísimo mi señor.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) Estas vulgaridades adornan el estilo jocoserio. A los pseudocríticos.
(b) Disculpa de moda y general para saltar por donde acomoda.
(c) Los italianos son muy liberales en sus honras.
(2) rengues. Tela de hilo o algodón muy rala. Cf. Santamaría. Dic. mej.
(3) maritatas. Baratijas. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(4) brichos. Hojas de plata u oro que sirven para bordar letras y grabados.
(5) Francisco Rangel. José Francisco Dimas Rangel. Relojero mexicano. Dedicó su ingenio a la física y matemáticas. Fue el realizador del reloj de la Catedral metropolitana y de las dos campanas de la misma. Escribió la Advertencia para el buen uso de los relojes de faltriquera y para hacer juicio de su bondad y Discurso físico sobre la formación de las auroras boreales.
(6) bobales. [Persona boba. Cf. María Moliner, Dic. de uso del español, 1998].
(7) Granados. Joaquín Granados (¿-1794). Franciscano, prelado y escritor español. Obispo de Durango y Sonora. Escribió: Tardes americanas, Gobierno gentil, Breve y particular noticia de toda la historia indiana, y otras obras.