[NÚMERO 16]
Miércoles 7 de marzo de 1827
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PAPAS
JUAN ANGLICANO
O PAPISA JUANA
De 854 a 855
El espíritu de ambición que reinaba en la silla romana no podía menos de contagiar a los que observasen el alto grado a que habían subido los papas en lo respectivo a honores, poder y riquezas. En el pontificado de León IV se hallaba en Roma una persona de las muchas extranjeras que concurrían a formar su domicilio en la ciudad pontifical, que comenzaba ya a ser centro de las fortunas. Una mujer (que algunos dicen haberse llamado Gilberta por nombre propio, y ser natural de Maguncia) recibió de la naturaleza un talento perspicaz, genio emprendedor, atrevido y capaz de cualquier empresa. En su consecuencia no tuvo reparo en abandonar al tiempo de su pubertad la casa de sus padres, disfrazarse con vestido de hombre para viajar en concepto de estudiante. Se apropió el nombre de Juan; fue peregrinando hasta la ciudad de Atenas, donde ya florecían las ciencias, particularmente la filosofía de su tiempo, la jurisprudencia y la teología. Se dedicó primero a las gramáticas latina y griega; sabidas ambas estudió teología, y, hechos progresos extraordinarios en la retórica y artes liberales, pasó a Roma, donde adquirió por su literatura (muy superior a la común de los romanos) estimación muy distinguida en las casas de los personajes principales. Allí y en Atenas dijo siempre ser natural de Inglaterra. Hubo quien le propusiera ser clérigo, prometiéndole suerte feliz, y Juan el Anglicano (con cuyo nombre se le distinguía de otros juanes) tuvo el capricho de acceder a la propuesta.
Muerto el papa León IV en 17 de julio del año 854, fue Juan elegido papa romano y, procedida la confirmación imperial, se le consagró como verdadero sumo pontífice a su edad de 38 años o poco más, en fines de septiembre del mismo año 854. Si nos atenemos a lo que resulta impreso en algunas historias de los siglos medios, duró su pontificado dos años, cinco meses y cinco días. Platina,(6) en las vidas de los papas, dice que un año, un mes y cuatro días. Yo soy de opinión que no llegó al año, sino solos cinco meses y cinco días, y que las palabras dos años fueron añadidas, por alguno de los que copiaban las historias, por equivocación o malicia, pues de todo hay muchos ejemplares en los códices anteriores al arte divino de la imprenta. Pero aun cuando se quiera sostener la opinión común de los dos años, cinco meses y cinco días, no por eso resultará fabulosa como escribieron Baronio,(7) Labbé(8) y Blondel;(9) pues en tal caso se debe ajustar la cuenta de los pontificados de Gregorio IV, Sergio II, León IV, Juan VIII, Benito III, Nicolás I y Adriano II, del modo que lo hizo con gravísimos fundamentos el autor de la historia de la papisa Juana, en francés, sacada a la disertación latina de míster de Spanhein,(10) segunda edición, año de 1758.
Cuando se le anunció la elección estaba grávida de tres meses. Debía bastar esto para que renunciara a la dignidad pontificia, prescindiendo ahora de las obligaciones de conciencia. El espíritu de ambición le sugirió la idea de que podría, con el auxilio de su amante, ocultar preñado y parto. Pero éste se verificó en marzo de 855 de una manera horrible. Caminando a San Juan de Letrán le acometieron dolores acerbísimos en la calle pública entre el Coliseo de Nerón y el Templo de San Clemente. Procuró resistir y disimular, pero esto mismo la perjudicó, porque parió en la calle y murió del parto allí mismo, repentinamente.
Fue tan público el suceso escandaloso que no era posible disimular la infamia, por lo cual se prefirió el extremo de acordar se borrase de todas partes el nombre del papa Juan VIII, y aun su existencia. Como la publicidad no se podía excusar en todo el orbe cristiano, creyeron luego los romanos purificar su fama dando a todo el mundo testimonio auténtico de que no habían elegido aquel papa con noticia ni sospecha de la verdad; a este fin erigieron un monumento infamante. Se hizo la estatua de una mujer en actitud de morir desesperada y rabiando con los dolores de parto, y se colocó en el paraje de la tragedia, donde perseveró hasta el pontificado de san Pío V, que mandó arruinar el monumento y arrojar al río la estatua.
Lo extraordinario del suceso dio motivo también a cierto acuerdo que la decencia reprobaría si la necesidad no la autorizase. Se consideró indispensable que cuantas veces hubiera elección pontifical, otras tantas se adquiriese certificación infalible de ser varón el electo. Para conseguirlo de suerte que no se violara el pudor en público, se construyó una silla pontifical de mármol muy grandiosa y magnífica, en cierto paraje elevado, con todas las apariencias de un trono preparado para quien haya de presidir la congregación; pero con el asiento horadado, a manera de silla de comodidad para remediar necesidades corporales, sobre la cual había el vacío conducente a poder estar un hombre bajo el trono y tocar los genitales del sentado. Un encargado de instruir le auxiliaba para que se pusiera el electo en disposición conveniente. Conocido el sexo gritaba el comisionado papam virum habemus, esto es, varón es el electo papa. En seguida le aclamaban y tributaban respetos, esperando la confirmación imperial para consagrarle sumo pontífice, la cual costumbre duró algunos siglos. En fines del XV permanecía la silla con el nombre deestercoraria, según afirma Platina en la vida de la papisa Juana, cuya obra dedicó al papa Sixto IV. Sabía el disgusto que los romanos habían comenzado a manifestar a la memoria de un suceso que no hace grande honor a los electores del año 854; y por eso no quiso salir garante de que la historia fuese verdadera, sino sólo de que así lo escribían casi todos. Con efecto, nadie lo puso en dudas hasta que los protestantes del siglo XVI formaron con el suceso algunos argumentos contra la verdadera, legítima y no interrumpida sucesión de los romanos pontífices en la silla de san Pedro. Yo tengo por nulos tales argumentos incapaces de probar lo que se intentaba; pero los católicos del mismo siglo XVI formaron otro concepto, y creyeron mejor extremo el de negar el hecho y calificarlo de fábula. En su consecuencia casi todos los escritores cristianos católicos romanos han proseguido el nuevo sistema, de manera que lo reputan en nuestro tiempo como verdad ya definida sin apelación en el tribunal de la crítica. Sin embargo, pienso que la religión carece de interés en la disputa, y que interesando la historia solamente, son tan fuertes los testimonios del suceso que parece agravio de la religión católica romana el negar por miedo de que se disminuya la fe, asegurada sobre fundamento indestructible.
Anastasio el Bibliotecario(11) (historiador de las vidas de los papas, coetáneo al suceso) cuenta la elección del papa mujer entre León IV y Benito III, en cuyo tiempo escribía. No se halla su narración en la obra de Anastasio, que publicaron dos jesuitas, porque la suprimieron pensando hacer obsequio a Roma. Masquardo Frehero,(12) uno de los grandes literatos de principios del siglo XVI, los acusó ante la república literaria europea del crimen de falsedad, respecto de haber impreso dos ejemplares íntegros para las personas que les confiaron el manuscrito, haciendo ver que la relación de la existencia del papa mujer se hallaba en el manuscrito de la biblioteca real de París, y en los dos de la de Heidelberg, remitidos a Maguncia a dichos jesuitas para la impresión, donde los podían ver cuantos quisieran ir y certificarse de la verdad, cuya noticia renovó después en su historia el célebre Bonclero. Los jesuitas mismos se hicieron sospechosos, poniendo en los ejemplares mutilados de la vida del sucesor Benito III la nota siguiente: De aquí resulta con claridad que el sucesor inmediato de León IV no fue Juan VIII mujer, sino Benito III.Viene bien aquello que dijo Cornelio Tácito con otro motivo. Cuando el crimen está manifiesto, la audacia debe ser el mensajero; a la manera que quien acaba de hacer un hurto grita fuertemente, al ladrón, al ladrón, para que no se sospeche de él.
Mariano Escoto,(13) historiador adicto a la silla romana en principios del siglo XI, cuenta el suceso de la papisa, no como especie nueva sino como noticia recibida de otros escritores que no han llegado a nuestros días. Sigeberto,(14) monje del monasterio gemblacense en fines del siglo XI, dice que la papisa Juana fue natural de Inglaterra. Otón, obispo de Fresinga,(15) en 1138, y Gofredo de Viterbo(16) en 1186, refieren su historia. Ranulfo Glabiacense(17) en su Policronicón de 1340, dice que se resolvió no conservar el nombre de la papisa entre los papas. Teodorico de Nien(18) en su libro de los derechos y privilegios del Imperio, año 1406, dice lo de la estatua, y le siguen Laocónico, Calcondilo,(19) historiador griego en 1462, Sabélico(20) y otros muchos. San Antonio de Florencia(21) lo cuenta en aquel mismo tiempo. Guillermo Breuin(22) en 1470 añade lo de la silla horadada, de la cual habla Platina. Onufriu Panvinio,(23) en las notas a éste, indica que Pandulfo de Pisa, escritor anterior al siglo XI, refiere substancialmente lo mismo, aunque sin embargo no le dé crédito.
Los fundamentos de los críticos modernos de Roma y sus afectos que niegan el hecho, se reducen a lo siguiente: 1º muchos escritores de los siglos medios suponen que Benito III fue hecho papa luego después de la muerte de León IV. Pero este argumento es débil sabiéndose haberse resuelto no hacer caso del tiempo de la papisa, porque no sonara y así se adjudicó a la vacante; 2º que León IV murió en 855; mas esto no consta, pues hay infinita variedad en los escritores de la Edad Media. Unos dicen que murió en 853, otros en 54 y otros en 55. Además, aun suponiendo verdadera la opinión común de haber muerto León en 55, son varios los historiadores que no ponen la elevación de Benito III al pontificado hasta 856, y dejan vacío para la papisa; 3º que por más variaciones que se hagan, no se hallará el tiempo de dos años, cinco meses y cinco días para la papisa; pero ya he dicho que no hay necesidad de tales dos años para lo sustancial del asunto, por lo cual reputo adición de algún copista la especie de los dos años, y cesan todas las dificultades: porque si un ejemplar mal copiado sirvió de original a los otros escritores, todos procedieron dando por supuesto lo que nada importa, y que aun en caso contrario probó Spanhein haber lugar. La sustancia está en haber existido un papa mujer, sea poco, sea mucho tiempo. La permanencia de la estatua y de la silla, junta con la narración de casi todos en siete siglos, como testifica Platina en historia dedicada a un papa, da fuerza incontrastable a la opinión afirmativa por lo respectivo a lo sustancial del asunto, aun cuando haya error de autores en cuanto al tiempo. Últimamente, monsieur Conguard, abogado de Normandía, imprimió año 1655, en Saumur un Tratado contra monsieur Blondel, en que desata todos los argumentos de éste; y debemos tenerla por cierta, limitando sólo el tiempo de su fingido sumo sacerdocio. Quien desee mayor instrucción en este punto, hallará tratada la cuestión con la mayor y más juiciosa crítica en la Historia de la papisa Juana, que antes cité publicada en francés en dos tomos en dozavo, en la cual, sin contar a los contemporáneos Anastasio y Radulfo de Fleix, por razón de las dudas, cuenta uno del siglo XI, tres del XII, tres del XIII, ochenta y tres del XIV y del XV.
CONCLUYEN LAS DUDAS SOBRE EL CATECISMO
DEL PADRE RIPALDA(24)
Duda undécima. Pregunta este sabio jesuita: ¿para qué son los mandamientos de la Iglesia?, y responde: "para más explicar los de la ley de Dios." Yo pregunto a doña Tecla y a su incomparable maestro: ¿Qué Dios hace cosas imperfectas? No, me dirán; pues bien, luego sus Mandamientos fueron perfectos y completamente explicados cuando los escribió con su dedo y los entregó a Moisés para su pueblo; luego, no necesitan comentarios; luego, la Iglesia no estableció sus preceptos con el fin que quiso el padre Ripalda.
Además, yo no entiendo qué conexión tienen los Mandamientos de la Iglesia con los de Dios. Yo me devano los sesos y no la encuentro ni por analogía. Oír misa entera no tiene que ver nada con el tercer precepto del Decálogo, pues bien se pueden santificar las fiestas sin oír misa. Y vea usted aquí de paso otro error de su maestro cuando dice: ¿quién es el que santifica las fiestas?, y responde: "el que oye misa entera en ellas y las gasta en santas obras." Es así que el enfermo, el cautivo y el caminante pueden santificar el día de fiesta sin oír misa. Luego, la respuesta del padre Ripalda no es segura. Volvamos a los mandamientos.
Si el primer precepto de la Iglesia nada tiene que ver con el tercero del Decálogo, menos tiene que ver con el primero, segundo, cuarto, quinto, sexto, etcétera.
El segundo: confesar, a lo menos una vez en el año, tampoco me parece que tiene analogía con ningún precepto del Decálogo. Lo mismo dijo del comulgar, ayunar y pagar diezmos. Conque si los mandamientos de la Iglesia ni conexión tienen con los de Dios, menos pueden explicarlos. Además, que a ser cierta la opinión del padre Ripalda, se seguiría que muchos años estuvieron imperfectos los mandamientos de la ley de Dios, o lo que es lo mismo, sin su cabal explicación, pues ya se sabe que la Iglesia fue estableciendo poco a poco sus preceptos, y entonces se deduce que mientras no estuvieron bien explicados, no obligaban a su observancia, pues una ley confusa y que necesita explicación, no obliga. Pues, éstas son dudas hijas de mi ignorancia; por eso las consulto con usted para que me las satisfaga y me saque de mis errores.
Duda doce. Explicando el padre Ripalda cómo nos tienta la carne, dice: "con inclinaciones y pasiones malas." Pregunta ¿qué cosa son pasiones? (se entienden malas), y responde: "ímpetus o turbaciones interiores que nos ciegan. Y éstas son cuatro: gozo, temor, esperanza y dolor." Como no explica más el padre jesuita, ni hace la menor distinción, yo me confundo al ver cómo aquí convierte en pasiones malaslas mismas que en otras partes califica de virtudes. Véalo usted doña Tecla: gozo, pasión mala por el padre Ripalda en la declaración de los enemigos del alma. Gozo, fruto del Espíritu Santo. Temor, pasión mala. Temor, séptimo don del Espíritu Santo.Esperanza, pasión mala. Esperanza, virtud teologal. Dolor, pasión mala. Dolor de los pecados, virtud. Yo sé lo que quiso decir su maestro de usted, mas no lo dijo: dejólo todo en confusión, y cualquier ignorante puede decir: ¿por qué la esperanza, el temor, etcétera, han de ser virtudes unas veces y otras pasiones malas?
A mí lo que me cae más en gracia es que explicando el catequista el modo con que nos tienta la carne, no se acordara del amor para darle un lugarcito entre las pasiones que nos ciegan, porque a fe que esta pasión sí que es la más poderosa de la carne. Con el amorcillo [se] venció a David, Salomón, Sansón y otros valientes. ¡Eh!, quizá el padre Ripalda sería una alma feliz que nunca tuvo que luchar con este bicho.
Duda trece. La explicación del misterio de la Santísima Trinidad es un círculo vicioso, que no da la más ligera idea de la divinidad ni de sus atributos: todo se reduce a decir que Dios es la Santísima Trinidad, y la Santísima Trinidad es Dios, y beso a usted la mano, con cuya definición se quedan los muchachos que pasan a viejos hechos una tabla, sin saber formarse una idea digna del Ser Supremo. Si usted no me conociera, y para ello le dieran de mí estas señas: El Pensador es don Joaquín Lizardi, y don Joaquín Lizardi es El Pensador, ¿me conocería usted? Pues así son las señas que da de Dios el padre Ripalda. ¿Quién es Dios? La Santísima Trinidad. ¿Quién es la Santísima Trinidad? Dios. ¡Bellamente, doña Tecla!
Duda catorce. Como todos los jesuitas eran rigurosos papistas, no es mucho que el padre Ripalda enseñara como punto de doctrina cristiana un error político, que no debía ignorar que lo era. ¿Quién es el papa?, pregunta; y responde, "el romano pontífice, a quien debemos entera obediencia." ¿De dónde se le pondría en el magín al padre Ripalda semejante desatino? Él sabía muy bien que al papa no se le debe tal obediencia en las cosas temporales, ni aun en las de policía eclesiástica, cuando no quieren los reyes o los gobiernos. No ignoraba tampoco que en España (tan fanática siempre) no se obedecían los breves ni rescriptos pontificios hasta que no tenían el regio excuatur, placito regio o pase del Consejo; así es que este padre procedió de muy mala fe cuando a sabiendas enseñó un error en su Catecismo; pues no se debe obedecer al papa cuando de sus preceptos resulte o siquiera se tema un perjuicio en un Estado, cualquiera que sea la denominación de su gobierno. De manera que si mañana el papa nos manda negar el comercio a los ingleses, someternos a la dominación española, tributar a Roma una cantidad de reales, reinstalar la Inquisición, perpetuar las estafas que se hallan bautizadas con nombre de redención de cautivos, santos lugares de Jerusalén, Bula de Cruzada(25) o cosas semejantes, no debemos presentarle obediencia, no digo entera, pero ni a medias, porque tal obediencia sería la precursora más segura de nuestra ruina.
Pero ya se ve, el padre Ripalda era jesuita, era español, escribió su Catecismoinmediato a la Conquista, y así no tuvo embarazo para persuadir semejantes falsas y servilísimas ideas a los recién esclavizados, para que, espantados con el enorme poder pontificio, estuviesen siempre sujetos a sus amos y señores, los reyes de España. Pero por fin no le valió su diligencia a su incomparable maestro de usted, doña Tecla.
Duda quince. Dice el padre Ripalda que los apóstoles compusieron el Credo, y yo he leído en buen autor que nuestro Credo no se conoció en la Iglesia en el espacio de más de cuatrocientos años, y en verdad que a esta fecha ya no vivía ningún apóstol. También es un fuerte argumento de que nuestro símbolo es del siglo quinto y posterior al de Nicea,(26) que san Lucas, autor de los Hechos de los apóstoles no hace mención de nuestro Credo para nada. Sabemos que no es difícil atribuir obras a sujetos que no las hicieron, como el símbolo que se le atribuye a san Atanasio,(27)no siendo su autor, sino Vigilio, obispo de África. ¿No pudo haber sucedido lo mismo con el Credo? Agregue usted a esto que, según autores, ningún teólogo medianamente instruido ignora que el Credo que tenemos no es obra de los apóstoles, y yo así lo creo. Usted dirá si me engaño.
Concluyo, mi doña Tecla, con decirle que el Catecismo del padre Ripalda es tan bueno que se prohibió su lectura por un Concilio de Lima. Creo que he leído esta especie en una obrita de un padre camilo, titulada De los niños no nacidos, que juzgo trata de la operación cesárea. Mi memoria es muy frágil; pero los padres camilos han de tener noticia de esta obra. Pregúnteles usted y verá las honras de la sabiduría de su incomparable maestro.
Espero la solución de mis dudas; pero le encargo sea en castellano, sin distinciones peripatéticas ni jergas escolásticas que no entiendo. A Dios doña Tecla, hasta otra vez.
México, enero 6 de 1827.—El Pensador
DE OFICIO
El vicegobernador del estado libre de Jalisco(28) a todos sus habitantes sabed: que el Congreso del mismo Estado ha decretado lo siguiente:
Número 77. El Congreso Constitucional del estado libre de Jalisco ha tenido a bien decretar lo que sigue:
1º Se declara abolido el Tribunal de Haceduría del Estado.
2º En consecuencia, se establecerá en esta capital una Junta de Diezmos, compuesta del administrador general de las rentas unidas del Cantón, del contador de la Tesorería del Estado, del contador de diezmos y de un eclesiástico.
3º Las facultades de dicha Junta y el nombramiento del eclesiástico se detallarán en el Reglamento económico que dará esta Asamblea.
4º Inmediatamente que se le entregue este decreto al gobernador, pasará a recibir, por formal inventario, el archivo y todo lo demás concerniente a este ramo, y lo comunicará a los gobiernos que tengan parte en los diezmos de esta diócesis.
5º Este decreto se comunicará al gobernador del Estado por los secretarios del Congreso, para que disponga lo conveniente para su impresión, publicación, circulación y cumplimiento.
Dado en Guadalajara a 16 de febrero de 1827. Pedro Tames, diputado presidente.Urbano Sanromán y Gómez, diputado secretario. José Isidro Gómez, diputado secretario.
Por tanto, mando se imprima, publique, circule y se le dé su debido cumplimiento. Palacio de Gobierno, en Guadalajara a 17 de febrero de 1827. Juan Nepomuceno Cumplido.(29)
Por mandado de su excelencia Victoriano Roa, oficial primero interino.
EJÉRCITO, ARMAS, ETCÉTERA
Es una cosa digna de la mayor consideración que haya habido y que haya todavía sobre la Tierra sociedades que no tienen ejércitos. Los bracmanes que gobernaron mucho tiempo casi toda la gran Chersonasa de la India; los primitivos, que se llaman cuáqueros, que gobiernan la Pensilvania; algunas poblaciones de la América, y también del centro de África; los samoideos, los lapones y los kamshatkadianos, ninguno de estos pueblos han marchado jamás con banderas a destruir a sus vecinos.
Los bracmanes han sido los más considerables de todos estos pueblos pacíficos; y su casta, que es antiquísima, que todavía subsiste, y en cuya comparación son nuevas todas las demás instituciones, es un prodigio que jamás se admirará bastante. Siempre se han reunido su policía y su religión para nunca derramar sangre, ni aun la de los menores animales. Con un régimen semejante es muy fácil ser subyugados, y ellos lo han sido; pero no han variado.
Los habitantes de la Pensilvania no han tenido jamás ejércitos, y han conservado siempre el mayor horror a la guerra.
Muchas poblaciones de América no sabían lo que eran ejércitos hasta que fueron a exterminarlas los españoles; y los habitantes de las costas del mar Glacial no conocen ni las armas ni los dioses de los ejércitos, ni los batallones, ni los regimientos.
Además de estos pueblos, en ningún país llevan las armas los sacerdotes y los religiosos, por lo menos cuando son fieles a su instituto.
Solamente entre los cristianos se han visto sociedades religiosas establecidas para pelear, como los templarios, los caballeros de San Juan, los teutones, los de Malta, etcétera. Estas órdenes religiosas fueron instituidas a imitación de los levitas, que pelearon como las demás tribus judías.
Ni las armas ni los ejércitos fueron siempre los mismos en la antigüedad. Los egipcios casi nunca tuvieron caballería, que les hubiera sido inútil en un país sembrado de canales, que se inundaba por el espacio de cinco meses y que quedaba cubierto de cieno por otros cinco. Los habitantes de una gran parte de Asia usaron las cuadrigas de guerra; de lo que hacen mención los anales de la China. Dice Confucio que todavía en su tiempo contribuía cada gobernador de provincia al emperador con mil carros de cuatro caballos. Los troyanos y los griegos pelearon sobre carros de dos caballos.
La nación judaica no conoció ni la caballería ni los carros en un terreno montañoso donde su primer rey no tenía más que borricas cuando fue elegido. Treinta hijos de Jair, príncipes de treinta ciudades, según dice el texto, estaban montados cada uno en un borrico. Saúl, después rey de Judá, no tenía más que borricas; y los hijos de David se fugaron todos en mulos cuando Absalón mató a su hermano Ammón. El mismo Absalón montaba una mula en la batalla que dio contra las tropas de su padre; lo que prueba, según las historias judías, que se principiaba entonces a servirse en la Palestina de las yeguas, o que eran ya bastante ricos para comprar mulos en los países inmediatos.
Los griegos hicieron poco uso de la caballería; y Alejandro ganó las batallas que le sometieron la Persia, casi solamente con la falange macedonia.
La infantería romana subyugó a la mayor parte del mundo. César no tenía más que mil caballos en la batalla de Farsalia.
No se sabe la época en que los indios y los africanos principiaron a servirse de los elefantes en los ejércitos; y ciertamente causó mucha sorpresa ver a los elefantes de Annibal pasar los Alpes, que entonces estaban mucho más intra[n]sitables que en el día.
Mucho tiempo se ha disputado sobre las disposiciones de los ejércitos romanos y griegos, sobre sus armas y sobre sus evoluciones.
Cada uno ha dado un plan de las batallas de Zama y de Farsalia.
El benedicto Calmet(30) ha impreso tres gruesos volúmenes del diccionario de laBiblia, en los que, para explicar mejor los mandamientos de Dios, ha añadido cien grabados en los que se ven planes de batallas y de sitios. El Dios de los judíos es el Dios de los ejércitos, pero Calmet no fue su secretario; y no ha podido saber, sino por revelación, cómo se colocaron en los días de matanza general los ejércitos de los amalecitas, de los moabitas, de los sirios y de los filisteos. Estas estampas de carnicerías dibujadas al acaso, encarecen el libro y no lo mejoran en nada.
Es una cuestión muy importante, si los francos, que el jesuita Daniel llama franceses por anticipación, se sirvieron de flechas en sus ejércitos, y si tuvieron cascos y corazas.
Suponiendo que fuesen al combate casi desnudos y armados solamente de una pequeña hacha de carpintero, una espada y un cuchillo, resultará de aquí que los romanos, dueños de las Gaulas, y tan fácilmente vencidos por Clodovico,(31) habían perdido todo su antiguo valor; y que a los gaulas les era indiferente sujetarse a un corto número de francos como a un número igual de romanos.
El vestuario de guerra ha cambiado con el tiempo, como todas las demás cosas.
En los tiempos de los caballeros, escuderos y criados no se conocía en Alemania, en Francia, en Italia, en Inglaterra y en España más tropas de caballería que los gendarmes, que iban cubiertos de hierro ellos y sus caballos. Los de infantería eran sus esclavos, que hacían más bien las funciones de gastadores(32) que las de soldados. Pero los ingleses tuvieron siempre buenos archeros(33) entre sus peones, lo que en gran parte les hacía ganar todas las batallas.
¿Quién creería que en la actualidad casi no hacen los ejércitos más que experimentos físicos? Mucho se admiraría un soldado al que le dijera un sabio: "Amigo, tú eres mejor maquinista que Arquímides. Con cinco partes de salitre, una de azufre y otra de carbón de leña se hacen unas grandes bolas por medio de un poco de vinagre, de una lejía de sal amoniaco o de orina, que se reducen en un molino in pulverem pirium. El efecto de esta mezcla es una destilación sobre poco más o menos como de cuatro mil a uno; y el plomo que contiene tu fusil, hace otro efecto que es el producto de su masa multiplicado por su velocidad.
"El primero que adivinó una gran parte de este secreto, fue un benedictino que se llama Roger Bacon; y otro benedictino alemán llamado Schwartz lo inventó enteramente en el siglo catorce. Así es que debes a dos frailes el arte de ser un excelente matador, si sabes tirar y tienes buena pólvora, y el verte depositario de un arte que no solamente imita al rayo, sino que es mucho más terrible."
Este discurso que pudiera hacérsele a un soldado, sería en efecto de la mayor verdad. Dos frailes han cambiado la faz del mundo.
Antes que se conocieran los cañones habían subyugado las naciones hiperbóreas a casi todo el hemisferio, y todavía podían volver como lobos hambrientos a devorar las tierras, que en otros tiempos habían asolado sus abuelos.
La fuerza y la agilidad del cuerpo, cierta especie de furor sanguinario y un encarnizamiento de hombre a hombre decidían de la victoria de los ejércitos, y por consiguiente del destino de los pueblos. Hombres intrépidos tomaban las ciudades con escalas. En los tiempos de la decadencia del Imperio Romano, los ejércitos del Norte casi no tenían otra disciplina más que las bestias carnívoras cuando acometen a sus presas.
En el día una sola plaza fronteriza, montada de artillería, podría detener los ejércitos de los Atilas y de los Gengis.
No hace mucho tiempo, que hemos visto consumirse inútilmente un ejército victorioso de rusos delante de Custrin, que es una pequeña fortaleza en un pantano.
En nuestras guerras los hombres más endebles de cuerpo pueden vencer a los más robustos, si manejan bien la artillería. En la batalla de Fontenoy se hizo retroceder con unos pocos cañones a toda la columna inglesa, que era ya dueña del campo.
Ya no se aproximan los combatientes, ni el soldado tiene ya el ardor y la cólera que se aumenta en el ardor de la acción cuando se combate cuerpo a cuerpo: y hasta son inútiles la fuerza, la destreza y el temple de las armas. Apenas en una guerra se usa una sola vez de la bayoneta aunque es la más terrible de todas las armas.
Así es que la invención de la artillería y el método nuevo han establecido entre las potencias una igualdad que libra al género humano de las antiguas devastaciones, y hace menos funestas a las guerras, aunque siempre lo son prodigiosamente.
Ni los griegos de todos los tiempos, ni los romanos hasta el tiempo de Sila, ni los demás pueblos del Occidente y del Septentrión tuvieron nunca ejércitos permanentes y pagados: todo ciudadano era soldado, y se alistaba en tiempo de guerra, que es justamente lo que sucede actualmente en la Suiza: en toda su extensión no se encuentra una sola compañía de tropas excepto en las épocas de la revista; pero si se publica una guerra, aparecen de repente ochenta mil soldados con armas.
Los que después de Sila han usurpado el supremo poder, han tenido siempre ejércitos permanentes pagados con el dinero de los ciudadanos, para tener subyugados a estos ciudadanos más bien que para subyugar a las demás naciones. Ni uno siquiera hay que no las tenga: hasta el obispo de Roma paga un pequeño ejército. ¿Quién habría creído en tiempo de los españoles, que el siervo de los siervos de Dios tendría regimientos, y en Roma?
En Inglaterra no hay una cosa más temida que un gran ejército permanente, a great standing army.
Los genízaros han sostenido la grandeza de los sultanes; pero también los han ahorcado, lo que habrían evitado los sultanes, si en lugar de estos grandes cuerpos, se hubieran contentado con pequeños.
La ley de Polonia dice que haya un ejército; pero pertenece a la república que lo paga determinar cuándo puede tenerlo.
AVISO DE URBANIDAD
Advirtiendo que algunos de nuestros subscriptores foráneos no nos han remitido el importe del segundo trimestre de este periódico, acaso por ser tan corta la cantidad, hemos tenido la consideración de no interrumpirles la remisión de sus papeles, y en recompensa esperamos usen la misma con nosotros, proporcionando quién nos entregue en México el importe dicho en lo que administrarán justicia.
(1) México: 1827. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros.
(2) Durango. Cf. nota 2 al núm. 1.
(3) Guadalajara. Cf. nota 3 al núm. 1.
(4) Tlacotalpan. Cf. nota 4 al núm. 1.
(5) Perote. Cf. nota 5 al núm. 1.
(6) Platina. Cf. nota 27 al núm. 3.
(7) Baronio. Cf. nota 10 al núm. 8.
(8) Felipe Labbe (1607-1670). Jesuita y erudito francés. Su obra más conocida esCollection générale des saints Conciles.
(9) David Blondel. Teólogo protestante. Autor de Modesta declaración de la sinceridad y verdad de las iglesias reformadas de Francia y Familier éclaircissement de la question si une femme a été assisse au siège papal de Rome entre Leon IV et Benoist III.
(10) Federico Spanheim (1632-1701). Suizo que enseñó teología en Heidelberg y Leida. Aquí fue maestro de historia sagrada, bibliotecario y rector de la Universidad. Tiene obras de geografía, historia sagrada y teología.
(11) Anastasio el Bibliotecario. Tenemos el dato que en 886 falleció Anastasio, bibliotecario, cuando gobernaba Carlos el Gordo y era papa Esteban V. Fue llamado el Bibliotecario porque desempeñaba ese cargo en la iglesia romana. En 869 asistió al Concilio General de Constantinopla. Autor de Liber pontificalis, que contiene la vida de los papas desde san Pedro hasta Nicolás I, impreso en el Vaticano en 1718, y de una Historia eclesiástica.
(12) Masquardo Frehero. Freher Marquard (1565-1614). Historiador alemán. Profesor de derecho de Heildelberg. En 1598, consejero del príncipe elector Federico IV del palatinado, quien lo usó en misiones diplomáticas, especialmente en la corte de Polonia. Entre sus obras tenemos: Orígenes palatinae, Directorium in omnes fere chronologos romano-germanico Imperio.
(13) Mariano Escoto. "Ningún contemporáneo tiene la menor noticia de tal papisa, ni de ella se dijo palabra en los tres siglos siguientes. La fábula se esbozó por primera vez en el siglo XIII, o sea en la crónica posterior de Martín de Polonia (muerto en 1278), en Esteban de Borbón (muerto en 1261) y en Bartolomé de Lucca. Los antiguos manuscritos del Liber pontificalis (los cuales hacen seguir, sin intermisión, Benedicto III a León IV), de Mariano Scoto (muerto en 1086) y de Sigeberto Gemblours (muerto en 1112) desconocen aún la fábula." Cf. Carlos Castiglioni, op. cit., t. I, p. 380.
(14) Sigeberto de Gemblours (1030-1112). Benedictino. Entró a la abadía de Gemblours. Escribió una crónica latina que comprehende desde el año 381 hasta el 1112, París, 1513, continuada por Roberto de Thorigny hasta 1206; la Vida de san Thierry, la biografía del rey san Sigeberto de Australia, la de san Guiberto, la de san Maclou, etcétera.
(15) Otón de Fresinga murió en 1156. Escritor religioso cisterciense. Hijo del margrave Leopoldo IV de Austria y de Inés, hija del emperador Enrique IV. Fue abad de Morimond, Borgoña; en 1138 fue nombrado obispo de Fresinga. Fue uno de los primeros que introdujo la filosofía de Aristóteles en Alemania. Entre otras obras escribió una Crónica que abarca desde los orígenes del mundo hasta el siglo XII.
(16) Gofredo de Viterbo. Por Godofredo de Viterbo. Historiador alemán del siglo XII. Capellán del rey Conrado III y del emperador Federico I. Escribió el poemaSpeculum regum, para Enrique VI y una obra de historia dedicada a este monarca que tituló Memoria saeculorum, que comprehende toda la historia universal, misma que después refundió en Pantheon.
(17) Ranulfo Gabliacense. Ranulfo Hykeden (¿-1363). Monje benedictino cestrensis o de Chester. Compuso una crónica universal con el nombre de Polycronicon, que abarca desde la creación del mundo hasta 1357.
(18) Teodorico de Nien. No tenemos noticia de este personaje. Sólo sabemos que existió Thierry de Nien, quien estuvo en las cortes de los papas Gregorio XI, Urbano IV, Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII.
(19) Nicolás Calcondilas. Historiador griego de Atenas. Autor de Historia de los turcos y caída del imperio griego desde 1298 hasta 1492, que forma parte de la Bizantina, París, 1650. Hamaker dio a luz el Calcondidas, en la nueva edición bizantina que se publicó en Bonn.
(20) M. Antonio Sabélico (1436-1508). Sabio italiano. Enseñó elocuencia en Udino y Venecia. Escribió la Historia verum Venetarum ad obitum ducis Marci Barbadici, Venecia, 1487.
(21) Antonio de Florencia. Antonio Pierozzi, también llamado De Forciglioni (1389-1459). Nació en Florencia el 1º de marzo. Fue arzobispo de esta ciudad. Fue dominico. Combatió la plaga y el terremoto que se dieron en 1448 y 1453 respectivamente, lo que le valió la estima popular. Fue canonizado por Adriano VI.
(22) Guillermo Breuin. Por Guillermo del Breuil (¿-1344). Jurisconsulto francés; fiscal del Parlamento de París. Escribió Stylus curiae parlamenti.
(23) Onufriu Panvinio. Por Onofre Panvino (1529-1563). Sabio italiano. Profesor de teología en Florencia. Estuvo agregado a la biblioteca del Vaticano en tiempo de Marcelo II. Escribió Epitome romanorurn pontificum usque ad Paulum IV, Venecia, 1567, Fasti et triumphi romanorum, Venecia, 1573, De sibyllis et carminibus sibyllinis, Venecia, 1567.
(24) Ripalda. Cf. nota 84 al núm. 5.
(25) Bula de Cruzada. Documento pontificio por el que se concedían indulgencias y privilegios a quienes tomaron parte en la conquista de la Tierra Santa.
(26) Concilio de Nicea. Cf. nota 19 al núm. 8.
(27) Atanasio. Cf. nota 10 al núm. 9.
(28) Jalisco. Cf. nota 32 al núm. 8.
(29) Juan Nepomuceno Cumplido (1794-1851). Gobernador de Jalisco. Maestro en filosofía, doctor en cánones y abogado. Perteneció al partido federalista. Diputado a varios Congresos. Vicegobernador y gobernador del estado de Jalisco.
(30) Agustín Calmet (1672-1757). Teólogo e historiador francés. Autor de: Histoire de l'Ancien et du Nouveau Testament, un Comentario literal acerca de todos los libros del Viejo y del Nuevo Testamento y de la Historia eclesiástica y civil de la Lorraine.
(31) Clodovico. Alude a Clodoveo (481-511). Rey de los francos.
(32) gastadores. Soldados destinados a franquear el paso en las marchas para lo que llevan picos, palos, hachas y demás implementos. Abren caminos, construyen trincheras, etcétera.
(33) archeros. Soldados de la guardia principal de la casa de Borgoña, que trajo a Castilla el emperador Carlos V. Era guardia noble. También se aplicaba el término a los soldados de la compañía de preboste.