[NÚMERO 15]
EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)
PAÑO DE LÁGRIMAS
Para un doliente de la Inquisición y afecto de la obra del duelo(a)
No nos hemos propuesto analizar los papeles que salgan a la luz pública; pero hemos jurado estar alerta sobre cuantos se escriban y publiquen con ánimo de subvertir la opinión y sorprender a los incautos. El atacar estos disfrazados enemigos del orden, lo consideramos muy útil y como una sagrada obligación del escritor que quiera desempeñar su digno título.
Muchas y buenas cosas se han impreso en nuestra época feliz; pero entre ellas han corrido algunas producciones nada sanas, que si circularan sin ninguna oposición, confundirían las conciencias timoratas y preocupadas, malquistarían nuestra preciosa Carta, dividirían la opinión, minarían el sistema sordamente, y acaso bastarían para trastornar las cabezas, alarmar las manos y sumergirnos en un piélago incalculable de desgracias.
En el número de estos papeles miserables cabe muy bien el Duelo de la Inquisición vindicado, que acaba de salir en nuestros días.
Desde luego protestamos nuestra buena fe al autor, a quien no conocemos; nos persuadimos a que será muy cristiano, muy piadoso y muy amigo de la paz, pero sería lisonjearlo con descaro si creyéramos que es muy sabio ni despreocupado, que es cuanto favor podemos hacerle para que parezca su papel menos odioso.
Comienza con la pueril reconvención de que el Amolador sólo llama al primer doliente fray fulano de tal, suprimiéndole los honoríficos títulos de reverendo y padre, siendo lo más gracioso que el mismo reclamante sólo le dice, el padre San Bartolomé.(2)
Desde aquí se conoce cuál será el nervio de la vindicación. Toda ella está tan fría y abunda de tales candideces que sería perder el tiempo el refutarlas. Hay escritos que ellos solos se hacen sus apologías o sus desprecios, y el Duelo defendido con lavindicación son unos de ellos.
Barre el vindicador con todos los papeles y los autores del día, cuando dice: "esa runfla de papeles que, a manera de diluvio, llueven sobre nuestras cabezas sin otro fruto que denigrar la fama ajena, propagar la impiedad, excitar la detracción, habituarse sus autores a derramar impunemente las calumnias y las imposturas, pecando de varios modos y maneras contra la misma Constitución con que se abrigan." ¿No es este un bello modo de criticar? Al menos cuesta poco trabajo.
Después hace cargo de conciencia a los autores e impresores y les afirma que pecan de mil modos; pero ya sabemos bien lo que es pecado, cuándo se infringe la ley de libertad de imprenta, cuándo no y cuándo nos estrecha la responsabilidad que nos acusa, sin que creamos otra cosa por más que se apure y desgañite el Doliente en persuadirnos lo contrario.
¿Pero por qué está este buen señor tan enojado con esa runfla de papeles? Claro es que el perverso Amolador tiene la culpa. Él, con su maldito Aviso amistoso, ha puesto de mal talante a nuestro ilustrador y con razón, pues habló contra la Inquisición, de quien es hijo predilecto, y con esto lo ha herido en las niñas de sus ojos.
El Doliente adora en este lóbrego tribunal; acaso habrá subsistido a sus expensas, acaso habrá adornado su pecho con la placa de la paz y la justicia y por eso es su acérrimo defensor y su panegirista eterno. Mas debería advertir dos cosas: la una que se engaña demasiado en el concepto que ha formado de tan odioso establecimiento, y la otra, que se hace sospechoso del más negro servilismo con su impolítica vindicación, poniéndose de camino en riesgo de que alguna mano más pesada que la del Amolador lo mortifique por enemigo declarado de la sabia Constitución.
Concluye su famosa vindicación con este apóstrofe: "¡Qué desgracia la tuya, oh santo y rectísimo tribunal de la Inquisición! Tú celabas como nadie la prohibición de los libelos infamatorios, como especialmente perturbativos del buen orden. Y ahora que salen tantos contra ti, nadie se mueve a defenderte de su ira. Buena prueba (¡excelente!) de que ya caído, ya levantado, te lleva Dios por el camino de sus justos. México y julio 28 de 1820. Un Doliente de la Inquisición y afecto a la obra del duelo."
No se puede dar mayor candidez o malicia que la que incluyen estos pocos renglones. ¿Conque el tribunal de la Inquisición es justo, santo y rectísimo? Luego las leyes que lo han demolido son injustas, perversas, inicuas. Usted es, señor vindicador, un doliente de la Inquisición; luego es un enemigo declarado de nuestra sabia Constitución. Esto se llama atacar la ley fundamental con desvergüenza; así se escriben papeles sediciosos y así se hacen sus autores responsables a la Junta de Censura de sus extravagancias, siempre que se denuncien judicialmente.
¿Qué me hubieran hecho a mí, ahora seis años, si hubiera impreso un papel en que rajara a los que hablaban entonces contra la Constitución y hubiera dicho: ¡Oh santo y justísimo Código! Tú fuiste sancionado para hacer la felicidad del pueblo español,y ahora este mismo pueblo ingrato que te abandona es el que aún no se cansa de baldonarte por cuantos modos puede? ¿Qué hubiera hecho el gobierno, repito, en ese caso, conmigo? La prisión y la muerte hubieran sido castigos moderados. Pues la comparación es bien igual en su sentido.
No queremos, ni Dios lo permita, que al vindicador se castigue como se me hubiera castigado; pero sí queremos que se desfacine y despreocupe; que entienda que la obra del Duelo es una obra de fanatismo, que abunda en despropósitos y equivocaciones, que fue generalmente despreciada y lo será siempre que se lea, que sabemos bien que no se costeó la impresión y que quedaron sin vender (no sin regalar) los más ejemplares, y que siempre que el Vindicador nos incite, sacaremos a la palestra algunos despilfarros del Duelo, bien criticados, para que no diga que no lo conocemos ni por el forro.
Últimamente, para que sepa lo legal y rectísimo del santo tribunal por quien aboga, le copiaremos una carta que acabamos de recibir y con cuya firma cubro la responsabilidad que me quede de imprimirla. Así dice la carta ni más ni menos:
"Señor Pensador público, político y patriótico de México. Muy señor mío: sírvase usted tener la bondad y hacerme el beneficio de insertar en sus loables pensamientos periódicos el que a mí como expuesto y paciente me acompaña. Al ilustrísimo señor arzobispo reclamo desde mi última y envejecida prisión de dos años y medio por la finada Inquisición, con catorce anteriores que me ha hecho padecer este señor desde que era provisor, con un memorial que, a la letra, es como sigue. Ilustrísimo señor: El presbítero don Ignacio de Lequerica, preso en este convento de Santo Domingo por la finada Inquisición, a vuestra señoría ilustrísima, con la mayor sumisión y respeto, dice que no habiendo merecido providencia de este tribunal en dos años y medio, y hallarse hasta la presente lo mismo que antes, a vuestra señoría ilustrísima llega y suplica encarecidamente se le concedan los alivios y recursos espirituales por lo menos, con oportunidad al paraje en que se halla y en su dilatada y malintencionada prisión anticonstitucional a los artículos 300, 303 y 307, de poder oír misa los días de precepto y el uso de los santos sacramentos, Confesión y Comunión y, sabiendo o considerando el decreto que vuestra señoría ilustrísima le ha de poner, aquí lo relato para poderlo refutar. Este reo no puede hacer uso de los recursos espirituales, por hallarse con causa de fe. Contra: no puede haber causa de fe donde hay reconciliación con la Iglesia; es así que aquí hay reconciliación con la Iglesia, pues clama y pide los recursos de ella y sus socorros; luego no hay causa de fe, no hay más que las brollas marañas mal intencionadas de la dicha finada Inquisición, que con igual sistema al que corre, jamás quiso ponerle mano en dos años y medio. Por tanto, etcétera.
"Ruego a usted, señor Pensador, me diga su acertado pensamiento en esta maraña del padre Lequerica(3) y el sistema que con él se lleva, después de diez y seis años de prisiones y haberle despojado sus beneficios eclesiásticos, dar con las malintencionadas ideas de sepultarlo en la Inquisición; y ahora que no hay ese arbitrio, sin correr causa criminal ninguna por puros asuntos políticos y eclesiásticos, girados en esta curia metropolitana de México contra el señor obispo de Guadalajara, ¿qué tratarán de hacer con él? ¿A dónde lo meterán o lo llevarán para que no pida ni demande? ¿Cómo cubrirán su supuesta causa de fe dos años y medio? ¿Qué diremos de los refractarios de la Constitución que nos guarda de estos violentos atentados? ¿Curquia? Y ¿por qué se hace y se comete tanta pésima libertad con este pobre americano sacerdote? Válese que estoy pendiente de las justas providencias y reclamaciones hechas al gobierno con el excelentísimo señor virrey y de la opinión pública, que en tan atentadas violencias vea y sepa las maldades que encerraba la Inquisición; y yo quiero que usted me diga su opinión pensativa acerca de esta materia, para lo cual tengo remitido a usted un discurso de manifestación pública,(b) y de ese silogismo más redondo que un tomate o un temático con que refuta la supuesta y artificiosa causa de fe.
"Usted como inteligente es el Pensador público y político de México y yo, como paciente y agraviado, soy el Pensador de la cárcel de Santo Domingo, a donde me hallo a las órdenes de usted y sus pensamientos, con la buena opinión pública que me los diga; entre tanto, ruega a Dios por su vida este su afectísimo servidor y capellán que besa su mano, Ignacio de Lequerica."
"P. D. Dispense usted que me valga del conducto de la estafeta,(c) porque los frailes de Santo Domingo me están estorbando todos mis recursos legales (será por encargo de la Inquisición, que ni la limpieza se me hace) para que yo no hable con nadie, más que con un solo lego bien encargado; y nadie me ve, ni juez ninguno entiende conmigo, y el cuaderno de mi defensa anda extraviado; y que también se imprima para noticia pública esta posdata. Vale. Cárcel de Santo Domingo de México y julio 19 de 1820."
Hasta aquí el padre Lequerica. Yo ni lo conozco, ni lo defiendo, ni tengo más noticia de sus negocios que los que él me da en su carta; pero ni un momento dudo de la legitimidad de su queja contra la Inquisición; ¿y le parece a usted que el soterrar a un sacerdote, a un hombre (sea o no delincuente) tanto tiempo en unos lóbregos calabozos que hemos visto, sin oírlo, sin juzgarlo, sin sentenciarlo, es cosa propia de un santo y rectísimo tribunal? Maldita sea, amén, su santidad y rectitud. Yo quisiera ver a usted sumido en esas obscuras cavernas tantos años, sin saber ni el estado de su causa ni su paradero, a ver si entonces se manifestaba tan doliente...
¿Pero para qué nos hemos de cansar? Los necios aman y defienden la Inquisición; los que no lo son la odian y detestan como el mismo infierno. La opinión general está tan decidida a abominarla y a no dejarse echar su infando yugo, que primero sufrirán el gobierno de Nerón que las infames crueldades del maldito Santo Oficio.
No creemos que suceda; pero estaremos con el mayor cuidado para saber si se aumentan las mortificaciones o espionaje al infeliz sacerdote Lequerica. Si así fuere, o no se le diere público curso a su causa, como manda la ley, avisaremos con energía para que sepan los mexicanos que la Inquisición se abolió por la ley; pero el Santo Oficio se pasó al convento de Santo Domingo, con todas sus preeminencias y privilegios de incomunicación perpetua, infracción de las leyes civiles, espionaje, crueldad, etcétera, etcétera. Esto no se puede creer del ilustrísimo prelado eclesiástico que nos dice en su pastoral de 18 de julio que los ciudadanos son libres de toda arbitrariedad y gravamen injusto.
Acaso el ilustrísimo prelado ignorará (y no será mucho) los trabajos del padre Lequerica, y la publicación de este papel se los aliviará. ¡Ojalá y nuestra pluma fuera tan eficaz que aliviara a este sacerdote desgraciado! Si ha delinquido y está reconciliado, ya ha purgado bastante su delito con la prisión de diez y seis años que ha sufrido.
Sea usted prudente y justo, estudie y escriba, sea buen católico y será buen ciudadano y mientras, regálese con esos versitos.
SONETO
Yace aquí para siempre, caminante,
la negra Inquisición, con que inclementes
quemaron a millones de inocentes
millones de inhumanos mendicantes.
La que a déspotas viles e intrigantes
sirvió sumisa y abrasó creyentes,
la que con sus amigos y dolientes
hizo temblar a sabios e ignorantes.
Los políticos reyes la sufrieron,
los pueblos menos bárbaros la odiaron,
los marqueses más tontos la aplaudieron.
Los serviles más necios la aclamaron,
los sabios con razón la aborrecieron,
y aquí los liberales la enterraron:
Yace aquí la inquisición
que cometió infamia tanta,
que habiendo sido una santa
murió en perversa opinión.
DÉCIMA
Con la Inquisición, chitón,
comúnmente se decía;
la verdad era herejía;
la defensa, obstinación.
Tribunal, en conclusión,
fue el más cruel en su ejercicio,
a la virtud con el vicio
ignorante confundió,
y obrando tan mal, logró
el nombre de Santo Oficio.
(1) Imprenta de Ontiveros, año de 1820.
(a) Un perverso y follón malandrín con el título del Aviso amistoso escribió un papel en que censuró el gran libro del Duelo de la Inquisición escrito por el muy reverendo padre Josef de San Bartolomé, religioso carmelita, y a más de esto, mofa altamente la Santa Inquisición; y a todos los amoló, como que es "Amolador". Contra este papelucho miserable salió el 2 de agosto un papelote titulado el Duelo de la Inquisición vindicado. A éste se le cogen ahora las alforzas.
(2) Josef de San Bartolomé. Teólogo y filósofo español. El título completo de la obra es El duelo de la Inquisición o pésame que un filósofo rancio da a sus compatriotas, los verdaderos españoles, por la extinción de tan santo y útil tribunal. Además escribióDisertación histórico-clerical sobre la memorable historia de ilustrísimo arzobispo don fray Bartolomé de Carranza y otros manuscritos.
(3) La obra de Ignacio de Lequerica se titula Consejo público que pide el desgraciado padre Lequerica. [Con motivo de la publicación de esta carta, el padre Mariano Soto escribió Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica. Cf. José Joaquín Fernández de Lizardi, Amigos, enemigos y comentaristas (1810-1820), t. I-2, pp. 665-669].