[NÚMERO 15]
DECIMAQUINTA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¡Qué tal, compadre! Ya resultaron nuestras pláticas, si es lo que digo: el mayor disparate es quererse meter a componer al mundo.
PAYO: ¿Pues qué ha sucedido, compadre?
SACRISTÁN: Que en los periódicos del jueves 14 del corriente salimos a bailar usted y yo y El Pensador, por nuestra octava conversación en que dijimos que el señor prebendado don Manuel Reyes Mendiola(2) no había querido jurar la ley orgánica, y el Supremo Gobierno ofició al Cabildo Eclesiástico para que expusiera si era cierto el hecho.
PAYO: ¿Y qué resultó?
SACRISTÁN: Lo que debía resultar: que el informe fuera en favor del señor prebendado y contra el papel y su autor. Desde el año de [1]812 reclamó éste públicamente por las prensas contra esa corruptela ridícula española, que seguimos más por rutina que por necesidad o convencimiento. ¿Cómo es creíble que ningún jefe informe contra sí mismo al superior cuando éste le remite una queja que han hecho sus súbditos de su mal manejo, despotismo, etcétera? Pues ello es que parece que se cree que los hombres, en lo general, son tan ingenuos que han de decir la verdad aun contra sí mismos. De aquí ha sido que se ha quejado un oficial subalterno de su coronel; pues, zas, al coronel la queja en cuerpo y alma para que informe si es cierto que es déspota, que no cumple con sus deberes, que al oficial le ha hecho ésta y aquella injusticia, ¿y qué resulta? Que el coronel se disculpa forzosamente, desmiente al oficial agraviado y aun lo acusa de insubordinado y motinista; y entonces las autoridades han fallado contra el quejoso, resultando éste peor librado con el jefe agraviante, que ordinariamente lo toma entre ojos.
De aquí nace el que temiendo los súbditos ir por lana y volver trasquilados, omiten el quejarse y el despotismo queda triunfante de la ley.
Lo que se desea poner a la vista con este ejemplo pasa en cualquier circunstancia de iguales quejas de inferiores contra superiores; y a veces ni aun preguntados, se atreven a quejarse. A los presos de las cárceles se les pregunta en las visitas, delante de los alcaides, ¿qué tal los tratan éstos?, ¿qué tal es la comida?, etcétera. Aunque todo sea de los perros, ¿cómo se han de quejar aquellos infelices delante de sus mismos opresores, sabiendo que los jueces se van y los alcaides se quedan, para ajustarles las cuentas con más rigor que don Quijote al pobre Andrés, luego que se fue su defensor?
Lo mismo decimos respecto a los informes que se piden a las corporaciones sobre la conducta de sus individuos. Estos informes son tanto más favorables cuanto aquellos más distinguidos, a menos que el delito sea tan criminal por su naturaleza y tan público que no se necesite ni informe.
Si no hubiera otro arbitrio para averiguarse la verdad por los superiores, sino atenerse al informe de las partes mil veces interesadas en ocultarla, el destino de los miserables siempre quedaría sujeto al poderoso; pero por fortuna no es así. Los superiores pueden indagar la verdad secretamente, sin noticia de los jefes contra quienes se produzcan las quejas, y en ese caso, después de una secreta información, pueden manifestar a los opresores la queja probada contra ellos, oír sus descargos y fallar con justicia y con seguridad de conciencia.
PAYO: Bien está todo eso, compadre; pero ¿a qué viene?
SACRISTÁN: A que el Cabildo Eclesiástico contestó disculpando al señor Mendiola y acriminando a los escritores que han notado la frialdad que todo México ha advertido en las anteriores funciones de que hablamos.
PAYO: ¿Es posible, compadre?
SACRISTÁN: Sí, señor.
PAYO: ¿Y trae usted el papel?
SACRISTÁN: Sí lo traigo.
PAYO: Pues leámelo usted.
SACRISTÁN: Sí lo leeré; mas al mismo tiempo iré haciendo las observaciones que me parezcan sobre él.
PAYO: Eso es muy justo.
SACRISTÁN: Pues oiga usted. (Lee.) "Excelentísimo señor: Hace días que este Cabildo está mirando con el mayor dolor y sentimiento el que en los periódicos y otros papeles públicos se hace una crítica mordaz sobre sus procedimientos, observando, ya la solemnidad y aparato con que celebra sus funciones..." La falta de esa solemnidad y aparato en las funciones nacionales es lo que hemos observado; pero sigo: "y ya la asistencia y falta de sus ministros, por unos individuos que ocultan sus nombres". (Entre éstos no se contará El Pensador, porque él no oculta su nombre.) Sigo: "y que bajo del celo de la religión y del patriotismo son ciertamente sus mayores enemigos, y tratan de desconceptuar con sus sátiras aquellas dos sagradas columnas de la sociedad, poniendo en ridículo sus funciones y declamando por otro mayor aparato."
PAYO: Párese ahí, compadre. Es muy antiguo el afianzar los mantos de la religión y de los gobiernos para cubrirnos contra los que nos acusan nuestras faltas, apellidándolos enemigos de la religión y del Estado, del trono y del altar, etcétera.
En el nombre de Dios y en el del rey se cometieron los delitos más execrables y horrorosos a la sociedad. En nombre de Dios la Inquisición asesinaba a los inocentes, les robaba sus bienes, y cubría a sus míseras familias de un luto y una ignominia eterna. En nombre del rey ya sabemos lo que hacía, no un virrey ni un oidor, sino un alcaldillo de barrio. Y hablando por mayor, en el nombre del rey de España, vino Cortés a usurpar el imperio de Moctezuma, cometiendo los crímenes y atrocidades más sacrílegas. Conque nada nuevo es que en esta vez diga el Cabildo Eclesiástico que son enemigos de la religión los escritores que declaman contra sus cuantiosas y excusables rentas, contra su ninguna necesidad, contra lo ridículo que es una república con canónigos y títulos de Castilla, contra la mala administración de los diezmos, contra la escandalosa apatía conque se han manejado en esta Catedral en las funciones nacionales, ya poniendo cuatro luces en el altar, ya escaseándose la asistencia y música del coro, ya repicando como doble fúnebre, ya no adornando las torres ni con una cortina ni una luz; ya dejando a los electores y al Estado Mayor sin una banca; ya no levantando el mausoleo a las venerables cenizas de nuestros héroes, estando mandado por ley; ya no quitando las armas del rey de España de la lámpara, que también está mandado por ley; ya no pintando ni con carbón ni con almagre las armas americanas sobre la fachada de la puerta principal, y ya, por último, avisando que un señor capitular se negó a jurar la ley orgánica. Fuerza es que el venerable Cabildo haya visto estampadas y criticadas sus faltas con el mayor dolor, y sentimiento, como dice, porque a nadie nos gusta que nos saquen los colores a la cara; pero no hay que apellidar la religión para justificar nuestras faltas, ni para malquistar a los que nos las notan; porque esta diligencia es tan vieja como reprobada.
Nada tiene que ver la religión con los malos repiques, con la incuria de los templos, con la exorbitancia de las rentas canonicales, con la mala administración de los diezmos, con las infracciones de las leyes, etcétera, etcétera. Los gobiernos son los únicos a quienes incumbe su remedio. Siga usted compadre.
SACRISTÁN: Si va usted haciendo tan largas digresiones, no acabamos en un año. Déjeme usted las anotaciones, que yo las laconizaré lo más posible.
PAYO: Está bien; siga usted.
SACRISTÁN: Ya leo: "Haciendo comparaciones odiosas con la mira de poner en choque una y otra potestad." Esto no es cierto; la mira es que la potestad eclesiástica no dé mal ejemplo de desafecto al sistema republicano sino, que cumpla con los deberes que le impone la potestad secular. Mandando ésta en su esfera y respetando aquélla, no habrá choque. Leo: "Pero sin averiguar los principios de donde dimana la variedad en los actos del culto, y confundiendo las fiestas principales con los aniversarios, que no son más que unas anuales recordaciones de los primeros sucesos que ya se celebraron dignamente, y finalmente no atendiendo tampoco a la diferencia tan notable que en otras épocas han tenido las rentas de esta iglesia, a la que tienen ahora." Las disculpas no pueden ser más débiles. Si porque se celebraron dignamente los primeros sucesos, se han de celebrar indignamente sus aniversarios o recordaciones, mejor es que no se hagan. Antes de haberse escrito esto, hubiera sido bueno tener presente que en los días de san Calixto y san Fernando se celebraban en esta misma Catedral los días y años del rey Borbón. Éstos eran unos aniversarios, y ya veíamos que siempre se celebraban con la mayor magnificencia. La diferencia de rentas tampoco es disculpa que satisface, pues bien sabemos que no falta para eso; pero suponiendo que estuvieran muy escasas, ¿se necesitan muchos miles de pesos para poner en las torres los gallardetes viejos que ya están hechos, para repicar las campanas y poner unas bancas limpias en la iglesia? Seguramente que no; luego satisfacen los descargos.
Ya leo: "Todo esto hubiera ya reclamado al Supremo Gobierno este Cabildo, pero no queriendo mortificar con quejas y esperando que de oficio se tomase alguna providencia para acallar las voces de los maldicientes, había tomado el partido de sufrir, hasta que vuestra excelencia lo ha incitado con su oficio de 29 del pasado, al que desea darle la más sincera contestación en orden al hecho sobre que pide se le informe."
Esto fue lo único que hizo el señor gobernador, pedir informe del hecho; pero no pudo incitar al Cabildo a quejarse contra El Pensador; porque esto no está en sus atribuciones. Las injurias impresas contra un particular o una corporación, se demandan por los agraviados ante la ley; pero el gobierno no puede reclamarlas de oficio, Todo el mundo sabe que en los casos de parte, éstas son las que piden o remiten, y el gobierno aplica la ley. Sigo leyendo:
"La denigrativa acusación que en el impreso titulado, Octava Conversación entre el Payo y el Sacristán, su autor, El Pensador Mexicano, se hace contra el señor prebendado de esta santa iglesia don Manuel Reyes Mendiola, asegurando haberse negado a jurar la ley orgánica, es un hecho que, pintado como se expresa en aquel papel, y como tal vez se percibiría por algunos de los concurrentes al acto público y solemne con que este Cabildo prestó en su sala capitular aquel juramento, lo hace ciertamente criminal, o a lo menos sospechoso de insubordinación a los respetables preceptos de la potestad suprema civil, que todos estamos obligados a obedecer. [No es malo que se vaya conociendo esa debida y general subordinación a la potestad civil.](3) Pero el señor Mendiola no faltó ciertamente a estos deberes. Fue citado por la cédula ante diem [esto es, la víspera, hablando en castellano] y vino voluntariamente a cumplir con aquel precepto [de la citación]; sensibilizó bastante su voluntad en la fórmula general, con que todos contestaron a ella, y sólo se separó de hacerlo al llegar a tocar el libro de los Santos Evangelios. [Esto no es sino una palinodia bien cantada. ¿Por qué no quiso tocar los Evangelios en el acto del juramento? ¿Que tendrían lumbre? Pero óigase la causa]. "Pareciéndole que esta acción era una pura ritualidad, como efectivamente nada agrega a lo sustancial de aquel sagrado vínculo."
Aquí quisiera yo ser teólogo y no sacristán para preguntarle al Cabildo, ¿cuántos géneros hay de ritualidades?, ¿y cuáles pueden dispensarse y en qué casos? Pues creo que a un niño que acaba de nacer y se está muriendo, puede bautizarse sin necesidad de sacerdote, ni de cura, ni de padrinos, ni de sal, ni de aceite, ni de oraciones ni de soplos; pero si se bautizasolemnemente no pueden dispensarse estas ritualidades; y como el juramento que el señor Mendiola debía prestar, no era un artículo de muerte, sino solemne y públicamente, debió tocar los Santos Evangelios para acreditar su juramento. Sí, debió cumplir con esta ritualidad, y no pudo ni puede dispensar tales ritualidades el Cabildo Eclesiástico.
PAYO: Pero, compadre, usted es sacristán y no lo entiende. Acaso habrá alguna excepción que usted ignora.
SACRISTÁN: Pues por eso quisiera que los señores canónigos la publicaran, porque en la misma ignorancia que yo, estarán infinitos. El dar la paz en la misa solemne a la primera autoridad civil, es una ritualidad que nada agrega a la esencia del sacrificio; y ¿qué dijéramos si en Catedral en una función el subdiácono, que hubiera ido voluntariamente a la misa, sólo se negara a dar a besar la paz al presidente? ¿Sería disculpa decir que era una pura ritualidad que nada agregaba a la esencia del sacrificio? ¿A que se tenía por un desaire punible hecho al presidente de la República? Pues es mayor desaire de no tocar los Evangelios al tiempo de jurar una ley, que el que se hiciera al presidente, no permitiéndole tocar con sus labios la paz en la misa; y es la razón porque la ley es superior al presidente.
Sigo leyendo: "Y por eso [dice el Cabildo] en el acta que extendió el secretario y se le remitió a vuestra excelencia no se notó esta pequeñacircunstancia [está probado que no es pequeña]; mas el señor Mendiola está pronto, como lo ha manifestado a este Cabildo, a ratificar ante él o ante vuestra excelencia su juramento con las solemnidades que se le ordenen, para desvanecer de este modo cualquiera siniestra idea con que en esa superioridad se haya querido oscurecer su concepto. [En este caso, la ratificación debió ser no ante el Cabildo ni ante el sector gobernador, sino ante el público, porque ante éste fue el escándalo, y porque creo que la ley manda que estos juramentos sean públicos]. Sigo leyendo: "Asegurando al mismo tiempo este Cabildo a vuestra excelencia que la conducta de este individuo es de las más arregladas, muy exacta al cumplimiento de sus obligaciones religiosas, y que jamás ha tenido de él la menor queja." Así será; pero nosotros no hemos hablado una palabra contra su conducta, sino contra su renuencia a jurar, y así toda esa apología sobra.
"Esto es [concluye el Cabildo] cuanto debe exponer a vuestra excelencia este Cabildo para su inteligencia."
Y luego dicen los impresos: "Lo que de orden del Excelentísimo señor gobernador se inserta en los periódicos para satisfacción del público acerca de lo que se ha dicho sobre el asunto, y para que tenga entendido que si antes no se había oficiado al ilustrísimo Cabildo, fue porque en el acta que éste remitió, no consta lo que indebidamente se dice en el impreso citado, en el cual se ataca indirectamente a este gobierno, pues se le supone descuidado en vigilar sobre el cumplimiento de las leyes que nos rigen. México, 12 de octubre de 1824. Juan Cevallos."
Este decreto me ha sorprendido altamente, porque se dice queindebidamente imprimió El Pensador la falta del señor Mendiola, en la que está conforme el venerable Cabildo; pero no advierto en qué consiste loindebido. Yo entiendo que todo ciudadano debe reclamar las públicas infracciones de la ley, y aun me parece que todos tienen acción popular para hacerlo, y éste es uno de los principales objetos de la libertad de imprenta, y en el mismo hecho está probada la utilidad de esta acción popular y lleno el objeto citado de la libertad de imprenta. La falta del señor Mendiola fue pública y escandalosa. El señor secretario del Cabildo la omitió en el acta, creyéndola de poca trascendencia; cuantos la presenciaron, se escandalizaron; el Supremo Gobierno la ignoró y la ignoraba hasta que leyó el impreso de El Pensador. Entonces reclama al Cabildo; éste contesta, y a nombre del señor Mendiola ofrece que este prebendado está pronto a ratificar su juramento. ¿Y esto sólo? No. Con este paso acreditó el gobierno su actividad en reclamar la observancia de las leyes; el Cabildo advirtió esta actividad, y aunque procura disculpar a su miembro, conoce y confiesa que todos, hasta los canónigos, deben estar subordinados a las potestades seculares, aunque sean independientes y republicanas. A vista de cuya confesión ¿se atreverá algún otro individuo del clero a negar su obediencia a las autoridades civiles? ¿Y este paso utilísimo e imponente se considerará de poca consecuencia favorable al Estado? ¿Y se hubiera dado sin que El Pensador hubiera hecho su chisme tan oportunamente? ¿Y dejada pasar esta falta a un señor canónigo, no podrían estarse repitiendo o cometiendo otras mayores por otros? Y ¿es posible que se haya creído que fue con ánimo de atacar indirectamente al gobierno, suponiéndolo descuidado en vigilar sobre el cumplimiento de las leyes? ¡Lejos de mí tal intención y de vuestra excelencia tal concepto, señor gobernador del Estado! Los gobernantes no son dioses, no pueden estar en todo. Algún arbitrio ha de haber para que lleguen a sus oídos lo que o no se nota, o se trata de ocultarles. Este arbitrio es el que facilita la libertad de imprenta. Protéjala vuestra excelencia en cuanto pueda. Las leyes tienen señaladas las penas a los transgresores de esa libertad. Aplíquenseles enhorabuena a los infractores; pero no se tengan por tales, ni por herejes ni sediciosos a los que acusen a los que le traspasan públicamente.
Ni el Superior Gobierno ni vuestra excelencia serán capaces de dejarse prevenir contra estas verdades que están al alcance del más rudo. Así dijera yo al señor Múzquiz(4) para satisfacerlo de los respetos de El Pensador al Supremo Gobierno de la nación.
PAYO: Y yo a usted le diré a Dios, hasta el miércoles venidero.
México, octubre 16 de 1824.
El Pensador
NOTA
El autor de este periódico, deseoso de que no se quede oculto el mérito de algunas señoritas americanas que en la pasada insurrección prestaron a la patria servicios muy recomendables, ha compuesto un Calendarito que les dedica. Saldrá adornado de seis láminas y noticias curiosas.
Se reciben suscripciones a él en la imprenta de don Mariano Ontiveros, siendo éstas a 4 reales.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) Manuel Reyes Mendiola. Cf. nota 12 al núm. 8 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(3) Hemos conservado los corchetes puestos por el mismo Fernández de Lizardi a lo largo del texto.
(4) Melchor Múzquiz (1790-1844). Presidente de la República. Fue insurgente. En 1824, gobernador del Estado de México. General de brigada; ocupó la comandancia de Puebla. Por decreto del 7 de agosto de 1832, la Cámara de Diputados lo declaró presidente interino a consecuencia de la licencia que se concedió al vicepresidente general Anastasio Bustamante para mandar personalmente al ejército. Múzquiz tomó posesión el 14 de agosto de 1832 y gobernó hasta el 24 de diciembre de ese mismo año, en que tomó posesión de la presidencia Manuel Gómez Pedraza por los convenios de Zavaleta.