[NÚMERO 15]
Concluye la materia de los anteriores
Jueves 9 de diciembre de 1813(1)
Si el ser liberales consiste en sacudir el yugo de las infinitas preocupaciones que por largo tiempo han encorvado nuestras cervices, yo desde luego tendría a mucho honor el ser contado en ese número, porque jamás he jurado no violar el carcomido templo de la antigualla, ni los libros ni los usos viejos tienen para mí más recomendación por su ranciedad que la que ellos se granjeen por la razón en que se funden.
Pero si a título de este bellísimo sistema se ha de proponer el liberal, no creer ni en lo más sagrado; no respetar ninguna autoridad; no distinguir clases ni decoraciones en el Estado; insultar lo más respetable; burlarse de la religión; ultrajar [a] sus ministros; penetrar los gabinetes de los príncipes, no para auxiliarlos con sus talentos, sino para zaherirlos con sus sátiras; desacreditar con personalidades a muchos sujetos visibles de la sociedad; en una palabra, si el ser liberal consiste, o se quiere hacer consistir, en ser inmoral, novator(2) y hereje, yo no me alistaré jamás en tal bandera, pues en ese caso fuera para mí lo mismo que me llamaran jansenista o materialista, que liberalista o hugonote.
Con esto queda bien explicado que cuanto he dicho en mis anteriores contra los liberales se debe entender contra esta última clase, pues la primera merece el aprecio y estimación general de todo el mundo, pues que dedica sus estudiosas tareas al beneficio universal de los mortales.
¿Pero cómo hemos de calificar de filosofía al descocado atrevimiento con que se zahiere la religión, apellidando supersticiones a sus ritos y ceremonias? ¿Cómo hemos de decir que es un liberal modo de combatirla el imputar a los principios de su establecimiento los vicios y abusos de algunos de sus profesores? Este proceder ¿no es ilegal, no es injusto? Y si esta felonía se comete empleando para ella la corrosión de la sátira y la bufonada ¿no diremos que ésta no es liberalidad, sino desvergüenza intolerable?
A la verdad que, para jactarse de espíritus fuertes, reformadores a la dernière y liberales corrompidos, no se necesita mucho talento ni menos una profunda erudición; cualquier botarate atrevido y verboso puede pasar plaza de liberal entre los necios inmorales, pues, como se ha dicho, el hombre cree fácilmente aquello que lisonjea sus pasiones y aún hace más; procura apartar lejos de sí las reflexiones contrarias y cerrar los ojos a la luz de la verdad, como aquellos que cuando duermen desean no les hagan el más pequeño ruido, para no despertar de aquella natural privación.
Pero todo esto no vindica a los incrédulos obstinados ni los pone a cubierto de sus errores.
Uno de éstos ha sido el malquistar (o a lo menos pretenderlo) a los ministros del altar en el concepto público, haciéndolos pasar por unos altaneros, orgullosos, avaros, inmorales y fanáticos. No contentos con esto, se les calumnia imputándoles ser ellos los instrumentos del despotismo de los reyes, a pretexto de religión y aprovechándose de la ignorancia de los siglos pasados. De aquí se deduce que cuantos males ha padecido el Estado ha debido su origen a la clerigalla y frailada, como ellos impíamente llaman; añaden a lo dicho que el estado eclesiástico ha tenido esta colusión con los príncipes seculares por sus fines particulares, esto es, por adquirir honores y riquezas; y después de tanta calumnia, prorrumpen como agraviados y celosos defensores del pueblo en una furiosa avenida de injurias y dicterios, no sólo contra el Estado, sino contra su príncipe espiritual. Sí, lector; el pontífice de Roma, el vicario de Cristo, el sucesor de san Pedro, la cabeza visible de la Iglesia, no se ha quedado libre de los mordiscones de estos espíritus protervos.
Después de tan declarada irreligiosidad (cuando no sea una herejía formal) no encuentro yo el principio de este tan ruin proceder sino en una sórdida avaricia y en una envidia refinada, porque advierto que, por lo ordinario, todas las declamaciones de los reformadores se dirigen contra las dignidades y bienes de la Iglesia. Con una hipocresía, la más grosera, levantan el grito hasta los cielos, escandalizados por las riquezas de los templos y suma de las rentas de sus ministros.(a) Bien, es verdad que por lo que respecta a estas últimas han declamado con justicia, pero también con desacato. Jamás ha sido necesario hacinar injurias para combatir errores. La verdadera crítica luce más cuando está fundada en la razón y desnuda de pasiones y descortesías. Éstas, de que abundan los libelos de tales reformadores, desengañan hasta la evidencia que el espíritu que los anima a empuñar la pluma contra la religión y sus ministros no es ni el celo de la mejor observancia de aquélla ni el deseo de la justificación y veneración de éstos, sino el fuego del libertinaje, la novedad, la moda y la avaricia.
Estos liberales con lo ajeno se han explicado en todos tiempos contra los bienes de la Iglesia y las riquezas de sus templos. Han llevado muy a mal que el pontífice de Roma tuviera estados temporales, como si los hubiera usurpado a modo de conquistador, o como si en el Evangelio se leyera algún precepto para que los eclesiásticos no pudieran lícitamente admitir ni gozar lo que voluntariamente se les diera, y para sostener una opinión tan absurda, se han valido siempre de las palabras de Jesucristo que dicen: "Mi reino no es de este mundo", y de aquí concluyen que el papa no debe tener dominio alguno temporal. ¿No es esto violentar el sentido del texto sagrado? Prueben antes, como dije, que Jesucristo prohibió a san Pedro ni a sus sucesores recibir ni disfrutar los bienes que les dieran los fieles. Yo lo que sé es que el mismo Señor y sus apóstoles, con su permiso, recibían las limosnas, agasajos y convites que les daba la caridad o el cariño de sus afectos; pero los liberales no son tan indulgentes como Jesucristo,(b) y, de hecho, Napoleón arrebató al pontífice sus Estados y libertad, porque (según estos reformadores) el pastor no puede ni debe tener lo que le ha dado la liberalidad de algún príncipe; pero a la oveja le es lícito el hurtarle cuanto posea. No puede darse mayor insolencia, mayor corrompimiento del Evangelio ni mayor prueba de que la hipocresía de estos reformadores no estriba sino en su avaricia y en el deseo de hacer su negocio, atropellando no sólo el Evangelio, sino la misma ley de la naturaleza.
Si esto pasa con el pontífice de Roma, ¿qué podemos esperar suceda con las platas y oros de las iglesias particulares? Con el mayor ahínco se procura y se ha procurado, en todas ocasiones, persuadir a los príncipes seculares a que echen mano de ellas para subvenir a las necesidades de las guerras, arrastrando textos y mendigando opiniones para absolverlos de toda responsabilidad. Este afectado patriotismo, se ha movido por los resortes de la envidia de los bienes de la Iglesia y la adulación a los soberanos, por la esperanza de los premios que se prometen por tan liberales proyectos.
Para levantar la opinión laxa de que el príncipe puede ad libitum disponer de las riquezas de la Iglesia se zanjan unos cimientos muy superficiales. Se finge un escándalo terrible por aquéllas; se dice qué necesidad hay de tanta plata en los templos, que mejor empleada estaría en socorrer las urgencias del Estado, etcétera; pero no se acuerdan de la magnificencia del templo de Salomón, que no fue hecho para otro Dios distinto del nuestro; se olvidan o ignoran cuánto se agradó el Señor por la liberalidad que aquel rey sabio empleó en enriquecer el lugar de sus cultos y adoraciones; ni se acuerdan tampoco que el Dios de Israel no se desdeñó de trazarle a Moisés el rico y majestuoso ornamento que debía usar el sumo sacerdote.
Si el mismo Dios estimó conveniente el lustre y ornato de su casa y ministros, aun cuando estaba la Iglesia entre sombras y figuras, ¿qué se podrá decir ahora que ha brillado triunfante y verdadera?
Desde los tiempos de la primitiva Iglesia ha sido costumbre de los fieles enriquecer los templos, y enriquecerlos con la mayor ostentación y liberalidad. En tiempo del papa san Silvestre, sucesor de san Pedro, dice el señor Fleuri(3) que en la Basílica de Letrán había un tabernáculo de plata que pesaba dos mil veinte y cinco libras, teniendo delante al Salvador sentado en su silla, de cinco pies de alto y de peso de 120 libras; a los doce apóstoles de cinco pies cada uno y de peso de 90 libras. Detrás había otra imagen del Señor, de peso de 140 libras, y cuatro ángeles de plata, de cinco pies cada uno y de 115 libras de peso, guarnecidos de pedrería. Había cuatro arcos de oro del mejor quilate que mantenían los candeleros. Adornados de veinte delfines, cada uno de peso de veinte libras. Siete altares de plata de 200 libras. Siete patenas de oro, de 30 libras cada una (entendamos, platones o fuentes), 40 cálices de oro de a libra, 50 idem de plata de a 2 libras, 160 candeleros del mismo metal, unos de 30 y otros de 20 libras de peso, sin contar otros muchos vasos.
En el bautisterio, la pila era de pórfido, guarnecida toda de plata, que pesaba 3008 libras. Había una lámpara de oro que pesaba 30 libras, en la cual se quemaban 200 libras de bálsamo. Pero para excusar prolijidad basta lo dicho: el que quiera instruirse más de las muchas riquezas de sola la iglesia de Letrán y de otras varias, lea el libro titulado; Costumbres de los cristianos por el señor Fleuri citado, desde la página 151 hasta la 207.
Nadie dudará que en aquellos tiempos estaba la Iglesia en su primitivo fervor y santidad, y aún no exenta del todo de persecuciones, y nadie se escandalizaba de las riquezas de los templos como se escandalizan hoy los reformadores. ¿Si será su virtud más sólida que la de los primeros padres de la Iglesia?
Yo no dudo que hay casos en que lícitamente puede el príncipe usar de sus alhajas; ¡pero cuán poco son éstos! ¡Qué circunstancias se necesitan para calificarlos! ¡Y qué espinosa es la resolución! Tampoco dudamos que hay veces en que la pública necesidad exige se eche mano de las riquezas de los templos para su socorro. Así lo enseñó y practicó la santa Iglesia en sus principios, y algunas veces sus tesoros estaban reducidos a los pobres que alimentaba y socorría; por eso san Lorenzo presentó al emperador Valeriano una porción de carros y camellos cargados de viejos, cojos, ciegos, enfermos y baldados, diciéndole: "He aquí los tesoros de la Iglesia que me has pedido". ¡Tan antiguo es reclamar los bienes de la Iglesia por semejantes emperadores! Yo apuesto a que Valeriano tuvo al lado algún liberal que le aconsejó recogiera estas riquezas por mano del santo diácono.
Sabemos también que, con el mismo objeto que san Lorenzo, distribuyó san Agustín las alhajas de su iglesia entre los pobres; pero de aquí no se deduce que en todos tiempos y por cualesquier pretexto han de estar éstas a discreción de los proyectistas.
Hay ocasiones en que puede el príncipe tomar las riquezas de la Iglesia. Es verdad: ¿pero cuándo será esto? Cuando la necesidad sea extrema, la causa justísima y de los recursos el último. Esto es, cuando ningún particular ni reformador tenga ya ni una mancuernilla, ni un cubierto de plata, ni la más pequeña alhaja en su casa; entonces sí se podrá apelar a las preseas que sirven al culto de Dios; pero que se arrastren coches, que sobren vajillas para las mesas, aderezos para las mujeres, candeleros de plata para alumbrar en las mesas de escandalosos juegos y tal vez guarniciones de plata para las mulas y caballos y que, prescindiendo de esto, se proyecte contra las alhajas del santuario, no creo habrá canonista que lo apruebe si no está asalariado para el efecto.
Lo que una vez se ha consagrado a Dios es santo y se debe tratar santamante. Este Monarca es muy celoso de lo que se le ofrece y castiga severamente a los que profanan o usurpan sus ofrendas. A Baltasar le costó la vida y el reino haber brindado en los vasos que hurtó al templo. Nabucodonosor fue convertido en bestia por haber robado los vasos de oro del mismo lugar. Una mujer acabó con la vida de Abimelec en castigo por haber robado 40 arrobas de plata en un templo. Acab sufrió una vida trabajosa y su cuerpo no logró sepultura por haber despojado o saqueado otro templo. Ananiás y Saphira cayeron muertos a los pies de san Pedro por haber quitado a las iglesias parte de lo que ellos mismos habían dádolas. Y entrando la hoz en la historia profana, sabemos que Marco Craso, yendo a conquistar a los parthos, robó de camino el templo de Jerusalén, y el premio de este robo fue que quedó vencido, que su hijo murió, y él también, a manos de sus enemigos, quienes le echaron mucho oro derretido por la boca para apagarle la sed que manifestó tener de aquel metal precioso. Toda la fortuna de Pompeyo desapareció de su lado desde que saqueó el mismo templo y, a lo último, perdió lo conquistado, la vida y el honor.(c)
Pero ¿para qué hemos de hacinar casos funestos en comprobación de una verdad que respetaron los paganos? Y si Dios ha manifestado tanta indignación contra los que profanan sus templos materiales, ¿qué hará con los que hieren las niñas de sus ojos? ¡Cuán amarga retribución no espera a los que ultrajan y vilipendian a los sacerdotes bajo los especiosos pretextos del bien común y de la reforma de los abusos!
Escandaliza leer los dicterios y sacrílegos sarcasmos que esta distinguida corporación ha tenido que sufrir en estos criminales días. Los regulares y seculares han sido calificados por las plumas de los liberales de "fanáticos, supersticiosos, ladrones, haraganes, vampiros, hipócritas, sediciosos, corchetes,(4) animales inmundos", etcétera, etcétera, etcétera.
Trátase de malquistar el estado eclesiástico imputando a todos los delitos de algunos y atribuyéndoles los fermentos y las sediciones populares, para granjearlas así, de una vez, el odio de los príncipes y de los pueblos. En el cuaderno del padre Vélez(5) se lee un fragmento de un impreso de Cádiz que dice:
Entre el padre Estala en Madrid, el padre Santander en Zaragoza, el padre Morelos y el cura Hidalgo en América, y otros padres y curas de otras partes, yo no hallo más diferencia que la del terreno en que maniobran...
Así se producen los escritores en España con la pluma. Y la causa del abatimiento y poco aprecio en que se ve el estado eclesiástico en la América, es porque se producen algunos con el mismo espíritu, con la lengua y con la pluma. Yo he leído y oído con frecuencia vilipendiar a los clérigos por la presente insurrección. Comúnmente se dice que los clérigos han sido la causa de ella; que han llevado siempre la mayor parte en su continuación, y que si no hubiera sido por ellos, jamás hubiera llegado al punto que la vemos. Estas producciones no pueden menos que irritar los ánimos de muchos y prepararlos en contra del estado; pero yo les suplico su atención por un momento y les haré ver que están muy poco instruidos en la historia del mundo, que no conocen el corazón humano y que no saben o no quieren hacer uso de las reglas de la sana crítica. Comenzaremos.
Yo no podré negar que el que levantó el grito de la insurrección en América el año de 1810, fue el bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla, sacerdote y cura del pueblo de Dolores. Tampoco canonizaré su hecho, ni aprobaré su irreprensible falta de política. De buena gana confesaré que se echó sobre los hombros una empresa enteramente ajena de su instituto; y ya que emprendió, no observó ni previno las reglas que propone la prudencia en los casos más arduos y aun execrables. Diré más (según los papeles públicos): se condujo, desde su principio y hasta su término desgraciado, con crueldad, con impolítica, con ilegalidad y con una estolidez y cobardía ajena de sus conocidas luces.
¿Podrán hacer peor pintura de este hombre sus más agraviados enemigos? Pues después de todo esto, Hidalgo, por la consideración de sacerdote, no fue capaz de sublevar el reino, y jamás lo hubiera conseguido si otros antecedentes no hubieran dispuesto de antemano los ánimos de los americanos, porque nadie es capaz de influir sobre la opinión común por su mero capricho; entonces ni habría orden ni sociedad, y los hombres serían unos muebles dispuestos a tomar las actitudes que les quisieran dar algunos de los más atrevidos. Siendo ésta una verdad evidente, se prueba que para haberse adaptado la insurrección no bastó el carácter sacerdotal de Hidalgo, sino que hubo menester otros apoyos más generales y más ciertos. Busquemos éstos entre la envidia, la venganza, el odio, la preocupación, la ignorancia, la rivalidad, el fanatismo, el libertinaje y otros cuantos vicios se quieran atribuir a los americanos, lo cierto es que jamás lo hallaremos en sólo el sacerdocio de Hidalgo, que es lo que trato de probar.
Se dice que como los sacerdotes son tan venerados en el reino, de ahí ha dimanado que hayan tenido tanto séquito. ¡Argumento capcioso y peor hilado por un mal sumulista! Díganme, ¿dónde no se han venerado los sacerdotes? Yo sé que hasta entre los bárbaros han sido respetados los ministros de su religión y quizá, con más decoro que entre los católicos, los nuestros. Pues digan también, ¿qué necesidad de sacerdotes cabecillas tuvieron Roma, Cartago, Lacedemonia y otras naciones de la antigüedad para sus repetidas conmociones? Acercándonos más a nuestros días, díganme, ¿qué órdenes tuvo el conde don Julián para sublevarse contra su patria y entregar la España a los moros? ¿Qué sacerdocio tuvo Oliverio Cromwell para sublevar la Inglaterra contra Carlos II?(6) ¿Qué órdenes sacras recibió Alí Koulicán para dominar la Persia? ¿Qué obispo ordenó a Bonaparte para sublevarse con el trono del delfín de Francia? ¿Qué sacerdocio fungieron los motores de la insurrección de las provincias unidas y los de la isla de Santo Domingo, etcétera? Conque es menester convencerse de que, para las conmociones populares, nada importa sea quien fuere el primero que tremole la bandera, con tal que los ánimos se hallen dispuestos.
Pero probemos con más energía que, Hidalgo por razón de sacerdote, no fue bastante a inspirar la insurrección, ni los demás pocos de este carácter a darla el ascendiente en que la vemos. O se considera en Hidalgo(d) el atrevimiento para suscitar la insurrección apoyado en su genio emprendedor, o en su carácter sacerdotal, de modo que si no lo hubiera tenido, jamás se hubiera metido a ello. Si lo primero, ya se confiesa el error que rebatimos; si lo segundo, es menester incurrir en otro peor, esto es, que no había ni ha habido en el reino sacerdote alguno que le haya merecido más aprecio ni que haya tenido mayor influjo sobre el pueblo. Esto no lo pueden conceder los enemigos del estado eclesiástico, porque honra al motor de la rebelión sobremanera y es un absurdo contra el que está toda la demostración. ¿Pues cómo es que si Hidalgo por sacerdote fue capaz de encender este fuego, los ilustrísimos señores obispos de México, Puebla, Valladolid y Oaxaca, los ilustrísimos cabildos, sedes vacantes, los inquisidores y otros infinitos eclesiásticos no fueron capaces a extinguirlo con censuras, pastorales, edictos, sermones, impresos ni algunas otras diligencias de cuantas les sugirió su patriotismo y les facilitó su autoridad?
Si en América era tanto su respeto al estado eclesiástico que siguió en tropas la voz de un malo por ser miembro suyo, siendo sólo un simple sacerdote, ¿por qué no abjuró este error a los gritos de los venerables obispos, respetables dignidades y demás misioneros? Si se dijere que Hidalgo y los otros sacerdotes insurgentes han acaudillado gente y presentado las batallas con las armas, y que los honrados sacerdotes de que hablamos sólo han trabajado con las plumas y las lenguas, diremos que no han faltado tampoco sacerdotes de esta parte que han hecho lo mismo, esto es, han levantado compañías de patriotas, han tomado las armas y los títulos de capitanes, han dado batallas y han hecho sus derrotas en los insurgentes; ¿y cómo después de esto, no se han atraído la masa y el entusiasmo de los pueblos que siguen a aquéllos?
Conque es menester confesar de buena fe que la insurrección se hubiera efectuado, hubiera o no hubiera sido Hidalgo sacerdote y tuviera el mismo aspecto que hoy se le ve, hubieran o no se hubieran injerido en ella los presbíteros. Está probado con la razón y con la demostración de lo acaecido en todos tiempos, dentro y fuera de nuestro reino.
En vista de esto, ¿no es una calumnia decir que si no hubiera sido por los sacerdotes de América la insurrección no tendría el aspecto que tiene? ¿No es esto denigrar (será sin intención) a todo el cuerpo y malquistarlo entre los menos avisados?
Yo ni defiendo la insurrección ni disculpo a los malos sacerdotes. Muchas veces he dicho por las prensas que todo delincuente es digno del castigo, y que el sacerdote, cuando lo sea, no puede eximirse de él por su carácter. Mi apología se contrae al estado en general y en toda la iglesia católica, y en este concepto digo que los sacerdotes siempre han sido y serán dignos del respeto de los fieles. A los buenos se debe honrar y venerar, y a los malos corregir y compadecer, pero no ultrajar; y esto debe hacerse por aquellos a quienes Dios ha comisionado para el caso.
Repetidas veces dice el Señor a Moisés que distinga del pueblo a sus sacerdotes y levitas. "Éstos son míos", dice, porque ellos más inmediatamente pertenecen a su herencia.
Cuando el mismo Dios los honra con tal distinción, no es mucho que los emperadores y reyes les hayan prodigado sus finezas y demostraciones de respeto. El gran emperador Constantino obsequió mucho a los obispos y padres del concilio Niceno; entró sin guardias en aquella venerable asamblea y con un semblante muy modesto; estuvo en pie hasta que le suplicaron tomara asiento; besó las cicatrices de los mártires; no quiso admitir los memoriales que le presentaron contra los obispos; los mandó quemar y dijo estas notables palabras que refieren san Jerónimo y el cardenal Baronio: "Vosotros sois dados dioses para nosotros por el mismo Dios, y no es justo que un hombre juzgue a dioses, sino aquél únicamente de quien está escrito: Dios presidió en la sinagoga de los dioses y en medio de ella los juzga."(e)
El emperador Teodosio honró de la misma manera a los sacerdotes, y en prueba de su religión y del respeto que les tenían sufrió la pública penitencia que le impuso san Ambrosio, a quien amó mucho.
No fueron menos respetuosos y cristianos su hermano, el emperador Teodosio el Joven, y el sucesor de éste, Marciano. El emperador Máximo hizo comer a su mesa a san Martín con uno de sus presbíteros, y la emperatriz su mujer le sirvió por sí misma.
No es menester recurrir a tiempos muy remotos, a salir fuera de España para renovar la memoria con que han sido tratados los sacerdotes de los mismos reyes. En la Crónica de San Agustín en el Perú, escrita por fray Antonio Calancha,(7) se refiere que en el testamento del rey don Enrique III, en una cláusula dice el mismo rey:
que manda erigir y fundar siete capellanías en la santa iglesia de Toledo, y señala mil y quinientos maravedís de renta a cada una; manda se le hagan cada año doce aniversarios, y por cada uno se den a los señores del cabildo doscientos maravedís. Buenos reyes (dice Calancha) que llamaban señores a los sacerdotes.
Habiéndose aposentado el señor don Felipe II en su monasterio del Escorial debajo del coro, le advirtieron que le inquietaría el ruido de los religiosos con el canto y el alzar y bajar las sillas, y respondió: "Es verdad, pero aún no soy digno de estar debajo del suelo que pisan los siervos de Dios."(f)
Esto prueba con cuánta consideración han sido vistos los eclesiásticos por los reyes católicos de España; pero acaso los liberales, que miran nuestra religión ultrajando a sus ministros, dirán que estos actos fueron efectos del fanatismo y de la preocupación de los siglos pasados. Digan lo que quieran; lo cierto es que no hay religión más a propósito que la cristiana para afirmar los tronos de los soberanos y para unir a los hombres con los lazos de la sociedad más perfecta. Por tanto, aunque no fuera más que un artificio de política, toda religión (como dicen los herejes) debería la nuestra preferir a otra alguna y, de consiguiente, venerarse sus ministros y maestros, y castigarse severamente a los transgresores de la religión y a los que tratan de barrenarla calumniando y mofando a sus sacerdotes, aunque no fuera por otra causa que porque así introducen el desorden, la desunión y la anarquía en el pueblo.
La sentencia es de sus mejores favoritos.
El soberano dice(g) puede desterrar de sus Estados a cualquiera que no los crea (los artículos de la religión); puede desterrarlos no como impío, sino como insociable y como incapaz de amar sinceramente las leyes de la justicia, y de inmolar, en caso necesario, su vida a sus obligaciones.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) novator. Cf. t. II, núm. 11, nota 2.
(a) Nosotros hemos manifestado bastante liberalidad sobre esto y sobre algunas otras cosas relativas al clero. Hemos aprobado el cercén de muchas rentas cuya cuantía es escandalosa e innecesaria; creemos inútiles la pompa y lujo particular de ningún eclesiástico; no aprobamos los vicios y defectos de algunos de éstos y nos persuadimos con el señor Fleuri que con menos eclesiásticos serían los que quedasen más sabios, más virtuosos y más respetados de los fieles.
(b) Permítaseme esta expresión indecente para vituperar el escrúpulo farisaico de estos rigidísimos herejes.
(3) Fleuri. Cf. t. II, núm. 14, nota 6.
(c) Véanse estos y otros muchos casos terribles acaecidos por el mismo delito en el Semanario Erudito, t. 6.
(4) corchetes. Ministros inferiores de la justicia, encargados de prender a los delincuentes.
(5) el padre Vélez. Cf. t. II, núm. 14, nota 3.
(6) errata del autor. Debió decir: Carlos I. Cf. t. III, núm. 1, nota c.
(d) Lo mismo se debe entender de los demás pocos sacerdotes que han tomado partido en la insurrección.
(e) No traemos este pasaje para apoyar la impunidad del delito, sino para acordar la grande veneración en que eran tenidos antes los sacerdotes y cuán antigua es en el mundo su inmunidad personal.
(7) Crónica de San Agustín en el Perú, escrita por fray Antonio de Calancha. Fray Antonio de Calancha (1584-1654). Fraile argentino. El título completo de la obra citada es Crónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú, que contiene juicios acerca de la antigua religión de los indígenas y la actuación guerrera de los conquistadores.
(f) Cabildos, libro 7, folio 753, citado en el tomo I de la Cartilla política, folio 15.
(g) Juan Santiago [sic] Rousseau en la página 355 del Contrato social, citado por Caracciolo.