[NÚMERO 14]

EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)

Concluye el examen anterior

No se atreven los serviles a decir claramente que la Constitución es mala; pero se valen de cuantos medios pueden para desacreditarla indirectamente, ya diciendo que puede trastornarse la religión por que se extinguió la Inquisición, ya asegurando que al rey se le avasalla, ya alegando que concede una libertad brutal para que todos cometan los delitos que quieran, y ya, por fin, haciendo treinta mil reparos pueriles y ridículos, partos todos de su egoísmo, ignorancia y mala fe.

Están bien conocidas sus tramas, penetrados sus artificios y descubiertas sus benditas intenciones. Pero los que más deben llamar nuestra atención son los enemigos de la libertad de imprenta. ¡Válgame Dios y que incómodos están estos señores con la tal libertad! Ya se ve, estaban acostumbrados a que para imprimir los artículos de la fe, presentáramos mil escritos, hiciéramos mil caravanas, diéramos mil pasos a casa del censor y sucumbiéramos siempre a su dictamen, sin sernos lícito, no ya defender nuestra opinión, pero ni preguntar por qué no se permitía imprimir. Un no conviene que se imprima este papel sobraba para dejar sepultada la producción más bella e inocente.

Hoy no es así: cualquiera puede libremente imprimir y publicar sus ideas políticas, sin necesidad de licencia ni revisión alguna anterior; y sólo porque escriben y quieren publicar sus opiniones lo hacen, y salen los muchachos, hechos unos diablitos, de la imprenta, aturrullándonos a gritos las orejas.

Esta facilidad con que los ciudadanos se comunican sus ideas, por medio de la prensa, ya proponiendo reformas de gobierno, ya manifestando sus abusos, ya procurando fijar la opinión pública en favor de nuestro augusto Código, ya, finalmente, elogiando el mérito donde la halla[n] y acusando, aunque todavía con miedo y disimulo, las infracciones de la ley; esta facilidad, repito, choca, escuece y mortifica demasiado a los enemigos de la liberal Constitución: a éstos que quisieran que se disculparan sus caprichos, que se disimularan sus faltas y que sus opiniones se respetaran como dogmas sagrados, por erróneos que fuesen.

No es mucho, pues, que semejante clase de individuos esté siempre con la espada desnuda contra la libertad de imprenta, azote terrible contra la arbitrariedad y despotismo.

Por eso, en el concepto de estos señores, no hay papel que no sea subversivo, no hay proposición que no sea injuriosa, ni palabra que no contenga alguna declarada herejía. Y como no es así, ni pueden, tal vez, hasta hoy, señalar un papel criminal, se contentan con declamar contra todos en general sin advertir aquello que saben los muchachos de que argumento que prueba mucho, nada prueba.

Todos los enemigos de la Constitución, que por desgracia no son pocos, se explican casi de un mismo modo. Por ejemplo: afectan un decidido amor al trono y al altar, y temen el trastorno de nuestra religión cuando no sea por la extinción del Santo Oficio, por la maldita libertad de imprenta; mas éstos son pretextos especiosos que no pegan. La causa verdadera es que la Constitución o les ha quitado el cetro de fierro de la mano, o les ha cercenado su autoridad o sus rentas.

Examínese con imparcialidad quiénes son los enemigos de nuestro sabio sistema de gobierno y se verá que son infinitos frailes, los más de los inquisidores con susanta familia, muchos oidores, muchos empleados en rentas, muchos canónigos, casi todos los comandantes, subdelegados de los pueblos, los receptores y alcabaleros con los guardas y metedores de garita, y otros semejantes.

Verdad es que en todas estas clases se encuentran muchos liberales y despreocupados que, adictos al nuevo sistema, se han sabido desprender con gusto de lo que la ley les priva, asegurados de que no nacieron para sí, y de que el hombre amante de su patria debe sacrificar por ella sus intereses, su reposo y hasta su misma vida. Hay héroes de éstos, vuelvo a decir, pero no son los más.

Por ser el discurso que sigue análogo con lo que acabamos de decir y contener ideas muy liberales, lo damos en este periódico para que se acaben de convencer nuestros lectores de las verdades que dejamos asentadas.

 

EL AMERICANO(2) A SUS CONCIUDADANOS

Hace algunos días que, libre del bullicio, entregado a mí mismo en un pueblo solitario, meditaba con el mayor interés en los actuales acontecimientos. Un amigo sensato que me aprecia, instruyéndome de las ocurrencias del día, me envió los papeles publicados hasta 26 de junio; yo los recibí con ansia, como primicias de la ilustración de mi país, pero me sorprendí viendo contra mi esperanza niñerías, vaciedades, y lo que es más, oposición de dictámenes en lo que no debía haberla. Contesté exponiendo las reflexiones que me ocurrieron; a mi vuelta a esta ciudad he visto publicada mi carta bajo el título de Confidencial sobre los papeles del día; no me pesa, pues el interés que me anima es muy justo y, si alguno critica mi intención, recibiré con calma las contradiciones, sean las que fueren.

Deseoso de imponerme en el progreso de los sucesos, he leído varios impresos para examinar el voto común, único punto substancial de vista para mí. Convencido hasta la evidencia de la utilidad de nuestra mudanza política, anhelaba saber si mis humildísimos paisanos aprovechaban las incalculables ventajas de la libertad; pero ¡cuál fue mi asombro al ver escritores obstinados en eternizar nuestro adormecimiento y proteger la ignorancia, oponiéndose a la propagación de las ideas!

El pueblo inculto, que en el curso de su vida siempre es pasivo para pensar, sostiene pertinazmente los errores que se le imprimieron en la edad tierna, en aquella edad inerte en que se percibe y no se compara; el número de estos seres se puede expresar en nuestra sociedad, bajo la relación de diez y nueve a uno. Esta numerosa porción que constituye las diez y nueve partes de la población, sigue los dictámenes de la clase culta, la que, superior en conocimientos, debe arreglar sus juicios y fundar la opinión; luego es un delito de mucha trascendencia abusar de la simplicidad con detrimento del bien general.

La libertad de imprenta desempeña el más noble objeto de la educación; pues éste no es otro, según Platón, que procurar al cuerpo la fuerza que debe retener y al alma la perfección de que es susceptible. En efecto ¿qué pretensión más noble?... Ciudadanos, un pueblo instruido difícilmente es presa de la arbitrariedad; ya es muy antiguo en los gobiernos déspotas mantener en la obscuridad a las naciones: los griegos practicaban este plan de iniquidad desde hace veinte y tres siglos; inferid de aquí que vuestro gobierno jamás os ha dado testimonio más brillante de justicia que cuando os abre las puertas de la sabiduría; de consiguiente, el que aspira a conservaros en la estupidez es un tirano, puesto que os priva de un don precioso que os concedió el Criador. ¿Y quién, preguntaréis, proyecta tamaño atentado? Os lo diré: cualquiera que se oponga directa o indirectamente a nuestra Constitución, el que desea se suprima la libertad de imprenta, aquel, en fin, que maquine contra alguna de vuestras prerrogativas. Este tal, sea el que fuere, os aborrece; así como el que os manifiesta ideas sublimes os aprecia y es digno de vuestro agradecimiento.

La exactitud de nuestros juicios debe derivarse de la experiencia; nacemos ignorantes y sólo este fanal puede dirigirnos con seguridad; mientras más nos desviemos de la observación más nos extraviamos. Adoptemos verdades conocidas, sean ellas nuestro punto de apoyo, deduzcamos consecuencias legítimas que, teniendo este carácter, serán tan ciertas como los principios de donde partan.

Y bien, ¿qué dice la experiencia? Oídla: ella os enseña que nuestra existencia política hasta hoy ha sido una serie de fatalidades, tanto mayores cuanto las conocemos. Nuestros antepasados, en lo general, meditando poco sobre su situación, se ahorraron mil reflexiones amargas; la ignorancia de sus derechos fue para ellos un bien, puesto que no pudieron ambicionar lo que no conocieron. Las ruidosas revoluciones de Europa, de treinta años a esta parte, variando a cada paso el aspecto político de aquel hemisferio, nos han manifestado una tropa de verdades, sancionadas por el consentimiento uniforme de los pueblos cultos, pues aunque su historia ofrece repetidos cuadros de horror, envuelve también principios luminosos que el crítico sabe separar de las consecuencias del desorden. Repasad los acontecimientos de nuestro suelo en los tres siglos precedentes, y encontraréis... pero no quiero excitaros tristes memorias que deben sepultarse en el olvido; para mi objeto basta saber que, si nuestros hermanos de Europa se han quejado de la opresión en estos últimos tiempos, nosotros habríamos aplaudido como un bien lo que ellos han reputado el mayor de los males.

¿Y será exagerada esta aserción? Ocurramos para calificarla al dictamen de los hombres cultos. ¿Qué ha dicho la Europa? ¿Qué, los españoles de la Península? Leed los papeles de Madrid y no olvidéis que si la Metrópoli gemía bajo la tiranía ¡con cuánta más razón padecerían las provincias distantes! Podemos pues concluir, sin equivocarnos, que ningunos más interesados que nosotros en mudar de sistema, puesto que el antiguo no hizo más que sumergirnos en la ignorancia, en la miseria; hablemos breve, en cuántos males pueden agobiar al hombre.

Y este cambio feliz, que nos vuelve la libertad, sacándonos de la bochornosa servidumbre, que rompe nuestras cadenas, que da representación nacional, en una palabra, que nos coloca en la clase de hombres, ¿encuentra opositores en América? ¡Qué vergüenza! Ciudadanos, si en la Península los que contradicen el Código santo, justamente son llamados perversos y traidores, ¿qué nombre merecerán en Nueva España los que subvierten la opinión?

Parece que os oigo exclamar irritados ¿quiénes son esos agentes de la esclavitud? ¿Quiénes? Yo os lo diré: ésos que, bajo la capa de virtud diseminan máximas serviles; ésos que llaman ateístas e impíos a las columnas del Estado, para imprimiros malignamente la idea de que la Constitución engendra opiniones pestilenciales; esos audaces que sin respetar el voto de la nación pretenden seducir al pueblo incauto, anunciándole vulnerada su religión santa; pues aunque no falta quien impugne su hipocresía y doblez, la primera impresión se esculpe demasiado, mucho más siendo análoga a sostener las preocupaciones aprendidas.

Aun entre la porción ilustrada, hay muchos que patrocinan boberas, escudándose con la costumbre. ¡Oh defensores ilustres de antiguallas, qué cierto es que a pocos hombres es dado desprenderse de los errores a que les precipita una educación grosera! Ciudadanos, dividid estas gentes en dos clases: aquellos cuyo error nace de buena fe, compadecedlos; a otros que obran por egoísmo o por perversidad de corazón, detestadlos.

Jamás la simulación es tal que se oculte a los ojos del buen crítico: en los gestos, palabras y escritos, expresamos indeliberadamente los conceptos de nuestra alma. Comparad con esta regla las impugnaciones hechas al Amante de la Constitución y juzgad: ¿no veis aquel encono furioso? Pues es fruto de las pasiones y nunca del celo de la honra de Dios, siempre benigno, siempre manso.

No me empeño en refutar las interpretaciones del impugnador (pues otro escritor, a quien apreciaría conocer, lo ha hecho dos veces con decoro y solidez), pero sí le diré que el Código que nos rige sancionó sus leyes después del más maduro examen; quiere decir que, previendo los extravíos del hombre, estableció autoridades para reprimir la procacidad y el delito: tenemos una Junta de Censura, cuya atribución es velar sobre los escritos; tenemos igualmente un ilustrísimo prelado a quien compete, por institución divina, corregir los atentados contra la religión, ¿por qué no ocurrió a estas fuentes? La caridad dicta este paso y no suscitar cuestiones siempre nocivas. Si viviéramos en una libertad absoluta, quedaría disculpado en el fin que aparenta, pero nunca en los medios de que se vale.

Ciudadanos, os hablo con sencillez y afecto: el amor a la patria dirige mi pluma. Cortad cuestiones odiosas y perjudiciales; fundad la opinión y consolidadla con la unión de cuantos vivimos en este hermoso suelo: divididos, jamás disfrutaremos tranquilidad; unidos, opondremos un dique a las calamidades. Ésta es una verdad; afuera preocupaciones indignas del hombre que piensa. Recorramos las consecuencias de los disturbios de los pueblos; pero para horrorizarnos, escarmentar y aprender: ¿qué no son lección bastante las recientes trágicas escenas de Europa? Sabed que en aquel antiguo mundo, el fuego y el acero, es decir, el fermento de las pasiones, ha destruido en veinte siglos más hombres que los que habitan hoy su superficie. ¡Qué horror! Reprimámoslas en beneficio del Estado. La América convida a la felicidad; aceptemos tan halagüeña oferta, adoptando unánimemente la Carta Constitucional y cumpliendo sus leyes. El Americano.

En uno de los antiguos redactores o periódicos que salieron bajo este título el año de[18]12 se halla el siguiente

SONETO

 

No cantarán su triunfo los tiranos
de sangre liberal siempre sedientos,
no ocuparán jamás altos asientos
débiles hombres, déspotas insanos.
No burlarán decretos soberanos
vil porción de egoístas avarientos,
no pisarán injustos ni opulentos
los derechos de libres ciudadanos.
¡Libertad santa! ¡Libertad querida!,
de cuyo templo beso los umbrales,
no serás, no, de hipócritas vencida.
Vuelvan esas serviles infernales
furias a combatir... Tú engrandecida
hay Cortes, di: y hay patria, hay liberales.

 

 

(1) Imprenta de Ontiveros; año de 1820.

(2) Se conocen varios artículos firmados por "Un Americano": Contestación de un Americano al manifiesto del Sr. Iturbide, Puebla, 1821, reimpreso en la Imprenta de Moreno Hnos.; Plan del Sr. Iturbide, analizado por un Americano, impreso en la Oficina de los CC. militares D. Joaquín y D. Bernardo Miramón; Cartilla de párrocos, compuesta por un Americano para instrucción de sus feligreses, México, Imprenta de Arizpe;Proclama dedicada al Excmo. e Illmo. Sr. arzobispo virrey de esta Nueva España por un Americano, México, Imprenta de Jáuregui, 1810.