[NÚMERO 14]
DECIMOCUARTA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Qué hay compadre? ¿Cómo está Rosita?
PAYO: Buena, pero ¡qué muchacha tan paya y tan murmurona!
SACRISTÁN: Bien haya la madre que la parió. Ella no es murmurona, lo que sucede es que nota las cosas que le chocan, y esto prueba que tiene talento; porque el tonto nada nota: ve y oye, pero no mira ni escucha. Es semejante al burro. ¿Y qué ha notado Rosita en estos días?
PAYO: Nada, se ha asombrado con el general adorno e iluminación de las torres y balcones de la capital. Yo he estado en cama malísimo de este maldito reumatismo, y la he mandado a pasear estos días y noches con su tía. Ella ha vuelto diciéndome: "¡Jesús, señor padre!, en esta ciudad son más republicanos que en Filadelfia. ¡Caramba!, que en estos días de la publicación de la Constitución y presidencia del señor Victoria se han portado, vamos, que no ha habido qué desear; seguramente que oyeron la última conversación que tuvo usted con el señor sacristán; porque ¡vaya!; las calles parecían de día un vergel, según estaban de adornadas. Ni un balcón había que no estuviera colgado de gallardetes y cortinas. ¡Qué versos! ¡Qué alegorías! ¡Qué máscaras! ¡Qué vítores! Y ¡qué gusto no se veía en todos! No hubo más que pedir.
"Por las noches parecía la ciudad un Mongibelo. A ejemplo de la Metropolitana hasta los campanarios estaban completamente iluminados; pero las torres de la Profesa,(2) Santo Domingo,(3) San Francisco,(4) San Agustín,(5) San Fernando,(6) Jesús María,(7) la Concepción(8) y todas al barrer estaban primorosas. Yo temía que se quemara la ciudad, porque la Universidad,(9) Palacio,(10) Diputación,(11) Aduana,(12) Dirección, Lotería(13)y toditas las casas estaban que ardían. No he visto en mi vida cosa más linda; ni los fuegos líricos, señor padre, ni los fuegos líricos estuvieron más bonitos. Solamente una cosa mala ha habido y es que se han acabado los caramelos, no se encuentra uno en todo México. ¿Y por qué piensa usted que es esta carestía? Porque todos los pobres están roncos de gritar de día y de noche: ¡Viva la Constitución americana! ¡Viva el ciudadano presidente Victoria! ¡Viva la ley, la patria y la libertad! En fin, las funciones han estado como yo no las esperaba." Esto me ha contado Rosita; pero vea usted, compadre, lo maleta que es el diablo de la muchacha; por no dejar, notó la carestía de los caramelos.
SACRISTÁN: No crea usted nada de eso, compadre, Rosita lo ha engañado. Nada hubo de lo que contó a usted: todo ello es ironía.
PAYO: ¡Que bribona! ¿Pues qué no hubo adorno ni iluminación?
SACRISTÁN: El adorno fueron cuatro cortinas y en una casa del título que yo me sé, teniendo cuatro cortinas amarillas muy buenas y unos balcones muy anchos, apenas pusieron una cortina blanca, tan linda y tan ancha, que parecía toalla. Así ni más ni menos fue la iluminación, como viruelas locas.
PAYO: Pero lo de los caramelos será cierto, porque gritar ¡viva!, no les cuesta nada a los mexicanos, sobre que están hechos a vivear a todo el mundo.
SACRISTÁN: Pues ahora estuvieron en muda.
PAYO: Me admiro de este silencio.
SACRISTÁN: Pues no hay de qué, y todo consistió en que en las juras particulares que ha habido, no les han tirado nada.
PAYO: ¡Oh! Si como les tires, aunque sean manzanas o confites, sobraran vivas. Esto enseña dos cosas: la una, que ningún gobernante debe contar con los vivas y aclamaciones del bajo pueblo, porque no piensa por lo regular con fijeza, y así sus aplausos son tan seguros como sus amenazas. Para excitar en él los primeros bastan cien pesos, y para refrenar las segundas sobra con cien soldados.
La segunda regla que enseña al gobierno esta tibieza que ha notado en la plebe estos días, es que jamás debe consentir que se arrojen monedas al pueblo, por tres razones: la primera, porque los gobiernos que tal hacen, se degradan queriendo comprar unos votos inútiles y falsos. La segunda, porque de tan bárbara costumbre se siguen mil desgracias de golpes, robos, heridas y aun muertes; y la tercera es porque tal dinero es un desperdicio ridículo y que jamás es agradecido de los mismos en cuyo obsequio se hace.
SACRISTÁN: Usted dice bien, compadre, a mí me han contado que en Francia y en las ciudades cultas el día de una jura de rey, se gasta mucho dinero en vestir y dar de comer públicamente a muchos pobres.
PAYO: Cate usted una obra acepta a Dios y a los hombres, y no tirar dinero a los vagamundos para que vayan a embriagarse. Esto ni es policía, ni es caridad ni es nada.
SACRISTÁN: Se acerca el día de la jura general de la Constitución. Quiera Dios que el duende que nos escucha, diga algo de esto al honorable Congreso del Estado para que por ley prohíba para siempre esta tonta, inútil y perjudicial costumbre.
PAYO: ¡Ah! ¡Ojalá, y si han de tirar algún dinero, me lo dieran para ayuda del dote de Rosita!
SACRISTÁN: ¿Cómo del dote? ¿Pues qué quiere ser monja?
PAYO: Desde que está leyendo la vida de santa Rosalía ha dado en eso.
SACRISTÁN: ¿Y usted qué dice?
PAYO: Yo estoy contentísimo; porque a más de que así se quita la muchacha del mundo, yo le doy una esposa a Jesucristo.
SACRISTÁN: Compadre, ¿y si esa esposa le sale adúltera? ¡Buena alhaja le ha endonado a Jesucristo!
PAYO: No entiendo a usted, compadre
SACRISTÁN: Pues oiga usted: la esposa que falta a la fe prometida a su esposo es adúltera, y la monja que arrepentida o desesperada, quebranta el voto de castidad, aunque sea con el pensamiento, falta a la fe que prometió a Jesucristo y por consiguiente es adúltera.
PAYO: ¿Y de dónde sabe usted que Rosita ha de faltar a esa fe?
SACRISTÁN: Pues, yo no digo que faltará sino que puede faltar. Es cosa para una mujer muy dura ser monja. Oiga usted qué hermoso discurso hay sobre esto en el número 483 de El Sol. Dice así:
Bogotá, junio 17 de 1824.
"La República de Colombia aguarda de la presente legislatura una ley santa y eminentemente filantrópica. La felicidad temporal de una parte de la sociedad, la más digna de los ciudadanos del gobierno, la felicidad eterna de un gran número de cristianos y la majestad y pureza de la religión adorable del Salvador, tienen un interés capital en la sanción de esta ley. Tal es aquella que determine la edad en que las mujeres puedan profesar de monjas y ordene que los votos no sean perpetuos, sino que hayan de renovarse dentro de periodos en cada tres o cuatro años.
"Hemos dicho que en este ley se halla interesada la felicidad temporal y eterna de una parte de la sociedad; y esto es tan cierto, como lo es que ha habido y por desgracia hay actualmente monjas arrepentidas, y las habrá en adelante, si los legisladores, en uso de sus principales deberes, no ponen término a esta desgracia lamentable. ¿Y cómo es posible que estas inocentes y tiernas criaturas dejen de ser víctimas del dolor y de un arrepentimiento tanto más aflictivo, cuanto que es infructuoso? En la edad de la infancia entran a los conventos. La indulgencia y los halagos que se dispensan a los primeros años, la sencillez de un corazón en que se anida la inocencia, que no ha sentido el movimientos de las pasiones ni el poder de sus inclinaciones, que no tiene idea del mundo, el ejemplo tan poderoso en las almas naturalmente piadosas, produce en ellas la resolución de ser monjas. A los diez y seis años, los consejos, la pintura horrible de un siglo corrompido y lleno de peligros y un verdadero candor, corroborando el primer propósito, se consuman los votos. Mas apenas se han proferido aquellas terribles palabras, cuando se desploma sobre el corazón de la víctima todo el peso de este formidable juramento. Bien pronto a la frialdad sucede el tedio, por el retiro, la soledad y las prácticas de una regla severa y uniforme. Al mismo tiempo llega la naturaleza a su total incremento y, sirviéndole de estímulo la imaginación por los objetos que se inventan o que se le han presentado, ved aquí que las pasiones se enardecen, y cebándose cruelmente sobre el alma de aquella infeliz, ya no es en adelante el asilo de la pureza, de la tranquilidad y del amor. Perseguida por la tentación, destrozada por los escrúpulos y los remordimientos, y viviendo sólo para el arrepentimiento, a todas partes la acompaña la imagen de mil crímenes que no han cometido: apariciones, sueños, inspiraciones, es todo espantoso y funesto, trasladado el infierno a su imaginación, viérais realizada en aquella mujer la fábula de Orestes atormentado por las furias. ¡Religión adorable! Tú que derramas en el alma de los desgraciados un bálsamo vivificante y saludable, que restituyes la serenidad y la paz, ¡tú que presentas en medio de la tribulación un campo de esperanza y de consuelo y que ofreces luego puerto en la tormenta para la desventurada a quien devora el arrepentimiento dentro de las paredes de un claustro, qué vanos son vuestros recursos! A su vista no se presenta un Dios de mansedumbre con los atributos de esposo tierno, sólo se ve un tirano, un verdugo cruel cubierto de indignación y de venganza, dispuesto en cada momento a sepultarla en el abismo.
"¿Y no habrá en lo humano un remedio que presentar a la infeliz? ¡Oíd, legisladores, pueblos!... No lo hay. ¿No lo hay? ¿Conque está condenada irrevocablemente a sufrir un infierno, el más cruel que puede inventarse en la vida y otro en la eternidad? ¿Conque el error producido por un fervor pasajero, por la inexperiencia de la edad, por una seducción a que no era posible resistir y por unos momentos de acaloramiento nunca, nunca puede tener enmienda? ¿Conque la Iglesia que abre y derrama con una profusión y generosidad magnífica el inmenso tesoro de sus gracias sobre los más detestables criminales, con ruindad inhumana se los niega a una débil mujer? ¿Conque el Dios que perdonó a un ladrón, a una adúltera, a una prostituta, no se conmueve al arrepentimiento de un yerro involuntario? Y esto por el extravío que padeció la razón de una inocente cuando no era dueña de ella; cuando su naturaleza sin vigor no le hacia sentir los objetos a que la destinaba, en la edad que nadie puede obligarse y cuando no sabía lo que juraba. Y este sacrificio indigno, más detestable que el de sangre humana, ¿será agradable a un Dios y Padre? ¿Se complacerá en la desgracia temporal y eterna de una de sus criaturas? Ilustración, filosofía, ¡qué vanos son vuestros nombres! ¿Qué diríamos de un padre de familias que, viendo a uno de sus hijos devorado por los más atroces dolores, no le aplica el remedio que tenía en la mano, sólo porque inconsideradamente o por equivocación había tomado el veneno que lo atormentaba? Un monstruo semejante no merecía ni la sociedad de los tigres. Exactamente igual es la conducta que se observa con una niña que profesó a los diez y seis años y se la deja morir víctima de un juramento temerario.
"No se diga que no hay monjas arrepentidas, que se las deja ir al infierno sin remedio; no se diga semejante impertinencia, que tiene contra sí la prueba de todos los pueblos donde ha habido y hay conventos de monjas. No diremos si las arrepentidas son la mayor parte, la mitad o una sexta parte. ¿Habrá habido una siquiera ¿La habrá actualmente? Apuremos más, ¿puede haberla en lo futuro? He aquí lo bastante; la idea sola de tamaño mal, causado por el vicio de instituciones públicas, debe inflamar el celo de los depositarios de la felicidad de Colombia. La justicia, la razón y su deber les obligan a proveer de remedio. La opinión pública de todas las clases está de acuerdo con esta medida. Aquí no hay impiedad, no hay fanatismo, no hay desorden: todo es justo y santísimo.
"¡Legisladores! Acordaos que nuestra República ha merecido el más justo crédito y estimación por haber decretado la abolición sucesiva de la esclavitud civil, ¿y permitiréis esta doble esclavitud de cuerpo y alma? ¿La permitiréis en la parte más tierna y predilecta de la sociedad? ¿La permitiréis cuando la trascendencia es espantosa y eterna? A vosotros toca resolver. Enhorabuena haya monasterios, pero sean santos; pero asegúrese en ellos su principal fin; pero habite en ellos la virtud tranquila y pacífica. De otro modo es desnaturalizar las cosas más sagradas y sublimes, haciendo del paraíso el infierno.
"Esperamos, pues, que el Congreso, tomando en consideración tan importante materia, acuerde una ley que, poniendo límites a los votos indiscretos y prematuros, evite a las familias y a los pueblos el espectáculo de tragedias de horror, cuya memoria siempre aflige."
(El Constitucional de Colombia.)
SACRISTÁN: ¿Qué le parece a usted este discurso?
PAYO: Me ha dejado estático, compadre, ¿si será verdad lo que dice?
SACRISTÁN: ¿Quiere usted salir de la duda?
PAYO: Sí.
SACRISTÁN: Pues pregúnteselo a mil monjas. A Dios.
México, octubre 13 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) campanario de la Profesa. En la esquina de Francisco I. Madero e Isabel la Católica.
(3) Santo Domingo. Cf. nota 3 al núm. 11 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(4) San Francisco. La iglesia y convento de San Francisco estaban en la actual avenida de Francisco I. Madero entre San Juan de Letrán y Gante. En 1524 llegaron los primeros franciscanos, su morada inicial estuvo en las cercanías de la Plaza Mayor, en la esquina de República de Argentina y Donceles. En 1525, se les concedió un sitio en donde los reyes aztecas habían tenido la casa de los animales. Después edificaron la iglesia y el convento antes mencionados. Se dedicó en 1716. En 1856, por órdenes del presidente Comonfort, se suprimió el convento con el pretexto de una conjura; a partir de entonces se inició su destrucción, llevada a cabo en varias etapas.
(5) San Agustín. Fue edificio de la Biblioteca Nacional. Ubicada en Isabel la Católica entre Uruguay y El Salvador. El presidente Juárez, por decreto de 30 de noviembre de 1867, ordenó la creación de la Biblioteca Nacional en la nacionalizada iglesia de San Agustín.
(6) San Fernando. Está en la Plaza del mismo nombre. Al frente de ésta se encuentra la Avenida Hidalgo, a su costado la calle de Guerrero y al otro el cementerio de San Fernando.
(7) Jesús María. Las fachadas son obra de Tolsá. Ubicada en la calle de Jesús María entre Corregidora y Soledad.
(8) la Concepción. En la esquina de las actuales calles de Belisario Domínguez y del 57.
(9) Universidad. Cf. nota 5 al núm. 1 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(10) Palacio. O Palacio Nacional, que está en la Plaza Mayor o Zócalo.
(11) Diputación. Edificio del Ayuntamiento; fue el Departamento Central del Distrito Federal, en el lado sur del Zócalo.
(12) Aduana. Era el edificio que está al lado oriente de la Plaza de Santo Domingo. Se llamó así porque fue Aduana dependiente del Real Consulado. Hasta 1925 aproximadamente, estuvo allí el Gobierno del Distrito Federal. Ahora ocupan su edificio diversas dependencias de la Secretaría de Educación Pública.
(13) Lotería. Las primeras casas de la Lotería estuvieron en la calle de Capuchinas, hoy tercera de Venustiano Carranza, después pasó a un caserón de Vergara, hoy segunda de Bolívar. Cf. Artemio de Valle-Arizpe, La lotería en México, México, Talleres Gráficos de la Lotería Nacional, 1943.