[NÚMERO 14]
Jueves 2 de diciembre de 1813(1)
Continúa la apología de nuestra religión, y se comienza
a refutar el ilegal modo que observan los herejes
del día para malquistarla entre los ignorantes
Así como las enfermedades ocultas son las más peligrosas al cuerpo humano, así los herejes ocultos son los más perjudiciales al cuerpo místico de la Iglesia.
Esta verdad no necesita prueba, porque ¿quién no conoce que el enemigo encubierto hace más daño que el declarado? De éste nos podemos precaver, como que sabemos que no estudia en otra cosa que en nuestra ruina; pero ¿cómo nos manejaremos con igual cautela con aquel que, fingiéndonos la más estrecha amistad, no rebosa sino miel en sus palabras, cuando está su corazón repleto de veneno? ¿Ni cómo podremos asegurar nuestra vida del traidor que nos besa en el carrillo para esconder impunemente el agudo puñal en nuestro pecho?
Tales son los herejes de que yo hablo. No se desdeñan de llevar en la frente el apreciable nombre de cristianos, de cuya profesión están muy lejos. Viven con nosotros y en el seno de la Iglesia; confiesan que es su madre que les dio a la luz de Cristo en el Bautismo, que los ha instruido en su saludable doctrina y que los ha alimentado con sus Sacramentos. En una palabra, nada niegan claramente; pero los más no lo creen y lo refutan con disfraz, induciendo en cuanto pueden la desconfianza y el desprecio de la misma religión de que se ostentan acérrimos defensores.
Por lo común se manifiestan disgustados por la relajación que ponderan de la disciplina eclesiástica, se escuecen demasiado por muchas cosas que ven en nuestra religión, que aseguran se oponen con el dogma, y se escandalizan de lo viciado que se halla el clero: quisieran, a fuer de reformadores liberales, componer estas cosas, pues, por la honra de Dios y el bien espiritual de los fieles; y para hacer cuanto está de su parte para entablar esta reforma, persuaden en sus conversaciones y gritan en sus impresos contra los abusos; pero ¿en qué tono? En un tono sacrílego, impío y declaradamente herético; en un tono por el que se trasluce que su fin no es aquel celo santo que devoraba al profeta rey: Zelus domus tuaecomedit me, sino un celo hipócrita y ambicioso de los bienes temporales, un celo de las honras y riquezas de la Iglesia, un celo de capellanías y otros beneficios, de cálices y custodias de oro, de fundaciones pías, etcétera, etcétera; un celo político y económico para sí mismos, como el que movió al ladronazo de Godoy a establecer aquella consolidación o conquitación de toda obra o fábrica piadosa y rica...
Éste es el celo de nuestros predicadores; por éste se desvelan en proyectar todos los días contra las manos muertas, porque desearan que las alhajas y bienes de la Iglesia pasaran a sus manos vivas, para disiparlos en cuatro días en el meretricio, en el juego y en el lujo. Tales son sus deseos; mas como ven que así los tronos católicos como las potestades eclesiásticas ni mandan, ni permiten, ni se conforman con sus avarientas y liberales ideas, se enconan, se enfurecen y, advirtiendo ser la religión la rémora que detiene su cascada navecilla, emprenden contra ésta de todos los modos posibles, como quien dice: éstos (reyes o cortes) no acceden a nuestras ideas por respeto de su religión; luego en haciéndoles ver que esta religión es gravosa a los tronos, supersticiosa en sí y opuesta a la libertad de los pueblos, ya la malquistamos y ya tenemos lo necesario para hacer famoso nuestro nombre, vivir a nuestras anchuras y tal vez lograr alguna administración de los bienes que se les quitan a los clérigos y frailes.
¿De dónde, si no de iguales raciocinios, pudiera originarse aquel encono decidido con que clamorean contra el estado eclesiástico, ensartando sátiras, vomitando blasfemias y exagerando hasta el cielo los defectos de algunos? No sólo asestan sus tiros al estado dicho (aunque es el blanco principal), sino contra toda religión; y ¿cómo? ¡Dios eterno y paciente! Ultrajando y blasfemando con la mayor procacidad de aquello mismo que nuestros padres veneraron; estampando con desvergüenza en sus asquerosos papeles proposiciones escandalosas y blasfemas, y poniendo en ridículo lo más sagrado de nuestra santa religión. ¿Y en dónde? ¿Y cuándo...? La pluma se resiste al movimiento de mi mano y la tinta se emblanquece con mis lágrimas al escribir que estas herejías se vierten... en el seno, en la cuna, en el baluarte antiguo de la cristiandad, en España, ¿dirélo?, sí, en España ¡y en los años de [1]812 y [1]813!
Españoles católicos, no os confundáis, no os llenéis de rubor al ver que en vuestra patria haya talado la herejía de la Francia y mancillado y seducido el espíritu de algunos pocos necios. Sabemos bien y saben los reinos cristianos que la Península ha dado innumerables santos a los cielos y defensores sabios a la Iglesia de Dios. Si ahora las casualidades de la guerra, el desorden y confusión de las pasiones, la necesidad de los auxilios y el yugo inevitable de la fuerza ha introducido en vuestros hogares a los maestros de la irreligión, y éstos han podido pervertir algunos genios débiles y vagos, no os aflijáis; acordaos de vuestros santos progenitores y, por ahora, atestiguad de vuestra firmeza en el catolicismo con vuestras Cortes, con los escritos sabios y cristianos de un don José de Masarrasa(2) y de un fray Rafael Vélez,(3) a cada uno de los cuales se les puede decir: para defender la religión en España, tú solo vales por diez mil, tu unus pro decem millibus computaris. Consolaos, pues, alegraos, que la culpa de algunos perversos en ningún género puede desacreditar el buen concepto de los más, ni el hollín de veinte o treinta pedantes liberales es bastante a tiznar el lustre de una nación en general; pero guardaos, sí, guardaos de empaparos en esas máximas; sed fieles como vuestros padres y no os deslumbréis con los falsos brillos de esta filosofía liberal, que no es más que el deísmo o un materialismo bien mezquino.
Mas volviendo al asunto. Yo quisiera que cada uno de los que asisten a las tertulias o leen los papeles de estos impíos les observaran atentamente la probidad de su conducta y el fondo de su talento. A buen seguro que (si los fiscales no eran del mismo cuño) a poco trabajo se habían de encontrar con unos charlatanes inmorales. Es de fe que donde falta el temor de Dios falta la sabiduría. ¿Y qué temor de Dios podrán tener los que dicen y escriben que "de nada sirve el citar textos; que esto es la carabina de Ambrosio; que la sagrada forma sabía a cuerno a un penitente y que el confesor le dijo que era destilación de la cabeza"; que se comparen los Sacramentos "con las ayudas y ventosas; que la religión todo lo allana; que ella ha hecho déspotas a los reyes...; que la opinión de que son puestos por Dios es abominable; que los ministros de la religión, por el grande interés que de esto les resultaba, se apresuraron a entregar en manos de los reyes las armas de la religión para consumar la grande obra del despotismo?" ¿Cómo creeremos [en el] temor de Dios en los que imprimen que "siempre que la razón o la religión van contra el hombre", etcétera; en los que llaman a un perro Ganeleón (nombre de santo) y dicen que "estaba milagreando en pacífica posesión de su santidad..."? Basta, que no quiero manchar mi periódico con la infinidad de blasfemias que han escrito estos impíos impunemente, y se pueden ver con más extensión en el cuaderno que escribió el citado padre Vélez titulado Preservativo contra la irreligión, y se reimprimió en esta ciudad, en este año, en la Oficina de Jáuregui, reformado o añadido por el doctor don Agustín Fernández de San Salvador.(4) En dicho cuaderno se leerán proposiciones y herejías escandalosas, como asimismo la refutación que hace de ellas su autor.
Y digo yo, ¿éstos serán sabios ni timoratos? ¿El celo de la honra de Dios ni el deseo de la reforma eclesiástica les dictará tan execrables impiedades? ¡Pobrecitos! Eso lo dicen y lo escriben por nuestro bien, porque quieren quitarnos la venda de los ojos, ilustrarnos y, por último, sacarnos de la servidumbre en que yacemos hace diecinueve siglos. ¿No es gracia? ¿Con qué pagaremos los católicos tamaño e inaudito favor? ¡Hipócritas! Ésta es la máscara de la amistad, éste es el ósculo de paz y la dorada copa con que pretendéis introduciros con los ignorantes. Por nuestro bien, por nuestra ilustración y libertad ¡artificio viejo!, ¿usó otro acaso el demonio en el Paraíso? No, por cierto; con sabiduría, con grandeza y divinidad brindó a nuestros padres para que traspasaran el precepto del Señor. Yo encuentro mucha semejanza entre la seducción del demonio a Eva y la vuestra a los católicos. La astuta serpiente dijo a Eva: "En cualquier día que comiéreis de ese fruto (vedado) se os abrirán los ojos, sabréis del bien y del mal y seréis como dioses."(a)Vosotros decías a los cristianos: "En cualquier día que gustéis de nuestra filosofía liberal seréis instruidos, sabréis arcanos maravillosos y seréis libres, independientes y felices." Eva dijo al demonio, vuestro maestro, que "Dios les había mandado no comieran de aquella fruta, porque morirían." Y el seductor les aseguró que no sería así: "De ninguna manera moriréis", les dijo.(b) Nosotros os decimos: "Si seguimos vuestras doctrinas y ejemplos, nos separaremos de la Iglesia y nos condenaremos", y vosotros respondéis:
No, no hayáis miedo que tal suceda; ¿quién cree en boberías? Eso de alma, eternidad, juicio, infierno, etcétera, son supersticiones de frailes y gente opaca; nada os ha de suceder funesto. Nequaquam morte moriemini.
¿No es verdad que vuestra seducción se parece a la del mismo Satanás? Pero, ¡oh, cuán caro costó a Adán y su posteridad haberse creído de la palabra de tal profeta! Lo mismo que nos costaría a nosotros si nos fiáramos de la vuestra.
Pero, ¿quiénes son estos oráculos para que aventuráramos nuestra creencia por seguir sus arrastradas opiniones? Ellos es verdad que esfuerzan su voz contra la religión, declamando contra los abusos que en ella se advierten y gritando contra la relajación de algunos eclesiásticos (que ellos apellidan clero); ¿pero acaso alguna vez han faltado abusos en la Iglesia ni ministros defectuosos en el santuario? ¿Ha habido en el mundo corporación alguna que haya carecido de esta desgracia? Señálenla y los desmentiremos. ¿No saben que es preciso que haya escándalos en nuestra Iglesia para que así resalte el resplandor de los santos y brille la constancia de la virtud entre la escoria del vicio y la persecución? ¿No advierten que ellos mismos son parte de la prueba de esta verdad? A más de esto, ¿quién ha dicho que es lo mismo tolerar o sufrir, que querer o mandar? Hay en la Iglesia abusos, es verdad; hay miembros relajados y podridos, ¿quién lo niega? ¿Pero de aquí se podrá inferir, en buena lógica, que la santa Iglesia autoriza los unos y consiente los otros? De ningún modo.
La santa Iglesia, ilustrada por el espíritu de verdad, sabe, advierte y conoce, sin necesidad de estos orgullosos espiones, los abusos de sus hijos, nacidos una veces de una ignorancia crasa y otras de piedad desordenada; y sin embargo de este conocimiento, los tolera en lo que no se oponen al dogma, pro meliore bono, aut pro pejora vitanda. Esto es, o porque de esta tolerancia pueda resultar algún gran bien o por evitar daños mayores hablamos de aquellos abusos que no traen anexa culpa mortal.
Este proceder ha sido constante en la Iglesia de Dios. En los primeros siglos, decían los judíos convertidos al cristianismo que no era lícito comer sangre de reses ni carne de otros animales que a ellos les habían sido prohibidas por la ley antigua. Los gentiles rehusaban esta doctrina, alegando que Cristo en la ley nueva no les había dejado tal prohibición. Ya se ve que admitir el escrúpulo de los judíos parece que era tolerar un abuso, pues nada menos era que introducir un precepto más en la religión. Pues así fue, y no sólo, sino que la tal prohibición se mandó por precepto eclesiástico, el cual duró mientras duró la causa (dice el ilustrísimo Manero(5) en su prefacio a la apología de Tertuliano) esto es la desavenencia entre los recién convertidos. "La Iglesia deseosa (son palabras del autor) de unir los primeros fieles en estrecha uniformidad, ordenó que todos se abstuviesen de sangre y morticinios, porque parecía más fácil a los apóstoles, dice san Agustín, recabar de los gentiles la abstinencia que desarrimar a los judíos de su tema." En virtud, pues, de esta eclesiástica prohibición (no por fuerza de la vieja ley), se observó en la Iglesia la abstinencia de estas viandas mientras duró el peligro de la sedición.
"Es verdad (dice el señor Fleuri(6)(c)) que la Iglesia tolera algunas veces algunos abusos muy envejecidos, esperando coyuntura favorable para desarraigarlos." Pero esta condescendencia no prueba ni falsedad en nuestra religión ni relajación en el espíritu de la Iglesia, pues como dice el mismo autor,(d) "no es menester más que leer las constituciones o cánones que apoyaron alguna relajación, para ver que la Iglesia jamás lo ha hecho sino con disgusto."
Efectivamente, ¿dejará esta misma Iglesia de incomodarse con la multitud deespantos, revelaciones y milagros que se esparcen en el pueblo cada día por la ignorancia de algunos fieles sencillos? Ignorará esta sapientísima asamblea, presidida siempre por el espíritu de la verdad infalible, los requisitos necesarios que debe tener todo suceso para calificarse de milagroso? ¿Será preciso advertirla que debe ser fuera del orden natural enteramente, que debe corresponder al designio indicado por la Providencia, que sus circunstancias han de ser tales que no pueda interpretarlas la malicia ni confundirlas el error? ¿Que deba ceder siempre en honra de su autor, etcétera, etcétera? ¿Ignorará estas cosas la santa Iglesia? ¿Habrá menester maestro que se las enseñen? [sic] Sería más que necio quien se persuadiera a semejante desatino. Pues siendo así, ¿cómo es que sufre algunos milagros apócrifos inventados o apoyados por el fanatismo de una piedad mal entendida y con la que nos han manchado más de una vez los libros y las paredes de los templos? Los sufre bajo el concepto de que la opinión vulgar de los hombres está destituida, las más veces, de la prudencia, y no sabiéndose sujetar a un medio, declina por necesidad a los extremos; y la docta Iglesia, atenta siempre a la conservación de nuestra santa religión, disimula que la opinión ignorante balancee por el extremo menos funesto a sus amados hijos. Me explicaré.
De que el pueblo vulgar amontone prodigios y milagros apócrifos creyendo que son verdaderos, no se sigue otra cosa que un exceso de piedad y devoción o, cuando más, unas mentiras oficiosas que no pueden pasar de unos pecados veniales indeliberados; pero si se le prohíbe poner sus figuritas de plata o cera en los nichos de los santos, entapizar con retablitos las columnas de los templos y abrir sus laminitas de cuando en cuando, este mismo vulgo declinará al otro extremo, esto es, a un exceso de impiedad; y persuadido de que todo milagro es falso o imposible, se negará a la creencia de los más autorizados, entrando en este número los que hizo el mismo Jesucristo; perderá toda la confianza que tiene en el patrocinio y valimiento de los santos; se acabará por completo toda la devoción y titubeará la fe sobre sus cimientos; y ya se ve que este extremo es terrible; y por eso tiene a mejor partido la Iglesia el tolerar estas preocupaciones en algunos que el corregirlas, temiendo se transtornen muchos por su entusiasmo y piadosa necedad.
Pero nuestro orgullosos reformadores no se embarazan en estas reflexiones; más intrépidos que el joven macedonio cortan la dificultad que se les presenta con el montante de la incredulidad; pero no la disuelven con la razón, como que carecen de ella y de la instrucción necesaria en estas materias; porque "el mayor número de los incrédulos (dice el marqués de Caracciolo)(e)(7) no conocen la religión ni sus ministros sino por los retratos odiosos que han hecho de ellos los impíos y los protestantes. De aquí provienen las objeciones envejecidas, que se derraman por todas partes contra la supuesta malicia de los sacerdotes y frailes..., las frecuentes disputas sobre nuestros dogmas que se atreven a tratarlos de supersticiones y delirios; las blasfemias que combaten al mismo Dios hasta en su santuario..." Mas es tan inconcusa esta verdad, que se ha desprendido de los labios de uno de estos incrédulos libertinos, en nuestros días y en nuestro México. Trasladaré el caso y las notables palabras del mismo individuo (según se hallan en el Diario de esta capital del viernes 15 de octubre del presente) porque la repetición del pasaje ceda en gloria de la religión cristiana, honor del sincero convertido, comprobación de estas verdades y oprobio eterno de los obstinados herejes. Fue el caso.
Un sujeto, entregado del todo a la disolución y tan abandonado que él mismo confiesa "no haber pisado una iglesia en todo este año", al ir a un convite de unos amigos el domingo 3 del citado octubre, pasó casualmente por una iglesia y oyó tocar la campanilla para misa; tocóle Dios, éntrase a oírla, y después de batallar un rato consigo mismo sobre si entraría o no, satisfecho de que iba solo, que no lo sabrían sus amigos y que despacharía el padre pronto, se resolvió, entró y se arrodilló junto al altar. En la dicha iglesia estaban haciendo entonces desagravios; respiraba en aquel lugar santo la majestad de Jesucristo sacramentado expuesto a la pública veneración del devoto concurso que allí asistía. Salió la misa, y durante ella nuestro devoto no cesó de hacer las más serias reflexiones sobre su estragada conducta y sobre nuestra religión divina; abrazó dócil el primer auxilio, llenó Dios de luz su corazón y convirtióse. ¡Feliz casualidad, feliz entrada! En los transportes de su ternura decía:
¡Gran Dios! ¡Dios verdadero!, ¿qué sensaciones son éstas que experimento? ¿Qué habla tan poderosamente atractiva es la que oigo en lo más secreto de mi corazón? Burlado he de todas estas cosas, tratándolas de preocupaciones y de pasatiempos únicamente a propósito para entretener al vulgo ignorante; y he aquí que estas mismas son hoy el argumento que ha echado por tierra todos los sofismas que para apoyar mi corrompida conducta fabricó mi débil corazón. Deseaba yo que nada hubiese cierto, sino sólo los dictámenes de mis desenfrenadas pasiones, para poder tener la tranquilidad que siempre busqué en vano...
Parece que una confesión tan ingenua, que la gracia supo arrancar de un corazón antes tan empapado en el libertinaje y el error, es la prueba más incontrastable contra todos los impíos y los incrédulos, sea cuales fueren los nombres con que se distinguen. Esto es, llámense deístas, materialistas, reformadores o liberales.
De esta misma confesión se deduce que los incrédulos aborrecen nuestra religión porque se opone al desenfreno de las pasiones.
Por esto quisieran destruirla, y en efecto hacen sus diligencias, aunque en vano. Los herejes declarados impugnan sus principios, y los vergonzantes tratan, a más no poder, de malquistarla, atribuyéndola los abusos que a su sombra se cometen, así como imputan a todo el clero los vicios y los defectos de algunos de sus individuos. Pero por más que para esto usen de cuantos sofismas y chocarrerías quieran, ¿quién no advertirá que éstas son unas calumnias torpísimas, y un modo de concluir y refutar muy grosero e indigno de unos espíritus que se tienen por tanfuertes? ¿Y qué será si después de todo vamos saliendo con que ignoran, como hemos visto, los principios de lo mismo que impugnan? Entonces es menester decirles con Pascal que para la religión es cosa gloriosa tener por enemigos hombres de tan poco seso.
Concluirá
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Cf. t. III, núm. 1, nota a.
(3) Fray Rafael Vélez (1777-1850). Prelado español, escritor y obispo de Ceuta. Autor de Preservativo contra la irreligión o los planes de la filosofía contra la religión y el estado, realizados por la Francia para subyugar a la Europa, seguidos por Napoleón en la conquista de España.
(4) doctor don Agustín Fernández de San Salvador. Agustín Pomposo Fernández de San Salvador (1756-1842), abogado y poeta.
(5) el ilustrísimo Manero. Pedro Manero (1599-1659). Prelado y escritor español. Ingresó a la orden de San Francisco de Zaragoza, de la cual fue guardián provincial, secretario general y definidor general. Posteriormente fue calificador de la Inquisición. En 1656 tomó la sede episcopal de Tarazona. Como literato se distinguió por la pureza y elegancia de estilo. La Academia añadió su nombre al catálogo de autoridades. Tradujo al español la Apología y el libro de La paciencia de Quinto Séptimo Tertuliano. En el último incluyó una exhortación a los cristianos presos en las cárceles para ser martirizados por la confesión de fe.
(6) Fleuri. Claudio Fleuri (1640-1735). Abate francés. Abogado del Parlamento, preceptor de los hijos del príncipe de Condé y del hijo natural de Luis XV, el conde de Vermandois. Sus obras son: Catecismo histórico (1686), Costumbres de los israelitas (1681), Tratado de la elección y método de los estudios (1686). Su Historia eclesiástica es notable por el estilo y abundante erudición; obra que mereció las alabanzas de Voltaire.
(c) Costumbres de los cristianos, [p.] 289.
(e) Religión del hombre de bien, capítulo 12.
(7) marqués de Caracciolo. Domingo de Caracciolo (1715-1789). Político, diplomático y economista. Virrey de Sicilia, donde abolió el tormento como medio de prueba. Además de la obra que cita Fernández de Lizardi escribió Riflessioni sull'economia e l'estrazione dei frumenti della Sicilia.