[NÚMERO 13]
TODOS LOS BUENOS CRISTIANOS TOLERAN
A SUS HERMANOS
DECIMATERCIA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Qué le parece a usted, compadre, y cómo nos han criticado nuestra undécima Conversación?
PAYO: Sí, en el impreso titulado, Por más que hable El Pensador no hemos de ser tolerantes, sino cristianos como antes.(2) No diré que este título, con el que se compromete la religiosidad de El Pensador con un pueblo ignorante y fanático por principios, fuera dictado por la malicia, sino por una crasísima ignorancia. Desde el título manifiesta el autor que no sabe qué quiere decirtolerancia religiosa; porque cuando escribe: no hemos de ser tolerantes, sino cristianos, da a entender que la tolerancia está en oposición con el cristianismo, lo que es el absurdo más garrafal, pues de él se sigue que, siendo el mismo santo padre de Roma tolerante, no es cristiano: a semejantes reproches se expone el que escribe sin conocimiento de la materia que trata.
SACRISTÁN: Es que ya usted ve que un pobre militar, y luego Inválido, como se firma, sabrá de ordenanzas, de Colón, de echar armas al hombro, hacer su cuarto de centinela, etcétera; pero nada de derecho de gentes, deísmo, politeísmo, teocracia, tolerancia, culto ni demás cosicosas(3) como éstas.
PAYO: Pues lo peor es que según razones, el tal Inválido no es ni militar, ni publicista, ni teólogo(a) ni nada; pero nada nos importa su persona, sino su papel. Llámese Juan Ramírez, José Valdés, Epigmenio Pérez, sea fraile dominico o mercedario, cura, soldado o monigote, poco interesa a la cuestión. Sus razones son las rebatibles, y su opinión equivocada es digna de su indulgencia.
SACRISTÁN: Así es: este pobre señor, sea quien fuere, totalmente se quedó en ayunas de nuestra conversación. Él dice que: "El Pensador manifiesta aversión al clero, porque no hay escrito suyo en que no salga danzando algún cura, algún señor obispo o algún pobre fraile, lo que le hace muy poco honor."
PAYO: ¡Qué candidez del señor Inválido! El Pensador jamás ha aborrecido a los eclesiásticos por serlo, y la prueba es que tiene muchos eclesiásticos amigos, de ambos cleros y no vulgares; sino de los más sabios, virtuosos y patriotas, los que si pensaran como el Inválido, no lo honraran con su amistad dentro y fuera de México.
El Pensador habla de los vicios de un mal cura, no de todos los curas; del alevoso proceder del obispo de Sonora, no de todos los obispos; de la altanería y chaquetismo(4) público de algunos canónigos, no de todos los capitulares; del abuso que hace del púlpito el fraile Acal, y otros como él, no de todos los frailes, y así de todo. Si declamar contra los abusos de algunas gentes, prueba aborrecimiento hacia ellas, bien se podrá decir que los predicadores aborrecen a todos los seculares, pues que sin cesar declaman contra los incontinentes, ebrios, tahúres, ladrones, etcétera, etcétera. El señor Inválido no ha de querer concluir con esta lógica contra los predicadores y misioneros. ¿Cómo, pues, quiere persuadir que El Pensador aborrece al estado eclesiástico, porque declama contra los públicos defectos y aun delitos de algunos de sus individuos?
SACRISTÁN: Claro es que no se deben deducir consecuencias odiosas de principios sanos. Mas dejando esto aparte, el Inválido pretende retorcerle el argumento a El Pensador y herirlo con sus mismas armas, lo que nunca podrá conseguir. Resumiremos el argumento y diremos cuál es la disparidad que hay entre la pregunta que él hizo, y la que a él hace el Inválido. Usted o El Pensador, ya que han dado en que los tres somos una misma cosa, preguntan: ¿Qué privilegios tienen los canónigos para no quitar las armas españolas de la lámpara de Catedral, estando así mandado por la ley? A lo que el Inválido opone esta otra pregunta: ¿qué privilegios tiene El Pensador para infringir la ley, que manda que la religión del Estado sea la católica, apostólica, romana, con exclusión de cualquier otra? La disparidad es demasiado clara: los canónigos infringen la ley notoriamente, pues ésta manda que quiten los signos de la dominación española de los parajes públicos, lo que no admite la más ligera interpretación; y El Pensador, que profesa la religión católica, apostólica, romana, excluyendo de su creencia cualquier otra, y que jamás ha dogmatizado en favor de ninguna religión que no sea la católica dicha, cumple y ha cumplido exactamente con la ley; y entre los canónigos que desobedecen ésta y El Pensador que la observa, hay una disparidad infinita. Si ese escritor profesara una religión distinta de la católica, o persuadiera a sus conciudadanos a profesarla, ciertamente que desobedecía la ley con tanta impudencia como los canónigos de México; pero no habiendo nada de esto, está muy mal hecha la retorsión.
PAYO: Es que dice su antagonista, que El Pensador "promueve la tolerancia religiosa, condenada por el Código Constitucional", y en esto consiste la igualdad de la desobediencia de la ley.
SACRISTÁN: Pues aun permitido el supuesto, hay una disparidad notable entre el caso del Cabildo y el de El Pensador. Aquél no quita las armas españolas de la lámpara, lo que la ley le manda expresamente, y éste defiende la tolerancia religiosa, cuya defensa no prohíbe la ley expresamente. Vaya un ejemplo para que me entiendan bien los escrupulosos: prohíbe la ley que los paisanos anden con pistolas; Pedro, sin cargar pistola, escribe un papel probando que la pistola es más ventajosa que la piedra y que respecto a tantos ladrones que hay en México, sería bueno que se alzara la tal prohibición para que los paisanos no se hallaran sin defensa en caso de ser sorprendidos por los ladrones. Pregunto, ¿se puede acusar a Pedro de infractor de la ley, porque defiende la pistola y su uso libre?
PAYO: Claro es que no, y éste es el caso de El Pensador; pero el Inválido seguramente no ha entendido lo que es libertad de conciencia ni menos tolerancia religiosa. Muchos creen que libertad de conciencia es poder robar, matar, estrupar,(5) etcétera, impunemente y sin responsabilidad ante la ley civil. Acaso el señor Inválido creerá que El Pensador defiende esta clase de libertad de conciencia; pero, sin acaso, no entiende lo que es tolerancia religiosa. Su equivocación la manifiesta desde el título, según está probado y la confirma con las palabras que transcribo: "reconvengo (dice) en que los extranjeros, sean quienes fueren, deben ser tratados con aprecio y urbanidad; pero que porque ellos no se apesadumbren hayamos de abrazar una religión cual no conocieran nuestros padres, parece una pretensión muy infundada". Yo también convengo en que lo fuera, y no sólo injusta, sino impolítica pero ¿quién ha pretendido el que abandonemos nuestra propia religión por adoptar la de los ingleses? Hay mucha diferencia entre sertolerantes o apóstatas. El Pensador quiere lo primero y nunca ha pretendido lo segundo.
SACRISTÁN: Es verdad, pero el señor Inválido, por desgracia, aunque con muy buena intención, confunde las ideas, y para él lo mismo es legislación civil que tolerancia religiosa, y lo mismo ésta, que tolerancia de cultos. Por eso pregunta: "¿No es más racional y más conforme el derecho de gentes, que los extranjeros respeten y se acomoden a la legislación del país en que moran, que no el intentar que la legislación se altere y se mude por consideración a los extraños, con disgusto de los naturales?"
PAYO: Ya se ve que sí, pero ni los ingleses ni nadie ha pretendido variar la legislación, antes ellos son los que obedecen las leyes más puntualmente que los nuestros. Por unos monederos falsos(6) que tenemos ingleses, ¿cuántos ladrones, asesinos y delincuentes americanos no se encuentrancristianísima y exclusivamente en las cárceles y presidios? ¿Cuántos vagos y borrachos católicos, apostólicos y romanos no nos escandalizan diariamente, ya tirados en las calles como troncos y ya profiriendo en sus riñas las palabras más indecentes y obscenas, que no debieran herir jamás los oídos castos?, y no vemos un mal ejemplo de éstos con los anabaptistas, presbiterianos, luteranos, etcétera. Luego esta clase de gentes, a quienes llamamos herejes por apodo, son más hombres de bien, de mejor conducta moral y más obedientes a nuestras leyes que nosotros mismos.
SACRISTÁN: Yo deseara que el Ser Supremo dijera cuál conducta le es más agradable, si la del protes[tan]te que respeta la ley del país en que vive, que es buen esposo, buen padre de familia, buen amigo, trabajador y útil a la sociedad, o la del apostólico, romano, borracho, ladrón, asesino, mal padre, mal marido, y a quien las leyes tienen por mejor matarlo que sufrirlo. Es menester mucha hipocresía y fanatismo para no responder precisamente. Ni yo creo que el señor Inválido esté plagado de tan torpes defectos.
PAYO: Yo tampoco; pero lo que no tiene duda es que no sabe lo que es tolerancia y la confunde con la apostasía; por eso lleno de satisfacción dice: "¿qué harían los ingleses si en virtud de tanta unión y amistad con los mexicanos, se les pidiera, por éstos, que se uniformaran en su fe y en su creencia? ¿Abandonarían su religión, o desairarían nuestra súplica? Medite bien El Pensador la respuesta; porque lo que responda a nuestra pregunta, debemos responder a la suya."
SACRISTÁN: Poco tiene que pensar la respuesta. En tal caso, los ingleses se reirían de nuestra supuesta solicitud; mas no es ésa la cuestión: no se pretende que los americanos abjuren su religión y abracen la de ellos, sino que sean tolerantes lo mismo que los ingleses y angloamericanos lo son con los cristianos. Eso es lo que se dice y nada más.
PAYO: Compadre, yo creo que los intolerantes deshonran la religión católica sin advertirlo; porque cuando oponen tanta repugnancia a que los de otras comuniones ejerciten sus cultos a nuestra vista, es porque temen que su ejemplo nos seduzca y separe de nuestra creencia, y esto es decir que losintolerantes no están muy seguros de su religión, cuando temen que el ejercicio de otras los haga prosélitos suyos, lo que no teme el moro, el pagano, el protestante ni el judío, todos los cuales son tolerantes, permiten a los católicos el uso libre de su religión y nunca han temido separarse de las suyas por su ejemplo.
SACRISTÁN: El argumento aprieta demasiado y no sé cómo se averiguará con el señor Inválido.
PAYO: Desentendiéndose de las dificultades, como han de costumbre los patronos de malas causas.
SACRISTÁN: Dice que: "El Pensador no prueba ni probará jamás que la tolerancia religiosa es conforme al Evangelio."
PAYO: Eso es porque el Inválido no ha leído lo que tiene escrito El Pensador acerca de esto. Se lo repetiremos para que vea si se prueba o no. Jesucristo manda en su Evangelio que nos amemos y nos toleremos unos a otros nuestras faltas. Alter alterius onera portate. Cuando Santiago y san Juan le pidieron que enviara fuego del cielo contra Samaria, porque los habían despreciado sin querer aprovechar su predicación, el Señor les contestó: vosotros no sabéis de qué espíritu soy; el hijo de Dios no vino a perder a las almas, sino a salvarlas.(7) Cuando les manda que vayan a predicar su Evangelio, les dice que vayan sin armas, y que donde no quieran recibirlos, que se salgan y sacudan el polvo de los zapatos.(8) También dice en el Evangelio, si pecare tu hermano corrígelo a solas; si no se enmendare, repréndelo delante de dos o tres testigos; si aún se obstinare, denúncialo a la Iglesia, si ni aún a ésta quiere obedecer, repútalo como gentil o publicano.(9) "Éstas son todas las penas que impuso el Divino Fundador de nuestra religión (dice un autor moderno) y querer usar de otras, es ser mal cristiano e indigno ministro del Evangelio."
No sólo con las palabras, con el ejemplo mismo manifestó Jesucristo, que era el más dulce, más amable y más tolerante de los hombres, como que era la misma bondad y la justicia misma. Él no sólo no se escandalizaba de los defectos de los demás hombres, sino que los disculpaba con el mayor amor. A todos generalmente trataba con dulzura y caridad, familiarizándose con los pecadores, cismáticos y paganos, y por eso lo vemos conversando y visitando amigablemente a los samaritanos, saduceos y toda clase de personas, curando sus dolencias, consolándolos y enseñándoles la virtud con sus acciones. ¿No es verdad que Jesucristo fue el más tolerante del mundo y que con sus hechos y palabras nos enseñó la misma tolerancia? Pero, ¡qué más!, el mismo Ser Supremo es tolerantísimo por esencia: pudiera desaparecer de sobre la faz de la Tierra a los que le ofenden o no protestan la religión de Jesucristo, mas todo lo contrario, a todos nos tolera y favorece. Las aguas del cielo caen sobre el justo y sobre el impío, y el sol nace sobre el protestante y el pagano, lo mismo que sobre el cristiano y el judío. ¿Por qué, pues, cuando el Ser Supremo, y cuando el mismo Jesucristo nos enseñan la confraternidad y dulzura, la caridad y tolerancia, nosotros, a pretexto de religión, y fascinados con la hipocresía y el fanatismo, hemos de ver con ojos torvos a los que no se conforman con nuestra creencia? ¿Por qué a título de cristianos, separándonos de las máximas y ejemplo del Divino Fundador de nuestra religión, hemos de hacernos no sólo intolerantes, sinointolerables y ridículos a los ojos de todo el mundo?
La soberanía religiosa puede hacer prosélitos de nuestra religión; pero la intolerancia siempre hará enemigos y deturpadores(10) de ella misma. Por eso san Pablo aconsejaba que la mujer fiel casada con gentil, no lo abandonase ni se separase de él, porque muchas veces el marido infiel, se convertía por medio de la dulzura y amable trato de la mujer cristiana. ¿No es esto persuadir el apóstol la tolerancia?
Por otra parte, en todo el mundo son tolerantes a excepción de la caduca y supersticiosa España, de donde hemos aprendido a ser ridículos cristianos; mas en las demás partes del globo se toleran las religiones unas a otras. En Francia, cuyo rey se denomina cristianísimo, hay tolerancia pública de cultos; en Londres, solamente, hay catorce parroquias de católicos, donde a éstos se les permite el ejercicio libre de su religión; en Prusia, Rusia y Alemania, lo mismo. Los moros no sólo son tolerantes, sino que permiten conservar a los cristianos los santos lugares de Jerusalén. Pero ¿qué más?, en Roma, en el centro mismo de la unidad cristiana, hay tolerancia pública de cultos, con que yo no alcanzo la razón que favorezca a los americanos para ser intolerantes, en vista de que [tolerante] lo es todo el mundo, lo fue san Pablo y los apóstoles, lo fue Jesucristo, y lo es el mismo Dios.
SACRISTÁN: ¿Y qué dirá el señor Inválido cuando a su pesar sepa que en efecto ya somos tolerantes? Pues así es en verdad: ya viven con nosotros y toleramos a miles de hombres de diferentes sectas y comuniones. Con ellos comerciamos y tratamos, con ellos vivimos y brindamos, y con ellos nos solazamos y bailamos sin el menor escrúpulo.
Cuando un asesino intolerante mató al pobre inglés en las Escalerillas, a pretexto de que no se quiso hincar en la puerta para adorar al Sacramento del Altar, todos los sensatos abominaron el hecho y al hechor.(11) El cónsul británico prometió públicamente un premio de dos mil pesos a quien lo entregara, y el gobierno no sólo no tuvo a mal ni impidió esta oferta, sino que manifestó su indignación, mandando por un Bando que tratasen a los extranjeros con la moderación y respeto debido, y amenazando gravemente a todo el que los insultase con cualquiera pretexto. ¿Esta amistad y esta defensa con que el gobierno garantiza la seguridad de los extranjeros, es otra cosa más que una pública tolerancia?
¿Ni cómo pudiera el gobierno dejar de ser tolerante, siendo republicano su sistema? República sin tolerancia es una ridícula complicación que no se puede ni concebir; porque declararse nuestro territorio país libre, llamar a él a todos los hombres del mundo y no tolerarles sus opiniones religiosas, es lo mismo que convocar a los músicos para que me diviertan, con la condición de que han de abandonar sus instrumentos y sólo han de tocar la viola que yo toco. ¿No es verdad que saldría el concierto divertido?
PAYO: Pero el Inválido no hablará de esa clase de tolerancia, pues bien sabe que ningún gobierno del mundo tiene poder sobre la creencia y opiniones privadas de los hombres, y él mismo ha dicho que Dios es el único juez de nuestras conciencias.
SACRISTÁN: Ciertamente que nadie se opondrá a la tolerancia de opiniones religiosas, y cuando hablamos de tolerancia, entendemos la de cultos. De ésta únicamente me parece que habla la ley cuando prohíbe el ejercicio de cualquiera otra, es decir, que no prohíbe la observancia privada de las religiones, sino el ejercicio público de ellas, que es lo único que puede prohibir.
PAYO: ¿Pero cuáles son las ventajas que puede prometerse la República de esta prohibición, o las que sin ella deben esperarse?
SACRISTÁN: Yo, respetando la ley y las autoridades, solamente expondré mi opinión para cuando valga; porque esto no lo prohíbe la ley en parte alguna, y con esta salva digo: que la única ventaja que puede esperarse de la prohibición es evitar el escándalo que causara en el vulgo la vista de diferentes actos de cultos; pero además de que este escándalo sería farisaico, y por lo mismo despreciable, lo haría más la novelería vulgar, pues los espantos y faramallas serían los primeros días, y después nadie haría caso de los diversos ritos de otras naciones. La experiencia propongo por garante de esta verdad.
¿Qué escándalo no hubieran recibido nuestros padres ahora cuarenta años si hubieran oído decir que se podía comer carne en la Cuaresma, representarse en ella comedias, haber conciertos en Semana Santa, fusilarse sacerdotes, maldecirse públicamente a los inquisidores, no necesitar los confesores de la Bula de la Cruzada para absolver a los penitentes, etcétera, etcétera? ¿No es claro que aun la proposición de estas cosas hubieran calificado de herejía delatable al Santo Tribunal? Y ¿qué ha sucedido?, que todo se ha practicado y ya no hay quien se espante de nada. Pues lo mismo mismísimo sucedería con la tolerancia de cultos.
Las ventajas que ésta ofrecería a la República en la colonización, agricultura, comercio y artes son evidentísimas; y no lo es menos la seguridad que proporcionaría a la República la concurrencia de miles de extranjeros que, tolerados, se enlazarían con nuestras hijas, se reproducirían en millones de millares de hijos americanos, harían comunes los intereses de todos, y la misma tolerancia de todas las naciones del mundo sería un equilibrio que mantendría el orden entre sí. Tal es mi opinión.
PAYO: Yo [me] suscribo a ella, y espero que el tiempo convertirá en realidades nuestros deseos. De la intolerancia no se puede esperar ningún bien; de la tolerancia, todos.
SACRISTÁN: Ya ha visto el señor Inválido cómo no hemos habido menester para sostener nuestra opinión [de] la sátira, la chocarrería ni el sarcasmo. Su moderación es acreedora a que se le trate con la misma; pero al que a falta de razones nos diga desvergüenzas, oirá de nuestra boca ciento por una, pues pagar es corresponder.
PAYO: Pues a Dios, compadre, hasta la vista.
SACRISTÁN: A Dios.
México, abril 13 de 1825.
El Pensador
(1) Imprenta de don Mariano Ontiveros.
(2) Por más que hable El Pensador no hemos de ser tolerantes, sino cristianos como antes, firma El Inválido, México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1825.
(3) cosicosas. La forma común es quisicosa: enigma u objeto de pregunta muy dudosa y difícil de averiguar.
(a) Los buenos teólogos deben ser tolerantes, si quieren ser consecuentes con sus doctrinas.
(4) chaquetismo. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(5) estrupar. Forma arcaica de estuprar.
(6) monederos falsos. Los que acuñan monedas falsas o subrepticias, o bien les dan curso a sabiendas de su falsedad.
(10) deturpadores. De deturpar. Cf. nota 6 al núm. 19 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(11) Alusión a Seth Hayden. Cf. nota 3 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo el Sacristán.