[NÚMERO 13]
RIDENTEM DICERE VERUM, QUID VETAT?
Martes 1º de noviembre de 1814(1)
Breve sumaria y causa formada a la Muerte
y al Diablo por la Verdad y ante escribano público
En una de estas divertidas (aunque debía ser tristes) noches de finados, me pareció entre sueños que salía a pasearme por los parajes acostumbrados, para distraerme de mis particulares pesadumbres con los diversos objetos que en ellos se presentan. Bastante embelesado iba yo, cuando, entre la esquina del Parián(2) y la Plaza de Armas, sentí que se movía el terreno que pisaba. Sorprendíme, como era regular; pero cuando acabé de trastornarme fue cuando frente de mí se abrió la tierra, y de la oscura grieta salió... ¡quién lo creerá!, una hermosa mujer rica, aunque muy honestamente vestida.
No acababa yo de santiguarme ni de creer el fenómeno que veía, cuando la hermosa ninfa se acercó a mí y con un tono de voz muy agradable me dijo: "No te asustes. ¿Me conoces?" Yo entonces la vi el rostro con intención y la dije: "Señora, me parece haber otras veces tenido la felicidad de veros; pero en la presente no me acuerdo de vuestro nombre." Ella, sonriéndose, me dijo: "Pues yo soy la Verdad, a quien has visto muchas ocasiones y has defendido en tus escritos. Es cierto que me has visto con los ojos del entendimiento; pero ahora me ves con los del cuerpo." "Éste —dije yo— es un favor sobrenatural." "No mucho —dijo— ¿pues qué tú piensas que los mortales no me ven con sus ojos cada rato? Te engañas: la Verdad es señora, pero muy familiar con todo el mundo; yo bien deseo que todos me vean, me conozcan, me traten y me amen; para esto me hago demasiado visible; mas por desgracia tus semejantes se tapan los oídos por no oírme, y cierran los ojos por no verme." "Así es, señora —dije yo— pero ya que habéis tenido la bondad de dejaros tratar de mí con esta llaneza, permitidme os haga unas cuantas preguntas con cuya duda batalla mi imaginación actualmente." "Di lo que quieras —me contestó— que serás satisfecho con franqueza."
"Pues habréis de dispensarme —proseguí—, porque tengo de haceros más preguntas que un catecismo. Decidme, ¿qué significa haber salido de la tierra? Si es para darme a entender aquello que se lee en las Divinas Letras de que la verdad nació de la tierra, para significar que, no habiendo en el cielo mentira, la verdad reconoce su centro en la tierra donde es peculiarmente necesaria; si es para esto, repito, ¿no fuera mejor exprimir la misma alegoría saliendo de algún palacio o de algún edificio suntuoso de tantos que hay en esta ciudad, y no de la misma tierra grosera a modo de tuza o lagartija?"
"Así parece —me respondió—, pero has de saber que soy tan desgraciada que no hallo albergue seguro donde alojarme entre los mortales, pues aunque todos dicen que me aman, ninguno me quiere por su casa; y así, por no sufrir muchos desaires, tengo a mejor habitar en el obscuro centro de la tierra."
"Decidme —continué—, ya que por demasiado puntillosa preferís tan grosero alojamiento, ¿por qué no salisteis junto algún convento de recoletos o capuchinas cuyos sitios son seguramente los asilos de la verdad, y no de este lugar que por tantos títulos merece el epíteto de mentidero? Porque bien sabéis, señora, que en los Portales y Parián concurre, los más días, una multitud de hombres poco ocupados, con el inocente objeto, según dicen, de pasar el rato, en cuyo tiempo miente cada uno a proporción de su genio y de la materia que trata. A más de esto, tienen muy bien merecido estos lugares el sobrenombre de mentideros, cuando menos por ser los más públicos de comercio, porque es innegable que por desgracia en este giro se miente a solis ortu, usque ad occasum, y no parece sino que los mostradores son unas fortísimas murallas que os defienden la entrada y la salida de las tiendas, pues tratan de ver cómo se engañan en los ajustes; y aunque en las tiendas los compradores llevan la peor parte, en lo que no es tienda no van mejorados los que venden, pues también se valen de su necesidad los que les compran ofreciéndoles cuatro por lo que conocen que en su precio ínfimo vale doce; y aunque esto es gravoso y una especie de hurto, nadie hace alto en ello; antes se vanaglorian de haber hecho una famosa compra. Por esto digo, señora, que me admiro hayáis escogido para manifestaros a mi vista un lugar tan indecente para vos como éste, y deseara saber el motivo."
"Pues sábete —me dijo—, que he elegido este lugar por la misma razón de lo mucho que en él se miente, porque donde abundan las mentiras abundan asimismo las verdades." "Perdonad, señora —la dije—, pero parece paradoja." "No es sino realidad —me respondió—, ¿no advierte que el que miente conoce que miente?(a) Pues este conocimiento incluye una verdad, y mira tú cómo yo no falto, a lo menos del pensamiento del mentiroso."
"Es así, señora —proseguí—, pero ¿por qué dicen que sois amarga?" "Yo —me dijo—, no amargo sino a los que no me tragan, de modo que estos necios aseguran que amargo sin gustar de mí; pero creo que el daño no está en la vianda sino en sus estragados paladares: por eso jamás oirás decir que amargo a los hombres de bien, porque éstos me han tomado diferente sabor."
"¿Y por qué os presentáis vestida —dije—, cuando todos dicen que la verdad ha se ser desnuda, y aun en esa confianza escribí días pasados un papelucho titulado La verdad pelada?"(3) "Hijo —me respondió—, la verdad ha de estar desnuda de hipocresía, del temor servil, de la rastrera adulación, del engaño, etcétera; pero ha de estar vestida y adornada de la prudencia, del celo, del bien público, de la moderación y, sobre todo, de una santa libertad, con la que, sin zaherir a las personas, ataque al vicio cara a cara."
"Y decidme, señora —proseguí—, ¿por qué habéis salido esta noche? ¿Qué progresos pensáis hacer en unos ratos que todos dedican al paseo y la diversión?" "Yo bien sé que poco he de conseguir —me respondió—, pero mi amante natural no me permite separarme un punto de los hombres, por más que éstos se desdeñen de mí con la mayor ingratitud; de modo que, aunque quieren desasirse de mí y hacer que no me conocen, es imposible, porque me introduzco hasta sus corazones y allí les grito lo que ellos no sufrieran de sus mejores amigos; y mis gritos son con tal energía, que no pueden acallarlos ni dejar de confesar con el espíritu que tengo razón en mis severas reprehensiones. A más de esto, tengo la gracia de bilocarme, esto es, de estar a un mismo tiempo en diferentes partes, de suerte que ahora mismo estoy en las cabezas y en los corazones de infinitos de los que ves pasar, instruyendo a unos y reprehendiendo a otros sus miserables extravíos; pero el principal objeto de mi pública venida a estos lugares es porque sé que no han de faltar de ellos un par de facinerosos, de quienes vosotros los mortales os quejáis sin cesar, y vengo a haceros justicia, aprehendiendo y juzgando a estos pícaros que tanto os enfadan y molestan." "¿Y quiénes son, señora? —le pregunté—. Ven, veráslos —me dijo—, y tomándome de la mano me llevó por hacia donde ponen el cartel de las comedias, y abajo del pilar me mostró un feo demonio sentado, como dicen, en cuclillas, abrazándose las rodillas con ambas manos y cabizbajo a guisa de dormilón o pensativo. Quedé sofocado con tan inesperada visión, y procurando desasirme de la Verdad, la dije: "Señora, dejadme, os ruego, que mi débil espíritu no puede sufrir la horrorosa presencia de este vestiglo." "No temas —me dijo—, que mientras yo no falte de tu lado, todo el infierno es poco para perjudicarte en lo más mínimo."
Diciendo esto, me llevó a la plaza y vi ¡que horror!, un descarnado esqueleto que con una afilada guadaña andaba con la mayor velocidad por entre toda la gente, apunzando a unos, amenazando a otros, huyendo de algunos y burlándose con todos; y en estas vueltas y revueltas, cuando yo menos pensaba, la vi tan cerca de mí, que la punta de su arma que blandió sobre mi cabeza tocó mis narices; del mismo susto alcé la cara y vi que dirigió hacia mí su fiero aspecto, con tan extraño ademán que no pude menos sino venir al suelo, a los pies de la Verdad, a modo de toro desjarretado. El espectro pasó de largo y la Verdad, poniéndome una mano sobre el corazón, me alentó lo bastante para ponerme en pie y decirla: "Señora, por Dios os suplico me dejéis, porque yo no tengo valor para ver otro fantasma como los que he visto."
"Necio —me dijo—, ése es el carácter de tus ingratos semejantes; desechar a la Verdad en los preciosos momentos en que se digna visitarlos para su más sólida instrucción; pero en fuerza de mi cariño y de mi obligación no ha de ser así por ahora; a tu pesar has de asistir a mi lado esta noche, y cuidado como insistas en separarte de mí, porque te abandonaré para siempre y te entregaré a los mismos monstruos que tanto temes."
Enmudecí con tan severa reprehensión, y habiendo salido de la plaza me dijo: Ten buen ánimo, que se acerca ya el instante de la prisión de estos famosos reos." "¡Ay, señora —la dije con un tono de voz tan balbuciente que manifestaba de a legua mi temor—, hacedme la merced de soltarme, que yo os juro no perderos de vista en toda la noche; pero no me llevéis de ronda, porque os aseguro que no tengo valor para coger un perro de la cola, cuanto menos para ser corchete de tan semejantes espantajos!" "Pues bien está —me dijo—, no te apartes de mí, que para prehenderlos me voy a acompañar de aquel que viene allí..." "¿De quién? —la dije—, ¿de aquel hombre vestido de negro?" "Sí, de ése", me respondió. "Pues eso me admira más que haber visto al diablo y a la muerte." "¿Y por qué?", me replicó. "¿Por qué, señora? —dije yo—, porque ése es escribano y me parece cosa tan peregrina el ver a la Verdad junta con un escribano, que la tengo por más rara que ver al diablo y a la muerte en el portal o en la plaza." "Pues no la tengas —me contestó—, porque aunque dicen que la verdad y escribano importan contradicción, es un error, pues hay escribanos hombres de bien con los que yo me asocio porque me honran, y tal es éste."
Dicho esto, me soltó, y en un momento se juntó con el escribano, y entre ambos atraparon a los dos avechuchos, que muy fruncidos de hocicos a la vista de la Verdad se dieron por presos y se dejaron conducir al portal de las Casas de Cabildo; pero al pasar por la esquina del Parián sucedió que el escribano, embarazadas sus dos manos con los reos, no pudo alzarse la camba(4) del capote que se le cayó, la pisó y fue a dar contra una mesita de dulces. Muertos, calaveras, carneros, muñecos y toda gente de alfeñique fue a tierra mal de su grado y del de la pobre dulcera que se daba a Barrabás, maldiciendo su destino y sin conocer entre la turbamulta al autor de semejante fechoría. Recogía la infeliz las reliquias de su malhadada hacienda a toda prisa, porque ya venía una tropa de muchachos para ahorrarla del trabajo, y entre sus lágrimas y quejas decía: "Mal haya el demonio; sólo el diablo es capaz de haberme hecho semejante perjuicio..."
Fueron su camino los jueces y los reos, y yo a una vista. Entráronse en uno de los oficios de la Diputación, que no sé con qué motivo estaba solo, abierto y con luz. Sentáronse pro tribunali la Verdad y el escribano, yo me puse detrás de la silla de éste; la Muerte se quedó aparte en un rincón y el Diablo en pie junto de la mesa, a quien dijo el escribano: "Muy bien te conozco, buena maula; pero es preciso que pongas la cruz para recibirte juramento." "Eso sí no haré yo aunque me ahorquen —respondió el Diablo—, porque desde un chasco muy pesado que me pasó en un monte con una Cruz, he quedado tan escarmentado y medroso de ella, que no soy capaz de sufrir su presencia, cuanto menos de hacer su figura. Y así, si usted quiere, yo juraré decir verdad bajo mi palabra de honor; pero pensar en que ponga cruz es pedir peras al olmo." "Muy bien —dijo el escribano—, aquí está su señoría la Verdad, mi señora, que no te dejará mentir." Y diciendo esto, dobló su papel y comenzó a escribir lo siguiente:
AUTO CALEZA DE PROCESO, DECLARACIÓN Y CONFESIÓN
CON CARGO AL DEMONIO
En la ciudad de México, a 2 de noviembre de 1814 años, hizo la señora Verdad comparecer a un espectro, a quien en su persona le recibí juramento bajo su palabra de honor, so la cual ofreció decir verdad en lo que supiere y fuere preguntado, y siéndolo sobre su nombre, patria, padres y estado, dijo llamarse Asmodeo, ser natural del reino de los cielos, no tener padres y ser de estado doncello.
Preguntado: cuál es su ejercicio, dijo que tentar a los hombres y a las mujeres.
Preguntado: que qué estaba haciendo en el Portal cuando fue preso, dijo que estaba descansando.
Reconvenido: ¿cómo tiene la osadía de mentir ante su señoría la Verdad, asegurando ser célibe o doncello, como él se explica, cuando todo el mundo sabe que tiene sus comercios impuros con el sexo femenino, y aun en muchas ciudades de la Europa han desterrado, azotado y también quemado por este crimen a algunas pobres mujeres a quienes ha seducido y que se han conocido con el nombre de brujas? Dijo que todas esas son patrañas, que deben únicamente su origen a unas cabezas desconcertadas y a la ignorancia de los siglos en que han pasado por realidades los delirios.
Se le hace cargo: cómo con la mayor desvergüenza se pretende disculpar, faltando a la religión del juramento que ha prestado bajo su palabra de honor a la diablesca, negando el delito de que se le acusa, cuando se sabe que para perpetrarlo se ha puesto en figura de cabrón y ha llevado en volandas a las dichas brujas a las cuevas y soterráneos, dijo que, en virtud de su misma palabra, jura y rejura que es falso de toda falsedad el cargo que se le hace, porque él es una substancia espiritual incapaz de tener contactos físicos con el cuerpo.
Reconvenido: ¿cómo si es según expresa, hay hasta tratados escritos por algunos teólogos sobre los íncubos y súcubos, cuyos términos muy bien entiende, y la depravada malicia que se arguye de su significación? Dijo que este cargo es hermano carnal del antecedente, para el que reproduce las mismas respuestas.
Reconvenido: ¿cómo tiene valor de negar este delito, cuando todos saben no sólo que ha tenido los referidos comercios indecentes, sino que de ellos ha tenido sucesión, pues se asegura que tiene un hijo y, por más señas, que es tuerto, pues tanto quiso hacer con él que hasta que le sacó un ojo, lo que ciertamente es otro crimen? Dijo que ésa es otra mentira grosera, hija de un vulgo necio, cuyas viejas divierten a los niños con estos cuentos, llenado sus cabezas de semejantes frivolidades y simplezas, con las que los acostumbran a creer todo lo que suena a maravilloso, haciéndose después estos mismos niños con tan mala educación unos idiotas, que a pie juntillas defienden estos prodigios con los demás embustes de espantos, ruidos, muertos aparecidos, duendes traviesos, brujas de lumbre, luces significativas de dinero enterrado, prodigios en docenas y otra baraúnda de chismes, con que sin ser mejores cristianos son los mayores supersticiosos que difaman su misma religión. Añadiendo el exponente que si, como se dice, él fuera padre de familias, no permitiría a sus hijos el conversar con las viejas criadas de su casa ni con ninguna persona cuya instrucción no fuera conocida, y que esto lo dice para que se vea que él nunca ha tenido hijos ni botijos, ni padre, ni madre, ni perrito que le ladre; ni menos ha sacado a nadie los ojos, porque no es tecolote, y antes deseara abrírselos cuanto antes a los muchachos en ciertas materias para que le fueran útiles ab ineunte aetate, o desde sus primeros días; bien que tiene el consuelo de que no le faltan bastantes sustitutos que le ayudan en esta diligencia y desempeñan con garbo lo que a él se le dificulta.
Reconvenido: ¿por qué es tan perjudicial a los hombres, que todos se quejan de su perfidia? Dijo que él lo que hace algunas veces es inducirlos al mal, pero jamás los fuerza, y que aun esto lo hace con superior permiso y para su mayor bien, pero ellos no saben o no quieren aprovecharse.
Reconvenido: ¿cómo quiere disminuir su crimen diciendo que algunas veces tienta o induce a los hombres al mal, cuando es notorio y de pública voz y fama que es por antonomasia el declarante, el hijo de la iniquidad, y él mismo ha dicho que su profesión es ser tentador? Dijo que no lo puede negar, pero lo que dice es que él es un pobre diablo, y que son más los testimonios y calumnias que le levantan los hombres que lo que él hace, pues ellos se tientan de tal modo que no le dejan qué hacer; que es verdad que de todo le hacen cargo los mortales y le echan la culpa; pero que en su conciencia jura que no tiene parte en la mitad de los males que les acontecen ni de los pecados que cometen. Pero tiempos hace han dado en imputarle cuantas desgracias sufren y en acusarlo de los delitos que cometen, como si él pudiera forzarles la voluntad para nada; que en prueba de esto ¿se acuerda el presente escribano que no ha un cuarto de hora que tiró la mesita de la dulcera y ésta le echó la culpa el declarante sin meterse en más averiguación? Que en vista de esto se compadezca del declarante la Verdad, pues puede asegurar que los hombres son el diablo y el que declara es un angelito, aunque algo patudo.
Se le hace cargo: ¿cómo se está perjurando tan criminalmente, pues cuando da a entender que no tienta mucho a los hombres y que éstos son los que se tientan o se provocan al mal por la mayor parte y sin la concurrencia del exponente, ¿no se acuerda que ha dicho que estaba descansando cuando fue preso? Pues seguramente siendo su oficio tentar y estando descansando, prueba cuánto habría trabajado solo en la noche y cuántos perjuicios habría inferido, cuando le fue preciso tomar reposo de tan ímproba fatiga. Dijo que aunque estaba descansando no era de trabajar, sino de buscar qué hacer, pues se cansó de corretear la ciudad de arriba abajo, y no halló gente desocupada, pues todos estaban provocándose al mal a porfía; que corrido de ver que los hombres le habían quitado el oficio, se vino al Portal, se mezcló entre la concurrencia en solicitud de trabajo; pero que fue en vano, porque vio con el mayor espanto que aquí en estos Portales y plazas no solamente tientan los mortales a las mortalas, sino que las abrazan y pellizcan, a cuyo atrevimiento no llega la maldad del que responde.
Preguntado: si tiene alguna cosa más qué decir, añadir o quitar para su defensa, dijo que no, y que lo que ha dicho es la verdad bajo el juramento que ha prestado, en que se afirmó y ratificó. Leída que le fue ésta su declaración, expresó ser de siete mil años de edad poco más o menos, y lo firmó con su señoría, de que doy fe.
La Verdad. Asmodeo. Ante mí, el Escribano.
DECLARACIÓN DE LA MUERTE
En el mismo acto, hizo su señoría comparecer por ante mí a un esqueleto, a quien en su persona se le recibió juramento, que hizo por Dios nuestro Señor y la señal de la santa cruz, so cuyo cargo ofreció decir verdad en lo que supiere y fuere preguntado, y siéndolo sobre su nombre, patria, padres, estado y demás generales del derecho, dijo llamarse la Muerte y, según autores, ser hija del pecado y la concupiscencia, engendrada en el Paraíso y nacida en este valle de lágrimas, siendo su primer partero que la ayudó a salir a luz el fratricida Caín; que no tiene sexo, edad, condición ni estado determinado, pues tan breve es hombre como mujer, niña o adulto, noble o plebeya, casada, viuda, doncella, etcétera, etcétera.
Reconvenida: ¿cómo luego luego entra mintiendo y perjurándose con desvergüenza, pues asegura una quimera como es no tener sexo ni estado determinado? Dijo que es verdad lo que ha dicho, porque el estado del muerto es el de la muerte.
Se le hace cargo: cómo tan sin temor de Dios ni en justicia ha quebrantado infinitas veces el quinto precepto del Decálogo, infiriendo tantos homicidios a los humanos. Dijo que aunque es cierto que ha matado a muchos, pero que no ha quebrantado el quinto precepto, pues está autorizada para ello por el supremo Legislador, como lo prueba el documento que debidamente presenta en una tira útil de papel... Diciendo esto, sacó de un canuto de hoja de lata un papel en que estaban escritas estas palabras: "Establecido está que los hombres mueran una vez. San Pablo a los hebreos, 9, 27."
Se le hace cargo: ¿por qué es tan horrible a los mortales, que sólo al ver su aspecto no queda uno a vida? Dijo que no es tan bravo el león como lo pintan, pues si para los malos es pésima, para los buenos es preciosa, y que esto es tan cierto que para su prueba se remite a las Sagradas Letras donde largamente se contiene; y así que si es mala para algunos, ellos tienen la culpa, pues si su conducta fuera buena, también ella lo sería.
Reconvenida: que aunque diga bien en lo moral, en lo físico no puede disculparse de ser malquista para todo el mundo. Dijo que eso lo causa la ignorancia de los hombres, que se juzgan eternos o inmortales, por una parte, y por otra, están tan engreídos con la vida, como si ésta fuera una guirnalda tejida de legítimas felicidades y no una cadena continua de sinsabores y desgracias, sin acordarse que en expresión del santo Job, el hombre ha nacido para vivir muy poco tiempo, y éste lleno de muchas miserias; y así, que si los mortales quieren que la que declara les sea menos temible y fastidiosa, es menester que se acuerden que el paso es inevitable, que adviertan que la vida no es en sí misma tan halagüeña como se la figuran, y que según un sabio inglés:
...No hay otra arte
mejor para aliviar el excesivo
temor, con que a la muerte contemplamos,
que rebajar el precio en que estimamos,
la vida...
Young, Noches, 5.
Reconvenida: ¿cómo pretende disculparse, atribuyendo el temor de la muerte al apego de los placeres de la vida, cuando es público y notorio que es tan horrorosa que hasta los más timoratos y arreglados la han recibido con susto y sobresalto? Dijo que el temor de los buenos no se dirige a la muerte en cuanto a privación de la vida, sino en cuanto a que es la conductora a la eternidad; cuando por el contrario, los impíos que o no creen o no temen la eternidad, son los que más se precipitan a la muerte; y así vemos que si muchos justos la han recibido con temor, muchos más impíos la han abrazado con ansia, quitándose ellos mismos la vida en el momento que se les ha representado que no la pueden disfrutar con placeres.
Reconvenida: cómo insiste en disculparse tan tenazmente, cuando todos los hombres dicen que es terrible, que es fiera, que es cruel, que es inexorable, y que la temen como al mayor de todos los males temporales. Dijo que, con excepción de pocos, o son unos brutos o mienten todos los que dicen; porque... Aquí se enfureció el escribano y aliñándose la golilla la dijo: "Esqueleto malcriado, explíquese otra vez con más consideración del linaje humano. ¿Cómo es eso de que todos mienten? Sepa decir, que se engañan, se equivocan, o cuando más, que faltan a la verdad, y no mienten a secas, groserona; bien que yo lo borraré y lo pondré como debe estar."
Engallotóse(5) la muerte; todo el costillar y osamenta le temblaba de la cólera; sus desiertas quijadas rascaban unas con otras, y con una ronca y desapacible voz, encarándose al curial, le dijo: "Oiga usted, señor escriba, ¿sabe usted su obligación? ¿Sabe que le está prohibido interpretar ni componer el estilo de las declaraciones de los reos, sino que debe poner hh o rr como ellos las digan, sin meterse en más dibujos? ¿Sabe que no debe maltratar a ningún reo, y más delante del juez de la causa? ¿Sabe, por último, que después de convencido su entendimiento con la solidez de un descargo, no debe estar machaca que machaca con el pobre reo hasta sacarlo por fuerza perjuro y delincuente, prevaliéndose de su sencillez y de su miedo, enredándolo con sofismas, engañándolo con falsas promesas de su protección y amedrentándolo con amenazas de separos, horas, destierros, azotes y demás? Sin duda que lo ignora, pues si no, ¿cómo con tal orgullo había de querer enmendarme la palabrada? A más de esto, sépase que es un ignorante él y cuantos creen que esta palabra miente tiene equivalente, ni que son sus sinónimos las que ha dicho de se engaña, falta a la verdad, o se equivoca, pues el mentir es faltar a la verdad con malicia (que es lo que echo en cara a los hombres) y engañarse o equivocarse es faltar a la verdad por ignorancia. Lo primero arguye culpa y lo segundo no; con que vea ahora cuán sabihondo es, pues no entiende el verdadero espíritu de su idioma. ¿Y así quiere componer mi dialecto? ¿Y así me reprehende y me tacha de grosera? Si esto hace conmigo, que sé dónde tengo la cara, ¿qué hará con un pobre indio o una miserable mujer que no saben quién a Dios quiere seguir? Y si esto hace el que se tiene por escribano, hombre de bien, ¿qué harán tantos escribanillos y receptorcillos habilitados, cuya ciencia consiste en leer, y mal, la Cartilla de escribanos(6) y el Febrero,(7) si acaso, y en cabilosear, enredar y chupar al miserable reo? ¿Qué harán éstos, cuya conducta relajada y cuya alma ya entregada a Satanás lo menos que respetan es la libertad ni la vida del infeliz que cae en sus manos, así como el desarmado pajarillo en las garras del carnicero gavilán? ¿Y qué harán...?" "Basta —dijo la Verdad—, que tanto el escribano como el reo me han faltado demasiado al respeto. La Muerte se ha excedido en el tono, pero se ha explicado a mi gusto. Adelante."
Preguntada: ¿cómo o por qué dice que son brutos o mentirosos los hombres que aseguran temerla? Dijo que si verdaderamente la consideran como el mayor de todos los males temporales son aún más que brutos, pues éstos procuran en cuanto está de su parte la conservación de su individuo, cuando, por el contrario, los hombres de que habla parece que buscan la muerte con la mayor ansia, ya destruyendo su salud con los excesos de la gula, ya abreviando sus años en los lupanares, ya pereciendo en sus riñas particulares, ya congregándose en tropas para destruirse mutuamente a son de caja y clarín(b) y ya inventando tácticas para matarse más aprisa según arte, como si no sobraran fiebres, apoplejías, insultos,(8) pulmonías, anasarcas,(9) diarreas, tenesmos,(10) disenterías, viruelas, sarampiones, garrotillos,(11) asmas, pleuresías, cólicos, misereres,(12) ascitis,(13) ictericias, vómitos y demás agudas y crónicas enfermedades que todos los días atacan su vida. Muchas veces parece que la muerte huya de los hombres y éstos corren tras ella como si fuera el mayor de los bienes. Perecen en las riñas, en las astas de un toro, en los suplicios y en otros peligros a que se exponen, y luego gritan los vulgares que ya estaba de Dios, que era su signo, que se llegó su raya y otras majaderías que, a no disculparlas la ignorancia, serían unas descaradas blasfemias contra la sabia Providencia y acreedoras del más riguroso castigo; porque decir que estaba de Dios que este provocativo muriera de una puñalada, aquel criminal en la horca, el otro bárbaro atravesado de una fiera, etcétera, es decir, que estaba así determinado por Dios de decreto absoluto, irrevocable, como dicen los teólogos, lo que sería una herejía terrible, pues era decir que Dios era un ser injusto y tirano, pues creaba hombres predestinados a las desgracias y se complacía en hacerlos sufrir los males a que los destinaba. Así, pues deben saber los necios que así se explican que Dios no cría a nadie para que perezca de ésta o aquella manera desgraciada, por más que sepa cuál ha de ser su fin. Una cosa es que Dios, desde la eternidad, sepa que Pedro ha de cometer tal delito y otra el que quiera que lo cometa; una cosa es permisión y otra volición. Dios le ha concedido a Pedro su libre albedrío; sabe que ha de usar mal de él y ha de tener un fin desastrado: lo sabe, lo permite; pero no lo quiere, no lo desea, no lo tiene así absolutamente determinado. Ni menos está obligado a embarazarlo, pues deja obrar las causas naturales según las leyes que les estableció al principio, e interrumpir estas leyes es un milagro que pretenderlo sin necesidad es tentar a Dios; para que Pedro se libre de éste o aquel peligro le ha dado la luz de la razón; si él se desentiende de ella y busca el peligro, perecerá en él, como está escrito.
Reconvenida... ¿que a qué fin ha hablado tanto, haciendo de la teóloga, sin necesidad? Dijo que para que se vea que los hombres, que tanto dicen temen a la muerte, son unos necios cuando se arrojan a buscarla anticipadamente y luego blasfeman de la Providencia echándole en cara el mal que ellos se buscan: que todos los años cuesta infinitas vidas esta ignorancia, pues con la confianza de que si está de Dios moriré en esta ocasión, en este peligro, etcétera si no, no, como suele decir, se precipitan a la muerte temerariamente; y luego le hacen cargo a la exponente de muchas vidas que ha cortado en agraz, siendo así que la llaman y la buscan tantos fuera de tiempo y quienes seguramente vivirían más años si no fueran tan locos y desalmados. Que esto dice para probar que, si conocen cuál es la muerte y sus serias consecuencias, son unos necios en correr tras ella por la posta, cuando tendrá buen cuidado de irles apagando a todos, uno por uno, la vela de la vida, sin que ellos se apuren a buscarla; añadiendo que son unos embusteros los que dicen que la temen, que es fiera, horrible, cruel, etcétera, pues lo que se teme y se considera cruel y abominable no se busca, antes se huye.
Reconvenida por último: ¿por qué es tan traidora que todos los años quita la vida derrepente a infinitas personas? Dijo que es otra calumnia, pues a nadie mata derrepente, pues la naturaleza casi siempre avisa por dentro que hay algún mal grave que con disimulo y sordamente va minando la salud, y que tal vez hará la explosión cuando menos se piense; y que en lo moral no hay cosa que más se meta por los ojos que la verdad de la muerte.
Reconvenida: ¿cómo quiere negar sus traiciones cuando nada menos que por el Evangelio consta que es una traidora y que vendrá como un ladrón cuando menos se espere. Dijo que es verdad; pero que también por el mismo Evangelio se da el remedio diciendo: Velad, estad prevenidos; y así, si se observara el Evangelio, ella no pod[r]ía sorprehender a nadie derrepente, de que se deduce que si alguna veces acomete sin que la esperen, la culpa no está en ella, sino en los mortales que la debían esperar. Velad (dice san Marcos, 13, 36), velad, no sea que cuando venga derrepente os halle durmiendo.
Preguntada: si tiene algo más que añadir o quitar en su defensa. Dijo que no, y que lo que lleva dicho es la verdad en cargo del juramento que hecho tiene, en que se afirmó y ratificó. Leída que le fue esta su declaración, expresó ser de siete mil años de edad, y lo firmó con su señoría, de que doy fe.
La Verdad.— La Muerte.— El Escribano.
AUTO DE SENTENCIA
Habiendo visto que por las declaraciones antecedentes resultan criminales los hombres e indemnizados la Muerte y el Demonio de los cargos que se les imputan, fallamos que debíamos mandar y mandamos: que sacándose testimonio de este expediente, se les corra traslado a los mortales, para que en el término de treinta días, contados desde el de la fecha, comparezcan en este nuestro juzgado a contestar con las partes, y no lo verificando, sean llamados a edictos y pregones dentro del último perentorio plazo de treinta días, en los que se admitirán sus descargos y se oirán en justicia, lo que si no cumplieron se darán por bastantes los estrados y se sentenciarán sin más oírlos como si en sus personas fuere, a que en lo sucesivo no sean osados a desacreditar con imposturas ni calumnias al Demonio ni a la Muerte; antes sí, ellos sean tenidos por unos falsarios e impostores públicos, a quienes en lo sucesivo no se les dé crédito para nada. México, noviembre 2 de 1814.
La Verdad.— Por mandado de su señoría.— El Escribano.
Inmediatamente desapareció todo el tren y yo me hallé en mi cama, bastante molido y maltratado con tan semejante pesadilla. No obstante, me propuse hacer las veces del escribano y correr el traslado que mandó la Verdad para que obre los efectos que haya lugar.
(1) Impreso en la Oficina de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Parián. Antonio Léon y Gama, al describir la Plaza Mayor o el Zócalo decía: "Tenía de extensión en cuadrado todo el terreno que ahora ocupa la plaza donde está la santa iglesia Catedral, y todos los cajones que llaman del Parián, las Casas del Cabildo, plazuela del Volador, Real Palacio y casas arzobispales." Ocupaba el ángulo sureste de la gran plaza. Cf. Artemio de Valle-Arizpe, op cit., p. 49.
(a) En esto consiste la mentira.
(3) La verdad pelada. Poema editado en pliego suelto (8 pp. en 8º -1811). Imprenta de Jáuregui. Con este poema se inicia la polémica que sostuviera Fernández de Lizardi con J. M. Lacunza y otros poetas colaboradores del Diario de México desde fines de octubre de 1811 hasta febrero de 1812. La segunda parte de este poema es El perico y la verdad, incluido en el volumen de Obras: I- Poesías y Fábulas de Fernández de Lizardi.
(4) camba. Soporte donde va sujeto el capote.
(5) engallotóse. Engallotarse: ponerse altanero. Cf. Santamaría. Dic. mej.
(6) Cartilla de escribanos. Tratado breve y elemental del que por oficio público estaba autorizado para dar fe de las escrituras y demás actos que pasaban ante él.
(7) el Febrero. Alusión a la obra del notario español José Febrero (1733?-1799). Escribano real y agente de reales consejos. Entre otras obras escribió la Librería de Escribanos e instrucción jurídica teoricopráctica de principiantes. Sus libros fueron comentados y ampliados por jurisconsultos como: García Goyena, Aguirre, Tapsi, Aznar, Caravantes, Montalbán y otros. El famoso notario español José Gonzalo de las Casas calificó a Febrero de genio gigante y base del notariado hasta su época.
(b) Aquí no condena la muerte las guerras justas ni menos las tácticas militares; pero reprocha sus efectos, pues éstos, sean como fueren, siempre son funestísimos a la humanidad.
(8) insultos. Indigestión, atascamiento intestinal. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(9) anasarcas. Hidropesía general del tejido celular.
(11) garrotillos. Difteria en la laringe y a veces en la tráquea u otras partes del aparato respiratorio.
