[NÚMERO 13]
Jueves 25 de noviembre de 1813
Continúa la apología, etcétera(1)
Cuando nuestra religión no fuera otra cosa que un zurcido de bagatelas dictadas por unos idiotas y admitidas por otros supersticiosos; cuando la revelación en que se funda no fuera distinta de la más grosera patraña; cuando no se apoyara en una constante tradición sostenida por la más respetable autoridad; cuando su admirable organización no fuera milagrosa o sobrenatural, considerados sus pobres y abatidos principios, sus sangrientas persecuciones y, por último, su actual brillantez y soberanía, todavía los hombres deberían decidirse por esta religión católica más que por otra alguna.
O hay o no hay en mí una substancia espiritual que ha de perecer con mi cuerpo. Si no la hay, yo soy más infeliz que los brutos, pues éstos en su muerte dejan de ser para siempre, pero sin la atormentadora idea de que su existencia se va a sepultar con ellos eternamente. Ellos, es verdad, ya no gozarán placer alguno, pero tampoco morirán con este sentimiento; cuando yo deseara prolongar los días de mi vida a medida de la misma eternidad, a mí me es agradable vivir, y los placeres y delicias de la vida; al bruto de la misma manera; pero el bruto ni percibe el gusto cabal de estas dulzuras ni es capaz, por lo mismo, de sentir como se debe la perdurable privación de ellas; cuando yo, ¡ay de mí!, que conozco todo el gusto de la vida y sus placeres, tendré que batallar en el momento de mi aniquilación con el dolor de que dejo de gozar de ellos para siempre.
En este lance debo considerarme más infeliz y desventurado que los brutos en la vida y en la muerte. En la vida, porque a ellos no les aflige, como a mí, la triste idea del eterno fin de su existencia; y en la muerte, porque ellos, no conociendo el fondo del deleite, no pueden penetrarse como yo de todo el sentimiento de su cierta e irresarcible pérdida.
Así deberé discurrir, si no hay en mí una substancia espiritual incorruptible que algún día vuelva a animar la máquina regenerada de mi cuerpo. Pero, ¿y si hay esta substancia espiritual que no muere? ¿Si algún día me tengo que levantar del sepulcro para presentarme ante un Dios severo, inculcador de mis acciones? ¿Si es cierto que Jesucristo es el hijo de este Dios y el fundador de la religión de los cristianos? ¿Si esta religión es la única en que se puede agradar a Dios? ¿Si es verdad que fuera de ella nadie puede esperar una eternidad de gloria, sino un infierno de tormentos? ¿Cuál será mi futura suerte en este caso? No debe ser otra que una infelicidad sin término. Luego estoy precisamente en el estrecho o de asemejarme con las bestias en mi muerte, contra los sentimientos de la razón, contra el designio de la providencia de un Dios que no niego y contra la dignidad de un ente tan superior a todas las criaturas visibles como es el hombre, o debo adoptar todos los principios de una religión que se conforma con la razón, que venera la deidad, que me asegura haber sido criado para no morir eternamente y que me facilita los medios para ser bienaventurado por siempre.
Por otra parte: si no es cierta la religión católica, si no hay tal alma inmortal en nosotros, ni tal eternidad de bienes ni de males, sino que hemos de reducirnos a la nada lo mismo que un perro, ¿yo qué perderé en conformar mis ideas con las de los cristianos, en profesar su religión ni en vivir y morir consolado con la esperanza de gozar algún día otra vida eterna y llena de delicias? Verdaderamente que en esto nada arriesgo, aunque a lo último resulte ser la tal religión un embolismo; pero si la creencia de los católicos es cierta, la única, la establecida por el mismo hijo de Dios, ¡cuánto aventuro en apartarme de su seno! Yo no puedo alcanzar la certeza de estas cosas por medio de una demostración matemática, como deseara, ni sé si me reduciré a la nada o si seré inmortal. Si me sepulto en el caos, nada pierdo; pero si vuelvo a vivir y sale cierto lo que predican los cristianos, me hago infeliz eternamente: luego por sí o por no, es prudencia el abrazar el partido de los católicos.
Si así, a lo menos, pensaran los incrédulos, desde luego no habría tantos; pero estos débiles jamás hacen un discurso serio ni un juicio recto e imparcial sobre nuestra religión; apenas están instruidos en sus principios si no superficialmente; nunca escudriñan ni rastrean lo sólido de sus pruebas: quisieran que en este asunto estuviera sujeto a unos cálculos materiales para creerlo, esto es, que la religión católica no fuera obra de Dios y, por lo mismo, espiritual y divina, sino un parto de los hombres y una cosa común que se dejara percibir de nuestro pobre entendimiento. Como no hay esto, sino que sus altísimos misterios son incomprehensibles, sus máximas opuestas al mundo y a la carne y su fe exige el sacrificio de la creencia y veneración, sin permitirnos siquiera la duda de su certeza, los herejes gritan que es mucho pedir esta ciega obediencia del entendimiento, sin detenerse en advertir que la misma religión que nos manda creer nos pone en las manos las pruebas más sólidas de la justicia e infalibilidad de sus dogmas, y de aquí pasan a impugnar lo que ni conocen, para lo cual no perdonan fatigas. Ellos se valen de todos los encantos de la elocuencia para persuadir; ellos visten sus impugnaciones con los indecentes atavíos de la sátira y la bufonada para captarse el asenso de la gente sencilla; establecen sistemas según y como les acomoda; disputan de la deidad y de sus atributos con el mayor ultraje, ya negándola prerrogativas esenciales, ya constituyéndola en unos principios de vicio y de iniquidad; ellos no se hacen cargo de las dificultades que les presentamos los católicos, ni se embarazan con sus mismas groseras contradicciones en que a cada paso incurren, como que caminan a ciegas; ellos, no responden nuestros argumentos sino con chocarrerías y sandeces, ni tienen otra solución maestra con qué reparar su fuerza que su incredulidad, pues en diciendo: "Es mentira, no puede ser, no lo creo", les parece que nos han concluido airosamente.
Después de todo, estos espíritus fuertes, estos sabios que han alucinado a tanto incauto, nada de nuevo han dicho ni han escrito contra nuestra sagrada religión; todos sus disparates no son inventados sino reproducidos; cuanto nos dicen hoy, lo dijeron en los siglos pasados los antiguos herejes, a quienes confundieron y refutaron los padres y doctores de la Iglesia.
La herejía y la apostasía son de una misma edad con la religión cristiana. Judas vivió en tiempo de Jesucristo, y Simón Mago en el de san Pedro. Aún no acababan de predicar el Evangelio de los apóstoles, cuando ya prevenían a los fieles que estuviesen alertas y no se dejasen seducir de los falsos doctores y herejes de aquellos tiempos, cuyas infernales doctrinas y escandalosas inmoralidades han imitado tan al natural los incrédulos del día, que nadie que los conozca dudará que son los legítimos originales de los retratos que hacen de ellos las Sagradas Letras.
San Pablo, escribiéndole sobre esto a su discípulo Timoteo, le dice(a) que
vendrá tiempo que será muy peligroso a los que entonces vivieren. Porque llegará a haber ciertos hombres que, pagándose de sí mismos e idolatrando en sus dictámenes, serán codiciosos, vanos, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres y mayores, ingratos a los beneficios; serán tales que aun violarán las cosas más sagradas; no observarán amistad, paz ni palabra dada; no tendrán el menor escrúpulo en calumniar ni en ejecutar la mayor torpeza; serán tan crueles que no tratarán con benignidad ni aun a los buenos; respirará en ellos la perfidia, la obstinación e hinchazón, y amarán tanto los deleites sensuales que los antepondrán a Dios; aparentarán piedad, mas no tendrán ninguna en su interior, y procurarán ganarse buen concepto con su virtud exterior y compostura aparente para agregar a otros a su método de vida y a su modo de pensar.
El apóstol san Pedro retocó el cuadro anterior, y dejó perfectamente concluida la copia de los deístas, en el capítulo 2 de su carta segunda. Éstas son sus palabras:
Así como hubo entre los judíos profetas falsos, así también habrá entre vosotros, cristianos, doctores falsos que negarán la divinidad a Jesucristo, que los ha redimido; introducirán en la Iglesia sectas tan pernicios[a]s que en breve les ocasionarán su perdición. Muchos seguirán sus impurezas, y por sus vicios será censurada e infamada la religión cristiana. Instigados de su avaricia, procurarán ganar vuestro afecto con palabras artificiosas, y después que se lo hayan granjeado os sacarán vuestro dinero... Pero experimentarán grandes castigos éstos que siguen sus deseos impuros y viven sumergidos en torpeza; desprecian la autoridad que los puede contener; son atrevidos; nada aprecian ni aprueban sino lo suyo; no temen introducir sectas nuevas, y hablan mal de la religión y de los que están en dignidad... Estos herejes, como las fieras sin discurso son cogidas por los cazadores, serán cogidos en sus mismos engaños y arruinados por Jesucristo, cuyos miembros procurarán perder, y perecerán hablando mal de lo que no entienden, en lo que percibirán la recompensa de su iniquidad. Tienen por felicidad pasar la vida en delicias y diversiones... Sus ojos están respirando continuamente adulterios... Se ganan con palabras artificiosas las almas de los inconstantes... Son hijos de la ira de Dios y dignos de su maldición... Estos doctores, que son como las fuentes que no tienen agua y como las nubes agitadas de torbellinos, serán arrojados en las obscuras tinieblas del infierno que les están reservadas. Hablando locuras y enseñando que se pueden seguir a rienda suelta los deleites, se atraen a su partido a los que se han hecho cristianos... Les prometen libertad, siendo ellos esclavos del pecado que causa corrupción, porque el vencido es esclavo de su vencedor...(b)
¿No está exacta la pintura? Pues no son otros los impíos deístas y materialistas de estos días que aquéllos por quienes se dibujaron los retratos que hemos leído. Esto es, el espíritu, las máximas y las herejías de éstos son las mismas que las de sus antiguos corifeos. La comedia no se ha diferenciado en el discurso de los tiempos, sino solamente los actores.
Éstos son los desvergonzados incrédulos; éstos los sabios del siglo diez y nueve que, no pudiendo sufrir el freno que nuestra religión pone al abuso de las pasiones, se desacatan contra ella, blasfemando con el mayor orgullo e imprudencia contra las escrituras sagradas, cánones y estatutos eclesiásticos; contra sus ceremonias y ritos; contra sus principios y ministros, y contra su mismo Fundador, vomitando en sus idiotas y sacrílegos escritos cuanta ponzoña rebosa su inmundo corazón, así "como el mar embravecido (en expresión del apóstol san Judas)(c) arroja en su espuma todas las suciedades de que abunda."
De estos herejes no son los que hacen más daño en la Iglesia de Dios los que disputan y escriben contra ella libremente en Londres, París, Filadelfia y otras partes donde se permite el tolerantismo o la decantada libertad de conciencia; porque habiéndose ellos declarado unos apóstatas, los ha separado de su seno como a unos miembros corrompidos, y por lo mismo procura y manda evitar su comunicación con los fieles, prohibiendo a éstos especialmente la lectura de sus obras perniciosas; no porque la Iglesia santa tema ni jamás haya temido a sus enemigos tan flacos y desaventajados, sino porque como madre amante no quiere que sus incautos hijos beban en las copas doradas de la elocuencia, del chiste y del sarcasmo aquellos mortíferos venenos que no conocen. Si todos los cristianos estuviesen dotados del espíritu, ciencia y virtud que los Jerónimos, Ambrosios, Agustinos, Basilios y Bernardos, nada importara que vomitara el infierno Volteres [sic], Rousseaus, D'Alamberts [sic], Montesquieus, Federicos, Diderots y todos los herejes que encierra; pero como, por desgracia, el número de los necios siempre abunda, y por serlo no dejan de ser sus hijos, no permite la ternura de esta buena madre se empapen en sus impías máximas y se extravíen de los verdaderos caminos de la vida, así como nadie le fiará a sus hijos un agudo puñal, no porque tema al puñal ni éste por sí mismo sea capaz de hacer daño, sino porque no se lastimen con él las inocentes criaturas, como que ignoran su manejo y no perciben el riesgo de sus filos.
Pero si estos herejes descarados no son los que hacen más perjuicio en nuestra Iglesia santa, ¿quiénes son? A la verdad que no son otros que nuestros mismos hermanos exteriores, esto es, aquellos herejes que, huyendo de este execrable nombre, o por punto de honor, o por conservar sus estimaciones entre los católicos, o porque les conviene vivir entre nosotros por sus intereses particulares, llevan por política el título de cristianos, siendo en la realidad unos deístas y materialistasenmascarados. Estos, estos pícaros son los que hacen más daño en la Iglesia de Dios, pues fingiéndose hijos son unos verdaderos tiranos de esta madre en cuyo seno viven.
De la manera que despedazan sus entrañas con más encono que los declarados impíos veremos adelante.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(b) Esta traducción es la misma que hizo don Francisco Ximénez en la edición de Madrid de 1804.