[NÚMERO 13]

EL CONDUCTOR ELÉCTRICO(1)

Examínase por qué siendo el nuevo sistema tan justo y generalmente
benéfico
, tiene tantos contrarios que lo atacan de diferentes modos


Que un sistema, que una opinión política tenga enemigos cuando se sospeche que puede ser contrario y pernicioso a la religión o al Estado, está puesto en razón; porque a cualquiera le es repugnante abrazar lo que se le representa como un mal. Pero que un sistema político, declarado por la opinión del pueblo, justo, católico, meditado, útil, necesario y provechoso, tenga rivales que lo desacrediten y enemigos que lo odien y abominen, es ciertamente un enigma para quien no se detenga en examinar los pormenores.

En este caso estamos, por desgracia. Todos confiesan, lo que no con el corazón al menos con la boca, que la Constitución es sabia, justa y a propósito para hacer la felicidad de la monarquía española. Esto oímos, ¿y qué vemos, qué escuchamos? Que hay una multitud de espíritus díscolos y malignos que, aparentando un decidido amor al rey, y una virtud y catolicismo el más perfecto, tratan con todas sus fuerzas de dividir la opinión sembrando entre el pueblo ignorante máximas perniciosas, y atacando directa o indirectamente nuestra sagrada Carta de libertad.

Inspirados por un egoísmo refinado y no por la lealtad ni religión que aparentan, quieren alucinar al pueblo rudo, diseminar la división y sumergirnos en unas guerras civiles muy más temibles que la misma agonizante insurrección.

De este mal principio han nacido los más groseros y escandalosos hechos que hemos notado en nuestros días. Hechos que se harían increíbles a no ser tan públicos y justificados. Citaré sólo dos para comprobación de mi verdad, advirtiendo que aunque pudiera citar los nombres de los individuos sin incurrir en ninguna responsabilidad legal, no lo hago para que se vea que los escritores de México, hasta hoy 31 de julio, no hemos abusado de la sacrosanta libertad de la imprenta, como maliciosa o ignorantemente dicen algunos. Los hechos escandalosos son los siguientes.

De Guanajuato me escriben con fecha de 24 de junio que, congregados en la sala capitular el ilustre Ayuntamiento, el clero de ambos órdenes, el jefe militar y sus subalternos, juraron todos por turno, y llegándole su vez al reverendo padre fray J. C. a la pregunta de ¿jura vuestra persona, etcétera?, respondió: Juro la Constitución en todo lo que no se oponga a nuestra religión católica, apostólica, romana y a los derechos del señor don Fernando VII.

Todos enmudecieron al escuchar semejante clase de juramento, hasta que tomó la voz del benemérito comandante militar y dijo: aquí no se deben admitir restricciones que no puso el rey católico que ha jurado. En consecuencia, se mandó dar testimonio de lo acaecido. Que se den veinte, dijo el reverendo padre con una firmeza imperturbable, pero que flaqueó a pocas horas. Antes de pasadas seis, pasó a ver al señor intendente, quien tuvo la bondad de admitirle la vergonzosa disculpa deque no había leído la Constitución, y mandó se congregara a otro día el Ayuntamiento, a cuya presencia juró lisa y llanamente.

Esto prueba bien la preocupación en que aún viven muchos de los que se tienen por instruidos y literatos de que la Constitución se opone a la religión católica y a los derechos de nuestro amado monarca.

Pero por fin, este religioso se docilitó, conoció su error, lo adjuró y dio una pública y completa satisfacción. El hecho que sigue es más atroz y escandaloso.

Escriben de Guadalajara con fecha de 17 de junio, que el doctor C., diciendo misa, luego que consagró, vuelto al pueblo con la forma en la mano y levantada en alto, preguntó: ¿creéis que éste es Jesucristo, el mismo que está en los Cielos? Pues todo el que lo creyere debe creer también que la Constitución es el principio de la irreligión y el compendio de la inmoralidad. Por tanto, no debéis jurarla. Después de concluido el último Evangelio, exhortó al pueblo para que no se prestase a jurar. No he sabido qué providencias se tomaron contra este buen eclesiástico; pero si esto hacen los doctores ¿qué harán los legos?

Otros varios hechos pudiera referir de esta clase y de cuya justificación, en caso de reclamo, quedaría responsable bajo mi firma ¿pero para qué he de molestar a mis lectores con una relación tan odiosa, y más cuando aún les suena el sermón predicado en Catedral el 25 de este julio por el reverendo padre fray N. de S. M.?(2)Yo no estuve en él, pero me han contado mirabilia. Unos dicen que habló mucho contra el papel titulado El amante de la Constitución(3) y contra el Pan y toros(4) del señor Jovellanos; otros, que peroró contra el Catecismo constitucional; otros que declamó contra la libertad de imprenta, y todos convienen en que concluyó diciendo que si el nuevo sistema había de ser origen de que se perdiese la religión, que permitiese Dios que se confundiera la América, o no sé qué imprecación igual.

Repito que no oí el sermón y añado que respeto el carácter, virtud y letras del orador; pero si así lo dijo, dijo mal: su proposición es subversiva, injuriosa al rey y a la nación en sus representantes, y demasiadamente perjudicial y escandalosa, mucho más cuando ni en hipótesis se puede ni se debe decir que la Constitución pueda ser causa de nuestra ruina espiritual, pues estamos bien seguros de la probidad de sus principios.

Malo sería verter estas proposiciones en un estrado, pero es más que peor verterlas en un lugar tan ventajoso como un púlpito, desde donde se ataca a salvo, si se quiere, la opinión del pueblo rudo, porque nadie puede oponerse ni rebatir al orador.

¿Y cómo se aquietarán las conciencias agitadas con los escrúpulos erróneos que sacaron del templo? ¿Cómo se consolidará la opinión extraviada sobre semejantes materias, y cómo se resarcirán los perjuicios espirituales y aun corporales que se puedan seguir por éstas y semejantes expresiones?

Repito que ni aun en hipótesis debemos juzgar por un instante que nuestro sabio y justo Código pueda ser causa de la irreligión ni de la inmoralidad de las costumbres. Otras son las causas de estos daños que nunca faltarán en el mundo, con Constitución o sin ella. La adulación, el egoísmo, la ambición, la ignorancia, la mala fe... Estos, estos vicios son y serán siempre el origen de la irreligión, del fanatismo y de la perversidad de las costumbres, y nunca una legislación bien ordenada.

¿Qué se hubiera hecho, ahora seis años, si un orador hubiera exclamado: si la venida de Fernando a España ha de motivar la discordia, los odios, las venganzas, el trastorno de las costumbres y la perdición de las almas, perezca amén el trono y toda la monarquía española? ¿Qué se hubiera hecho con el orador, vuelvo a decir? A buen librar lo habrían despachado a predicar a Ceuta. Pues lo que se pudiera decir de esta proposición hipotética, se puede decir de la del carmelita, porque ambas están paralelas.

Yo dejo al reverendo padre en su buena opinión y fama. Acaso el vulgo interpretó sus proposiciones; mas aun siendo así me parece que debe satisfacer al público, ora sea predicando otro sermón más claro, ora dando a las prensas el que predicó y ha escandalizado tanto a todo México.

Después de todo, su persona sabrá lo que le convenga hacer; lo que no tiene duda es que, como muy bien sabe, la cátedra del Espíritu Santo es para predicar el Evangelio. Aquí cabe muy bien la pastoral que circuló en los conventos de su orden el excelentísimo y reverendísimo ministro general de San Francisco fray Cirilo de Alameda,(5) con fecha de 8 de abril, y es a la letra:

Reverendísimo padre provincial de etcétera.

"El Espíritu Santo asista a vuestro padre reverendo y lo colme de sus divinos dones.

"Nada interesa tanto al buen nombre que se debe a los institutos religiosos como obedecer a las autoridades constituidas, respetar las leyes, contribuir a mantener el orden y dar ejemplo de respeto y adhesión a los principios del gobierno. Mediadores por nuestro ministerio apostólico entre Dios y los hombres, nuestra oración debe ser incesante y nuestras súplicas no deben de tener otro objeto que el que se mantenga la paz santa, a que ha de deberse toda clase de prosperidades. Por tanto, mandamos a vuestro padre reverendo que ordene a todos los religiosos nuestros hijos y súbditos que ni en palabras ni obras, ni en consejos e instrucciones, así públicas como privadas, abusen de su ministerio, sino que le empleen como aconsejó el apóstol, en reprehender los vicios y hacer amables las virtudes." (Diario de Barcelona).

Dejemos el artículo de sermón, y pasemos a dar una denuncia interesante.

Hace ocho días o más que se imprimió en la Oficina de don Alejandro Valdés un papel titulado ABRAN LOS OJOS.

Por una casualidad llegó a mis manos, pues hasta hoy no se ha publicado. Leílo en efecto, y tomando el consejo del título, no sólo abrí tamaños ojos, sino que me limpié las legañas y estuve por ponerme unos anteojos, y fui leyendo pliego y medio de papel de lectura lleno de borrones y verdades, de flores y de espinas, de grano y de cizaña. Entre lo bueno que asienta el autor en medio de su estilo fluido y coordinado, padece unas equivocaciones perniciosas y que pueden hacer algún estrago, si en sus principios no se atacan.

No me meteré por ahora en hacer el análisis general del papel porque ya éste se me acaba, y no les acomoda a los lectores leer a retazos; pero para que se vea si tengo o no razón en el juicio que he formado, copiaré algunas expresiones que más me chocan.

Después de arengar muy bien en favor de la libertad de la imprenta, dice: "Si los verdaderos sabios, porque regularmente son menos bulliciosos, no escriben, si se quejan de que no pueden añadir ésta a sus otras ocupaciones y dejan el campo de la imprenta libre a los charlatanes, a los mal intencionados, a los asalariados por los impíos para que rajen bien de la Inquisición y de los eclesiásticos, a los que sólo escriben por adular, por chocarrear; por mera granjería o con otros fines; si por todo esto resulta inútil para su objeto y nociva en otros modos la libertad de imprenta, de esto la ley no es culpable, sino el abuso que unos y el desprecio que otros hacen de ella."

He aquí a nuestro autor llevándose de encuentro con buen modo a todos los escritores del reino con su respectiva Junta de Censura. Yo quisiera que me respondiese estas preguntillas:

1ª Si los verdaderos sabios no escriben, ¿quién se los impide?

2ª Si se quejan de que no pueden añadirse este trabajo ¿a quién se han quejado, quiénes y por qué?

3ª Si hay escritores asalariados ¿quiénes son? ¿Y quiénes los impíos que los fomentan?

4ª ¿Es cierto o no lo que se dice acerca de la ilegalidad y crueldad de la extinguida Inquisición?

5ª ¿Quiénes son los autores o cuáles los papeles en que se raja generalmente de los eclesiásticos?

6ª Si los verdaderos sabios no escriben, ¿en qué número colocaremos a infinitos bachilleres, doctores y licenciados, así eclesiásticos como seculares, que han hecho y están haciendo sudar las prensas en nuestros días? ¿Será entre los charlatanes, chocarreros, mal intencionados, asalariados, etcétera, etcétera? Pasemos a otra cosa.

Hablando de la soberanía, dice: "Es digno de observarse que, por lo general, no son los reyes sino los ministros malvados y los que tiranizan a los pueblos, y España acaba de experimentarlo en el gobierno del infame Godoy. Ahora bien, si habiendo de por medio una testa coronada que siempre da respeto, por qué en un acto, sin trámites, sin sensación... (¡bellos elogios para un rey! Faltó que dijera, sin motivo) sin debates, sin oposición alguna, puede derribar al que elevó, si ha experimentado frecuentemente que lo que daña a los pueblos es la ambición de los ministros, a quienes se encomienda una parte del gobierno. Este peligro, si muy diestramente no se precave, aún es mayor cuando la soberanía está en la nación."

Esta proposición es falsísima e improbable por la notabilísima diferencia que hay entre un ministro déspota que labra su felicidad sobre la ruina de sus semejantes a quienes no tiene amor alguno, y unos diputados que no tienen otro interés que desempeñar la confianza de los pueblos electores a quienes debe proporcionar su felicidad por instituto; entre un favorito malvado que, en el rincón de su gabinete, dispone de la suerte de los pueblos, y unos ministros que tienen sobre sí una diputación permanente de Cortes que ha de velar sobre sus procedimientos; entre un privado que ocupando una vez el corazón del rey no hay quien lo residencie, y entre unos consejeros continuamente fiscalizados y siempre responsables a la nación de sus errores.

Por eso advertidamente dice nuestro escritor en su párrafo 6, página 5: "No sucederá esto en España; no temo yo, ni pudiera temer de nación católica la perversidad de los franceses que hicieron a Luis XVI convocar los Estados Generales para empezar en ellos la cadena de sus maldades y de sus desgracias."

De a legua se conoce la inocencia y oportunidad de este ejemplito. Basta por ahora de análisis. El papel no ha circulado en México hasta hoy; quiera Dios que no circule fuera de esta capital; porque si así fuere, será preciso empeñarse en rebatir toda las proposiciones que parezcan desviarse de la opinión general.

Cualquiera equivocación en esta materia puede inducir a mil errores y traernos funestas consecuencias. Por tanto, el escritor público y amante de su rey y su nación debe velar sobre semejantes escritos para que no sorprendan a los lectores incautos y sencillos.

Ni se crea que soy un caviloso que me desvivo por encontrar errores donde en efecto no los hay. He dicho y repito que en tal papel se hallan mil preciosas ideas liberalísimas y respira en muchas partes su autor todo el ambiente constitucional; pero, en otras, aparecen unas proposiciones, equívocas y malsonantes que lo hacen decaer de concepto, al menos en la opinión común.

Tal vez yo sólo entenderé mal sus proposiciones; ellas serán muy inocentes y el defecto estará en mí. Si así fuere y el papel viese la luz pública, si ninguno censurare estas proposiciones y otras, yo depondré mi opinión y le daré una pública satisfacción, pues la mayor que puede tener un hombre de honor es confesar que ha errado cuando así lo conozca. Hemos hablado mucho y aún no entramos en el examen ofrecido. La materia es interesante y en el número 14 se continuará.

 

 


(1) México 1820. Imprenta de don Mariano Ontiveros. El texto apunta 31 de julio.

(2) Nicolás de Santa María.

(3) El amante de la Constitución. Sabemos de él por las tres defensas que se le hicieron. Tenemos noticia de las dos últimas, tituladas Segunda defensa al Amante de la Constitución contra el que se dice su impugnador, MéxicoImprenta de Ontiveros, 1820, y Tercera defensa al Amante de la Constitución dirigida a los señores F. R. y F. A. A. G., México, Imprenta de Ontiveros, 1820.

(4) Pan y toros. Cf. nota 47 a los números 4 a 10 de El Conductor Eléctrico.

(5) fray Cirilo de Alameda (1781-1872). Cardenal español. General de la orden franciscana, jefe del grupo carlista. Transaccionista que propició el Acuerdo de Vergara. En el reinado de Isabel II estuvo en los arzobispados de Santiago de Cuba, Burgos y Toledo.