[NÚMERO 13]
DECIMATERCIA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: Compadre, ahora sí estará contenta Rosita, pues ya ha visto qué bien se han portado los señores canónigos estos días.
PAYO: Sí, algo, algo más se ha divertido. En efecto, la iluminación de Catedral el día cinco estuvo muy buena, la música de la misa se conoció que la ensayaron; pero al Supremo Poder Ejecutivo no se le puso sitial, y al señor gobernador del Estado se le puso tren, lo que no sé cómo fue; porque me parece que a las autoridades subalternas no se les pone tren cuando concurren las primeras y principales.
SACRISTÁN: Yo no entiendo de eso, compadre; no he pasado de sacristán. Eso toca deslindarlo al maestro de ceremonias.
PAYO: Es verdad. La oración o sermón que predicó el señor Alcocer(2) estaría muy buena.
SACRISTÁN: ¿Cómo estaría?, pues ¿qué no la oyó usted?
PAYO: No, ni creo que la oyó ninguno, pues la capacidad del templo y la debilidad de la voz del canónigo no la hicieron perceptible. ¡Ojalá y la imprimiera el orador!, pues ciertamente será una cosa como suya.
SACRISTÁN: Pero habiéndose mandado por el Soberano Congreso que el dicho discurso lo dijera el eclesiástico de mayor dignidad, yo esperaba que se hubiera encargado de ello el señor La Madrid.
PAYO: ¡Oh!, eso no puede ser porque está jubilado.
SACRISTÁN: ¿Y tiene sueldo?
PAYO: Y famoso. Todo.
SACRISTÁN: ¿Todo?
PAYO: Así dicen por ahí.
SACRISTÁN: Pues entonces hizo bien de tomarse esa molestia. Si a mí el cura me paga doce pesos al mes porque asee la iglesia, ponga los ornamentos, los cuide y conserve, ayude su misa, disponga los entierritos, ponga los altares y haga cuanto incumbe a un sacristán, y luego entra otro cura que me paga los mismos doce pesos porque me esté en mi casa rascando la barriga, yo cumpliré con mi obligación perfectamente con no pararme en la iglesia ni a misa. Pero ya que el señor La Madrid no predicó por estar jubilado, ¿por qué no lo hizo otro de los señores?
PAYO: Dicen que se dieron de baja y nombraron al señor Alcocer.
SACRISTÁN: La elección no pudo ser más meditada, porque el señor Alcocer es de luces; pero su disposición física no le ayuda; y así es que el sermón, no habiéndose impreso, no ha sido visto ni oído. Esta clase de sermones populares, político-evangélicos debían predicarse por oradores jóvenes, muy patriotas y sabios, se deja entender, que tuviesen buena voz y que poseyesen eso que llaman acto segundo, gracia, figura y despejo. Entonces un discurso de éstos haría en el auditorio el efecto que se desea y para lo que se manda que se pronuncie. ¿Y qué ha sabido usted del duende que nos escucha? ¿Qué dice de él Rosita?
PAYO: Hecha un veneno está contra él. Dice que no ha visto diablo más hablador ni más chismoso; que bueno fuera que les echara un réspice(3) a los vecinos de la ciudad, porque no ha puesto una cortina, y especialmente a los de las calles de Plateros(4) que tanta alharaca de cortinas, gallardetes, iluminaciones y arcos triunfantes han formado por cualquiera cosa, como cuando volvió Iturbide(5) triunfante de haber perdido Veracruz,(6) y ahora tan tibios, tan fríos y tan helados en la función que precisamente debían todos solemnizar con más gusto y más empeño.
SACRISTÁN: Rosita dice bien, tiene razón. Es lo que usted dice, compadre, y lo que yo digo. Usted cree que los mexicanos reconocen la Independencia; y yo digo que ¡ojalá y venga la Santa Liga(7) y nos degüelle siquiera doscientos mil paisanos; que nos estupren nuestras hijas y mujeres en las calles a nuestra vista para que más nos arda, y después que nos sellen en las caras y nos vendan como esclavos! Todo eso hemos menester para conocer lo que vale la libertad y saber celebrar su triunfo. Vergüenza es decirlo, pero los más no saben sino adular, y cuantas funciones públicas han hecho, y ha oído decir Rosita, las han hecho por adulación, por miedo. Así celebraban cualquiera entuerto que se le curaba a la mujer de Fernando VII; y si no lo hubieran hecho, ya el gobierno español, menos prudente que el nuestro, les hubieran ajustado la corcova. A más de que no se les exige la voluntad ni la adhesión, sino exterioridad. ¿Cómo es creíble que en la casa del señor H., del señor R., del señor F., etcétera, etcétera, etcétera, y un sin número de etcéteras, les falte una colcha vieja que poner en el balcón y tlaco(8) para ocote por las noches? Y ¿qué diremos si estos principales sujetos comen y estiran el sueldo de esta misma nación, cuyo sistema de gobierno detestan? ¡Ah!, ellos obran mal y dan mal ejemplo al pueblo, inspirando con su indiferencia odio al sistema, porque el gobierno o lo sufre, o lo disimula.
PAYO: ¿Pues qué debía hacer el gobierno en estos casos?
SACRISTÁN: A los que dependen de él, despojarlos de sus empleos, y a los que no, multarlos en cincuenta pesos por cada balcón de su casa que en las funciones nacionales no tuviera cortinas e iluminación. Se entiende que no hablo de los pobres.
PAYO: Y se entiende que dice usted muy bien; pero entienda usted que tenemos muchos enemigos porque decimos la verdad muy clara; y a quien echan la culpa de todo es a El Pensador, porque han dado en que él nos pone las palabras en la boca.
SACRISTÁN: ¿Es posible, compadre? ¡Qué injusticia! ¿Cuándo el pobre Pensador se mete en nada?
PAYO: Pues así sucede... pero en la sala hay visitas y se alteran. ¿Qué no está ahí el señor cura?
SACRISTÁN: Qué sé yo. Veré quién es... ¡Ah!, es el coronel Chispas y el canónigo don Cómodo. Oigamos lo que dicen.
DIÁLOGO
entre un coronel y un canónigo
CANÓNIGO: Es gana: este maldito Pensador es más hereje que Calvino. Frita me tiene el alma.
CORONEL: ¿Y por qué señor prebendado? ¿Cuáles son las herejías de El Pensador?
CANÓNIGO: ¿Qué mayores herejías quiere usted que estampe, que querer que suprima el gobierno las canonjías o a lo menos que nos moderen las rentas?
CORONEL: ¡Oh!, ésas no son herejías. Ello está muy puesto en razón; porque, padre mío, hablemos con verdad. ¿De qué sirven los canónigos al Estado? Ellos dicen misa si quieren, jamás confiesan, predican cuando están para ello y vale el sermón buena propina; y al través de esta santa ociosidad estiran la renta por miles, amén de los aniversarios, que no valen poco, y cate usted que sostienen casas magníficas, mesas abundantes y exquisitas, coches maqueados(9) y todo cuanto se necesita para mantener al hombre en regalo.
CANÓNIGO: Bien, pero esto es por razón de nuestra dignidad.
CORONEL: Mayor la tuvieron los apóstoles y los primeros padres de la Iglesia y a fe que no conocieron ese lujo; lo que prueba que ese lujo canonical no es de la esencia de la dignidad sacerdotal.
CANÓNIGO: Pero nosotros somos capellanes reales y para mantener este título...
CORONEL: No prosiga usted, señor, porque ya ese fantasma debe desaparecer en la República.
CANÓNIGO: Aunque nosotros debemos subsistir.
CORONEL: A expensas del pueblo, ¿no es esto?
CANÓNIGO: Sí, a expensas del pueblo. Y usted ¿a expensas de quién es coronel?
CORONEL: A las de la nación; pero lo he ganado en su servicio.
CANÓNIGO: Yo me avergonzara de decirlo. Acuérdese usted que su carrera la comenzó sirviendo al rey de España y la siguió corriendo tras de los insurgentes.
CORONEL: Es verdad. Estuve engañado como uno de tantos; pero en mi engaño no tuvieron poca parte los obispos, canónigos e inquisidores. Avergüéncese usted al acordarse de las excomuniones y pastorales que cada rato expedían contra los insurgentes, esto es, contra los mejores patriotas; avergüéncese al ver a sus compañeros autorizando el asesinato de los clérigos, y confúndase más al ver esa casa de la Inquisición donde, abusando de la autoridad de la Iglesia, degradaron y mofaron públicamente al gran Morelos, al americano más patriota que todos los canónigos del mundo.
CANÓNIGO: Ahora se ven en esa clase; pero entonces era un traidor, revoltoso, hereje y excomulgado.
CORONEL: ¿Aún le merece a usted ese concepto? El mismo le deberán Hidalgo,(10)Allende,(11) Matamoros,(12) Jiménez,(13) Mina,(14) etcétera, etcétera. Dígame usted, ¿en dónde están los restos de esos beneméritos? ¿Por qué no se les erige un mausoleo público en la Catedral, como está mandado? ¿Sabe usted lo que yo hiciera en el particular si fuera el gobierno.
CANÓNIGO: ¿Qué cosa?
CORONEL: Oficiar al Cabildo Eclesiástico, previniéndole que si dentro de ocho días, contados desde la fecha del decreto, no se ponía mano a la obra, y no se me presentaban los diseños del panteón, yo lo haría de cuenta de las rentas de ustedes.(a)
CANÓNIGO: ¿Y dónde se hallan los fondos de la Catedral para esa grande obra?
CORONEL: En los cofres, señor, en los cofres de ustedes hay muchas amarillas,(15)que fuera bueno que les diera el sol.
CANÓNIGO: Pues usted es tan enemigo del estado eclesiástico como El Pensador.
CORONEL: Pues usted se equivoca, señor doctor. Soy enemigo de los vicios y holgazanería de algunos individuos del clero; pero no de éste. Hay eclesiásticos tan respetables por sus letras, tan amables por su buen trato y tan recomendables por su singular patriotismo y largos servicios y padecimientos que, si por mí fuera, serían no canónigos, sino obispos. ¿Qué le falta al doctor Mier(16) para ser arzobispo de México? ¿Qué al doctorGastañeta(17) para serlo de Puebla?(18) ¿Qué al doctor Vargas (don Tomás)(19) para serlo de Guadalajara?(20) ¿Qué al doctor Argándar(21) para serlo de Valladolid?(22) ¿Y qué a tantos otros eclesiásticos beneméritos que conocemos para honrar una mitra con sus cabezas? Nada, nada absolutamente. ¿Sabe usted a quiénes nombrara de canónigos con una renta moderada de dos o tres mil pasos? A los pobres curas que se han hecho viejos en la administración de los sacramentos, luchando con las intemperies de los climas, con la insociabilidad de los indios, con las necedades de los feligreses que no son indios y, lo que es más, con el orgullo de los canónigos y secretarios. A estos pobres sacerdotes sí que los prebendara y luego luego jubilados, pues esto era una especie de retiro honroso que se les daba por sus servicios para que descansaran en su vejez. Esos padres sí que lo merecían; pero canónigos fuertes y lucios no los consintiera yo en mi reino.
CANÓNIGO: No, sino que ya está en moda hablar contra los canónigos, por pura envidia. Si todos pudieran ser canónigos, todos lo fueran.
CORONEL: Tal es la bona vita que se raspan vuesas reverencias
CANÓNIGO: La de vuestras señorías, los señores coroneles y oficiales generales no es menos. Todo el día estirando la patita en el Portal, charlando en los cafés y visitas y contoneándose con los plumajes con más vanidad que los pavos.
CORONEL: Bien se conoce que usted no ha sido soldado. Si usted hubiera pasado los trabajos que yo, si supiera cómo suenan las balas y del modo que nos suelen pagar a retazos, no hablara así.
CANÓNIGO: ¿Y por qué no les pagan a ustedes con puntualidad como a nosotros?
CORONEL: Porque está escasa la nación, y no lo estuviera si nos pagaran a nosotros con lo que ahorraran ustedes de rentas, y por vida mía que fuera lo mejor; porque nosotros sostenemos al Estado con la espada, y ustedes ¿de qué le sirven...? Si se ofrece una tinga con la Santa Liga, ya veremos si salen ustedes a contenerlos con excomuniones y salmos.
SACRISTÁN: Aquí no pudo sufrir el canónigo, sino que, tapándose las orejas, bajó la escalera y se marchó en su coche, como yo lo voy a hacer a pie. Hasta el miércoles, compadre.
México, octubre 9 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) doctor José Miguel Guridi y Alcocer. Colegial del Seminario Palafoxiano de Puebla y catedrático de Filosofía y Sagrada Escritura. En la capital de la República se recibió de doctor en teología y cánones. Se habilitó de abogado en la Real Audiencia. Después de ocupar algunos cargos, fue nombrado diputado a Cortes por la provincia de Tlaxcala. Hizo gala de su talento en el Congreso General de la Nación, en España. Cuando regresó a México (1813) se le designó provisor y vicario general del Arzobispado.
(3) réspice. Represión corta, pero fuerte.
(4) Plateros. Eran las calles de la avenida Francisco I. Madero, entre Monte de Piedad y Bolívar.
(5) Iturbide. Cf. nota 2 al núm. 1 de El Amigo de la Paz y de la Patria.
(6) Veracruz. Cf. nota 15 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(7) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(8) tlaco. Cf. nota 8 al núm. 6 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(9) coches maqueados. Barnizado con goma laca u otro barniz equivalente. Es decir, coches muy limpios, barnizados, elegantes.
(10) Hidalgo. Cf. nota 8 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(11) Allende. Cf. nota 3 al núm. 8 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(12) Matamoros. Cf. nota 9 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(13) Jiménez. Cf. nota 6 al núm. 8 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(14) Mina. Cf. nota 16 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(a) En el lugar donde está el retablo llamado Altar de los Reyes se podía levantar un mausoleo suntuoso que se llamara El Sepulcro de los Heróes, quitando esa leñazón dorada y levantando a los lados dos altares de buen gusto para decir misa.
(15) amarillas. Alude a las "onzas de oro", monedas de alto valor.
(16) José Servando Teresa de Mier y Noriega (1763-1827). Doctor mexicano en Teología. El 12 de diciembre de 1794 pronunció un discurso en el que sostenía que la aparición de la virgen de Guadalupe era una impostura, por lo que fue desterrado a España. A partir de entonces se suceden sus aprehensiones y fugas de varias cárceles y conventos de España, Francia, Italia y Portugal. Cuando se enteró del levantamiento de Hidalgo, se marchó a Londres —octubre de 1811— para trabajar en la prensa por la Independencia de México. Allí se relacionó con Blanco White, Lucas Alamán y Mina. En 1817 tomó parte en la expedición de Mina; lo aprehendieron en Soto la Marina y lo trajeron a México, donde fue procesado por la Inquisición. En 1820 fue enviado a España. Se fugó a La Habana y después pasó a los Estados Unidos. Cuando se consumó la Independencia, volvió a México y fue encerrado en San Juan de Ulúa. El primer Congreso Constituyente lo sacó de prisión. Mier reprochó a Iturbide su vanidad y se declaró republicano, a consecuencia de lo cual fue encerrado en Santo Domingo. El primero de enero de 1823 se fugó de nuevo. A la caída de Iturbide fue diputado por Nuevo León al segundo Congreso Constituyente. En esta etapa se declaró centralista. En 1824 firmó el Acta Constitutiva de la Federación y la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Entre sus obras están: Historia de la revolución de la Nueva España,Cartas de un americano al español, Apología, Manifiesto apologético y Memorias.
(17) Gastañeta. También cita a este personaje en uno de sus panfletos, donde dice: "...hombres ilustrados y respetados como tales en la república literaria, verbigracia un licenciado López Salazar, un doctor Maldonado, un doctor Gastañeta". Cf. Una buena zurra al pintor Ibar, México, Oficina de Mariano Ontiveros, julio 14 de 1824, p. 1.
(18) Puebla. Cf. nota 10 al núm. 6 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(19) Tomás Vargas y Epigmenio de la Piedra fueron los secretarios de una comisión compuesta por veinticuatro diputados encargada de llevar la Constitución al gobierno.
(20) Guadalajara. Cf. nota 16 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(21) Francisco Argándar. Orador sagrado. Siendo diputado al Congreso por Valladolid (hoy Morelia), predicó en la Catedral de México, en septiembre de 1823, un sermón por los mártires de la Independencia. El Decreto 81 de 28 de septiembre de 1823 dice que se ha nombrado consejero del Estado al doctor ciudadano Francisco Argándar. Se tiene noticia que en 1824 Francisco Argándar era bibliotecario de la Real y Pontificia Universidad de México.
(22) Valladolid. Cf. nota 12 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.