[NÚMERO 12]

Jueves 18 de noviembre de 1813


Continúa la materia del anterior(1)

Los deístas, de quienes vamos a hablar, son casi iguales a los embrutecidos ateístas, pues lo mismo es no reconocer deidad alguna que no rendirle adoración a la conocida. Estos impíos confiesan que hay una causa de todas las causas, un principio de todos los seres criados, esto es, un ente superior a todo cuanto vemos, criador y conservador suyo, que es lo que se llama Dios pero al mismo tiempo no rinden ningún homenaje a esta deidad, contentándose con confesarla: lo que es, sin duda, peor que todo, pues no son bastantes a agradecer el beneficio, siéndolo para reconocer la mano benefactora que lo dispensa.

Estos espíritus fuertes, según se creen, manifiestan la mayor debilidad en lo mismo que apoya su decantada fortaleza, que es en la incredulidad. Llenos siempre de un orgullo y soberbia igual a la de Luzbel, que quería competir con el mismo Dios, y embutidos al propio tiempo en una ignorancia crasísima, consecuente con su filosofía altanera, tienen a menos el confesar y reconocer los misterios de nuestra religión sagrada, únicamente porque no son perceptibles a la torpeza de sus sentidos. Un Dios hombre, por ejemplo, sujeto a las intemperies de los tiempos, abatido por los demás hombres, afrentado, escarnecido y muerto en un infame patíbulo, es para ellos un arcano impenetrable y dicen que en ese caso se envilecería la deidad; no comprenden cómo pudo ser, y sólo porque no lo comprehenden lo niegan, y así los demás misterios que venera nuestra fe por tan seguros.

¿Mas esta su incredulidad dejará de dar la mayor prueba de su idiotismo? Ellos saben (o acaso lo ignoran) que los libros sagrados alcanzan a la más remota antigüedad; que siempre anduvieron en las manos de un pueblo, ya cautivo, ya errante o ya envuelto entre la confusión de la guerra, y, a pesar de esto, se mantuvieron inmaculados y llegaron hasta el cristianismo, que en sus principios no fue sino el juguete de los tiranos y la piedra de toque de sus constantes perseguidores; sin embargo la Santa Biblia ni se perdió ni padeció alteración alguna. Los mismos cristianos corrompidos, incrédulos y apóstatas obstinados han declamado y escrito contra ella en todos tiempos, ¿y qué han conseguido, sino quedar confundidos por los padres y expositores?

Ellos deberían hacerse cargo, cuando impugnan nuestra religión, de sus principios fundamentales, observar la constante tradición de la Iglesia, su unidad, su universalidad y la inmutabilidad de sus dogmas, siempre firme por cerca de dos mil años, siempre santa e inmaculada, inalterable en los principios de su establecimiento y en las máximas de su doctrina, así en medio de los triunfos y aplausos como entre las borrascosas tempestades de que se ha visto agitada, ha caminado con paso impávido y rostro majestuoso por sobre las cruces y las palmas.

Digan si no los incrédulos enemigos del cristianismo: ¿cuándo la Iglesia santa, en el largo espacio de su duración, ha suscrito a ningún error seducida por el interés o la lisonja, o amedrentada por los rigores del poder? ¿Cuándo, en diecinueve siglos que lleva de instalada, ha alterado la pureza de su dogma, ya suprimiendo o ya imponiendo nuevos artículos o preceptos? O por el contrario, ¿no es verdad que siempre ha sido única, invariable y ortodoxa? ¿Podrán, por ventura, los enemigos de nuestra creencia testificar la suya con iguales pruebas? O por el contrario, ¿no es constante que jamás han tenido estabilidad en sus doctrinas? Hoy establecen un punto y mañana lo destruyen o lo reforman, siendo su misma novelería el más seguro garante de sus errores.(a)

Digan también: si los libros sagrados son apócrifos, si son hechura de hombres necios o alucinados, ¿cómo es que en Jesucristo vemos cabalmente cumplida todas las profecías escritas muchos años antes de su venida? Muéstrennos, entre todos los hombres que pasaron, uno a quien se le puedan acomodar; pero si no hallan otro que Jesucristo, es necesario, o negar todo el asenso que merece la fe humana (lo que no es concedido a un filósofo), o negar la verdad contra el convencimiento de la razón (lo que no es decente a un racional).

Estos mismos que tienen embarazo para creer la divinidad de Jesucristo y el objeto de su misión, no lo tendrán para creer las victorias de Darío ni los triunfos de Alejandro; pero ¿no me dirán por qué las creen? ¿Acaso ellos las vieron? Lo que se cuenta de estos hombres, ¿no parece una sucesión de prodigios? Es verdad, dirán, pero libramos nuestra creencia sobre el testimonio de los historiadores como Jenofonte, Heródoto, Tácito y otros. Y bien, diremos los católicos, ¿esos y todos los historiadores del mundo no han sido hombres? ¿No pudieron nunca haber sido unos idiotas, unos crédulos como Plinio o unos aduladores como Virgilio y Ovidio? ¿Por qué, pues, hemos de creer lo que ellos nos cuentan de sus héroes? Mucho más cuando mil veces se halla entre ellos mismos vacilante la verdad sobre una misma cosa, cuya nulidad no se encuentra en ningún historiador de Jesucristo. ¡Ah!, dirán que muchos de los escritores antiguos fueron coetáneos a los mismos sucesos que nos trasladaron, fueron hombres veraces y de bastante conocimiento en su siglo. ¿Y quién asegura eso, les instaremos? ¿Quién los conoció y los trató para hacerles la justicia de creerlos tales? ¿De dónde nos consta, finalmente, si existieron, alguna vez en el mundo? ¿Acaso Ciro, Alejandro, César y Pompeyo sólo existieron en las atolondradas cabezas de algunos ociosos, o tal vez sus hazañas fueron parto de la imaginación del algún valiente, que nos fingió tales héroes y tales proezas en alegoría como Cervantes al Quijote?

No es necesario haber conocido ni a los héroes ni a los escritores nos responderían los herejes a esta instancia; la constante tradición que de padres a hijos ha llegado hasta nosotros nos quita toda duda en el particular, y negar el asenso debido a estas verdades sería incurrir en la mayor insensatez y barbarismo.

Ahora bien, si los herejes creen y nosotros no negamos los héroes profanos ni sus hechos, sólo sujetándonos a la tradición, ¿por qué ellos no quieren estar a la misma tradición cuando se trata del Mesías? Isaías y los profetas, san Juan y los evangelistas, san Pedro y los apóstoles, san Jerónimo y todos los padres de la Iglesia ¿son menos hombres, y más expuestos al error que Plutarco, Heródoto, Diódoro, Quintiliano, Tácito y otros? Es menester responder que  o que no, precisamente. Si , ¿cómo se prueba? Si no, ¿por qué no se les da igual crédito que a estos últimos?

Pero estos deístas, impíos, estos necios incrédulos no ceden a ningún argumento ni se convencen con ninguna de las sólidas pruebas que tenemos que dar los católicos en favor de lo inconcuso de nuestra sagrada religión. Acostumbrados a cerrar los ojos para no ver la luz de la verdad que hiere de golpe en sus pupilas, se desacatan de todo convencimiento con el despreciable efugio de negarlo todo. Es incomprehensibleluego increíble: he aquí el brillante trípode sobre que disparatan estos oráculos inmundos de la ignorancia. Todo lo que no penetran lo niegan, sólo porque no lo pueden comprehender. ¡Daráse mayor ceguedad! ¡Y estos hombres se llaman espíritus fuertesgenios ilustrados y filósofos liberales!

Desde hoy tengo que negar que hay sol, porque yo no alcanzo cómo arde este fuego sin pábulo, o si lo tiene, ignoro de qué materia es, ni de dónde le viene, ni cuál es la mano que se lo ministra, con equilibrio tan perfecto que en seis mil años ni se disminuye ni se aumenta en proporción de su masa ni de los grados de calor que le advertimos. Negaré la electricidad, porque no entiendo cómo obra tan maravillosos efectos como admiro. Negaré el flujo y reflujo del mar porque ignoro su causa. Negaré que tengo alma ni racionalidad, por más que piense y discurra, porque yo no sé cómo pienso, ni cómo mi alma dirige mi mano y ésta la obedece para escribir esto que ella misma quiere y no otra cosa. Negaré... ¿pero cómo he de negar estas certidumbres? ¿Cómo me he de oponer a la evidencia, sólo porque mi entendimiento limitado no puede comprehender lo mismo que ven mis ojos y yo experimento? Quédense estas locuras para aquellos espíritus sublimes que pretenden enseñar a todos los santos padres y doctores que venera la Iglesia como defensores y maestros de la ley. Sí, quédense para ellos estas ridículas extravagancias, para ellos que ni persuaden por principios, ni ceden a la razón, ni se confunden con sus mismas contradicciones.

Niegan la plenitud divina del Mesías, porque no comprehenden cómo puede ser Dios y hombre; pero confiesan una deidad suprema, eterna, criadora y conservadora de todo lo que existe fuera de ella. Si la confiesan, la comprehenden según sus principios, y presumir comprehender a este Ente soberano, inaccesible a las más elevadas inteligencias ¿no es la mayor locura?

Confiesan también que este ser es comunicable por esencia; pero al mismo tiempo lo hacen un Dios ocioso, indolente y apático respecto de las obras de sus manos, y ultrajan la misma deidad que afectan defender en la persona de Jesucristo,(b) negándole el cuidado y economía que concederán libremente a un amo respecto de sus criados y a un padre en orden a sus hijos. ¿No es ésta una blasfemia y una grosera implicación? Pues así son todas las suyas; ¿y así se atreven a predicarnos?

El orgullo y la disolución son los puntos céntricos a donde tira[n] todas sus líneas la incredulidad de estos espíritus superficiales. Ellos pretenden pasar la plaza de los mayores sabios del siglo en puntos de religión, y para esto inventan cada día nuevos sistemas; y con tal que introduzcan alguna novedad por la que los aplaudan los necios, no se detienen en disolver las dificultades que se les proponen en contra.

Por otra parte, empapados en la sensualidad y embobados con los deleites del mundo y de la carne, hacen consistir toda la gloria y felicidad del hombre en la entera satisfacción de sus pasiones. Gocemos, dicen, de los gustos que podamos en la vida; no haya prado hermoso por donde no se pasee nuestra lujuria; no nos hagamos tristes y sombríos creyendo lo que asusta a los melancólicos cristianos... A estas locuras se opone nuestra religión, acordándoles tener una substancia espiritual y eterna merecedora de premio o de castigo; una muerte infalible, después de la cual aquel espíritu se presentará a la vista de un Dios vengador que ha de decretar su suerte por una eternidad sin fin. ¡Ideas serias y dignas de la mayor atención! Pero ideas ciertas que conoce y confiesa el pagano, el moro, el judío y el más relajado cristiano. Hemos de morir porque vemos que nadie se libra de este lance. Alguna substancia hay en nosotros superior a los brutos que no perecerá en la muerte, así como somos superiores a ellos en la vida. Esta substancia inmortal debe pasar por necesidad al principio de donde emanó, que es Dios, y entonces ¿cuál será su destino? La fe enseña que si sus obras fueron buenas será[n] coronada[s] con la guirnalda de una gloria eterna e inmarcesible, y si malas, será confinada a un lugar de tormentos por una eternidad.

Estas reflexiones animan y consuelan al cristiano, al paso que aturden y confunden al incrédulo, quien, para sacudir el yugo que le imponen estas verdades, no tienen más recurso que negarlas y elige por mejor partido asemejarse con las bestias en su esencia que confesarse con la dignidad del hombre, con una porción espiritual que no muere, por tal de no creer la eternidad que lo amenaza. ¡Desventurados! Si con negarlo con la boca se aquietaran sus corazones, sería de algún consuelo temporal; pero si por más que blasonen de incrédulos, la razón les está persuadiendo lo contrario y acusándoles su obstinación, ¿qué remedian?

Supongamos que (a pesar de estos continuos remordimientos) lo pasan alegremente en la vida; ¿y lograrán la misma felicidad en la muerte? ¡Ah!, que el incrédulo todo lo aventura en aquel momento; allí no valen sistemas ni caprichos; entonces se ve el mundo con distintos ojos y se piensa con otra cabeza; entonces vienen de tropel los desengaños; pero un hábito de obstinación los rechaza y no quedan otros auxilios que las dudas, las blasfemias y la desesperación.

¡Sola tú, religión santa, religión infalible, rayo de la divinidad desprendido desde el seno del Padre para consuelo del cristiano, tú, sola tú, únicamente con los auxilios de la fe podrás fortalecer en aquellos tristes momentos el espíritu desfallecido del cristiano!

La fe me enseña y la razón me persuade que, a más de esta porción material de mi cuerpo, hay en mí otra substancia espiritual que piensa y que discurre como no piensa ni discurre el bruto; yo sé que están impresas en ella muchísimas ideas que, cuando quiero, las suscito y las coordino; sé que tengo un albedrío, del que me valgo como de un mueble de mi casa, y que en uso de esta soberanía, si quiero, concluyo este discurso, y si no, lo dejo en este estado; sé, finalmente, que con el auxilio necesario de esta substancia que llamamos alma, hago cosas que no es capaz a imitar ningún bruto: luego esta substancia espiritual que me anima es superior, con mucha ventaja, a la material organización de las bestias, y siendo éstas superiores a las piedras, a las plantas, a las estrellas y a todas las criaturas insensibles, se sigue que mi alma es superior a todo esto, poco menos que los ángeles y sólo igual a las almas de los demás hombres; y siendo de tan alta jerarquía ¿qué puede ser sino un soplo de la misma divinidad? ¡Oh, cuánta es la grandeza del hombre!

Pero después de admirar la excelente calidad de esta substancia, sé que ha de llegar un instante crítico en que se separe de mi cuerpo, cuya disolución llamamosmuerte; sé que después de esta descomposición el cuerpo se entregará a la misma tierra de que fue hecho y la alma volará a la divina boca que la inspiró. Este momento ha de ser infalible porque está decretado que mueran todos los hombres; yo entonces me llenaré de temor y sobresalto con la memoria de la continua carrera de mis crímenes; yo estaré seguro en que mi alma habrá de dar una estrecha residencia de mi vida ante un juez justo e inexorable; esta idea en aquel lance deberá contristarme sumamente. Pero ¡oh felicidad de los cristianos!, yo entonces me acordaré de Jesucristo, yo invocaré su santo nombre, yo le diré arrepentido de mis crímenes: , señoreres mi padre y redentortú eres el medianero entre Dios y mis iniquidadestú no quieres la muerte del pecadorsino su eterna vidapor esto viniste a ofrecerte a la divina justicia como hostia inmaculadapara que yo no fuera víctima de su rigorHe pecado, es verdadmi espíritu se ha anegado en las maldades, pero túSeñorderramaste toda tu inestimable sangre para lavarlasamable Jesús,has dicho que en cualquiera hora que el pecador implore tus piedadescompungidose las dispensarásolvidarás sus culpas como si no hubieran sido y lo reconciliarás con tu Padrevolviéndolo a tu graciapuesSeñorahora es tiempoacuérdate de tus infalibles promesas y no me desampares.

Así diré, y satisfecho en que tengo un Dios generoso y un eficaz medianero, ocurriré al auxilio de los Sacramentos que me dejó en su Iglesia, como áncoras que me aseguren del naufragio; invocaré a su Divina Madre, llamaré en mi favor a sus amigos y, confiado en la seguridad de su palabra, volará mi espíritu tranquilo a los brazos de un Dios aplacado, de un Dios satisfecho por Jesucristo y de un Dios de bondad y misericordia.

Estas dulces ideas que inspira la religión deben llenar de consuelo al cristiano y animarlo con tan ciertas como halagüeñas esperanzas para apurar en aquella hora el amargo cáliz de la muerte.

Decidme, católicos, ¿no es verdad que, cuando hacéis estas reflexiones, sentís un no sé qué interior, que derrama en vuestra alma una alegría y placer tan puro que no se parece a los que prescribe el engañoso mundo? ¿No es cierto que os sentís inspirados de una firme confianza en las promesas del Señor y prontos a dar con gusto el último paso de la vida?

Y vosotros, incrédulos, fascinados, ¿percibiréis acaso estas dulces emociones del espíritu? ¿Os aparejaréis gustosos a la muerte con vuestros disparates y sofismas? ¿O podréis entonces manifestar la tranquilidad que no puede conceder la terrible idea, o de que vais a dejar de ser eternamente, o de que se va a encargar de vuestra futura existencia un Dios vengador, a quien habéis ultrajado con descaro y de cuya providencia habéis blasfemado sin cesar?... ¡Ah!

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(a) Léase sobre esto al señor Bossuet en su tratado [Historiade las variaciones de las iglesias protestantes.

(b) Porque dicen que creer a Dios hecho hombre es envilecer a la deidad.