[NÚMERO 12]
EL PENSADOR MEXICANO
Sobre la profecía que se dice escrita por un religioso que murió en Sevilla: quién sabe quién, ni quién sabe cuándo; y consta estampada en el diario de esta capital del 14 de abril de [1]814, que a la letra dice:
Artículo. Publicado por El Imparcial de Alicante de 28 del próximo pasado julio. Coruña, 9 de junio. Un religioso que murió en Sevilla escribió la profecía siguiente:
| 1807 | Deja la España y vete. |
| 1808 | Revienta el Corso. |
| 1809 | Errantes hombres y mujeres. |
| 1810 | España por el francés. |
| 1811 | Vuelve a tronar el bronce. |
| 1812 | Empieza en España el goce. |
| 1813 | España libre de franceses. |
| 1814 | Vuelve Fernando a su trono y goce. |
| 1815 | Muere Napoleón y Francia lo maldice. |
| 1816 | En Francia hay un nuevo rey. |
| 1817 | Enlázase España con los ingleses. |
| 1818 | España llena de gozo. |
| 1819 | España llena de bienes |
| 1820 | Paz con toda la gente. |
He aquí la solemne profecía o la solemne faramalla escrita en España, cacareada en el Diario de México, creída de las viejas y asimplados, y burleteada de los juiciosos de éste y de aquel Continente, y luego querrán algunos tontos que yo me esté con el hocico fruncido viendo tamañas boberías reimpresas en mi patria y con tamañas letras de molde. ¡Por vida de la burra de Balán y de todos los burros de los pseudoprofetas del universo, que no le ha de valer a esta pampriega haber venido de la otra banda para quedar inmune de mi pluma! ¿Qué es esto? ¿Nos hemos olvidado de que estamos en el Siglo de las Luces? ¿No tenemos fresco y en el magín que ésta es la época de los liberales que están en declarada guerra contra los abusos y preocupaciones de los viejos? Pues tate, profetastro maldito, que yo también soy liberal y no consiento pulgas en el lomo.
Los derechos de América están unidos con los de la Península; y así yo debo defender el lustre de mi patria lo mismo que el de España, y de consiguiente me deben incomodar de un mismo modo las vulgaridades que se impriman allá, como las que acá se publiquen. No, no queremos vulgares que nos ensucien las prensas ni en ultramar y en este Continente. El mismo derecho que yo tengo sobre los papeles de allá, tienen los de la Península sobre los míos. Yo sufriré la crítica de mis descuidos, si fueren aquellas de la Hesperia, y sus descuidados habrán de hacer lomo por las mías cuando sus producciones lo merezcan como la presente.
¿Qué es esto de espetarnos en las barbas una paparruchada fraguada quizá en alguna taberna por dos o tres ociosos, y canonizada con el respetable nombre de profecía? ¿Que somos los españoles autómatos, o queremos aún cargar con los epítetos de bárbaros, ignorantes y supersticiosos con que nos han caracterizado las naciones rivales? No, ya es tiempo de que se desenrollen nuestras luces y de que al español, sea quien fuere, no se le pueda alucinar con fruslerías, aunque vengan en traje de peregrinas y disfrazadas con los aparatos de la virtud y la revelación.
La sarta de chismes que pronostica la antecedente lista desde el año [1]807 hasta la de [1]820 es un sueño de delirante o un juguete de un cándido.
No me cogen de nuevo las revelaciones, milagros ni profecía apócrifas; casi siempre tienen lugar estos personajes en las farsas de las conmociones de los reinos; menos me admira el que se atribuyan (hablo de las profecías) a un hallazgo fortuito, o a algún sujeto de conocida virtud y probidad ya difunto, porque esto arguye mejor su falsedad. A san Malaquías se le atribuyeron las profecías tocantes a los pontífices, y a un hallazgo las que pertenecían a algunos reyes, cuyas extravagancias refuta muy bien el erudito Feijoo en el tomo 2 de su Teatro, discursos 4, 5, 6 y 7. Ni menos me es extraño aparezcan de cuando en cuando algunos adivinos como el oráculo de Tiresias, que unas veces acertaba y otras no, porque éste es el modo más seguro de vaticinar. Yo conocí un tunante que siempre que concurría al juego se ponía tras de algún novicio birjánico a inspirarle sus aciertos y le decía: "A la sota, al siete, el rey es como visto", etcétera. Si ganaba el punto, le daba su percance, y si no, no faltaban disculpas para consolarlo. Él decía muy bien: "Si adivino, tengo mi valedura, y si no, ¿qué me han de hacer?" Esto mismo puede decir cualquiera que profetice a la buena ventura.
Nada de esto, repito, me hace fuerza, porque nada es nuevo; lo que sí me incomoda es que un hombre con la cabeza en su lugar, muy despacio, en su casa y sin que haya quien le tire de la pluma, sea tan pelota, que ya forma su ridículo embrollo, lo disponga tan mal y con tanta desgracia que se le noten de a legua sus fallas. Tal es nuestro profetón; pero le daremos una manita ligera a su adivinanza.
Año de 1807: Deja la España y vete.
Si esto habla con Godoy, que es por quien se debe entender, según me parece, es falsa la adivinanza a ojos vistas, porque Godoy no se fue como desterrado, que es lo que significa deja y vete, sino como fugitivo de los valientes españoles que lo querían echar de esta vida, y hay mucha diferencia entre irse desterrado a fugarse a escape. Cierto que los madrileños tan lejos estuvieron de decirle vete, que algo hubieran dado porque no se les hubiera escapado de entre las manos. Conque nuestro prodigioso profeta ni en lo que ha visto habla verdad.
Año de 1808: Revienta el Corso.
Si Napoleón había de reventar como juditas de a medio, es falsa la profecía, porque todavía no acaba de reventar, pero si esta reventazón significa que se había de declarar enemigo usurpador de España, es aún más falsa, porque días pasaron en que Napoleón se declaró; lo que faltó fue que entendieran sus designios y se los cortaran.
Año de 1809: Errantes hombre y mujeres.
Si el espíritu profético quiso significar con este errantes las vicisitudes de los primeros gobiernos de España, por ejemplo, la Junta Suprema o Central, procedió, cuando menos, con impropiedad, porque las variaciones de los gobiernos no dependían (a lo menos lo ignoro) del pueblo; así es que los errantes serían los que se constituían mandones sobre el pueblo, y no el pueblo mismo, a quien en aquel sistema no le tocaba sino obedecer, estando como estaban entorpecidos sus derechos, hasta que la nación se declaró poseedora de la soberanía por los labios de sus primeros diputados.
Año de 1810: España por el francés.
Ni en ese año ni en ninguno puede decirse que la España estuvo por el francés, pues sabemos bien que si se destapaba por un lado, se cubría por otro; esto es, si el francés se posesionaba de un lugar, lo desalojaban de otro los españoles, y esto no puede llamarse posesión absoluta de un reino, que es lo que indica la profecía.
Año de 1811: Vuelve a tronar el bronce.
El volver a suceder una cosa supone que ha mediado tiempo en que no ha sucedido; conque si el cañón de artillería o la guerra volvió a tronar este año, supone que en alguno de los cuatro anteriores había cesado, lo que es una notoria falsedad, pues los españoles jamás dejaron las armas de las manos desde que intentaron sacudir el yugo de los franceses, y este intento tuvo principio desde que advirtieron que se les quiso echar.
Año de 1812: Empieza en España el goce.
Esto, a más de tener su punta de mentira, tiene su falta de locución castellana. Las victorias conseguidas en algunas provincias de España traerían gozo a ellas mismas, no a las conquistadas o que se hallaban bien con el gobierno de Pepe; para unas y otras de éstas sería dolor o pesadumbre. Empezar un reino a tener goce es disparate de marca. Goce quiere decir la posesión de un sueldo o salario, ¿y cuál era el salario en cuya posesión entró España el año de 1812? A la verdad, el profeta era aficionado a versificar: quiso decir gozo, pero como no podían consonar bien año de doce con gozo, lo hizo goce, atropellando con la adisparatada impropiedad. Dura es ciertamente la ley del consonante; por eso nuestra musa americana, la madre Juana Inés de la Cruz, dijo días ha:
¡Fuerza del consonante, a lo que obligas,
que haces volver blancas hormigas!
Y yo, acordándome de esta sabia y discreta monjita, dije luego que leí este desatino:
¡Fuerza de un consonante estrafalario,
que el mismo gozo vuelves en salario!
Año de 1813: España libre de franceses.
Tanta mentira fue decir que en el año de 1810 "estaba España por el francés" como decir que el año de 1813 "estaba libre de franceses", cuando los que han leído las gacetas saben lo contrario, esto es, que en aquella época aún había franceses en España, y los hay hasta hoy.
Año de 1814: Vuelve Fernando a su trono y goce.
Yo y todos sus buenos vasallos lo deseamos; pero ya van cuatro meses y no vemos cosa que nos lo asegure. ¡Ojalá acierte en esto la profecía! Le perdonaremos de grado sus demás mentiras, aunque no sé todavía cuál será el goce o salario en cuya posesión entrará el rey y la nación.
Año de 1815: Muere Napoleón y Francia lo maldice.
¿Con que el año que entra muere Napoleón? Veremos, decía el ciego. Puede que sí y puede que no. ¿Quién tiene asegurada la vida de los mortales? Napoleón puede o no morir el año que entra; si muere, viva el profeta, ¿y si no? Nada le han de hacer.
O Laertiade quidquid dico aut erit; aut non!
Éste es un seguro modo de adivinar.
Año de 1816: En Francia hay un nuevo rey.
¡Mas no, sino peras! En muriendo Napoleón, otro se ha de coronar. Esta profecía la hará cualquier niño de escuela que sepa que a rey muerto, príncipe coronado.
Año de 1817: Enlázase España con los ingleses.
Si este entroncamiento es por matrimonio, no sé por dónde pueda venir en línea recta, pues no tiene sucesión Fernando VII, a no ser que él mismo se case con alguna hija del inglés; pero esto trae sus inconvenientes a la religión, sea católica o reformada, y así algo había de costar el salvarlos. Si el enlace es, no de casa a casa real, sino de potencia a potencia, este último ya está hecho días ha; de que se arguye, o que la profecía está en veremos, o que de ninguna duda nos saca por ser cosa vista.
Año de 1818: España llena de gozo.
Año de 1819: España llena de bienes.
Pregunto: ¿qué vendrá primero, los bienes o el gozo de poseerlos? Parece que los bienes deben venir primero; pero el profetastro trastornó las palabras porque así convenía a la asonancia. Año de 18: España con bienes, no sale buena asonancia, ni menos año de 19 con gozo, porque ocho es asonante de o y o, y así le toca gozo, y año de 19 es asonante de e y e, y así, le tocaba bienes. ¡Oh fuerza de asonante, que haces por atrás lo de delante!
Año de 1820: Paz con toda la gente.
Que es como decir paz octaviana, paz general en todo el universo; en una vez que la hubo nació el verdadero Príncipe de la Paz, Jesucristo: ¡qué difícil será ver otra paz general, a pesar de cuanto profeta rapado nos la anuncie!
Conque ya tenemos analizada la falsa profecía, aunque superficialmente. Si su autor difunto, o el vivo que se la atribuye, se hubiera contentado con llamarla conjetura, nada tuviéramos que hacer con ella; pero bautizarla solemnemente con el nombre de profecía es cosa que no se puede sufrir en el siglo diez y nueve.
Desde la época del año de 1807 hasta la del pasado de 1813 no escribió profecía sino historia, porque sobre cosas sucedidas no se dan profecías ni adivinanzas; pero por querer hacer sus palabras misteriosas y asonantadas, no evitó en ellas las falsedades y boberías de que abundan. Desde ese año hasta el de 1820, no son profecías sino deseos; ¿y quién negará que éstos son de los mejores? ¿Que nos anuncian mil felicidades y que somos interesados en su cumplimiento, no sólo los españoles, sino toda la gente del mundo, pues a toda ella se le profetiza una paz general precursora de los bienes temporales? ¿Qué dirán a esto aquellos fervorosos misioneros que nos han intimidado anunciándonos la cercanía del último respiro del universo? A la verdad que han de quemar sus libros, porque nuestro profeta nos ha tranquilizado asegurándonos que el año de [18]20 ya está en paz toda la gente.
¿Pero el que sus deseos sean buenos calificará la infalibilidad del suceso? De ningún modo. Esto asegurará la buena alma del autor, pero no lo pondrá a cubierto de las notas de poco reflexivo y mal computador.
Una de las circunstancias de las profecías es no ser muy claras sino rara vez. A mí me ha dado gana de adivinar lo futuro, porque,
Si el escribir profecías
es cosa que cuesta poco,
por más que sea yo un motroco(2)
tengo de escribir las mías.
¿Qué se puede perder en ello? Un poco de tiempo y una tira de papel. Si acierto, bueno, y si no, ¿qué se me dará? Entretanto, les damos un hueso que roer a los amigos de novedades. Lo malo es que yo no calo capilla ni tengo fama de santo, y así, seguramente que no se hará aprecio de mi pronóstico. ¿Pero acaso no más los siervos de Dios profetizan? Balán fue un réprobo y con todo eso profetizó verdades, y otros perversos han profetizado su muerte o su vida según han querido. Oliverio Cromwell, usurpador del trono de Carlos I en Inglaterra y vil asesino del monarca, estando gravemente enfermo y desahuciado de los médicos, pidió que le dejasen recoger con Dios, y al cabo de rato llamó a sus asistentes y con un rostro apacible les dijo que no temieran, porque Dios le acababa de revelar que no moriría de aquella enfermedad, y que todavía le quedaban muchos años de vida. A pesar de la revelación, el médico lo advertía cada día peor. Cromwell conoció su confusión, y le dijo:
Vos sois un buen hombre: ¿pues no veis que yo nada arriesgo en mi predicción? Porque si muero, al menos la expectación de mi curación, conteniendo a mis enemigos, dará lugar a mi familia para asegurarse; y si escapo (puesto que mi muerte no es de verdad infalible) veisme aquí entre todos los ingleses adorado como un hombre envido de Dios, que es sólo lo que me ha faltado para hacer de ellos lo que quisiere.(a)
Así saben unos hombres engañar a otros; pero ¡qué más!, si hubo no muchos años ha un pícaro que predijo su muerte para una hora determinada; hizo llamar al confesor, quien murió a pocas horas de haber estado en su casa (mediante un veneno que le dio en el refresco). Al día siguiente, cuando conoció que debía obrar la porción mortífera que tomó para acertar con su profecía, se despidió de los suyos, lo aseguró de su eterna felicidad y los mandó retirar porque se acercaba su fin; se inclinó sobre una mesa y murió.(b) ¿Se dará peor locura de los hombres que matarse y condenarse a letra vista por darse fama de santos y adivinos? ¿Pues cómo hemos de extrañar que, sin tanto riesgo ni malas intenciones, tengamos en el mundo tal vez algunos profetillas como el señor, y yo que no me he de quedar atrás? Zas, allá va mi profecía, mi enigma, mi disparate o lo que fuere.
Pisará el león al sapo la cabeza
siempre que el pez no falte de su lado.
Después de muerta, el águila rapante
verá el pastor alegre su rebaño.
Si el sapo vuelto en flor al león agrada,
el pez se juntará con el lagarto,
y aquella que es la reina de las aves
en su lomo creerá tener descanso.
Entonces el delfín y el león sañudo,
haciendo liga, tratarán entrambos
de reprimir de la águila los vuelos
y de estorbar al pez sus adelantos.
Éstos se han de oponer precisamente,
y en serie de sucesos tan extraños
se vertirá la sangre de los hombres;
se vertirá de rojo el mar salado;
el cañón tronará por todas partes,
anunciando la muerte y el estrago;
se violarán los pactos y las leyes;
se olvidará el favor y no el agravio;
el muy santo hombre vestirá de luto;
todo será furor y sobresalto,
el que habrá de cesar cuando se hiciere
un vaso de oro tres o más pedazos,
en los que su dominio reconozcan
el águila y el delfín, el león y el sapo.
De esto se arguye que no puede el mundo
esperar grande paz en muchos años.
Mi sentir es funesto, no lo dudo;
mi pronóstico triste, mas fundado.
¡Quieran los santos cielos que me engañe
y que jamás suceda nada malo!
En el número anterior, página 88 [en el original], dice: "Son ignorantes por educación, sino por naturaleza." Corríjase y léase: "Son ignorantes por educación, y no por naturaleza, que es lo que tenemos dicho." En la página 91 [en el original] del mismo número dice: Ridendo verum quid vetat? Léase: Ridendo dicere verum, etcétera. En la página 93 [en el original], dice: monade. Léase: moneda.
(1) Oficina de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) motroco. Persona que no termina las cosas ni las hace bien.
(a) Rivaden [abreviación de Rivadeneyra], Pasatiempo, t. 3, pp. 28 y 29.