[NÚMERO 12]
DUODÉCIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
PAYO: Compadre, por ahí dicen que se nos queda mucho en el tintero.
SACRISTÁN: Dicen bien, ¿cómo hemos de estar en todo? Pero ¿qué le han contado a usted de nuevo?
PAYO: Que en el estanco de tabaco(2) o en la Ciudadela, en la puerta que mira al oriente, está pintada la América sosteniendo nada, y aprisionada con una esposa de hierro real y verdadera en el brazo, que dizque le pusieron los soldados gachupines poco antes de salir capitulados.
SACRISTÁN: No lo creo, compadre. ¿Cómo era capaz que los hermanos estanqueros, mirando esa infamia de su patria todos los días, la hubieran consentido? Era menester juzgarlos o muy tontos, o muy sinvergüenzas o nada patriotas.
PAYO: Yo no sé qué elegirán de las tres cosas. Lo cierto es que la América de los estanqueros está aprisionada.
SACRISTÁN: ¿Y los jefes que no lo han advertido? ¿No pueden remediarlo? Ellos son más culpables que los pobres trabajadores. Allá se lo hayan. Yo también he recibido una carta de la costa de Veracruz,(3) en la que me dicen que el cura de Cosamaluapan(4) insultó a un pobre inglés, hasta el término de golpearlo y no sólo, sino de mandarlo pasar por las armas...
PAYO: ¡Jesús! ¡Jesús!, compadre, ¿a tanto llega el despotismo de los curas?
SACRISTÁN: Si no de todos, a lo menos de algunos.
PAYO: Pero, compadre, ¿a qué se atienen esos señores para cometer tales excesos?
SACRISTÁN: Ya se lo dijera a usted si no temiera malquistarme con el gobierno, quien a fuerza de quejas dispertará y sostendrá su autoridad y el decoro a que es acreedor en una república cualquier hombre de bien, sea cual fuere la religión que profese.
PAYO: Y, ¿en que paró la fiesta? ¿Pasaron por las armas al inglés?
SACRISTÁN: No, el cura dijo a los soldados que fueron a separarlos: Al momento denle cuatro balazos a este pícaro, que yo lo mando. Entonces los verdaderos independientes y liberales, penetrados de la injusticia del cura, se agolparon y le quitaron al inglés de las manos, y se está sumariando al cura porchaqueta,(5) borbonista, etcétera, yo no lo sé, la carta lo dice.
PAYO: ¿Y qué le harán a ese cura?
SACRISTÁN: Nada, ¿qué le han de hacer? Es padre y es cura, con lo que le basta para que o no se crea la acusación, o aunque se crea se le disimule. Al fin el inglés agraviado es hereje, y así nada importa que lo hubiera aporreado el cura ni aunque lo hubiera matado.
PAYO: Lo que siento es que a este paso al almorzar llegamos, como decía el ahorcado a quien llevaban al trote a la horca. Si los sacerdotes por serlo han de creerse autorizados para insultar a todo el mundo como el padre Buque,(a) nuestra religión cada día parecerá más odiosa y deforme a los extranjeros, y...
SACRISTÁN: No, es regular que el señor provisor, bien informado, castigue a ese cura como debe, y que lo deponga de cura para siempre. Con menores castigos no se han de enmendar estos padrecitos valientes. Como toda mi vida he sido sacristán, he visto cometer mil atrocidades a los curas; pues, cosa de taparse las orejas. Ya se ve: ahora, ahora, en el sistema de la libertad, ha habido cura insolente que ha pedido licencia al Soberano Congreso para azotar a los pobres indios, ¿qué tal será ello? El Congreso oyó tal solicitud con la mayor indignación y mandó que se estuviera a la mira de las operaciones de tal cura.
PAYO: Lo bueno hubiera sido mandarle dar a ese cura cruel una buena zurra de azotes, en sus benditas posaderas, a ver si le parecía tan sabroso bocado.
SACRISTÁN: El maldito gobierno español para mantener bajo su dominación a los infelices indios, los sometió a la sangrienta férula de los curas, quienes los educaron hechos unas bestias, con el látigo y la superstición; llegando su ferocidad hasta matarlos a azotes cada rato sin enseñarlos a cristianos sino a idólatras, como lo son y lo serán, mientras el gobierno no se encargue muy particularmente de reformar los abusos que se notan en los pueblos sostenidos por los curas. He dicho y repito (y me ofrezco a la prueba) que los indios ni son ni han sido cristianos sino en el nombre: no han pasado de unos idólatras con la diferencia de ídolos. Tan ignorantes están de sus derechos como de la religión que los han hecho profesar sin entender. Muy buenas escuelas y muy buenos curas harán, a estas preciosas reliquias de nuestros progenitores, cristianos y ciudadanos útiles y sociales. Mientras no se les haga entender lo que deben ser, ellos no pasarán de lo que son.
PAYO: Compadre, ésas son verdades incontestables; pero dígame usted, ¿qué hay de la Santa Liga?(6) ¿Vendrán por fin los españoles?
SACRISTÁN: Qué sé yo, compadre. Como puede que sí, puede que no; pero por sí o por no, muy bueno será prevenirnos. Acuérdome que el señor Iturbide le escribió al antecesor de Lemour(7) estas palabras, que debemos tener muy presentes: Si a este suelo amenazan algunas desgracias, no serán otras que las que les prepare en la Península el gobierno español, y aquí algún insensato de sus partidarios... Pero la nación que defiende su libertad, podrá sufrir los males de una injusta y violenta agresión; pero siempre está segura de su triunfo.(b) De esto hemos de sacar dos conclusiones, la primera: que el daño que debemos temer es de los españoles de allá que contarán con el auxilio de algunos insensatos de acá; y la segunda, que si sabe la América defenderse, el triunfo será suyo.
PAYO: Lo último es lo que yo quisiera ver.
SACRISTÁN: Si aún no llega el caso, ¿cómo lo ha de ver usted?
PAYO: Pues, digo, los preparativos de esa defensa.
SACRISTÁN: ¿Pues no ve usted las levas?
PAYO: No me consuela esa gente forzada y bisoña, que si no se deserta el día que cae, lo hace luego que puede, y el que es tan inútil que no puede, está muy pronto a pasarse al enemigo cuando se ofrece.
SACRISTÁN: ¿Pues qué remedio habrá para que haya tropas voluntarias?
PAYO: Yo no encuentro otro que el premio, supuesta la buena conducta del soldado. Las levas son tan antiguas como inexcusables. Cuando se trata de defender a la patria, es preciso que todos concurramos a proporción de nuestras facultades; y para tomar las armas, debieran presentarse los solteros, por no tener obligaciones a qué atender; y así cuando no quieren, es indispensable que los gobiernos echen mano de los vagos en primer lugar, después de los que hagan menos falta en los colegios, talleres, mostradores, etcétera, y, en el último caso, de todos, pues a todos nos importa la salvación o seguridad de la patria.
SACRISTÁN: Usted dice muy bien: los premios y los honores son los mejores estímulos para los hombres. Que haya prest(8) seguro, buen vestido, buen rancho y buen trato, y creo que sobrarán soldados; mucho más si se premian con puntualidad a los beneméritos, sean azules o verdes, negros o blancos.
PAYO: Compadre, yo quisiera que se pusieran banderas en todos los pueblos, como se ponían antes. En todas partes hay mozos alentados y sin destino, que sabedores de que podían hacer su fortuna en la tropa, tal vez se alistarían voluntariamente con un ligero enganche.
También sería muy útil se levantaran unas legiones de honor, como las que inventó Napoleón. Estas tropas debían de ser de gente absolutamente voluntaria y gozar de los honores, distinciones y preeminencias posibles. Usted vería el buen efecto que surtía este pensamiento, siempre que las distinciones y honores no fueran aparentes.
Sobre todo, creo que convendría excitar a todos los insurgentes viejos a quienes la emulación e impolítica retiraron de la carrera militar. Éstos debían de componer las primeras legiones y a fe que volverían gustosos, asegurados de que serían premiados religiosamente por la nación, y no arrinconados, como se han visto, después de que lo trabajaron con constancia.
Últimamente, se deben establecer en las capitales cómodos y decentes departamentos para inválidos, así para los oficiales como para los soldados. Todos trabajarían de buena gana si supieran que si salían estropeados de la campaña, o se hacían viejos en el servicio, tenían un asilo seguro y descansado en donde pasar sus últimos días. Tal providencia fuera muy justa y la nación está en obligación de sostenerla. Así se verifica en París donde los tales departamentos son de los más amplios, decentes y bien servidos; y no hay un embarazo para que aquí no se puedan imitar.
SACRISTÁN: ¿Y qué ha oído usted decir sobre la presidencia del señor Victoria?(9)
PAYO: Yo bien, generalmente. Todos están contentos con su excelencia.
SACRISTÁN: No, no muy todos. Algunos no lo han recibido bien. La desvergüenza ha llegado hasta a fijar pasquines en las calles contra tan benemérito patriota.
PAYO: Eso no es nuevo en el mundo. Ningún hombre, por bueno, por santo que sea, carece de enemigos. Además que los que lo son del nuevo presidente, son muy conocidos y sus miras también. El objeto es dividirnos; pero no lo conseguirán. Ya sabemos por dónde va el agua al molino, y es muy tarde para tan torpes diligencias.
SACRISTÁN: ¡Pobrecitos! Yo los compadezco de esta hecha; porque el presidente parece que no aguanta pulgas, y ha de hacer respetar la Independencia sobre todo el mundo.
PAYO: En siendo así, ¿qué más queremos? Lo que importa es que su excelencia esté muy sobre sí, especialmente en los primeros días, para no dejarse alucinar por la adulación. Él no debe olvidarse de que es hombre, de que su corazón es de carne, y de que los demás hombres son muy maliciosos y lo han de estudiar para flanquearlo por donde lo adviertan más débil; pero por fortuna el señor Victoria está formado en la escuela de las desgracias, que es donde se estudia al hombre como él es. La memoria de Iturbide está muy fresca, y su historia, escrita con su sangre, le recordará a cada paso el fin trágico que se prepara a los supremos gobernantes de las naciones, cuando se dejan alucinar de los lisonjeros.
SACRISTÁN: No tengo de esto ningún temor. Su alma grande mira con indiferencia el interés. Hemos visto el trabajo que costó hacerlo venir a ocupar su silla en el Supremo Poder Ejecutivo, pues solamente la obediencia lo pudo haber arrancado de Veracruz; lo que prueba que este grande hombre no ambiciona más que la libertad de su patria. Él hará respetar las leyes, castigará el crimen y premiará la virtud donde la encuentre, examinando uno y otro por sí mismo, sin fiarse de corruptores que no faltan.
PAYO: ¡Oh! amigo, publicada la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos y colocado el señor Victoria al frente del gobierno general de la nación, creo que todo va a prosperar a largos pasos.
SACRISTÁN: A los enemigos de nuestro actual sistema se les han muerto de una vez las esperanzas: ésta es la primera señal de la felicidad que nos espera.
PAYO: El Moderador Universal derrame sobre su excelencia las luces que necesita para dirigir el difícil timón de esta gran nave y lo libre de toda asechanza y zancadilla. Hasta el sábado.
México, octubre 6 de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) estanco de tabaco. Lo que fue la Real Fábrica de Tabacos es ahora la Ciudadela. Se decía "estanco de tabaco", porque el tabaco no era producto de venta sino que, desde la época de la Nueva España estaba legalmente "estancado" o monopolizado, primero por la Corona, luego por el Estado, que daba concesiones exclusivas para la compra, elaboración y venta del tabaco. De allí que los establecimientos autorizados para la venta al público de cigarros se denominaron "estanquillos", nombre que aún perdura.
(3) Veracruz. Cf. nota 15 al núm. 3 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(4) Cosamaluapan por Cosamaloapan. Uno de los cantones de la región sur del estado de Veracruz.
(5) chaqueta. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(a) Este bendito padre franciscano era tan bravo que se hizo temible de los tahúres, de quienes fue indispensable compañero. Todas las disputas del juego las terminaba con las bofetadas y las amenazas con el puñal. Mil anécdotas se cuentan de su referencia. Una de ellas era la sabida de la puerta [observar cuál es la primera carta], que consistía en que a las tres o cuatro cartas de venir el albur, lo pagaba a la puerta.
(6) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(7) antecesor de Lemour. Cf. nota 7 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.
(b) Gaceta Imperial Extraordinaria del 1º de abril de 1822.
(8) prest. Cf. nota 5 al núm. 5 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(9) Guadalupe Victoria. Cf. nota 6 al núm. 2 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.