[NÚMERO 12]

Consuelos del hombre cristiano en los continuos trabajos de la vida, resignándose en las manos de su Creador conforme a los principios sólidos de nuestra sagrada religión.(1)

 

Mano divina, sacra y admirable

del Ser Eterno, que con modo sabio

mueves del globo la pesada mole

sobre el sol mismo sin ningún trabajo.

Omnipotente mano a cuyo impulso

obedecen los vientos y los rayos,

su ímpetu el mar detiene y las estrellas

giran con los planetas y los astros.

Mano augusta de fuerte que mantienes

a tus leyes sujeto lo que has criado

con tanta perfección y con tal orden

cuanto los hombres todos admiramos.

¿Qué mortal es capaz, qué inteligencia

de las que en torno vuelan a tu lado,

de conocer tus altas providencias

ni penetrar tus íntimos arcanos?

¿Quién alzar osará de tu grandeza

la extremidad del velo sacrosanto,

ni el gabinete oculto de tus obras

registrará blasfemo y temerario,

ni quién de tus piedades infinitas

podrá alabar en himnos ajustados

el torrente que inunda a tus criaturas,

como en un dulce dilatado caos?

Tú divides benéfica, los tiempos,

en estaciones, distinguiendo el año,

y los rigores del invierno triste

compensas liberal en el verano.

Tú en verde caña cuajas la mazorca;

tú doras las espigas en el campo;

tú las frutas endulzas, y tu vistes

de esmeraldas los montes y los prados.

Tú haces que entre las peñas se cultive

la plata, el oro, el fierro y el estaño,

y allí les das los brillos y reflejos

al rubí, al ametisto y al topacio.

Tú abrigas al cordero con su lana;

tú armas la garra del feroz leopardo;

tú pintas al alegre pajarillo

de plumas mil y de colores varios.

Tú haces vivan gustosos en las ondas

el delfín, tiburón y ballenato,

y en los cristales de la mar cerúlea

del pez mantienes número tan vasto.

Tú...; pero ¿adónde voy? ¿Será posible

que atrevido, soberbio o insensato

presuma referir tus maravillas

ni señalar las obras de tu mano?

Tú eres el Dios eterno, incomprensible,

la bondad suma, santo, santo, santo,

fuente de la piedad y la dulzura

y el absoluto dueño de lo criado.

Tú me criaste, Señor, tú eres mi padre;

aun antes de existir ya me has amado;

a ti debo la vida que respiro,

y este renglón escribo por tu agrado.

¡Oh fe divina, luz que me consuelas!

¡Oh religión, iluminante rayo

de la deidad sagrada que me animas

en mis mayores penas y trabajos!

Conque ¡tú eres mi Padre Dios Eterno,

mi Criador, Redentor y único amparo,

y vela sobre mí constantemente

tu cariñoso amor y tu cuidado!

Sí, mi Dios, es verdad, yo lo conozco,

y cuando a agradecértelo no basto,

entonará tus dignas alabanzas

mi ronca voz, mi balbuciente labio.

Tú de la nada al ser me conduciste

por un efecto de tu amor sagrado,

y por el mismo, de tu santa Iglesia

quisiste que naciera en el regazo.

Si repaso mi vida, la contemplo

rodeada de enemigos inhumanos,

como la navecilla que agitada

lucha en las ondas con los viento bravos.

¡Cuántas veces la saña de algún toro,

el ímpetu indomable de un caballo

o ya de mi enemigo la venganza

pudo darme la muerte sin pensarlo!

¡Cuántas veces siguiendo divertido

la carrera veloz de algún cervato

puede haber encontrado el precipicio,

deslizándome fácil de un peñasco!

¡Cuántas veces las aguas do solía

buscar por mi salud el útil baño,

pudieron darme líquido sepulcro,

en pago de mi arrojo temerario!

¡Cuántas veces...! Mas ¡ay!, yo me fatigo

recordando mis riesgos, yo me canso;

baste sólo decir que de ellos libre

he sido por la fuerza de tu brazo.

Así lo reconozco agradecido;

tú todo lo dispones; no hay acaso;

tus designios adoro; pues tú mandas

se mueva la hoja frágil en el árbol.

Pues siendo esta verdad tan infalible,

sí sé que todo viene de tu mano

y que me amas, Señor, ¿por qué motivo

en las adversidades yo me abato?

¿Por qué hacia el mundo solamente miro

y mi débil espíritu lo arrastro,

si eres mi protector y mi refugio,

y en ti mis ansias hallarán descanso?

Huyan lejos de mí las aflicciones,

la congoja, el temor y sobresalto,

si se levanta el Todopoderoso

en mi defensa de su trono sacro.

Si a mi lado se pone el invencible

y su escudo me cubre soberano,

no temeré mil males, pues seguro

estaré siempre de que me hagan daño.

Desplómense los cielos de sus ejes,

trastórnese los montes y peñascos,

vuélquese el mar, inflámense los vientos

y en negra tempestad vomiten rayos.

Yo todo lo veré tranquilamente,

impertérrito siempre y sin espanto,

si me hacen sombra las sagradas alas

de tu misericordia, Padre amado.

Sobre el áspid y el fiero basilisco

andaré alegre, con sereno paso,

y pisaré sin miedo el león soberbio,

y del dragón sangriento no haré caso.

Me reiré de los fraudes y tropiezos,

que pretenda ponerme el hombre malo,

porque si tú me ayudas, fácilmente

yo desharé sus redes y sus lazos.

Mas si por mis pecados tú quisieres

que padezca en la cama los asaltos

de cruel enfermedad o la pobreza

me devore con lánguidos atrasos;

si quieres, Padre, sufra los rigores,

ya de la esposa infiel, del hijo ingrato,

del enemigo cruel, del vil amigo,

del pérfido traidor, del mal hermano;

si quieres me atropelle la calumnia

y que mi honor lo mire vulnerado;

que una triste prisión o que la muerte

den fin a un infeliz... ¿he de rehusarlo?

De ninguna manera; antes mi gusto

conformaré contento a tus mandatos;

sólo te pido que me des esfuerzo

para apurar un cáliz tan amargo.

Sí, castiga, Señor, mis desaciertos,

pero alienta mi espíritu postrado,

y ya fortalecido con tu ayuda

me arrojaré confiado entre tus brazos.

Sí, yo confesaré que los castigos

son voces del pastor a tus rebaños,

y si das el azote como Padre,

no os puede menos que doler la mano.

Castígame, Señor, no me abandones;

redúceme al redil a latigazos,

pues si yo te ofendí, ¿con qué derecho

me pretendo eximir de los trabajos?

Dame resignación y vengan penas;

mi espíritu avalora desmayado,

y entonces las miserias y dolores

me serán apacibles, suaves, gratos.

En fin, quema, Señor, aquí castiga,

oprime, corta y hazme mil pedazos...

Hic ure hic seca, ut in aeternum parcas,

como allá me perdones, dueño amado.

 


(1) En la Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Año de 1813. [En Ratos entretenidos (1819) Fernández de Lizardi reprodujo este poema con el título deHimno a la Divina Providencia, o sea consuelos del hombre cristiano. Ahí agregó la nota siguiente: "Aunque este himno debía haber ocupado el primer lugar en esta Miscelánea, no lo ocupó porque yo no tenía intención de ponerlo; pero al fin me resolví a ello, aunque sea a lo último por condescender con el gusto de algunos sujetos que desean tenerlo."]