[NÚMERO 11]
Se destruyen las otras dos preocupaciones que tienen los ignorantes contra
la Constitución, o sean pretextos de que se valen los maliciosos para malquistarla,
y son la igualdad y la libertad mal entendida
IGUALDAD
Destruidas las dos primeras preocupaciones o pretextos con que se pretende malquistar por los serviles nuestro Código augusto, y habiéndose demostrado hasta la evidencia que no solamente no es contra el rey ni contra la religión católica, sino que antes bien al primero lo conserva en su suprema autoridad, a la segunda la restituye su esplendor y natural belleza, y a los dos, esto es, al monarca y al catolicismo, los hace amables y generalmente respetables, procuraremos en cuanto alcancen nuestras cortas luces combatir las dos últimas preocupaciones o espantajos.
Días pasados lamentándome con un colegial amigo mío acerca de la errada o siniestra interpretación que la ignorancia y servilismo dan a la igualdad social que nos concede nuestro Código, me dijo: "La mayor miseria del hombre es la ignorancia, pues que ella es el germen de todos los males que afligen a la humanidad. Males positivos que nos conducen a la ruina de nuestra existencia política y males negativos que nos privan de los puros goces del verdadero bien cuando más cerca lo tenemos. Una cruel experiencia nos hace palpar en el día esta verdad, cuando observamos que ese Código augusto, dictado para afirmar la felicidad de los pueblos en toda su extensión política, tiene, sin embargo, ignorantes que lo tengan por el mayor mal de cuantos pueden alterar a la quietud de la sociedad, especialmente en la parte que ha sancionado la igualdad de los individuos.
"Todos somos iguales, exclaman unos, pretendiendo confundir al criado con el amo, al súbdito con el magistrado, al pobre con el rico, al necio con el sabio, al fuerte con el débil y aun al hijo con el padre. ¡Funesta confusión, parto sólo de la ignorancia y muchas veces de la malignidad de los enemigos del bien público, que tratan de consumar la ruina de sus semejantes, sumergiéndolos en el abismo de la discordia! De aquí es que los inferiores intenten contrarrestar con los superiores, y éstos conspiren contra esa ley benéfica, que en su concepto ofende su reputación o su orgullo ignorante. Pero muy distantes unos y otros del verdadero sentido de sus máximas de sabiduría y felicidad social, convierten la triaca(2) en veneno y encuentran males donde sólo reside el bien.
"No, amados conciudadanos, la ley que hemos jurado no está en los errores criminales de Hobbes,(3) que enseñaba esa igualdad funesta que existía sólo en los cerebros delirantes de sus secuaces, sino en los principios de la moral cristiana, que tanto nos honran en la nación a que pertenecemos. La igualdad sancionada por la Constitución es la igualdad de las virtudes para el premio y de las penas para los delitos; es la igualdad delante de la ley que obliga lo mismo al monarca que al más ínfimo de sus súbditos.
"¿Quién es ante Dios el mayor y más santo? El que tuviere mayor caridad, sea quien fuere. He aquí la igualdad sancionada por la sabiduría eterna, de donde se derivan todas las leyes humanas. Formad ahora un paralelo con aquella ley sublime y la de nuestra Constitución, que se ha propuesto premiar las virtudes donde quiera que las encuentre y sea quien fuere el individuo, así como castigará los crímenes sin excepción de personas. Todos somos iguales, pero delante de la ley.
"Fundada ésta en los principios de la política natural y religiosa, es necesario conocerla para amarla, y para lo primero no tenéis más que examinar a la naturaleza en los fundamentos de la sociedad civil, y así disiparéis esos funestos prestigios que convierten en males vuestros más preciosos bienes.
"Por la reflexión hallaremos que la naturaleza, en efecto, comprehende a todos los hombres bajo de una misma especie, pues que cuando les da el ser no pone entre ellos diferencia alguna. La Providencia, que la conduce como por la mano en el orden de sus producciones, jamás comprime sus movimientos, y desde el nacimiento del mundo siempre ha seguido la misma carrera. Nosotros, por fin, nacemos libres e iguales; pero la ambición y el temor dieron dueños a los hombres, y las diversas inclinaciones de su voluntad dividieron sus clases. Las muchas necesidades, las pasiones y la debilidad de nuestros sentidos, que no pueden acordarse en un mismo punto ni percibir los objetos de un mismo modo, han formado sobre la Tierra las sociedades civiles, y son éstas una prodigiosa diversidad de condiciones, de compañías subordinadas a estos cuerpos políticos y hasta la comunicación entre sí de estas mismas sociedades.
"En ellas cada uno abraza un estado a que le guía la inclinación, le conduce el acaso o le obliga la necesidad. Unos son eclesiásticos, otros legos; unos toman el partido de las armas, otros el de la toga; algunos se dedican a las ciencias, otros a las artes; éstos son negociantes, aquéllos artesanos; unos superiores, otros inferiores; el uno es amo, el otro criado; aquél destinado para mandar, éste para obedecer. Finalmente, aun en las mismas sociedades civiles, han establecido una comunicación entre ellos, con universalidad de socorros, porque la Providencia dio a unas lo que negó a otras, para afirmar la armonía y la dependencia recíproca, que ha establecido en los particulares, por manera que las familias, las ciudades, los Estados y la república universal del mundo, son como cuatro círculos de varias magnitudes encerrados el uno dentro del otro, como se explica un sabio político de nuestros días. La sociedad civil, dice éste, es un cuerpo moral compuesto de muchos miembros; y así como en el cuerpo natural no pueden todos los miembros ser semejantes por razón de la diversidad de sus funciones que piden diferente conformación de órganos, también en un cuerpo moral es preciso que haya personas que se apliquen a los diferentes empleos a que se les destina, para que se remedie a un tiempo a sus diferentes necesidades.
"¿Dónde está, pues, según estos luminosos principios, esa igualdad que se ha figurado la ignorancia y ha pretendido sostener el error? ¿Dejará jamás el pobre de necesitar del rico, el ignorante del sabio, el débil del fuerte, y en general los hombres todos de los socorros mutuos en sus necesidades sociales, y aun las sociedades mismas de otras sociedades recíprocamente? Sería transtornar el orden de la Providencia divina, que aun en la corte celestial ha establecido las jerarquías para la gloria eterna de su augusto nombre.
"Luego la igualdad que nos señala y sanciona la ley fundamental de la monarquía española es la de las virtudes sociales, por las que todo hombre, sea quien fuere, debe contribuir al bien universal de la sociedad en que vive; debe sacrificar sus intereses particulares al interés general; debe cooperar al bien común con sus talentos, con su industria, con sus propiedades, con sus virtudes.
"Luego la igualdad sancionada por nuestra Constitución es la igualdad moral que consiste en que cada uno sea mantenido en sus derechos, en su estado hereditario o adquirido, en sus posesiones, en su casa y, finalmente, en su libertad sujeta a la subordinación necesaria, a fin de que los demás sean mantenidos en la suya.
"Todos estamos sujetos a la observancia de las leyes, y nuestras faltas culpables serán castigadas de un mismo modo. No hay privilegios, no hay excepciones, y sólo será mayor y más justo el que tenga más amor a la patria y cumpla con más exactitud las obligaciones que nos impone la ley constitucional." Hasta aquí mi amigo el colegial L. D. J. M. Y.
Aunque esta explicación está bien clara para desvanecer temores pánicos, todavía me temo que en Tontonatepeque habrá muchos que no la entiendan, y a éstos, amigo don Marcos, es necesario hablarles más clarito.
Parece que el Hacedor supremo hizo consistir la hermosura de la naturaleza en la infinita variedad de las criaturas, no sólo consideradas diferentes unas respecto de otras, sino examinadas dentro de su misma especie. Si levanta usted los ojos a lo cielos, verá presidido por el sol y la luna un numeroso ejército de estrellas: todas luces, todas estrellas; pero ¡qué diferentes entre sí! Unas son astros, otras planetas; aquéllas errantes, éstas fijas; cuáles refulgentes con su propia luz como el sol, cuáles opacas y que sólo reflectan(4) la que reciben de otros astros, como la luna; tales son grandes, tales pequeñas, unas altas, otras bajas, etcétera. ¿Y quién duda que en esta diversidad consiste la belleza de los cielos?
Si baja usted los ojos a la Tierra, tropezará su vista con una infinita variedad de criaturas, y si quiere contraerse a unas determinadas, verbigracia, a las que encierra el reino vegetal, hallará millones de plantas, flores y frutos diferentes.
Limite, si quiere, la consideración a una sola especie de fruta, y encontrará las mismas diferencias. Sírvanos las peras por ejemplo, y verá usted peras reinas, gamboas, rectoras, pardas, chinches, bergamotas, etcétera. Todas son peras, mas ¡qué diversas entre sí en tamaño, color, olor y gusto!
Haga usted más: fije la vista en un árbol de peras, y verá que unas son grandes, otras chicas, éstas maduras, aquéllas verdes, éstas altas y aquéllas bajas; y si aún quiere encontrar más diversidad, examine las innumerables hojas de este árbol y de todos los perales del mundo, y se llenará de admiración cuando no encuentre dos hojitas perfectamente iguales entre sí.
Esta asombrosa diversidad encontrará en todas las criaturas, y en ella consiste la economía, el orden y belleza del universo. ¿Qué fuera de nosotros si todas las estrellas fueran soles, o el sol fuera lo mismo que una estrella? ¿Qué contados serían aun los placeres inocentes de la vida si todas las frutas fueran peras, todas las carnes vaca, todos los licores agua, etcétera, etcétera, etcétera?
La misma variedad que se nota en el mundo físico se encuentra en el político y moral. Diferentes naciones, distintos gobiernos, leyes, religiones, ritos, usos, abusos, costumbres y preocupaciones, en todas partes son distintos, y aun dentro de una misma nación y provincia se halla esta variedad en muchas cosas.
Siendo, pues, esta diferencia tan necesaria en la sociedad para conservar el orden, como lo es la variedad de tonos en la música para mantener la armonía, ¿cómo hay bárbaros que se persuadan o afecten persuadirse a que la Constitución nos hace iguales con una igualdad absoluta y no respectiva y limitada? Dicen, y es su argumento favorito: todos somos españoles, somos ciudadanos, componemos una misma nación, luego todos somos iguales, todos somos unos. ¡Incontestable desatino!, y que vale tanto como éste: todos los miembros de mi cuerpo son de una misma materia, luego lo propio son mis manos que mis pies y mis pies que mi cabeza. ¿No le parece a usted éste un argumento concluyente? Pues es vaciado en el molde de los igualadores.
Concluyamos con las palabras del eminentísimo cardenal de Escala en su pastoral de 15 de marzo de este año: "La igualdad que nos ha concedido la Constitución—dice este benemérito prelado— es igualdad de remuneración en los premios y castigos; igualdad ante la ley pública que prescribe las obras buenas y abomina las malas; igualdad de relaciones, esto es, que en su posibilidad natural o de su fortuna, cada uno ha de contribuir al bien general: el alto en la medida de su estatura, el rico como rico, el mediano como mediano, el pobre como pobre, el sabio como que lo es, el magistrado y demás funcionarios públicos en el desempeño de sus ministerios, contribuyendo todos con esta igualdad relativa a mantener el edificio del bien y de la prosperidad."
Ésta es, amigo don Marcos, la legítima igualdad que se nos concede; en esta inteligencia ya ve usted que si debemos todos cumplir con la ley para que la misma ley nos favorezca, debemos estar subordinados a las autoridades eclesiásticas, a las potestades civiles, a nuestros padres, amos, jefes y superiores, sean de la graduación que fueren, porque así lo manda Dios, así lo requiere el orden social y así lo prescribe la Constitución que hemos jurado obedecer. El que lo contrario hiciere será un perjuro, un díscolo, un infractor de las leyes y acreedor por lo mismo a los castigos que ellas imponen a los que las vulneran.
Sin embargo de esta sencilla explicación, tiene esta igualdad infinitos enemigos que la quieren interpretar a su antojo, y otros que la entienden; pero están mal con ella, porque se opone a su acostumbrado despotismo. Vea usted aquí, pues, los enemigos de la igualdad divididos en necios y serviles. A los primeros hay esperanzas de convencerlos con el tiempo; pero los segundos no dan ni estas esperanzas, porque están reacios de remate.
Les es muy duro a los egoístas exaltados en el antiguo sistema, el concebir siquiera que son iguales, según la ley, con aquéllos a quienes veían como esclavos. Nada les importa la razón, el ejemplo heroico del monarca ni el temor de las penas con que su majestad y la nación amenazan a los infractores del Código sagrado. Todo se atropella, por todo se pasa como no se ajen, a su parecer, sus antiguos fueros y preeminencias; y por esta razón advertirá usted que a la fecha los subdelegados, comandantes y otros mandarines de fuera de esta capital, son tan altaneros y déspotas como siempre. Ya poco a poco la ley y los públicos reclamos de los pueblos los irá metiendo por el aro.
(2) triaca. Remedio compuesto de muchos ingredientes, principalmente de opio. Se empleaba para las mordeduras de animales venenosos.
(3) Tomás Hobbes (1588-1679). Filósofo inglés. Propulsor del contractualismo. Intentó aplicar la física al estudio del hombre, sociedad y Estado. Pretendió explicar todo lo del universo mecánicamente. Sus bases son el empirismo nominalista y racionalismo deductivo. Su opinión del Estado fue la de mayor repercusión. Pensaba que, en el estado natural, los hombres eran lobos para sí mismos; estaban en guerra permanentemente; para salir de esta situación, todos renunciaron a su propia libertad y transfirieron sus derechos a un soberano que debía asegurar la paz, seguridad y la existencia según la razón. La forma ideal del Estado era, pues, la monarquía absoluta, a la que se debe supeditar todo, incluso la religión y la iglesia. Fue autor de: De homine; De Cive; Leviatán; Naturaleza humana; Cuestiones referentes a la libertad, necesidad y azar, etcétera.