[NÚMERO 11]

Jueves 5 de mayo de 1814(1)

Concluye mi vindicación

Nos vindicamos en el número anterior de las maledicencias y equivocadas opiniones de nuestros privados rivales (por no decir enemigos), esto es, de aquellos que hablan y no escriben. Trataremos ahora sobre los públicos que dejamos pendientes, quiero decir, sobre los que hablan y escriben, o por mejor explicarme, sobre su opinión (aunque algo se les ha contestado), pues la materia es harto interesante y presenta bastante campo en qué esparcirse.

Toda la chusma de papeluchos que en estos días ha brotado contra mí el capricho y el encono de algunos de mis buenos paisanos, tratando de descreditarme en el concepto público, prendiendo mi buena fe y declarado amor a mi patria (siento decirlo) no ha tenido más motivo que el papel anterior ya citado de la Reflexión patriótica. La indecencia de la Catedral, el despilfarro de la Alameda(2) y demás paseos y las nulidades del carácter del mayor número de mis compatricios me dieron materia para escribir, y mis escritos proporcionaron a mis rivales un portillo para insultarme y desfogar por las prensas su pasión; pero en la realidad éste fue pretexto especioso y no legítimo motivo. Bien me entienden.

Si discurrimos un momento con juicio, hemos de convenir en que fue así. ¿Qué cuidado se les ha dado jamás a mis paisanos(a) de que la Catedral sea oscura e indecente, de que los paseos estén así o asado, de que la policía no esté atendida, de que sean ellos mismos notados de desperdiciados y desunidos, etcétera? Ninguno a la verdad, y la prueba es que ¿quién hasta hoy ha motejado estos defectos con la intención laudable de que se remedien? Yo ni he leído ni tengo noticia de que esto se haya solicitado por otros, aun valiéndose de los mismos medios que yo, esto es, de ponerlos en ridículo y vestidos estos defectos con sus propios trajes y colores; porque esto fue lo que me pareció más natural para procurar su remedio por las manos de cuyo arbitrio pende, pues advertí que ninguna claridad debe emitirse cuando se trata de que se corrijan los vicios públicos. El ejemplo nos lo da cualquier mujer que, viendo a su amiga salir a la calle con la cara sucia, la dice sin ningún rodeo: "Límpiate, que estás tiznada"; y no por esto se incomoda la amiga; pero yo no tuve tanta fortuna con estos pocos paisanos irreflexivos; antes sí, tuvieron por el mayor agravio el que yo les advirtiera públicamente los males de que adolecían y empuñaron sus péñolas con un ardor escandaloso.

Pero ni yo ni los buenos americanos creemos que esto haya sido por amor a su patria, pues la patria jamás se gloriara de tener unos defensores y aduladores de los defectos de su policía ni de sus corrompidas costumbres.

De los aduladores de Roma se quejaba amargamente Juvenal y decía en la persona de Umbricio: "Vámonos de mi patria; vivan en ella norabuena Arturio, Catulo y los demás lisonjeros mentirosos que son capaces de hacer lo negro blanco."

Cedamus patria: vivant Arturius istic,

et Catulus: maneant, qui nigra in candida vernunt.

 

"Porque yo ¿qué tengo de hacer en Roma cuando no sé

mentir?

 

Quid Romae faciam? Mentiri nescio... Sátira III.

Yo dije cuatro verdades acerca del carácter de los más de los americanos, y al instante se conjuraron contra mí algunos necios, disfrazando su ignorancia y su impolítica ponzoña con los visos de un acendrado patriotismo, y han gritado que yo trato de desacreditar a mi patria. ¡Infelices! Yo he declamado contra los vicios que afectan a la mayor parte de mis paisanos, he motejado su ignorancia y he declamado contra su desunión. Vicios ciertamente comunes, detestables, evidentes y cuyos funestos efectos nos han sumergido en las desgracias que hoy sentimos y que llorarán los hijos de nuestros nietos.

¿Pero hemos de negar estas cosas sólo porque son funestas, a pesar de su certidumbre? ¿No es verdad que nuestra plebe es la más ignorante del mundo civilizado? ¿No es constante que entre los que no se numeran con la plebe hay unos vulgarísimos impasables? ¿No es constante que esta plebe, a más de ser la más ciega en la ilustración, es, acaso, la más inmoral y abandonada? ¿Vemos por esas calles de Dios otra cosa que masas de hombres y mujeres desnudos, llenos de harapos, sucios, piojosos, vagamundos, borrachos tirados en las calles o escandalizado con sus palabrotas torpes y obscenas; haraganes que no manifiestan más ley que su vientre, más obligaciones que el pulque y aguardiente, más arbitrio que el mecapal o la uña(3) ni más religión que un perro? ¿No vemos también andar en tropas a los hijos de éstos jugando al picado(4) y a la rayuela,(5) enseñando por entre sus cascarrias(6) las carnes que el pudor manda ocultar; adiestrándose en el robo, o como ellos dicen, en la cuchara,(7) y apurándose para salir maestros en la ociosidad y libertinaje? ¿No es constante que, a proporción, no falta en ningún pueblo semejante polilla en más o menos abundancia, según es el juez o cura más o menos celoso de la educación de estos infelices?

Por otra parte, ¿no es verdad que la desunión es evidente entre los americanos? ¿No la vemos? ¿No la palpamos? ¿Cuántos americanos deben su bien estar a la generosidad de sus paisanos? ¿Cuántos criollos infelices y honrados duermen tranquilos, fiados en el amparo y favor de sus connaturales? Yo no dudo que habrá algunos; pero, hablemos de buena fe: ¿serán muchos?

Yo puedo asegurar que conozco a varios paisanos míos que han salido de la miseria por medio de los europeos. He oído decir a muchos estas palabras en el día (nótese esto): "Más favor debo a los gachupines que a mis paisanos" ¿No es esto una vergüenza? Puedo citar algunos ejemplares fresquecitos de la generosidad de algunos europeos y de la cicatería de algunos criollos.

Ni se me diga que esto lo causa estar los mejores caudales entre los penínsulos; porque a más de que no faltan muchos americanos ricos, la generosidad y la franqueza no estriba en el dinero, sino en el corazón. El avaro, el mezquino, el mentecato será lo mismo con poco que con mucho, y el liberal lo ha de ser con cuatro reales. Esta virtud no se les puede negar a la mayor parte de los europeos. He dicho que de ninguno de ellos pende mi subsistencia, ni menos espero mejorar mi suerte por su medio en virtud de las ningunas conexiones de amistad, servicio ni comercio que tengo con los mismos. Esta declaración ingenua me cubre de la nota de lisonjero que pudiera la maledicencia imputarme, porque si yo visitara o comunicara a algún europeo rico o manejara su caudal, si solicitara algún destino por su medio, si apoyara la esperanza de mi felicidad en la protección de alguno de ellos, seguramente sería sospechosa mi alabanza; pero nada de esto hay; y así éstos son puros conocimientos de la verdad, que sale a la boca como está en el corazón siempre que no se lo embaraza la malicia.

¿Pero acaso porque digo estas cosas, ofendo a algunos? ¡Oh, y qué bien podría decir con el apóstol a los que hablan mal de mí por ellas: "He pasado por enemigo vuestro porque os he dicho la verdad": Ergo inimicus vobis factus sum, verum dicens vobis (Ad Galatas, capítulo 4, versículo 16)!

Creer que yo trato de malquistar o de deshonrar a mi patria por la confesión ingenua de sus vicios antisociales es un delirio. Lo primero, no aspirando yo a lisonjear a los europeos, como lo he probado, ¿qué interés puedo tener en desacreditar a mis paisanos? Lo segundo, ¿quién ha dicho que cede en descrédito de una nación el que un hijo suyo, en el siglo en que comienza la patria a abrir los ojos y a sacudir el yugo de la ignorancia, la exponga los vicios de que ha adolecido y adolece aún, para que los advierta y los enmiende? ¿Quién es tan loco que juzgue que su hermano lo aborrece sólo porque lo corrige? ¿Qué enfermo es tan ingrato que se enfurezca contra el que le descubre sus heridas con el cariñoso deseo de que las cure? Lo tercero, ¿qué desdoro puede ser para mi patria el que yo diga sus principales defectos, cuando éstos son tan públicos que los extraños y los propios los conocen? Lo cuarto, ¿qué cosa nueva es que los americanos tengan defectos característicos, cuando no hay nación en el universo que no tenga los suyos peculiares? Todas las naciones, así como todos los hombres, tienen sus virtudes y sus vicios que las distinguen de otras. Si en mi patria abunda la ignorancia y la desunión, en otras la mala fe, en otras la irreligión, en éstas la barbaridad, en aquéllas la altivez, y así de las demás, porque en todas partes cuecen habas.

Cuando los fariseos acusaron a la adúltera, les dijo la suprema verdad: "El que no tenga delito porque ser reprehendido sea el primero que comience a apedrear a esta mujer"; y las resultas fueron marcharse los acusadores confundidos, porque todos ellos registraron sus conciencias plagadas de los vicios. Así yo, con la propiedad debida, diría a los extranjeros que motejaron nuestros defectos: La nación en que no sobresalga algún vicio particular, sea la primera que nos dé en cara con los nuestros.

Por último, ¿qué cosa extraña es que un americano publique y vitupere los defectos más visibles de su patria? ¿Jamás se ha visto en el mundo cosa igual? ¿Un Juvenal y un Horacio no pusieron en faceto, no se burlaron de la afeminación y lujo de los romanos? ¿Un Epiménides no dijo de sus cretenses que eran embusteros, malas bestias y gulosos? ¿Un Cicerón no echó en cara a los romanos que habían perdido su república por su cruel carácter? Y acercándonos a nuestros tiempos, ¿un Cervantes, un Quevedo, un Iriarte no se han burlado alegremente de los vicios característicos de los españoles? ¿Qué novedad, pues, puede caber en que un americano publique los vicios de su patria, con tanta moderación que, lejos de burlarse de ellos busque y acomode disculpas a estos mismos vicios y aun trate de mezclarlos con virtudes?

A la verdad que Nugagá(8) y sus aliados, a pesar de sus letras de facistol y de sus accidentales licenciaturas, han probado con solo su coraje mi verdad. Esto es, han hecho ver que en mi patria hay mucho vulgo entre bonetes y capas de golilla.

Y si no, vaya una prueba de bulto. Yo dije en uno de mis números que los americanos (por lo común, siempre se debe entender, pues no hay regla, dicen, sin excepción), dije pues, que los americanos eran orgullosos y soberbios con sus iguales y entumidos y cobardes con los que no lo son. Voy a probar cómo han confirmado la verdad de esta proposición mis mismos antagonistas. Dije que la mayor parte de este pueblo es ignorante, pero no necio; pueden saber si los enseñan, que esto quiere decir que son ignorantes por educación, [y no](9) por naturaleza. Aquí está invívita(10) la disculpa y el elogio; pero no lo entendieron. En cuanto dije esto, salieron por ahí como unos Bernardos echando palos y garrotazos, diálogos y fabulillas majaderas que se las pelaban; reclamando mi grande atrevimiento; levantándome mentiras que yo no había escrito; interpretando mi sentir; desentendiéndose de mis anteriores excepciones; afianzándose de la sátira, el sarcasmo y la bufonada; manifestando su odio a mi persona y el deseo de su venganza, ya en lo público, ya en lo privado; acusándome hasta de los descuidos de los impresores; improperándome y haciendo todos los esfuerzos que les sugirió su malicia e ignorancia. Todo esto hicieron estos cuatro o cinco abogaditos, y ¿por qué? Porque dije que nuestra plebe era ignorante y los más de nosotros desunidos y nada amigables. Pero si estos Alcides de la América eran tan bravos y tan celosos del buen nombre de su patria, cómo callaron como unos putos (aun en la época de la libertad de imprenta) cuando...; ¿pero me será lícito acordarme de cierta representación particular? A la verdad que la materia es odiosa y los presentes tiempos delicados; basta insinuarla pues la saben muy bien; pero entonces, vuelvo a decir, ¿cómo callaron? ¿No son tan patriotas, etcétera? ¿No aseguran que la ignorancia de nuestro pueblo no es hasta lo sumo? ¿No dicen que nadie puede decir más mal que yo de los americanos? ¿Pues cómo enmudecieron? ¿Cómo no chistaron? Y en cuanto yo dije una verdad evidente, en cuanto la dije con moderación y escudada con su legítima disculpa, luego luego salieron braveando y afectando el más ridículo patriotismo. ¡Ah! Que no es difícil descifrar el enigma. ¿No es esto ciertamente sacarme verdadero en mis opiniones mis propios enemigos? ¿No es esto remachar que son orgullosos y altivos con sus paisanos, y cobardes y abatidos  con los que no lo son o con los poderosos? Dígalo el imparcial lector.

Por otra parte, ¿quién puede con justicia formarse un juicio denigrativo de los americanos, por más que entre ellos haya muchos ignorantes y desunidos, sabiendo, como es claro, que en todos tiempos ha habido americanos generosos y han florecido infinitos talentos, así en su patria como fuera de ella, siendo las delicias de la América y el lustre de las provincias extranjeras donde han brillado? ¿Estas verdades no tocan igualmente en la evidencia? Aun nuestros enemigos (si tenemos algunos) ¿podrán negar que este suelo ha sido fértil, no sólo en sus preciosos metales, sino también en sus esclarecidos y delicados ingenios? ¿No han resonado, y aún están resonando, las soberanas bóvedas del Salón de las Cortes con los eruditos y utilísimos ecos de nuestros sabios y amables paisanos? Las sillas de las audiencias y de las catedrales, ¿no se honran con los dignos americanos que las ocupan? Los conventos de religiosos, ¿no son conchas que depositan tanta perla criolla, tanta margarita preciosa, en virtud y letras? Las cátedras de las universidades y generales de éste y aquel continente, ¿no han estado bajo los pies de los americanos como trofeos de su singular sabiduría? ¿Se podrá sujetar al guarismo la infinidad de sabios que en menos de trescientos años ha producido este país afortunado? ¿Tendremos deseos de ver paisanos nuestros, filósofos profundos, teólogos divinos, juristas sapientísimos, médicos perspicaces, astrónomos exactos, químicos curiosos, músicos melifluos, pintores excelentes, matemáticos sutiles; pero ¿adónde voy?, si todo el mundo es testigo de cuanto es nuestra tierra feraz en los ingenios que produce.

Hasta en el bello sexo ha hecho naturaleza de sus milagros. Entre las señoras criollas ha florecido también lo primoroso de un entendimiento cultivado. Valga por todas la sabia, la discreta, la finísima Juana Inés de la Cruz, natural de la provincia de Puebla, admiración y encanto de los doctos, la que mereció el título de Décima Musa; la que en una tarde concluyó a 40 maestros que la arguyeron sobre distintas facultades; la que desde los límites de un claustro voló en su fama por todo el orbe literario; la que fue, por fin, una de las felices mujeres que por sí mismas han desmentido el error de los que creen que no es su sexo capaz de lograr en las ciencias las ventajas que los hombres.

Mucho pudiera decir en verdadero obsequio de los talentos de mi patria; pero el mundo lo sabe, los sabios los conocen y los veneran, y la mucha ignorancia del gran pueblo jamás deslucirá el esplendor de nuestros beneméritos paisanos. ¡Ojalá y si como puedo elogiar sus talentos, pudiera hallar ejemplos de su recíproca amistad y unión!

Ni encuentro disculpa con que cohonestar esta falta, a no ser la atribuya al clima que, constituyendo a estos de que hablo(b) de un temperamento melancólico, sean por esta razón indisplicentes y desunidos, pues ya se sabe que la hipocondría es un principio de locura, enfermedad terrible que hace intratables a los que la padecen. ¡Quién pudiera hacer verdadera la disculpa!

Los efectos de esta desunión son públicos, y aun cuando yo no los dijera, ellos se meten por los ojos. ¿Cuántas pobres familias gimen bajo el duro yugo de la miseria sin hallar en sus paisanos ricos un paño con qué enjugar sus lágrimas? ¿Cuántos hombres decentes y honrados no tienen qué comer, al mismo tiempo que no carecen de paisanos y deudos poderosos? (c) ¿Cuántas veces corre la gente a presenciar quizá la muerte de un pobre en una calle, y están mirando comenzar la tragedia y la ven finalizar con la mayor frialdad, sin tratar entre una rueda de hombres de aquietar al enfurecido ni de valer al miserable? ¿Cuántas veces se está algún infeliz tirado horas enteras en una calle, a causa de alguna enfermedad, sin haber entre infinitos que lo miran uno que lo socorra? ¿Cuántas veces (siempre) se agolpa el pueblo a ver quitar la vida a un reo en el patíbulo, y hace objeto de su diversión el espectáculo más triste y pavoroso? (d) ¿No es esto todo cierto? ¿Podrá alguno tacharme de embustero? ¿No es ésta una indolencia criminal? ¿No son pruebas evidentes de la indiferencia con que miramos nuestros males recíprocos? Y esta misma indiferencia ¿no confirma bastante la desunión de efectos y el ningún interés que tomamos los unos en las desgracias de los otros? ¿Pues cómo hay quien niegue estas verdades? ¿Cómo hay quien con un afectado patriotismo pretenda disculpar estos vicios antisociales? ¿Por qué son verdades duras? ¿Y no saben que muchas veces el cáustico hace volver en sí al febricitante soporoso, ya sacudiéndole el cerebro, los miembros irritados por el dolor y ya evacuándose el humor pecante por la llaga? Pues esto y no otra cosa he pretendido con mis amargas verdades; que vuelva en sí este enfermo político del letargo de la ignorancia en que yace, porque yo sé muy bien que no estorba el efecto de la verdad decirla con alguna acrimonia cuando ésta muchas veces corrige las costumbres, como decía Horacio:

 

Ridendo dicere verum,(11)
ridiculum acri fortius plerumque secat res.


Pero las verdades que nos tocan nos lastiman. Cuando comencé a escribir, como traté de los perniciosos efectos del despotismo del antiguo gobierno de la Península, llovían sobre mí los aplausos; se me cansaba el brazo de corresponder las salutaciones de una chusma de amigos embusteros, superficiales e infructuosos, que me lisonjeaban; se arrebataban mis papeles de las manos; se dudaba fuera yo el autor de ellos; se pretendía que alguno de los primeros sabios de México me inspiraba; en una palabra, Salomón era un niño de teta conmigo en el talento, y no había otro Pensador Mexicano; pero en cuanto tocó mi pluma las llagas de nuestros vicios cívicos, se llevó el diablo mi fama en el concepto de los que entran en el número de los muchos, por no decir de los necios. Se corrió el telón, varió la escena, y ahora ya es ese mismo Pensador tan idiota que ni hablar sabe la lengua castellana. Así varían los hombres en sus opiniones: lo que hoy aplauden mañana desprecian, y las mismas cosas que se ensalzan se ven abatidas por el más ligero accidente.


Omnia sunt hominum tenui pendentia filo,
et subito casu quae valuere ruunt.


Pero ¿por qué fue este batacazo tan terrible? Únicamente, ya dije, porque hice ver los defectos de que adolecen muchos de mis paisanos con el laudable fin de que los enmienden; mas no hay quien quiera la justicia por su casa y sí por la ajena. ¡Qué satisfecho estaba de esta verdad monseñor Cesar Speciano cuando en la 27 de sus Advertencias morales dice:

El hombre veraz y sincero que habla lo que siente sin el menor rebozo es alabado de todos, y con razón, porque esto es en la realidad una gran virtud; con todo, se habla más mal (alguna vez) de semejantes sujetos que de otros... No debe eso causar maravilla a quien considera la razón y causa de semejantes cosas; porque todos alaban y ensalzan la justicia, pero ninguno la quiere en su propia casa. Así sucede con aquellos hombres que con claridad y sinceridad dicen lo que sienten, los cuales agradan y son alabados de todos en común; pero cuando llega el caso práctico con algún particular, presto se resiente y ofende de que le hablen tan claro y se da por ofendido, hablando mal de quien le descubre sus defectos..., porque esta libertad de hablar y reprender nos gusta cuando se emplea en otros, no cuando se dirige a nosotros mismos.

Hasta aquí este sabio y venerable obispo.

Estas advertencias me enseñan; me consuela el que nada he perdido con perder las caravanas de mis alucinados enemigos, y me es de la mayor satisfacción saber que el público, verdadero juez de esta causa, siempre reconocerá que en mí ha tenido un desinteresado ciudadano que ha empleado sus escasas luces, ya en instruir a sus ignorantes y ya en promover su beneficio general. Siento decir lo que se sigue, mas es preciso en obsequio de mi honor y para eterna confusión de mis ingratos paisanos y de mis descomedidos rivales.

Este mismo público no podrá menos que confesar que yo fui el primero que trató sobre la libertad del pan, libertad por la cual hoy tienen qué comer muchas familias. Yo fui quien desde una prisión declamé contra la gabela que tenían sobre sí los zapateros y demás artesanos a la sombra del ángel de semana santa, y lograron verse eximidos de ella. Yo fui quien en ese mismo papel reproché las trabas que tenían los artesanos con los exámenes y veedores, y en el día ya se ven libres de ellas. Yo fui quien desde el principio de la pasada epidemia escribí sobre la fundación de lazaretos suburbios, y sobre que los cadáveres de los apestados no se enterraran en las iglesias ni dentro de la ciudad: vi adoptado el proyecto, y quizá esta política y liberal providencia excusó la muerte a algunos centenares de personas. Yo fui quien declaré guerra a los monopolistas de carbón, y tuvimos el gusto de ver que la bondad del excelentísimo señor don Félix Calleja se sirviera hacer revocar el anterior bando contrario, y mandar quitar todos los estancos de carbón, con lo que al instante lo vimos abaratar, hasta el día. Yo fui quien propuse en benéfico público, la [moneda] tlaquearia(12) general, o a lo menos común a cada provincia, tratando de arrancar de los tenderos la soberana posesión en que están de acuñar moneda, porque éste es peculiar privilegio de los monarcas; pero en nuestra patria es un rey cada tendero, pues acuña su moneda como se le antoja, y cuando quiebra o quiere cerrar su tienda, pierde el público bastante suma, y esto se ha tenido y se tiene hasta hoy por friolera, como también las usuras, los robos, los monopolios y las infamias que cometen los tenderos en virtud de sus regias facultades, de la necesidad de los pobres de la ignorancia del pueblo. Parece que nuestro nobilísimo Ayuntamiento está tratando de que se remedie este abuso. Yo fui quien ha declamado contra el abandono de la policía, contra la insulsez de la Catedral y otros templos, contra el despilfarro de los paseos públicos, contra la suciedad de las calles, contra la desnudez de los holgazanes y ebrios y contra otros muchos abusos, con sólo el fin de que el nobilísimo Ayuntamiento (que es a quien toca prevenir el remedio de estos males) dé pruebas de que sabe desempeñar la confianza del público y sacrificarse por su bien. Yo fui quien ha dado un proyecto para que se pongan treinta y cuatro escuelas gratuitas, el arbitrio para sus costos, el método para los maestros y la providencia para que todos los muchachos vayan a ellas. El proyecto es de los más fáciles de practicar, de los más útiles, de los más necesarios, y cuyas benéficas consecuencias aún no se pueden calcular exactamente.

No desesperamos del celo y patriotismo de los señores regidores que se abrace cuanto antes, si se penetran de los sentimientos de la humanidad y amor a la patria. Yo a lo menos hice cuanto pude, y la posteridad juzgará rectamente de mis buenas y benéficas  intenciones. Yo soy el que trabajo sin más interés que el beneficio público, pues en ninguna impresión gano, y en algunas pierdo, como lo pueden certificar en la imprenta donde dan a luz este periódico, prefiriendo el bien general al mío particular; pues bien conozco que escribiendo paparruchadas y boberías lograría la aceptación del vulgo y no perdería enteramente mis tareas; pero no trato de darle paja sino el grano que franqueare la pobre tierra de mi escaso talento.

Finalmente, yo he sido éste, y seré incansable en procurar instruir a nuestro pueblo ignorante y en arbitrar proyectos en beneficio público, sin ningún interés, pues el que se dedica a ser benéfico a sus semejantes no debe esperar otra recompensa que la interior dulce satisfacción de hacer bien, la que privativamente pertenece a los corazones sensibles.

Éste he sido yo para mi patria, éstos han sido los frutos que ha percibido de mis afanes y cariño; y Nugagá y el charlatán del Patricio Vero y sus aliados, ¿qué provecho han traído a nadie con sus impertinentes e infundadas críticas y mamarrachos? Dígalo el público.

Si los hombres de bien (aunque sean pocos) estuvieren de acuerdo con estas verdades, yo habré logrado mucho, y me daré por bastantemente vindicado de cuatro díscolos ignorantes.

NOTA: Hemos omitido dar a luz uno que otro comunicado que se nos ha remitido, no por desairar a sus autores, sino por otros motivos reservados.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) Alameda. Cf. t. II, núm. 17, nota 4.

(a)  Hablo precisamente de estos mis rivales, y no precisamente de los más de nosotros.

(3) el mecapal o la uña. Mecapal: faja de fibra o corteza de árbol, suave y resistente, que la gente de campo usa para cargar fardos en las espaldas, haciéndola pasa por la frente. Cf. Santamaría, Dic. mej. Uña: garfio o punta corva de algunos instrumentos de metal.

(4) picado. Juego de niños que la Academia llama palma. Cf. Santamaría.

(5)rayuela: raya o la cercana.

(6) cascarrias. Fernández de Lizardi aplica la palabra en el sentido de lodo o barro, mugre, suciedad; en rigor significa lodo que se adhiere al calzado o a la parte de la ropa que va cerca del suelo.

(7) cuchara. En su forma familiar significa cucharero, ladrón, ratero. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(8)  Nugagá. Cf. t. III, núm. 6, nota 2.

(9) Cf. la nota del autor al final del número siguiente.

(10) invívita. Tal vez tenga sentido de "en vida", "viviente".

(b) Que son muchos los naturales de esta ciudad, por lo que toca a la desunión. Léase mi número 18 [t. II].

(c) Hay bastantes buenos, pero no los más.

(d) Léase sobre esto mi papel titulado: Las quejas de los ahorcados [1811 o 1812. Cf. Obras I-Poesías y fábulas, p. 183.]

(11) Cf. la nota del autor al final del número siguiente.

(12) moneda tlaquearia. Cf. t. II, núm. 18, nota 8, y la nota de Fernández de Lizardi al final del número siguiente.