[NÚMERO 11]
APOLOGÍA COMPENDIOSA DE NUESTRA
SAGRADA RELIGIÓN Y DE LA DIGNIDAD
DEL ESTADO ECLESIÁSTICO(1)
Jueves 11 de noviembre de 1813
Cuando el hijo de la iniquidad discurre presuroso por todos los ángulos del orbe cristiano, incendiando los espíritus fieles con la tea ominosa de la más descarada irreligión; cuando sus satélites impíos arrojan el antifaz del disimulo de que se han servido otras veces, predicando de pie firme el libertinaje, graduándolo de filosofía liberal; cuando se solicitan establecer o resucitar los principios del ateo Epicuro; cuando para esto se trata de substraer a los hombres de toda subordinación, inspirándoles aversión y odio eterno al trono y al altar, no es mucho se ultraje por escritos, obras y palabras a los ministros de este último, improperándolos de hipócritas, sombríos y supersticiosos, y a los creyentes, de idiotas, serviles y fanáticos, así como a los poseedores del primero, de tiranos, y a sus vasallos, de esclavos.
Toda sujeción es pesada a estos hombres liberales, a estos filósofos ilustrados, a estos filántropos contrahechos, a estos..., dirélo de una vez: a estos herejes, hipócritas verdaderos de religión, piedad y patriotismo. No el amor de la patria, no el celo de la religión, no el bien de los hombres los hace emprender contra lo que les parece opresión y servidumbre, ni valerse de argumentos capciosos para alucinar al vulgo sencillo y hacerlo partidario de sus ideas, sino el prurito de hacerse notables en el mundo y el deseo de poder satisfacer sus pasiones a gusto, sin tropezar con ningún obstáculo en la carrera. Para esto se emplean sin cesar las sutilezas más delicadas y los más envenenados sofismas; para esto se adelgaza el discurso y se analiza la más florida elocuencia en los idiomas, y para esto se trazan los más profundos cimientos a la anarquía y el materialismo.
Lisonjear las pasiones de los hombres, inducirlos al libertinaje, chocarlos contra el trono y la religión y figurarles en estos necesarios frenos de su orgullo los más horrendos monstruos y vestiglos, ha sido en todos tiempos la máxima favorita de los herejes, al paso que ha sido la más oportuna a sus ideas; porque nada estimula más el corazón del hombre que poder hacer impunemente cuanto quiere. Apenas habrá habido heresiarca que no haya sido patrono de la decantada libertad de conciencia y de tolerantismo. Mahoma, Lutero, Calvino, Arrio y los franceses impíos, ya inventando, ya pretendiendo reformar las religiones, nada más han hecho que infundir en los míseros mortales la idea de esta especie de libertad, para lo cual, o les han procurado borrar la memoria de la eternidad equiparándolos con los brutos, o les han facilitado los perdones, o les han laxado la observancia, procurando hacérsela tan suave que pueda cumplirla el más relajado sin mortificarse mucho. De este modo, apenas pueden contar con una secta tranquila, sin tener entre sus mismos doctores contradicciones a cada paso, sin acabar de decidirse en sus estatutos primordiales y sin dejar de zaherirse mutuamente con los execrables títulos de herejes obstinados y apóstatas.
La Europa católica es un teatro donde casi sin interrupción y por muchos años se han representado funestísimas tragedias, ocasionadas por la revolución de religiones, cuyos principios no se han debido sino a estos famosos novatores(2)dogmatizantes. Turbose Rusia, dividióse Alemania, perdióse Inglaterra, cismatizóse Francia, y la España no ha quedado segura de esta peste: testigos me son los papeles públicos de nuestros días vertidos por los impíos liberales y refutados por los sabios juiciosos de la misma Península.
Yo nunca diré con una afectada adulación que entre los mismos españoles no haya habido algunos que, seducidos sin duda por la vecindad de los franceses, luteranos y calvinistas, no hayan sido capaces de tomar la pluma para vulnerar, ya directa, ya indirectamente, los principios sagrados de nuestra religión católica... Lo hemos visto, y la evidencia no admite discusiones ni disculpas.
Diré que por un orden natural de la Tierra era preciso que así sucediera, y dejar de haber acontecido de este modo en las actuales circunstancias más bien hubiera sido milagro que bondad.
Es muy difícil concebir cómo se mantendrá pura la fe católica en un reino que por fuerza y por necesidad tiene que abrigar en su seno multitud de hombres diversos en costumbres y en religiones, y que está obligado a condescender (creamos que sin voluntad) con unos por temor, con otros por conveniencia. ¿Qué diversidad de máximas acerca del gobierno y de la religión no habrán inspirado los franceses y otros extranjeros en los pueblos que han dominado? ¿Y cuáles no habrán sido y serán las que introduzcan los aliados ingleses? Pues aunque ellos sean muy generosos en sus miras políticas, no quita que se manifiesten siempre y en todas partes con la más fría indiferencia en asuntos de religión. Ellos no están en obligación de reprimir sus usos, sus costumbres ni sus conversaciones. Se contemplan necesarios, y así, ningunos respetos tienen que guardar a los españoles en asuntos de religión. Concedo que por fina política no son atrevidos a entrar en disputa sobre la preferencia de religiones, ni menos a provocarlas. He conocido a algunos señores ingleses y los he tratado con interioridad: no ponen jamás la mesa en este particular, pero si se les toca, se defienden como nosotros; y en este caso, o queda la cuestión indecisa, o se convence al más débil o menos instruido; y ¿por quiénes quedará el mayor número? La razón ha de decidir que por los ignorantes, pues éstos son más en todas partes. Agréguese a esto la ocasión tan próxima que prestan las concurrencias, las visitas, tertulias, amistades, relaciones y redes de Cupido. Fuera de lo dicho. Todos sabemos con cuánta facilidad se mueve nuestro corazón a condescender con las ideas de quien nos beneficia (bien me explico). Pues todo esto es prueba inequívoca de que la diversa opinión en que fluctúan algunos espíritus de Ultramar es una causa natural derivada de principios constantemente ciertos; y si a éstos se añade la libertad de las pasiones, entonces ya no sólo es natural, sino precisa (pues el ser una cosa precisa y natural no obsta que sea mala), pues todos saben que hay cosas malas por la sola razón de prohibidas.
Si, después de lo expuesto, advertimos que los corifeos de la insurrección de Francia establecieron por principio de la felicidad del pueblo la destrucción del trono y el altar, y que los ingleses zahieren a los católicos con el nombre de papistas, sabremos en qué concepto está nuestra religión para con ambas naciones; pero las puertas del infierno no prevalecerán en favor de ellas.
De todo lo que he dicho se puede deducir, primeramente, que las herejías de los extranjeros, comunicadas a la España por necesidad y a pesar de los esfuerzos de las sabias Cortes y justos españoles, han podido pervertir algunos espíritus de éstos y alarmarlos para escribir contra los principios de la religión que profesamos, aunque indirectamente. En segundo lugar, que si se han abstenido de hablar más desvergonzadamente contra los reyes, ha sido porque han visto que el Supremo Congreso de las Cortes y la nación entera no han tratado sino de conservar con todo el lustre debido el trono de San Fernando para sus legítimos descendientes. Y en tercero, que no pudiendo fascinar al pueblo necio contra el gobierno, han procurado a lo menos fastidiarlo contra la religión, induciéndolo al desprecio de sus ministros, pintándoselos con los más denegridos coloridos de orgullosos, impíos, alucinados, temerarios, hipócritas, obscuros, ambiciosos, inmorales y abandonados, pretendiendo que la culpa de algunos malos que entre ellos hay, como en toda corporación, trascienda a todo el cuerpo en general; para con este modo capcioso, ilegal e indigno de unos seres que por otra parte se granjearían el renombre de sabios, destruir la religión católica en sus principios. ¡Pretextos especiosos y contra los cuales se debe alarmar toda pluma católica, aun secular!
La mía, débil, ignorante, amortiguada en el día y, por lo mismo, falta de energía necesaria para el caso, procurará, sin embargo, combatir a la solapada herejía que se nos introduce por los oídos y por los ojos, pues oímos y vemos cosas que nos chocan hasta el alma, porque jamás hemos oído, visto ni leído lo que en estos manchados y tristes días. Combatirá mi pluma; dije que combatiré esta herejía en el mismo fortín en que se parapetan; y si lo consiguiere, gloria a Dios, que es la fuente de quien dimana todo bien: sine tuo numine nihil est in homine, dice la Iglesia santa; y si no, me será glorioso el intentarlo, pues como dice el Espíritu Santo: "Sólo el querer sobre las cosas arduas es bastante: in arduis voluisse sat est."
Mi refutación (en que se incluirá la apología de mi religión y de sus dignos ministros) no será con aquella extensión conveniente, pues no me lo permiten las miserables actuales circunstancias (hablo por el papel claro); pero aun ciñéndome cuanto pueda, haré lo que baste para desimpresionar a los ignorantes del infame concepto en que pueden haber incurrido por lo que han oído y visto en ultraje del estado eclesiástico, bien entendidos en que para éstos escribo y no para los sabios, de quienes siempre estoy en estado de aprender. Entremos en materia.
Los ateos, hipócritas de cristianos, deseando en su corazón deprimir, si no derrocar, por el pie nuestra religión santa, se han valido de la astuta máxima de combatirla por el flanco que les ha franqueado alguna brecha... Dirélo claro: los franceses, tiznados de herejía, y otros, contagiados del francesismo, no sufriendo los frenos que pone el cristianismo a las pasiones, han querido desembarazarse de él enteramente, y para esto no han perdonado medio de cuantos les ha sugerido el padre del error; pero al mismo tiempo, viéndose acosados en la Península con la barrera de las Cortes cristianas y religiosas que han jurado no permitir otros dogmas que los católicos, librando para esto sobre el celo y sabiduría de nuestros venerables obispos, no se han atrevido a descararse contra nuestra fe ortodoxa escribiendo directamente contra sus principios fundamentales; pero sí procuran cuanto pueden malquistar a sus ministros; esto es, no escriben contra la ley, pero procuran denigrar, ultrajar y abatir a sus maestros.
Están bien conocidas sus ideas (a lo menos en mi juicio). ¿Cómo puede ser buena la religión cuyos intérpretes son inicuos? Éste es el capcioso argumento de que se valen, y no sé cómo no añaden el texto de la escritura, a fructibus eorum cognocentis, eos o eam, que es lo que ellos quisieran persuadir. Vamos al caso.
Los ateístas son los herejes más obstinados o más brutos. Todo lo niegan porque todo lo ignoran: para ellos no hay religión segura, porque ninguna les acomoda; niegan la existencia de Dios y la eternidad, porque están llenos de sobresaltos en su interior; niegan también la racionalidad del alma, porque su mismo entendimiento los confunde, gritándoles contra su afectada ceguedad; digo afectada, porque no es real ni puede serlo; el hombre por idiota que sea, sabe que existe, advierte que piensa y se conoce superior al bruto, a la estrella y a la flor, y, sin embargo, reflexiona en que no es bastante a hacer una flor, una estrella ni un bruto, ¿qué digo?, ni aun a percibir perfectamente el mecanismo del más despreciable insectillo. Estas consideraciones lo llevan por la mano a buscar el agente o hacedor de la infinidad de criaturas que nos embelesa. Si busca este creador entre los astros brillantes, no lo encuentra; si entre los peces del mar, no lo halla; si entre los pintados pajarillos, no parece; si entre las fragantes rosas, es en vano; y si entre los ángeles, es fatiga; si entre los hombres, es quimera; si entre todas las criaturas, es delirio. Con que es preciso que lo busque en sí mismo y separado de toda la masa corruptible que nos rodea; es necesario que a este Ser (que no se deja percibir de nuestros groseros sentidos) lo advierta superior e independiente de las criaturas todas; es natural, entonces, venerarlo absoluto soberano del universo, tributarle el homenaje debido a su majestad, reconocer su beneficencia, admirar su sabiduría y temer su justicia.
Esto no acomoda a los ateístas, y para quitarse (a lo menos en lo aparente) el susto que les causa la vista perspicaz de un ojo poderoso y vengador de quien (por más que hagan) no se pueden ocultar, cierran los suyos y lo niegan todo sin entrar jamás en disputa. Pero ¿para qué nos hemos de cansar en demostrar lo errónea de esta secta de incrédulos? A estos (como dice el vulgo) es menester matarlos o dejarlos, pues querer persuadir a los brutos a entrar por el camino de la razón es mayor locura.
Se continuará
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) novatores. Por novadores, personas que inventan novedades.