[NÚMERO 11](1)

La más violenta devanadera en todo su ejercicio no da más vueltas que mi pensamiento sobre todas las cosas imaginables; y como es tan ligero y no se sujeta a tiempos ni lugares, anda saltando de reino en reino, de época en época y de siglo en siglo. De esta manera, tan presto soy estadista como general; unas veces soy médico, otras eclesiástico; ya artesano, ya labrador, ya comerciante, ya marinero, ya soldado, y, finalmente, un Petrus in cunctis, un entremetido y un murmurador (pues, de los vicios, no de las personas). Quisiera decirle a cada uno cuántas son cinco, no para su confusión, sino para su enmienda y pública utilidad. Apeteciera que volviesen a aparecer los sencillos tiempos de los Quevedos, de los Francisco Santos,(2) de los Morales(a) y de otros muchos sabios de nuestra nación que, reñidos constantemente con la lisonja, tenían declarada eterna guerra al vicio. Pero pues esto no se puede y nos debemos conformar con los tiempos, ya que yo no pueda igualar en el ingenio y la gracia a aquellos y otros, ¿quién será capaz de desnudarme, a lo menos del ejercicio de pensador? Nadie por cierto, porque el pensar es una facultad que Dios liberalmente me concede, y así, yo me consuelo con tener dentro de mi cerebro un amigo permanente con quien platicar y divertirme a todas horas, sin riesgo de que se sepan sus errores ni se interpreten, por mal explicados, sus más sanos sentimientos.

En esta batahola de discursos, suelo entretener los ratos ociosos y las amarguras de mi soledad y desamparo. Entre ellos, pensaba el lunes próximo pasado en la bulla que habría por la tarde en las inmediaciones del hospital de San Hipólito,(3)con el motivo, antes piadoso y ya en nuestros días de pura curiosidad, de ir a ver los pobres dementes que padecen allí las penas que no saben ellos mismos. Costumbre viciosa y reprehensible, como una de tantas, si no se va a socorrerlos o a tomar lecciones útiles en su desgracia, pues yo no sé por qué causa se ha de hacer pasatiempo de las enfermedades o miserias del género humano.

Jamás he entrado en aquella casa hospitalaria, ni mi corazón sensible ha tenido por objeto de recreación las desgracias de mis semejantes; pero como la privación es causa del apetito, este año se me antojó vivísimamente ir a ver a aquellos pobres enfermos, por endulzar entre sus trabajos las amarguras de mi espíritu.

Embebecida mi imaginación con estos pensamientos, cené a lo loco y me dormí como un lirón. Pero apenas el perezoso Morfeo había embargado mis sentidos con su narcótico beleño, cuando me pareció escuchar por los aires un terrible rumor a manera de torbellino, a cuya estrepitosa novedad alcé los ojos y, al punto, descolgándose sobre mí una densa nube, me concibió en su seno y en un momento me abortó en un carro que tiraba un alado viejo armado de guadaña que (a lo que después supe) era el Tiempo.

Aún no bien desembarazadas mis potencias de tamaña inopinada aventura, se quedaron absortos mis sentidos al advertirme sentado junto a la diosa de las Gracias, que por tal califiqué a una hermosa ninfa que ocupaba la magnífica testera del majestuoso carro.

No sabían mis hidrópicos ojos si hartarse en contemplar la belleza de la ninfa, o admirarse de la brillantez de sus riquísimos vestidos; y en este estático silencio permaneciera muchas horas, si ella, abriendo el fragante clavel de sus labios no despertara mi asombro diciéndome: "Pobre mortal, cesa de maravillarte; vuelve en ti; no temas. ¿Me conoces?" A tan dulces y consolatorias palabras, como de un pesado sueño me recobré y con algún aliento la dije: "Deidad, señora o lo que seáis, no he tenido jamás hasta hoy la exquisita dicha de haber visto tan peregrina hermosura, ni creo que haya mortal que pueda disputarme la gloria de haber sido el primero en el goce de tanta dicha." "Te engañas, miserable", me contestó; "tú y todos los humanos me conocéis; me habéis tratado muy de cerca, pero no os sabéis aprovechar de mis visitas."

A este tiempo se le cayó un hermoso brillante de la mano; yo, comedidamente, me bajé a levantarlo, pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando al dárselo vi, no ya a la diosa de la hermosura, sino al compendio de la fealdad! Vi a una andrajosa vieja, cuyo rostro deforme lo hacía más abominable un mirar centelleante y amenazador, que vomitaba tragedias y pronosticaba muertes; y con una ronca voz, más terrible que el estallido del rayo, me dijo: "¿Me conoces, mortal desventurado?" Mi respuesta fue quererme arrojar a los abismos por uno de los costados del carro, y lo hubiera verificado si ella no me hubiera contenido a mi pesar. No obstante, yo no osaba abrir los ojos por no volver a ver aquella furia del infierno, y deseaba hallarme en el calabozo más inmundo a trueque de no estar al lado de semejante monstruo.

Pasados los primeros instantes de mi turbación, volvió a hablarme con una voz suavísima, diciéndome: "Querido mortal, no temas. Estos asombros no son para tu daño, sino para tu felicidad y de tus semejantes." Diciendo esto, y pasando su diestra y delicada mano por mi exangüe mejilla, me abrazó y reclinó mi cabeza sobre su pecho.

El insinuante sonido de su voz, la suavidad de su tacto y el aromático olor que despedía su ropaje, me confortó y animó a volver a mirar al objeto de mis sustos y mis delicias. Vila otra vez y vila tan hermosa, graciosa y placentera como al principio; y ya más atrevido que valiente la pregunté: "¿Eres la divina Citerea o la desgraciada Medusa? ¿Eres la bella que estoy viendo o el espantoso espectro que poco ha me acobardaba? Sácame, te ruego, de tan confuso y oscuro laberinto." "Ni soy Venus, ni soy Medusa, ni algún ente real de los que dices; y a pesar de esto me conoces y muchas veces me has visto, tú y todos los mortales. Sal de dudas. Soy la Experiencia, y vosotros no conocéis otra cosa mejor. Todos los días andáis diciendo en el gran mundo: 'ya tengo mucha experiencia; no me sucederá otra vez; esto me sucedió, porque no tenía experiencia'. Otro dice: '¡Qué tal, y lo que pasó a fulano! No me acontecerá a mí, porque ya he experimentado en cabeza ajena'. Otros, a cada cosa funesta que ven, dicen: 'Experiencia, experiencia.' Otros se jactan de muy seguros porque se creen llenos de experiencia, y otros añaden que 'la experiencia es madre de la ciencia'; y después de tanto garlar, apenas pasa el peligro (que es el tiempo de mis visitas) no se vuelven a acordar de mí, y aseguran (como tú) que no me conocen.

"El haberme visto transformada en una furia terrible y verme ahora una dama apreciable significa que la experiencia no siempre es una, porque la adversa para unos puede ser favorable para otros, y al contrario; por eso necesitáis mucho tino y prudencia para saber aprovecharos de la experiencia, ya propia, ya ajena, ya favorable, ya adversa, y no olvidarse nunca de mis sabios avisos, que suelen ser caros algunas veces, pero enseñan siempre, como sepa el discípulo aprovecharse de mis lecciones. Y pues ya sabes con quién caminas y no puedes dejar de conocer que te amo, logra sin susto mis favores y participa este suceso a tus hermanos para su general aprovechamiento, advirtiéndoles que yo los amo; pero soy muy celosa y suelo, si una vez me desprecian y abandonan mis consejos, no volver a visitarlos, sino que los dejo en las manos de sus temeridades y caprichos.

"Yo os doy", respondí "las más rendidas gracias, bellísima beldad, por tan claro desengaño, y propongo aprovecharme de vuestros prudentes documentos; pero ¿no tendréis la bondad de decirme a dónde vamos por éstas, para mí, incógnitas regiones, y quién es ese viejo que tan ligeramente conduce nuestro sereno carruaje?" "Vamos", me dijo, "por los espacios imaginarios, y ese cochero es el Tiempo, inseparable compañero de la experiencia. Yo te he sacado de tu molesta habitación para saciarte la gana que tenías de ver los locos; pero no ha de ser en el hospital, pues estos pobrecitos no tanto prestan motivos de enseñanza y de admiración cuanto de lástima. Yo te voy a mostrar los locos que tú tienes por cuerdos, los locos que andan sueltos y los que hacen vanidad de sus locuras."

Decir esto, y acercarse el carro a una populosa ciudad, todo fue igual. Yo, lleno de admiración, exclamé: "Según las torres, edificios y trajes que aquí advierto me parece que, original o pintado, otra vez he visto este lugar. ¿Es aquí, por ventura, donde tengo de ver esos locos con apariencia de cuerdos?" "Sí, aquí es", me dijo. "¡Oh, y no sea mi patria", repliqué, "la que merezca llamarse la ciudad de los locos!" "No te dé pena", me respondió, "que para el caso, lo mismo es Londres, París o Filadelfia. Tú mismo has dicho que todos los hombres son susceptibles de vicios y virtudes, y que en todas partes abundan más los malos que los buenos. Ahora falta prevenirte que la locura no es otra cosa que la falta de juicio, y ésta se gradúa según la más o menos extravagancia de las operaciones de los hombres. En esta inteligencia, ve mirando algunos locos que pasan en el mundo por muy cuerdos. Mira aquellos que cargados de papeles, entran y salen con el mayor afán en las oficinas, tribunales y casas de particulares: pues ésos son pleiteantes, y los más de ellos tan locos que, después de uno o dos años de litigio, se quedan con el pleito perdido y sin blanca, entre el abogado, escribano, relator, agente y demás oficiales del arte, porque, en fin, todos deben comer de su trabajo, y hay pleitos cuyos costos importan más que lo que se disputa. Si los hombres no fueran tan locos, probaran, antes de comenzar un litigio, todos los caminos de la paz y la justicia, y entraran mejor en la composición menos ventajosa que seguir el pleito más interesante; pero no tiene remedio, ya han dado en eso, y lo peor es que muchos de éstos han acabado en San Hipólito, para comprobar su locura de una vez.

"Mira aquellos jóvenes azucarados, derritiendo sus corazones en obsequio de unas hermosuras, cuya soberbia no aspira más que a multiplicar el número de sus necios adoradores; y si por fortuna distingue a alguno en su cariño, no es más que para habilitar su cabeza en pocos días de aquello de que se hacen los tinteros; porque tú no dudes que la mujer muy hermosa (por lo común) es el peor enemigo del hombre: si es honrada, tiene que defenderse y defenderla de los seductores; si no lo es, tiene que guardarse de ella y de ellos. ¡Cuántos pobres han acabado en los presidios, en las cárceles, en San Hipólito y en las manos de los asesinos y de ellas mismas, sin más delito que tener mujeres hermosas! La demasiada belleza es buena para admitirla, pero no para poseerla, pues no sólo se expone a perderse, sino a perderse el dueño juntamente.

"Mira...; pero yo no podré mostrarte en este rato la multitud de locos que vagan impunes por esas calles, porque son innumerables; sólo sí, te manifestaré una clase de locos que se llaman ricos,(b) que son los más rematados, porque a título de su nombre, no sólo no hay quien les manifieste su enfermedad, sino que les sobran otros locos (que se llaman aduladores) que les apoyan y aun canonizan sus más indignas operaciones; y de este modo, después de hacer en el mundo el papel que pueden, se hallan a la boca del sepulcro cargados de la iniquidad y desnudos de la riqueza en que garantían sus perversas acciones. Velos: mira la ostentación de sus personas, el lujo de sus casas, lo opíparo de sus mesas, lo brillante de sus carrozas y el rumboso aparato de cuanto les pertenece; pero advierte también la indiferencia o desprecio conque se desdeñan de los pobres; nota la fatuidad con que se creen superiores al resto de los míseros mortales; míralos a ver si por fortuna se acercan a las cárceles, a los hospitales y a las miserables accesorias de los infelices. Mira si la doncella huérfana, si la pobre viuda, si el desdichado pupilo, si el mísero mendigo ni otro despojo de la desgracia es capaz de hallar en ellos el asilo de sus cuitas, y verás que no sólo no extienden sobre ellos la mano avara para socorrerlos, pero ni aun la vista para consolarlos. Estos pobres locos se van al infierno en coche, y cantando y comiendo alegremente, sólo por su dureza e insensibilidad, aun cuando no tuvieran otras culpas. Esto es de fe. Ellos piensan que el dar limosna es una acción graciosa y de supererogación, de suerte que el que quisiere la dará y el que no, no. ¡Miserables ricos! Se engañan o hacen que se engañan. La limosna obliga de justicia al que la puede hacer: Alter alterius onera portate, dice el Señor. No es menester latines, claro está, y en buen castellano, en el catecismo no menos que de asesinos califica a estos ricos indolentes. Pregunta sobre el quinto mandamiento: '¿Hay, a más de esto, otras maneras de matar?' Y responde: 'Sí hay; escandalizando o no ayudando al gravemente necesitado.' Conque lo mismo es no socorrer al pobre en grave necesidad que matarlo." ¡Válgame Dios y cuántos matadores hay en México, donde sobran necesidades!

"¡Almas sensibles!", exclamé, "¿cómo es posible se gasten tantos pesos inútilmente y no se dediquen algunos al socorro de los desvalidos? ¿Cómo se podrán ver con ojos enjutos las lágrimas de tantos infelices que, acosados de la hambre, desnudez y enfermedad, gimen en vano a las puertas de la opulencia? ¿Y cómo hay corazones tan petrificados que no sólo no ayudan a la humanidad abatida, sino, lo que es más criminal, la maltratan y zahieren con crueldad?"

"¿Quieres aún ver más locos que pasan en el mundo por cuerdos?", me dijo mi amable compañera. "No", la respondí, "que está ya bastante comprimido mi espíritu." "Pues adiós", me dijo, "que es tarde, y la experiencia hace falta a muchos." Y diciendo esto, se volcó el carro, y cayendo yo, a mi parecer, en el patio de mi hospital, fue tal el susto que recibí del golpe, que con la mayor congoja desperté dando gracias a Dios de hallarme en mi cama y en estado de poder escribir a mis hermanos estas breves lecciones que me dio, aunque entre sueños, la Experiencia.

Dr. Beristáin. Presidente

Puede imprimirse. México, 27 de diciembre de 1812

 


(1) En la Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Año de 1813.

(2) Francisco Santos (1617-1697). Literato español, cuyas novelas de carácter picaresco estudian las costumbres de la corte española en los últimos años de la Casa de Austria. Además de las obras mencionadas por Fernández de Lizardi (cf. nota a, infra), escribió El diablo anda suelto, Periquillo el de las gallineras, El sastre de Campillo, El escándalo del mundo y piedra de la justicia, etcétera.

(a) Casi nadie ignora lo mucho y bueno que escribió el famoso satírico don Francisco de Quevedo. Pero menos noticia se tiene de las obras de Francisco Santos, criado del rey Felipe IV, que entre otras publicó El día y noche de Madrid, El no importa de España, Las Tarascas de Madrid, Los gigantones de Madrid. El doctor José Morales escribió unos Sueños morales por el estilo de Quevedo.

(3) Hospital de San Hipólito. Fue fundado en 1567 por Bernardino Álvarez —llamado "El Prójimo Evangélico"— para "pobres enfermos, viejos y locos"; después fue sólo para locos. Estaba a cargo de los Hermanos de la Caridad, llamados comúnmente los "hipólitos". (cf. el vol. V, pp. 752-757, del Diccionario universal de historia y geografía, Escalante, México, 1854).

(b) No se habla de todos. Hay muchos ricos piadosos, pero no bastan; lo deberían ser todos, para que socorrieran tantas necesidades.