[NÚMERO 10]
FÁBULA
Jueves 4 de noviembre de 1813(1)
Cuentan que cierta vez unos conejos
entraron en pendencia con los galgos,
y las resultas fueron, ya se sabe,
quedar aquéllos hechos mil pedazos.
Algunos que escaparon en la fuga,
acaso más prudentes y avisados,
pasaron zonzos, beodos, aturdidos
junto a un grave conejo barbicano,
quien viéndoles así: "Parad", les dice,
"deponed el temor y sobresalto;
estáis ya bien seguros de los perros.
Ojalá que así estéis escarmentados;
mas si por no, atended este consejo
que una larga experiencia me ha enseñado:
No es cordura medir la fuerza débil
con las aventajadas del contrario,
pues todo lo aventura ciertamente
quien con el poderoso se ha chocado.
¡Cuántos pobres conejos hemos visto
perecer en el mundo por incautos,
que no lo mal pasaran si supiesen
esta advertencia de un conejo sabio!
Yo siento el haber de dar gusto a algunas personas que me importunan a ratos lo bastante para que diga lo que ellas o no saben, o no quieren, o no pueden decir, de modo que pretenden que sea yo por ahora el órgano de la opinión común. ¡Pobrecitos! Bien quisiera darles el gusto en cuanto desean; pero no todo se puede en todos tiempos. Sin embargo, algunas cosillas no dejaré de decir para que se remedien, pues de su publicación no se puede seguir otro perjuicio que la enmienda. Nos estrenaremos, pues, con el siguiente comunicado.
Señor Pensador:
No diga usted que soy molesta, pero soy una pobre mujer y no tengo de quién valerme ni a quién quejarme de una mano que me ha sucedido de los diablos, y puede sucederle a muchos. Es el caso. El otro día tuve una riña con una prójima (que lo es muy de mi marido), pues, porque ha de saber usted que soy un poco celosilla y no soy muy fea; pero hay en México tantas mujercillas tan así, como diré, que se le meten a un hombre por los ojos...; una de éstas es la mi enemiga o yo de ella (que es problemático, como dicen los estudiantes, decidir quién aborrecerá con más encono: la mujer propia a la dama o la dama a la mujer propia), y por fortuna yo le di unos arañazos. Ella se quejó con mi marido porque estas pu... puercas iba a decir, no vaya usted a pensar que otra cosa, porque yo soy muy bien hablada y tuve unos padres que no los merecí; ojalá si como me dejaron buena crianza, me hubieran dejado buen dote quizá me casara yo con otro que me quisiera más, porque yo no sé qué tiene el dinero que hace amable la persona que lo tiene; por fin, como iba diciendo...; pero no se me enoje usted por este estilo Sancho Panzuno, que no tengo otro; ya voy a abreviar el cuento y a sacar a usted de dudas. Decía, pues, que arañe a la mujer; se quejó ésta con mi marido, y este perrazo me dio mi desconocida, haciéndome dos agravios. Ocurrí a un señor juez y fui con mi tunico(2)de misa y mi mantilla de velo; porque no vaya usted a pensar que soy muyrascuacha(3) como las de rodeo(4) ... fui, digo, a ver al juez llena de cólera, y ciega de ella le dije el huevo y quién lo puso. El juez hizo al instante llamar a mi dichoso marido; éste luego que llegó y oyó de boca del juez todos los cargos que yo le hacía, él, tan colérico como yo estaba, comenzó a decir: "Sí señor, es cierto que he tenido la fragilidad que dice esta señora, que es mi esposa; pero al mismo tiempo que usted la ve vestida con decencia, y que puede decir si yo la falto a los alimentos ni a nada de lo necesario, así a ella como a mis hijos, ella, señor, es un floja, puerca y para nada buena. Si usted viera mi casa a las diez del día, es una vergüenza: toda llena de basura y porquerías de los muchachos, de modo que temo me entre a visitar algún amigo decente, porque las criadas no hacen caso de nada con el mal ejemplo de su ama, que se levanta a las once o doce del día toda mechuda y desaliñada, que no la quisiera la madre que la parió. A más de esto, tengo tres niños que parecen hijos de un cochero; todo el día están con los mocos colgando, mezclados con chocolate, en camisa toda chorreada, enmarañados y rascándose sin cesar, llenos de granos, porque jamás la señora los baña, ni los espulga, ni tiene de ellos más cuidado que si fueran perros. ¿Qué tal será la comida, y a qué hora? Como que a la cocinera no hay quién la dirija ni reprenda, hace lo que quiere, de suerte que a la una que voy a comer, voy a sufrir un rato de martirio, porque una veces está el caldo sin sal, otras la carne cruda, otras el guisado sin sazón, o con pelos o moscas o cosa igual; ello es que jamás como ni ceno a gusto, ni lo tengo ni lo puedo tener en mi casa con este diablo de mujer tan sucia, pues lo es tanto que padece almorranas, con la venia de usted, y unos flatos horribles, de manera que hasta de la cama me destierra. Estos son, señor juez, los motivos que me han obligado a buscar abrigo en otra parte. Conozco que es malo; pero muchos maridos fueran más honrados, si las mujeres fueran más prudentes, más limpias y más cumplidas."
Acabó mi marido su oración, que a mí me pareció responso. Entretanto estuve yo cabizbaja: así que vi que no hablaba, iba a descargarme de tanta mentira, alcé la cabeza y la vista... pero ¡cuál fue mí vergüenza al ver que la sala del juez estaba casi llena de gente, y las mujeres riéndose alegremente a mi costa por la pintura que había hecho el bribón de mi marido! Yo no tuve aliento de responder a nada, más bien confundida por aquellos testigos de asistencia que de las soflamas de mi acusador. El juez no sé qué me dijo ni cómo salí de allí; lo cierto es que, aunque me hubiera sobrado la razón, yo no hubiera acatado a aclararla. Y vea usted, señor Pensador de mi alma, una cosa muy mal hecha por los señores jueces, que tienen la maldita costumbre de hacer de sus estrados y salas, tribunales de audiencias, y de estar chacoteando con las visitas a costa de los litigantes o chismeantes. ¿Cuántas veces no sucederá que un pícaro locuaz sorprenda y calle a un hombre de bien o a una mujer honrada, porque éste o ésta no tengan como yo valor para redargüirle, acosados de la vergüenza, lo que puede ser muy frecuente en las personas decentes de mi sexo? Y de aquí un bonito modo de hacer una alcaldada, pues si el juez no es muy vivo, aunque sea muy letrado, se llevará de la vulgar idea de quequien calla, otorga, y el inocente vergonzoso saldrá peor librado que el pícaro hablador.
Muchas más inconsecuencias, y acaso irremediables, pueden originarse de esta poca circunspección de los jueces. Diga usted, señor Pensador, por los huesos de su madre, que, o no reciban querellas en sus casas, o tengan un cuarto o una vivienda separada y que en ella no haya testigo de asistencia pues no actúan por receptoría.
Diga usted que los jueces deben tener la seriedad de los areópagos de Atenas, y diga usted cuanto se le venga a la cabeza, que nada será ocioso, con tal que se dirija a destruir este abuso insoportable en algunos jueces y perjudicial a todos lo querellantes. Lo único en que mi marido no mintió fue en lo de las almorranas y los flatos; pero él tiene la culpa de que yo esté enferma; pero ¿cómo lo había yo de decir delante de aquellas gentes curiosas? Por más que sabía que de decirlo se corroboraba mi justicia y se disculpaban los cargos que me hacía mi marido, me ocupó la vergüenza, porque la explicación era peor que la enfermedad. De este modo mi marido hace lo que quiere conmigo, y yo tengo miedo de volver a verme en otra media naranja.
Conque, señor Pensador, por vida de usted que o deje de hacer cuanto pueda por esta infeliz, que besa su mano.
La Vergonzosa
"Córrase traslado de la queja de esta parte al tribunal de la verdad y razón, por no haber en éste autoridad para reprender a los señores jueces." El Pensador. Decreto expedido por sus Altezas Serenísimas. La Verdad y la Razón. México, 4 de octubre de 1813.
Por presentado el documento que antecede y en su consecuencia, debíamos mandar y mandamos que en lo sucesivo se abstengan los señores jueces de recibir querellas en su casa, o, caso necesario, tengan un aposento solo, destinado al efecto y sin otra compañía que la de un escribiente, pues de este modo los demandantes se explicarán con toda la claridad y confianza precisa y el juez tendrá menos distracciones para atenderlos, cuyos requisitos son esenciales para la buena administración de justicia. Se los notificará así nuestra secretaria la prudencia, y de quedar entendidos, traerá la correspondiente constancia.
Dos rúbricas.
SOCIEDAD Y POLICÍA
Estoy en la firme inteligencia de que estamos muy incivilizados (no en lo general, sino en lo común); apenas conocemos la sociedad más que por el nombre, y aun equivocamos lo que es sociedad con lo que es faramalla, embustería y llaneza. Casi no se tiene por hombre sociable sino un farolón ostentador, un tramposo, un tracalón,(5) un chifis, un entremetido, un adulador, un licencioso, un faceto, un valentón provocativo, un vicioso; finalmente, un inmoral e irreligioso: ése es tenido en el vulgo por sociable. De suerte que basta que vean a algunos de éstos vestidos a la moda, buenos danzadores, tahúres, osados con las señoras mujeres, libertinos y caravanistas: he aquí que ya están graduados de hombres civilizados y sociables, nemine discrepante, en la universidad de los necios; pero ¡ah, qué lejos está este proceder de granjear tan honroso título a sus profesores! La sociedad no es otra cosa que la íntima unión fraternal de los habitantes de un reino, de una ciudad o de una casa. El buen matrimonio es el ejemplo de la verdadera sociedad. Unidos los hombres entre sí con los vínculos de religión vasallaje, costumbres, paisanaje, etcétera, deben considerarse hermanos todos y en todas partes servirse; auxiliarse mutuamente en sus conflictos; socorrerse en sus trabajos; favorecerse en sus necesidades; respetarse recíprocamente sus derechos; no dañarse; no zaherirse; no tratar de aniquilar los unos los bienes, honra y reputación de los otros, y, finalmente, hacer un cuerpo sólido de amor, dulzura y caridad, para que, viéndose y tratándose todos como hermanos, sepan guardarse sus fueros, no hacerse daño, favorecerse y ser útiles todos a todos, cada uno a cuantos pueda y generalmente en todo. De este modo abundará la patria en buenos cristianos, buenos vasallos, y buenos ciudadanos, y entonces mereceremos justamente el título de civilizados, y habremos llegado a percibir y conocer lo que es en sí esta sociedad tan cacareada de tantos y tan poco conocido de los más; y siendo los efectos de la buena policía hijos naturales y necesarios de la verdadera sociedad, se sigue que tanta mayor policía habrá en un reino y tanto mejor dirigida cuanto más abundante y sólida sea la sociedad que haya en él; por manera que de nada o de muy poco servirán los esfuerzos de los gobiernos para fecundar ésta si los mismos ciudadanos no cooperan a su cultivo por su parte.
El gobierno debe velar sobre el remedio de aquellos abusos que hacen más fastidiosa la vida de los hombres por su causa, y debe interponer toda su autoridad a fin de extinguirlos en sus raíces, y el pueblo debe obedecer con reconocimiento sus providencias evitando la más mínima infracción; y sabiendo el gobierno mandar con tino y el pueblo obedecer con amor, ya tenemos el todo de la mejor sociedad y policía.
ECONOMÍA
Que hayamos de dar medio y cuartilla reales por una cajilla de cigarros, pase; están los tiempos apurados y es menester ceder a las circunstancias; que en razón de este gravamen nos den por medio real dos docenas de cigarros, sea por amor de Dios, es preciso que nos conformemos con los tiempos; pero que estos pocos cigarros nos los den empolvados, de modo que sea menester hacer de dos uno (como me ha sucedido y sucederá a muchos todos los días), esto sí que no puede pasar por justo en la misma casa de Pilatos. Una docena de cigarros por medio... ¡Jesús!, que no se ha oído decir ni en cabildo de guajolotes. Pues el hecho es constante, y el gobierno no tiene la culpa de este despilfarro pernicioso. ¿La tendrá el director? ¿La tendrán los cernedores? ¿La tendrán los recontadores? ¿La tendrán los oficiales? Yo no sé quien la tiene; pero sé que no se cumple como se debe en este particular por parte de los que ganan el dinero para ello. Y luego querremos que se persiga el contrabando, pues todo el mundo tiene derecho a buscar lo mejor. Ya que se dan pocos cigarros, que estén buenos, sin el papel podrido, sin el tabaco hecho polvo y con alguna limpieza; y no que muchos mejor no chupan cuando no hallan contrabando que chupar unos cigarros con granzas, pedazos de tizar y hasta piojos, a quienes apellidan correos las torcedoras puercas.
SATISFACCIÓN A LOS AFICIONADOS. A causa de no haberse podido con tiempo dar a la prensa este número, por motivos robustos que no vienen al caso manifestar, sale al público el viernes con la fecha correspondiente al día prevenido.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) túnico. Cf. t. II, núm. 6, nota 3.
(3) rascuacha. Forma femenina de rascuacho, vulgarismo usado en lugar de rascuache: miserable, ruin. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(4) Las de rodeo. Meretrices, ambulantes, clandestinas. Su nombre alude al paseo que hacen las prostitutas a la entrada de la noche. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(5) tracalón. Dícese del que hace trácala, fullería. Cf. Santamaría, Dic. mej.