[NÚMERO 10]
DÉCIMA CONVERSACIÓN DEL PAYO
Y EL SACRISTÁN(1)
SACRISTÁN: ¿Cómo va, compadre?
PAYO: Cada día más triste.
SACRISTÁN: ¿Y por qué?
PAYO: Porque no solamente España, Francia e Inglaterra aún no reconocen nuestra Independencia; pero ni México que es lo más sensible.
SACRISTÁN: ¿Cómo ni México, compadre? ¿Qué está usted hablando?
PAYO: Lo que usted oye. Yo esperaba que antes de ayer, el 27 de éste, hubiera habido una solemnísima función en Catedral, en acción de gracias al Todopoderoso, porque en tal día el año de [1]821 entró triunfante en México el Ejército Nacional, concluida que fue la Independencia, cuya acción de gracias y júbilo general debía ser tanto más extraordinario cuanto lo fueron las circunstancias con que se verificó la entrada en México entre vivas y aclamaciones y sin el costo de una sola gota de sangre.
SACRISTÁN: ¿Y qué, no correspondió el hecho a las esperanzas de usted? ¿No asistió a la misa de gracia? ¿No advirtió el magnífico lujo de la Catedral? ¿No lo sorprendió la magnificencia del paseo? ¿No lo aturdieron las salvas de artillería y los porfiados repiques de campanas? ¿No lo admiró el adorno de las torres y balcones de la ciudad? ¿No se asombró con la adecuada función de teatro (paga doble)? Y por fin, ¿no excitó su alegría el entusiasmo patriótico de todo el vecindario de México? ¡Ah!, sí, usted no saldría de su casa o estaría acalenturado, por eso no se acuerda de lo brillante y majestuoso del día 27; pero todo, todo manifestaba nuestra ilustración, nuestro buen gusto y los santos recuerdos de nuestra gloriosa libertad. La Catedral era un Etna(2) en su iluminación, y el templo ponderado de Salomón podía ser, a lo más, una sacristía comparado con su lujo y riqueza. La música pareció bajada de los cielos. El empavesamiento exterior fue del más exquisito gusto. El paseo semejaba a la entrada de un vencedor romano. El alcalde a quien tocó iba en un gentil caballo, ricamente enjaezado, con el estandarte americano, presidido de la más brillante juventud que ocupaba ricas y generosas caballerías. Y una lucida escolta abría el camino a esta sorprendente comitiva, a la que después de una rumbosa música militar, seguía el excelentísimo Ayuntamiento, cortejado por los jóvenes más ilustres, así de la milicia como del paisanaje, a cual mejor puesto.
Después del pendolero o regidor que llevaba el estandarte nacional, seguían asimismo a caballo todos los tribunales. Iban también los hijos de Minerva, los doctores del claustro de la Universidad(3) con borlas y capelos en famosos caballos. Después la Audiencia, vestida de corte y sin aquellas golillas y trajes góticos que confundían a sus individuos con los escribanos y alguaciles; seguían el honorable Congreso Mexicano con su presidente, y asimismo el general. Cerraban la comitiva los enviados extranjeros y los generales que acompañaban al Supremo Poder Ejecutivo, rodeado de sus alabarderos. Al fin de todo, seguían las tropas y coches de gala.
Ya ve usted, que el paseo fue de lo más lucido. La función de teatro, en lo que toca a las decoraciones y todo lo perteneciente a los actores, estuvo brillante, pero la comedia titulada El severo dictador, en que se alaba la intriga, el capricho, la venganza y la tiranía de un déspota furioso que se escudaba con las leyes, no podía ser más adecuada al objeto de la complacencia general, que era el recuerdo de haber salido de tales tiranos. Últimamente, las continuas salvas y repiques, el cortinaje y adorno de las calles, la iluminación universal de los templos, calles y palacios, la variedad de danzas, músicas y máscaras que se notaron en la Alameda,(4) no dejaba duda del gozo y entusiasmo de que estaban poseídos todos los mexicanos en memoria de la restitución de su libertad que, después de catorce años de sangre y de devastación, consiguieron el 27 de septiembre de [1]821. La función no pudo haber sido más completa, a lo menos Rosita no se quedaría disgustada, y se habrá formado de nosotros, los señores mexicanos, el concepto que merecemos.
PAYO: No he querido interrumpir a usted compadre, porque tenga el gusto de contar sus sueños festivos, como yo los míos tristes. Así debía solemnizarse en México el 27 de septiembre, como usted lo dice: pero ni valor tengo para detallar lo insulso y desairado de la función. En Catedral, apenas sacaron los señores canónigos sus trapitos al sol, digo, que apenas pusieron en las torres cuatro banderitas viejas, pero ni asientos para el Estado Mayor y oficialidad, que al verse tan desairada, tuvo que salirse al cementerio durante la misa. Bien, que es mejor que no pongan bancas, que no que las pongan peladas y tan llenas de polvo, que ha habido función nacional en que han estado tan empolvadas que algunos señores han escrito en ellas con el dedo estas palabras: así se porta el Cabildo Eclesiástico, porque lo sufre la autoridad civil. Pero del Cabildo Eclesiástico nada me hace fuerza. No puede ser republicano aunque lo jure. ¡Bien haya el señor prebendado Mendiola, que más bien no quiso jurar, que jurar en falso! No me hace fuerza que los canónigos estén tan desmayados en estas funciones. Nuestra República tiene muchos picos que es necesario recortarle, y mientras no, bien podrá llamarse república-monárquica, aristo-democrática-moderada. En estos picos entran los condes y los marqueses y monseñores los canónigos; y así es fuerza que no vean de buen ojo la República como debe ser.
El 27 de septiembre debía solemnizarse por los mexicanos incomparablemente con más brillantez que la que con que festejaban los españoles el 13 de agosto. Usted se acuerda qué función tan clásica era ésta en aquellos días, ¡qué paseo!, ¡qué lujo!, ¡qué saraos!, ¡qué función de iglesia, y qué todo! Dos días nos ponían a la vista en un balcón de las casas de Cabildo entre alabarderos o soldados al señor don Pendón, esto es, a la señal de nuestra esclavitud. El pueblo lo miraba con respeto. Ocho o quince días se representaba sin cesar la comedia de la Conquista de México. La gente se atropellaba para verla, y al desarrollarse en el vuelo el muchacho que hacía a Santiago, el mismo pueblo ignorante y fanático se moría de gusto y celebraba a palmotazos la odiosa representación de la sangrienta conquista de sus padres, de ellos y de sus hijos venideros, y cuando el Santiago gritaba: A ellos, a ellos, Cortés valeroso, entonces este sencillo pueblo reventaba en aplausos de sus tiranos. En el día, si no los celebraba, tampoco tiene lugar de aplaudir a los restauradores de su libertad.
No sé por qué el excelentísimo Ayuntamiento y la Nacional Universidad no han señalado unos premios para el autor que haga la mejor pieza para el teatro que represente las épocas felices de nuestra Independencia y libertad. Somos materiales; por los sentidos recibimos las mejores impresiones. El teatro es el lugar más a propósito para ilustrar al pueblo y para inspirarle las virtudes civiles y sociales. Si los españoles supieron aprovecharse de él en términos de entusiasmar al pueblo contra sí mismo y hacer que celebrara su esclavitud, ¿por qué nosotros no nos valemos del mismo teatro para hacerle ver la felicidad que disfrutamos con ser libres, excitándolo a conservar esta libertad?
SACRISTÁN: Pero, compadre, esto interesa a todos y no hay necesidad de esos premios. El escritor que quiera, bien puede hacer su ensayo y presentarlo al teatro.
PAYO: Usted se equivoca, compadre. El interés es el móvil, es el resorte porque se mueve el hombre: donde falta el premio, cesa el trabajo. ¿Y qué diremos, si sobre no haber un premio señalado para este trabajo, hay inconvenientes que vencer, aun para trabajar de balde?
SACRISTÁN: ¡Oh!, eso es mucho.
PAYO: Pues me consta que El Pensador hizo en un día una cosa como comedia, bien cortita, en dos actos, titulada El grito de la libertad en el pueblo de Dolores(5)con el objeto de que se representara el 16 de éste.
SACRISTÁN: ¿Y qué sucedió?
PAYO: Que la presentó a la autoridad correspondiente, ésta pasó dicha pieza a los censores para su revisión hace más de veinte y cinco días, y ésta es la hora en que no dicen si es buena o mala.
SACRISTÁN: Compadre, usted me escandaliza. En veinte y cinco días soy capaz de examinar todas las comedias de Calderón y eso que soy un pobre sacristán.
PAYO: Pues así sucedió, y ahora por lo que toca a El Pensador masque no la aprueben.
SACRISTÁN: ¿Por qué?
PAYO: Porque ya no quiere que se represente, porque era un mamarracho, incapaz de presentarse a este ilustrado público, y sólo pudiera haber pasado ese día 16, por su celebridad y por la disculpa de la premura del tiempo con que la hizo; pero hoy que no vale esa disculpa, ni es el 16 de septiembre, tal vez se expondría a un desaire del público.
SACRISTÁN: Es muy buen pensamiento; pero si conforme es un mamarracho hubiera sido una pieza acabada que le hubiera costado mil desvelos, era mano de darse a Barrabás con la morosidad de los censores.
PAYO: Todo eso me entristece, compadre, y me parece como que ni nosotros mismos queremos reconocer la Independencia, según la tibieza que se nota en las funciones públicas. Ahora van a seguir las elecciones de nuevos diputados. Dios ilumine al pueblo para que los elija como deben ser.
SACRISTÁN: El caso es que eligiera el pueblo.
PAYO: Ésa es otra, ¿pues no son las elecciones populares?
SACRISTÁN: No señor, son particulares, el pueblo no tiene parte en ellas.
PAYO: No lo creo.
SACRISTÁN: El que usted no lo crea no importa nada. El que sea como lo digo es lo sensible. Oiga usted cómo se hacen las elecciones y verá qué parte tiene en ellas el pueblo. Se juntan varios individuos, que bien podemos llamarloselectores primarios, porque son los primeros que eligen. Estas juntas se hacen aquí y allí y más allá y, a veces, en el Portal. Se habla sobre electores, se eligen los amigos, aquellos que son del mismo parecer y los que elegirán para diputados a los que desean; los señalan, y ¿qué se hace para que salgan electos? Se imprimen una multitud de listitas que dicen: individuos que pueden elegirse para electores primarios en la parroquia tal o tal. Se reparten desde la víspera las dichas cedulitas entre los amigos más a propósito para que las esparramen en el público. Éstos lo hacen dándolas a cuantos topan, diciéndoles: Vea usted, éstos son los mejores que tenemos para electores. Son muy liberales, muy hombres de bien, muy patriotas, etcétera. Así seducen a los que pueden. El día de las elecciones se colocan en sus puntos de atalaya en las inmediaciones de los lugares en donde se hacen, y desde allí envían sus listas, dándoselas al cochero, al cargador y a cuantos pueden, el caso es que en la mesa aparezcan multitud de listas. Precisamente salen electos los que ellos mismos eligieron. ¿Este modo de elegir se podrá llamar popular?
PAYO: Seguramente no.
SACRISTÁN: Pues vea usted ahí el modete con que se hacen nuestras primeras elecciones. Esto es muy público; todos lo ven, las listitas andan en todas manos, a mí me han dado puñados de ellas para que les reparta.
PAYO: Ésa es una superchería digna de ponerse en conocimiento del gobierno para que la remedie; pues así las elecciones son nulas y puede prevenirse fácilmente una facción contra la patria.
SACRISTÁN: ¿Y usted, qué remedio pusiera?
PAYO: Yo no entiendo sino de aparejar mulas y ordeñar vacas; pero oiga usted mi parecer. Dos días antes de las elecciones, había de fijar en todas partes, en todos los barrios y albarradas, unos rotulones con letras gordas que dijeran sólo esto:
CIUDADANOS
"Tal día se van a celebrar en vuestras parroquias las elecciones que vosotros debéis hacer de los primeros electores, esto es, de los que han de elegir vuestros diputados. Consultad entre vosotros mismos los individuos que merezcan más vuestra confianza, sin atender ni al dinero ni al puesto que ocupen, sino únicamente a su virtud, y elegidlos en persona, pues de esto depende la felicidad general; entendiéndose que la votación será precisamente individual y vocal, y no se admitirá por apoderados, ni menos por cédulas escritas o impresas."
Esto sólo haría, y creo que contendría las intrigas y serían las elecciones más libres, populares y legales.
SACRISTÁN: Eso haría usted. Quiera Dios que el gobierno lo haga. Hasta el sábado.
México, 29 de septiembre de 1824.
El Pensador
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.
(2) Etna. Volcán de la isla de Sicilia. Su actividad ha sido constante desde la antigüedad. Tucídides mencionó sus erupciones. También se ha llamado Mongibello. Durante la Edad Antigua se pensaba que Vulcano tenía su fragua en él.
(3) Universidad. Cf. nota 5 al núm. 1 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(4) Alameda. Cf. nota 12 al núm. 1 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.
(5) El grito de la libertad en el pueblo de Dolores. México, Oficina de Ontiveros, 1825.