[NÚMERO 1]
¿QUÉ BIENES NOS HAN VENIDO CON LA MUERTE
DE ITURBIDE?(1)
Diálogo entre un Payo y un Sacristán
PAYO: Conque, ¿cómo le va, compadre sacristán?, ¿cómo l'ido?, (2) ¿con que ya volvió de México? ¡Válgame Dios!
SACRISTÁN: Bien, compadre, y a usted, ¿cómo le ha ido por acá?, ¿cómo está mi comadre?, ¿cómo están los niños?
PAYO: Tan gordos compadre; pero dígame, ¿todavía está México como siempre?
SACRISTÁN: Sí, compadre.
PAYO: ¿Es posible? ¿Conque la Catredá(3) está donde siempre?
SACRISTÁN: ¿Pues quién la ha de quitar de allí, compadre?
PAYO: Es que me dicen que todo México está volteado de arriba [a]bajo; que el Palacio está que ni quien lo entienda; que de una secretaría se han hecho cuatro; que son los negocios tantos, que ni esas cuatro pueden dar a basto; que hay negocios que se están en los acuerdos meses y meses, que los cuerpos de guardias se han vuelto pasadizos, y las cocinas oficinas; que la Inquisición(4) se ha vuelto escuela, cárcel y Congreso; que la Cruz de los Talabarteros la llevaron quién sabe dónde; que la Universidad(5) se ha hecho caballeriza real; que Mixcalco(6) se ha pasado a la Plazuela de la Paja;(7) que los muladares de San Lázaro(8) los han puesto en la Plaza Mayor,(9) cementerio de Catedrá y Callejón de Tabaqueros;(10) que la Plaza del Caballito(11) la han puesto en la Alameda;(12) y en fin, tanto me dicen, que no entiendo cómo estará aquello. Ya usted sabe, compadre, que como nosotros los de juera no sabemos nada, nos atarantan los pasajeros con lo que nos cuentan.
SACRISTÁN: Pues no se atarante usted, compadre. Todo está como siempre; lo que tiene es que algún tunante le ha contado a usted eso para aturdirlo.
PAYO: Así es, compadre. ¿Sabe quién me lo contó?, el sobrino del señor cura, Miguelito, que vino a curarse el otro día.
SACRISTÁN: ¡Vea usted, quién! ¡Miguel! Sobre que muchacho más embustero y malicioso que ése no lo tienen todos los curas del mundo. Compadre, todo está como siempre, aunque se han variado algunas cosas; pero es preciso, porque cuando se varían las cosas esenciales de un sistema de gobierno, es fuerza que se varíen las accesorias...
PAYO: No, las accesorias no dice Miguelito que se han mudado; antes me comentó varias del Callejón del Espíritu Santo,(13) Calle de Venero,(14) Callejón de Belemitas(15) y otras; y dice que están donde siempre, aunque se mudan todos los días los inquilinos.
SACRISTÁN: ¡Que cándido es usted, compadre!
PAYO: Pero dígame, ¿izque el padre Sartorio(16) todavía trae bordada en el manteo la cruz de la Orden Imperial de Guadalupe?(17)
SACRISTÁN: Sí, compadre; pero, ¿por qué me lo pregunta usted?
PAYO: Porque el diablo de Miguel se lo contó a mi compadre el señor cura, y entre los dos armaron una risa, que hasta yo me escandalicé.
SACRISTÁN: Pues usted no tuvo razón para escandalizarse.
PAYO: ¿Cómo no? ¿Pues eso no es hacer burla de un señor sacerdote?
SACRISTÁN: No, compadre; es reírse de su sencillez, no de su persona.
PAYO: Yo, la verdad, lo sentí, porque quiero al padre Sartorio.
SACRISTÁN: Y tiene usted razón, pues sus talentos y virtudes lo hacen apreciable a todo hombre de bien.
PAYO: Pues si usted conoce que es un sujeto de mérito, ¿a qué vino la risa del colegial y su tío?
SACRISTÁN: Ellos se rieron, compadre, de la sencillez con que este buen señor se presenta en público, muy ufano con este dije que ya no anda en el día.
PAYO: ¡Con que ya no anda la Santa Cruz! Agora(18) sí que creo lo que dice el padre fray Antonio Motolinia, que esta maldita Independencia va a acabar con la religión.
SACRISTÁN: ¿Y quién es ese padre Motolinia.
PAYO: Ese padre leguito que suele venir de demandante.
SACRISTÁN: ¡Válgate Dios por santos legos, y cómo tratan de descomponernos el cotarro! No crea usted nada de eso compadre. La Independencia nada tiene que ver con la religión, el gobierno debe protegerla y cortar por el pie todos los abusos que se han introducido y se sostienen a sombra de la misma religión.
PAYO: Es que como usted dijo que la cruz del padre Sartorio es un dije que no anda, yo pensé que había venido otra moda y que ya no se usaba la cruz, y que por eso se reían del que la usaba, como se ríen del que usa birrete.
SACRISTÁN: Pues no, compadre, la Santa Cruz está en la misma veneración que siempre; la crítica recae sobre el modo de usarla. Dígame usted, ¿saldrá usted mañana con una cruz de paño encarnado, cosida en la manga?(a)
PAYO: No, compadre.
SACRISTÁN: ¿Y por qué?
PAYO: Porque me harán burla.
SACRISTÁN: ¿Ve usted cómo conoce que la burla sería a usted y no a la santa Cruz? ¿Y conoce que la burla sería por presentarse con esa santa insignia en el lugar que no le corresponde? Pues lo mismo sucede en nuestro caso. El señor Sartorio ni ninguno debe usar esa Cruz de Guadalupe, no por cruz, sino porque recuerda los premios y costumbres imperiales que ya prescribieron con el sistema republicano. Y así como sería una ridiculez y un insulto presentarse con la Cruz de Carlos III o de Isabel la Católica, así lo es ni más ni menos presentarse con la Cruz de Guadalupe. Si el traer las primeras indicaría adhesión al gobierno monárquico de los Borbones, el ponerse la segunda, indica algún afecto al sistema imperial de Iturbide. No digo que tal afecto esconde la cruz del señor Sartorio, pues lo conocemos de tiempo ha muy buen americano; pero los que no lo conocen ni lo han tratado, pueden pensarlo así, y esto no le hará ningún honor. Yo, por la amistad que le profeso, le aconsejaría que no la volviera a usar, para que no se riera Miguelito.
PAYO: Quién sabe como está eso, compadre; pero lo de la cruz de la manga sí lo entendí bien. Sólo una cosa me hace fuerza, y es, que si es malo traer la Cruz de Carlos III y la de Guadalupe porque recuerdan los reinados de los Borbones y el de Iturbide,(19) también será malo traer las monedas de Fernando VII y las de Agustín I; y aun éstas los recuerdan mejor por aquello de Hispaniarum et Indiarum rex, y lo de Augustinus divina providentia imperator mexicanus. ¿Por qué no se ríe nadie de los que usan esas monedas, y se ha de criticar al padre Sartorio?
SACRISTÁN: Por dos razones: porque esas monedas corren por necesidad, mientras se concluyen los troqueles que han de sellar la moneda general, que pronto correrá; y porque es su uso, por ahora, general y necesario, y como ni es necesario ni general el uso de la Cruz de Guadalupe, se sigue que se particulariza y se pone en ridículo el que la usa.
PAYO: Agora sí, no tengo qué decir. ¡Bien haiga usted, compadre, tan talentudo! Y dígame, ¿será verdá que mataron al señor Iturbide en Soto la Marina?
SACRISTÁN: No, compadre.
PAYO: Bien me lo pensaba yo. ¡Pobrecito señor y cuán mal le desean! Mi compadre el señor cura me porfiaba que sí; pero agora lo iremos a desmentir.
SACRISTÁN: Yo no haré tal.
PAYO: ¿Por qué?
SACRISTÁN: Porque no miente
PAYO: ¿Pues no dice usted que no han matado al señor Iturbide?}
SACRISTÁN: Lo que digo a usted es que no lo mataron en Soto la Marina,(20) que fue lo que usted me preguntó. Donde lo fusilaron fue en la Villa de Padilla,(21) seis leguas más acá de Soto la Marina.
PAYO: ¿Conque lo fusilaron?
SACRISTÁN: No hay remedio.
PAYO: ¡Válgame Dios!, lo que se está mirando. ¿Y por qué, compadre?
SACRISTÁN: Porque así lo determinó el Congreso de los Tamaulipas.
PAYO: Pero esos tamalitos(22) o como se llaman, ¿por qué no respetaron al señor Iturbide? ¿No sabían que hizo la Independencia?, ¿que era nuestro emperador?, ¿que lo juramos todo el mundo?, ¿que lo consagraron en México los señores obispos con el santo olio, así como se consagran a los señores sacerdotes, y que su persona era sagrada e inviolable, como lo decía el Plan de Casa Mata?(23) ¿Pues cómo luego luego que vino a su tierra, zas, vamos matándolo? ¿Por qué?
SACRISTÁN: No más por eso, compadre, porque vino. Se hubiera estado por allá, y nada le hubiera sucedido.
PAYO: ¿Pero qué es un delito venir uno a su tierra?
SACRISTÁN: En las circunstancias en que vino y con los fines que vino, sí lo es, y atroz.
PAYO: ¿Pues a qué venía?
SACRISTÁN: A revolvernos, a trastornar nuestro gobierno y a ver si podía volver a reinar.
PAYO: Pero ¿eso es tan malo?
SACRISTÁN: ¡Friolera!
PAYO: Ya se ve que sí. No hay cosa como una tierra donde haiga rey. Yo me acuerdo que en tiempo de los virreyes, y aún agora en el tiempo del señor Iturbide, estaba México hecho una gloria un día de gala. ¡Qué vestidos!, ¡qué cruces!, ¡qué bandas!, ¡qué bordados!, ¡qué plumas!, ¡qué coches!; hasta los lacayos parecían caballeros, y no ora que me dicen que los más decentes parecen músicos de Catedrá o beatos de San Francisco.(24)
SACRISTÁN: Ésa es la moderación e igualdad republicana. Eso que usted admira se llama lujo, y consiste en una decencia desenfrenada que ofende a la mediocridad e insulta a la miseria, después que los medianos y los pobres hacen el costo de esas galas.
PAYO: ¿Pues qué no las hacían los señores con su dinero?
SACRISTÁN: No, Compadre. Las cortes de los reyes se sostienen con ese esplendor a cuenta de las enormes gabelas y tributos que gravitan sobre el estado medio y el ínfimo.
PAYO: Yo no entiendo eso, pero dígame usted, ¿qué bienes nos han venido con la muerte de Iturbide?
SACRISTÁN: Yo se lo diré a usted; mas dígame primero, ¿lo quería usted mucho?
PAYO: Sí, compadre, y peor mi mujer, sobre que se moría por él de verlo tan buen mozo y tan plantado.
SACRISTÁN: ¿Y hubiera usted querido que hubiera vuelto a ser emperador?
PAYO: La verdá sí, compadre: a lo menos él defendía nuestra santa religión y en su tiempo las cruces eran moda, y no agora que ya no anda, como dice usted.
SACRISTÁN: Y si el Congreso no quisiera que reinara y enviara tropas a hacerle la guerra, usted de parte de quién se hubiera puesto, ¿de parte de Iturbide o del Congreso?
PAYO: Yo, de parte de Iturbide.
SACRISTÁN: ¿Y hubiera usted tomado las armas?
PAYO: Pero corriendo.
SACRISTÁN: ¿Y si mataban a usted en la campaña?
PAYO: Mas qué; a bien que moría por mi ley y por mi rey.
SACRISTÁN: Pues vea usted: el que usted no muera ni otros infelices como usted, es uno de los bienes que nos ha traído la muerte de Iturbide. Lo mismo que usted, piensan muchos, y hubieran tomado las armas contra su patria con la misma sencillez y buena fe con que usted lo acaba de decir; y usted, y otros como usted, creyendo hacer un servicio a Iturbide y a la religión, se hubieran sacrificado y nos hubieran envuelto en una guerra más sangrienta que la pasada. Sí, compadre, nos hubiéramos hecho pedazos, y cuando ya estuviéramos bien desangraditos, vendrían los españoles y nos almorzarían, perdiéndose todos los trabajos de doce años, y los que usted pasó de insurgente, y quedando la patria esclava para siempre de los españoles.
PAYO: Eso sí que no, compadre, como los gachupines no nos manden, mas que haigan fusilado a Iturbide. Lo peor es lo peor, ¡qué hemos de hacer!
SACRISTÁN: Compadre, ya me he estado con usted mucho tiempo. Hasta luego.
PAYO: Cuando quiera, compadre.
México, 28 de agosto de 1824.
El Pensador
El miércoles saldrá el segundo número de este diálogo.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros. El tomo I de las Conversaciones del Payo y el Sacristán consta de veinticinco números (227 páginas) en 4º. Cada número con su propia numeración y fecha. La mayoría tiene ocho páginas salvo los números siete, quince y veinticuatro que son de dieciséis y quince respectivamente. El primer número apareció el 28 de agosto de 1824. Hasta el quince, los números de este primer periódico vieron la luz con cierta regularidad (cada tres o cuatro días), a partir del quince no existe ninguna regularidad: median de tres a diez días entre cada número. Los dos primeros llevan título y subtítulo.
(2) l'ido. Barbarismo por le ha ido.
(3) Catredá. En este número el Payo emplea muchos barbarismos. A partir del número 2, Fernández de Lizardi cambió los giros del lenguaje que asigna a este personaje.
(4) Inquisición. Se refiere al edificio que había ocupado el Tribunal de su nombre, situado en la esquina de la Perpetua (hoy primera de Venezuela) y Santo Domingo. "Ha servido en diversas épocas para la lotería, para cuartel, para las Cámaras del Congreso; fue Palacio del Estado de México cuando tuvo la ciudad por capital; sirvió para que se estableciera la primera escuela lancasteriana, intitulada el 'Sol'. Vendida por el gobierno del Arzobispo Posadas, sirvió de morada a los alumnos del Colegio Seminario desde 1850 hasta 1853..." Finalmente fue el colegio de medicina. Cf.Artemio del Valle-Arizpe, Historia de la Ciudad de México según los relatos de sus cronistas, cuarta edición corregida, aumentada y con ilustraciones, México, Pedro Robredo, 1946, pp. 296 a 297. También véase Francisco de la Maza, El Palacio de la Inquisición, ediciones del IV Centenario de la Universidad, UNAM, México, 1951.
(5) Universidad. Fue nacional en 1811, imperial en 1822 y nuevamente nacional de 1823 a 1833, año en que se suprimió para la nueva estructuración educativa nacional. Se fundó en la casa que hacía esquina en las calles de Moneda y Seminario; posteriormente fue transferida a Escalerillas, hoy primera de Guatemala, después, al actual Monte de Piedad; tiempo después pasó al edifico que ocupó los solares al sur del Palacio de los Virreyes. También estuvo en un edificio enfrente, calle de por medio, es decir, su fachada miraba hacia lo que hoy es fachada posterior de la Suprema Corte de Justicia. Estaba, pues, en una calle entre Venustiano Carranza y Corregidora (antes Porta Coeli y la Acequia). También estuvo en San Ildefonso. La alusión irónica que hace Fernández de Lizardi se refiere a las disputas entre conservadores y liberales sobre la reforma educativa. Al respecto José María Luis Mora dice: " 'Desde los primeros días de la Independencia, se empezaron a advertir tendencias bien demarcadas a la reforma de la educación científica y literaria: pero estas tendencias lejos de emanar de la generalidad, como sucedía en la educación primaria, no eran ni aun de la mayoría, que preocupada por el espíritu de vitrina, tan propio de la pereza y desconfianza característica a los españoles, no conocía ni deseaba adelantos capaces de cambiar la marcha establecida. La minoría era la que deseaba y promovía débilmente estos cambios, de los cuales tampoco se tenía por entonces una idea precisa en orden a su naturaleza y resultados. Los primeros ensayos que en esto se hicieron fueron parciales y de importancia muy secundaria. Una imperfectísima enseñanza de derecho público constitucional en los colegios y universidades; un curso de economía política hecho por el doctor Mora o sus discípulos en el colegio de San Ildefonso y la variación del traje talar de los estudiantes, promovida por él mismo, fue todo lo que se hizo bajo el gobierno del general Iturbide. El clero se declaró abierta y animosamente contra estos cambios, y por aquí empezó su resistencia al conjunto de medidas y principios emanadas de ellos, que constituyen el programa del progreso: Iturbide supo, sin embargo, mantener lo que se había hecho, y en todo esto manifestó más cordura que sus censores que no acertaron a conservarlo. A la caída del imperio, el ministro universal don José Ignacio García Ylluesca comisionó un plan de reforma del colegio de San Ildefonso, que sirviese de modelo para el nuevo arreglo de todos los establecimientos de igual naturaleza existentes en la República, Mora había trabajado algo sobre la materia desde que recibió igual comisión de la Junta Provisional de Gobierno en los primeros días de la Independencia; y el plan que presentó, aunque menos malo que lo que existía, era todavía imperfectísimo.'" [José María Luis Mora, Exposición que se publica en sus Obras sueltas, t. I, año de 1837]. En 1823 otra comisión formada por los ministros Lucas Alamán y Pablo de la Llave formuló un nuevo Plan General de Estudios, parecido al aprobado por las Cortes de España. Cf. Julio Jiménez Rueda, Historia jurídica de la Universidad de México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1995. Ediciones del IV Centenario de la Universidad Nacional, vol. XVI, cap. III "La Universidad de México en el siglo XIX".
(6) Mixcalco. La rodeaban: al norte, calle Mixcalco; al sur, Avenida República de Guatemala, al este, calle Vidal Alcocer, y al oeste, la prolongación del Callejón Mixcalco.
(7) Plazuela de la Paja. Era parte de la manzana comprendida entre las avenidas de la República del Salvador y José María Pino Suárez.
(9) Plaza Mayor. Hoy Plaza de la Constitución; desde el siglo pasado se la conoce como Zócalo, por el zócalo o basamento de un monumento a la Independencia que estaba en el centro de la plaza.
(10) Callejón de Tabaqueros. Se abrió entre las casas del Colegio de Portacoeli y el Convento de las Recogidas "para obviar y atajar 'la indecencia que podría presentar en estar contiguos pared en medio los dichos colegio y monasterio'. Y aquí tiene usted el origen del Callejón de Tabaqueros, el que, probablemente, se llamó en el siglo XVII, de las Recogidas, más tarde de Balvarena y por último, el que conserva hasta nuestros días, pudiéndose llamar, con más propiedad, de Tabaqueras, toda vez que eran mujeres las que trabajan en él." Cf. Nicolás Rangel, "Colegio de Portacoeli y Callejón de Tabaqueros" en Luis González Obregón, Las calles de México,II: Costumbres de otros tiempos. México, Imprenta de Manuel Sánchez, 1927, p. 265.
(11) Plaza del Caballito. Donde estaba la estatua de Carlos IV. La atraviesan y desembocan en ella: Avenida Juárez, Bucareli y Paseo de la Reforma.
(12) Alameda. Las calles que la rodeaban recibían el nombre de San Juan de Dios y Santa Veracruz, hoy Avenida Hidalgo; Corpus Christi, actualmente parte de la Avenida Juárez; calle del Mirador, ubicada hacia donde estuvo la pérgola de la Alameda, y la de San Diego. Actualmente la rodean: Avenida Hidalgo, Avenida Juárez, Ángela Peralta y Doctor Mora.
(13) Callejón del Espíritu Santo. Ahora Motolinía.
(14) Calle de Venero. Hoy cuarta de Mesones.
(15) Callejón de Belemitas. Posiblemente error tipográfico por Betlemitas, hoy Filomeno Mata.
(16) José Manuel Sartorio (1746-1829). Sacerdote y escritor mexicano. En el gobierno virreinal, censor de libros y periódicos. En la Independencia fue vocal de la Junta Provisional Gubernativa. Su obra es Poesías sagradas y profanas, edición póstuma de 1832.
(17) Cruz de la Orden Imperial de Guadalupe. Durante el Imperio, Iturbide creó la citada Orden, restaurada después por Santa-Anna y finalmente por Maximiliano. La cruz era un distintivo de la Orden. Su ilustración la tenemos en México a través de los siglos, t. IV, cap. VIII. La Orden estaba destinada a premiar el mérito militar, los servicios dados a la patria en lo civil y eclesiástico. Los que pertenecían a ella se dividían en caballeros de grandes cruces, sólo cincuenta; caballeros de número, cien, y supernumerarios que el gran maestre —el que fuese emperador— podía nombrar a voluntad y sin limitación. A los de grandes cruces se les dio el tratamiento de excelencia y toda suerte de privilegios; los caballeros de número se tenían como títulos del Imperio, y los supernumerarios, por caballeros nobles.
(18) agora. Barbarismo, aún en uso, por ahora.
(a) Aquí todos saben que las mangas de los payos son unos como gabanes muy grandes.
(19) Iturbide. Cf. Nota 2 al núm. 1 de El Amigo de la Paz y de la Patria.
(20) Soto la Marina. Municipalidad del estado de Tamaulipas.
(21) Villa de Padilla. Municipalidad del Distrito del Centro, estado de Tamaulipas. En esta población, fundada el 6 de enero de 1749 por la caravana expedicionaria de José de Escandón, fue fusilado Agustín de Iturbide, a las seis de la tarde del 19 de julio de 1824. En esa época Padilla era capital de Tamaulipas, y allí funcionaba la legislatura del Estado. Iturbide había desembarcado el 16 de julio en Soto la Marina, fue encontrado por el brigadier Felipe de la Garza, quien lo aprehendió y le notificó que estaba declarado "fuera de la ley" por el Congreso Nacional. De la Garza lo llevó al Congreso, el que decidió su ejecución.
(22) tamalitos. Masa de maíz con manteca envuelta con hoja de plátano o de maíz con carne adentro. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(23) Plan de Casa Mata. El pronunciamiento del general Antonio López de Santa-Anna es conocido con el nombre de Plan de Casa Mata. Este levantamiento tuvo por resultado la caída de Iturbide. Uno de los principales artículos del Plan era la reinstalación del Congreso.
(24) beatos de San Francisco. Alude a quienes por devoción, promesa u otras razones, usaban vestirse a imitación del sencillo hábito de los frailes franciscanos.