[NÚMERO 1]
PROSPECTO DEL PERIÓDICO Y ADVERTENCIAS
A LOS LECTORES(1)
Jueves 2 de septiembre de 1813
Corrompida la naturaleza humana por el pecado del primer hombre, quedó heredera legítima del error. Si se da una ojeada a los siglos que pasaron, no se verá en todo el mundo sino la prueba de esta verdad.
Envueltos siempre los mortales en un caos tenebroso de dudas, han corrido tras del error unos en pos de otros, en todas las edades. La ignorancia ha sido su divisa permanente, y han errado mil ocasiones para dar una vez con el acierto, y aun éste se ha quedado en opiniones.
No ha habido disparate que no hayan abonado ni verdad que no haya tenido oposiciones. Casi generalmente han confundido la luz con las tinieblas, logrando éstas la preferencia sobre aquélla.
La historia nos presenta una serie no interrumpida de los más groseros desatinos admitidos como los fundamentos más seguros de religión y de política.
En Egipto adoraban los perros, lobos, gatos, etcétera. Cualquiera que matara uno de estos animales tenía pena de la vida. El principal irracional celebrado era el buey Apis. Cuando éste moría, había luto general y se le hacían sus exequias con la mayor magnificencia. No contentos con esto, adoraron los ajos, las cebollas y otras mil yerbas y legumbres, por lo que decía Juvenal que eran unas gentes dichosas y bienaventuradas, pues les nacían los dioses en sus huertas.
Las mujeres en Babilonia estaban autorizadas por la ley y obligadas por la religión a prostituirse públicamente en la fiesta de Militta y convertir el templo de Venus en un asqueroso lupanar.
Entre los persas era común la poligamia, y a más de tener cuantas mujeres querían y cometer en este punto cuantas infamias se pueden concebir con ultraje de la naturaleza, no hacían el menor escrúpulo de mezclarse en los incestos más abominables. Era común el de los hermanos y hermanas, y nada escandaloso el de padres con hijas.
Los espartanos mataban a todos los muchachos que nacían enfermizos, y para acostumbrar a los sanos al trabajo y a la fortaleza los despedazaban a azotes en el altar de Diana, sin permitirles exhalar una queja. Muchas veces morían en esta rigorosa prueba, y sus padres y madres eran testigos alegres de una escena tan inhumana.
Entre los lacedemonios se desterraron todas las ciencias y artes por ley de Licurgo.
Los griegos y los romanos generalmente obscurecieron la belleza de sus leyes, mezclando en éstas la crueldad y la disolución. Sus mismos espectáculos de diversión eran unos sangrientos asesinatos. Tuvieron como ridículo hacer escrúpulo del adulterio, y establecieron una ley en que, reputada la mujer como alhaja más del gusto que del honor, se constituyó digna del mutuo.
Los lapones dinamarqueses tienen un gato negro a quien consultan sus secretos.
En la Isla Formosa no se permite parir a ninguna mujer antes de los treinta y cinco años, aunque le es lícito casarse anticipadamente. Si se hacen embarazadas antes del tiempo prefinido, las sacerdotisas las pisan el vientre para hacerlas abortar, pues se tiene por infamia parir un niño antes de aquella edad. Hay mujeres que han abortado quince veces.
En algunos pueblos del África y del Asia, luego que nacen las niñas las cosen con hilo de amianto las partes naturales, y no dejando más espacio libre de esta infabulación que el necesario para las inexcusables evacuaciones. Con esta continua adherencia se une la carne, de modo que cuando llega el caso de destinarlas al varón es menester hacerlas sufrir una incisión muy dolorosa.
En otras partes pasan solamente un anillo en el mismo lugar, con la diferencia que el de las doncellas es de una pieza y el de las no vírgenes tiene un candado cuya llave guarda el marido.
Entre los alemanes fue permitido el robo, lo mismo que entre los egipcios, espartanos, celtas y germanos.
Entre los franceses hubo tiempo en que era costumbre enterrar los cadáveres con sus alhajas, lo mismo que entre los etíopes, egipcios, babilonios y romanos.
Pero ¿qué tenemos que amontonar errores sobre errores para comprobación de una verdad que no la necesita? Siempre han tenido en el mundo un lugar muy distinguido el fanatismo de los hombres.
Hoy mismo entre nosotros, en el Siglo que se llama de las Luces, no podemos menos sino advertir y confesar de buena fe que estamos empapados en mil preocupaciones y absurdos.
Por más que el amor propio se resienta, es necesario ceder a una verdad terrible, pero innegable.
Siendo así ¿quién será tan estúpido que reciba mal un papel que no tiene otro objeto que ilustrar de algún modo al pobre vulgo, desarraigar de él algunos de los muchos errores que lo vician y hacer a su autor, por este medio, útil a sus semejantes en la época que vive? Creeré que ninguno.
Pues éste es el principio que ha dirigido mi pluma cuando ha escrito; mis producciones son los garantes más seguros de esta verdad, y este mismo objeto que me propongo ahora que emprendo la continuación al periódico titulado El Pensador Mexicano, y ved aquí, en dos palabras, todo el prospecto de la presente obrilla.
Bien conozco que a pesar de todo lo dicho, no dejará de llevar sus mordiscones de cuando en cuando. Para todo hay gente en esta vida. El que se dedica a escribir al público, y más si trata de rebatir errores añejos, está expuesto a ser aplaudido o silbado lo mismo que el cómico en las tablas, el toreador en la plaza y el volantín en la maroma, y como sucede a estos pobres, tal vez por el mirón más zonzo y para nada.
Ni pudiera yo querer que mis tareas merecieren una general aceptación nemine discrepante, viendo que las obras maestras han tenido siempre que luchar con la emulación o con la crítica.
Esto fuera una soberbia necedad de la que estoy muy lejos le hacer gala.
Forzoso es que todo escritor tenga sus antagonistas, porque como hay tanta diferencia en los gustos y tanta variedad en las opiniones, unos piensan de ésta y otros de aquella manera; a uno le agrada lo que a aquél no le acomoda: de ahí es que se imposibilita el que una obra sepa bien a todos los paladares.
Los más autores tienen esta verdad bien conocida; pero el padre Francisco Xavier Lozano(2) en su poema titulado: "Recuerdo de las eternas verdades", sobre aquellas palabras de san Agustín: Utile est plures libros ad pluribus fieri diverso stylo etiam de quaestionibus eisdem ut ad plurimos res ipsa perveniat, ad alios sic, ad alios autem sic, que es decir, que es útil escribir una misma cosa en estilos diversos para que aproveche a muchos, porque unos tienen el gusto así y otros de la otra manera; este sabio, digo, con este conocimiento, escribió en el libro citado, muy a propósito, el siguiente
SONETO
Por más que lo investigo, yo no sé
si en todo el mundo universal habrá
un ingenio, a manera del maná,
que a todo paladar gusto le dé.
Cuando se imprime un libro, advierto que,
apenas a la luz expuesto está,
uno su aprobación luego le da
y otro lo tilda luego que lo ve.
¡Oh!, cuántas veces, preguntando yo
si es útil un escrito, oigo que sí
a tal doctor, y a tal doctor que no;
éste así, y así aquél; y así de mí
el uno hablará en contra y otro en pro,
que así va el mundo, y todos van así.
Conque si así va el mundo, no tengo que esperar una general aprobación, ni que espantarme por la censura de la crítica, ni por el zumbido de la envidia.
Bástame saber que nací con la obligación de ser útil a mi patria en lo que pueda. Que el tal cual talento que Dios me ha dado no debo enterrarlo, sino emplearlo en beneficio de mis semejantes. El que tenga cinco, lucre con ellos enhorabuena al mismo fin; pero el que tenga uno, haga lo mismo, porque somos deudores de las luces que se nos han repartido a los sabios y a los ignorantes, y nuestras producciones, nuestros estudios y reflexiones, ya sublimes, ya medianas, ya humildes, pueden aprovechar a muchos ad alios, sic, ad alios autem sic. Si de mil errores, por ejemplo, que refute logro que se disipen tres o cuatro, ya no habrá sido en vano mi trabajo, ya habré logrado el fin que me propuse.
Esto me será de la mayor satisfacción, no por el aura popular que desprecio, sino por el bien general que apetezco, pues inspirado de los propios sentimientos que el amable Hervey(3) y con sus mismas expresiones digo, que "deseo que mis amigos que me sobrevivieren, puedan atestiguar que yo no viví para mí solo, y que no fui del todo inútil a mi generación".
VALETE
ADVERTENCIAS
Las personas que gusten ilustrar este periódico y servir al público con sus producciones, pueden dirigirlas con un sobre a El Pensador o dejarlas en los puestos de la Gaceta o Diario, entendidos que verán la luz pública cuantas se consideren de provecho.
Las suscripciones se reciben en el cajón de don Domingo Llano, Portal de Mercaderes, siendo su cuota cuatro pesos, cuatro reales por el cuadrimestre, hasta fin de diciembre.
Cada jueves saldrá un número, y los lunes de todas la semanas, el Suplemento a El Pensador. Éstos irán con enumeración separada, para que los que quieran puedan encuadernarlos al fin del tomo.
Parece que, según la costumbre, hay algún exceso en el precio de la suscripción; pero cuando trato de refutar errores comunes, no será malo comenzar por uno que me toca a mí de medio a medio. Es el caso.
Desde muchacho he visto en los libros un parrafito que comienza: "tasaron los señores", etcétera, "este libro a tantos maravedís cada pliego", y luego añade, "y a este precio y no más mandaron se venda..." Confieso que siempre me ha chocado tanta escrupulosidad con los pobres libros, y he deseado, por otra parte, ver algún rotulón impreso (hablo en este reino) que diga: "Tasaron los señores, etcétera, la bretaña superfina a doce pesos, la contrahecha a siete, la vara de puntiví a seis reales, la resma de papel florete(4) a diez pesos, la del corriente a seis, el almud de frijol a dos reales, la libra de baca(5) a medio real", etcétera, etcétera, etcétera.
Jamás, repito, he visto una tasación por este estilo; parece que ha sido privilegio exclusivo de los libros. ¡Gracias a Dios que cesó esta plaga a merced de nuestra liberal Constitución! ¿Por qué todos han de tener libertad de vender sus efectos o manufacturas a como se les da la gana, y al pobre escritor que se desvela, que gasta el dinero, que se previene a las sátiras de los descontentos y que acaso se expone a sufrir otros chascos más pesados... inteligenti pauca; por qué a éste, digo, se le habían de poner tantas trabas? Ahora ya no está la tasación por el gobierno, sino por el vulgo. Ha dado en que un pliego de papel impreso ha de valer un real, sea de lectura grande o pequeña, diga divinidades o herejías, esté el papel caro o barato. Éste, en mi concepto, es un error reprensible y una injusticia manifiesta.
Si se le arguye a cualquier comerciante con la carestía de sus géneros, inmediatamente alega: que las guerras, que los insurgentes, que los costos, fletes, alcabalas, averías, comisiones, etcétera, etcétera. ¿Por qué, pues, no le ha de ser lícito al escritor cuando encarece sus obras alegar que el papel está sobre diez y ocho o veinte pesos resma, que sale a medio real el pliego blanco, que los costos de la imprenta son subidos, que a los repartidores se les paga su trabajo y a los expendedores también, etcétera, etcétera, etcétera? Muy bien está que el fin primario de todo escritor no ha de ser únicamente el lucro; pero tampoco es justo que se pierda el tiempo y el dinero, porque si el que sirve al altar come del altar, el que sirve al público debe comer del público. Nadie nota que se le pague al orador su sermón, al abogado su alegato, ni al médico su curación; ¿por qué se ha de llevar a mal que al autor se le pague su trabajo?
Yo, a lo menos, he de comenzar a darle por el pie a esta corruptela. Los que quieran, comprarán mis papeles a como los pusiere, y los que no, que lo dejen; por eso no hemos de reñir. El buen papel, el hermoso carácter de letra, la pasta curiosa, etcétera, no constituyen el mérito intrínseco de los libros: cuando éstos lo tienen, cualquier precio es cómodo, y cuando no, nada valen los adornos ni lo barato.
Si mis obrillas merecieren algo, el público sabio las estimará y pagará; y si no, yo me compondré con el tendero o el boticario.
Si ocurriere más que advertir, se dirá en los suplementos.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Francisco Xavier Lozano (1721-1801), jesuita español. Entre sus obras poéticas sobresalió el poema "De Dios y sus atributos" (1788) que es, según afirma el propio Lozano, una versión del poema "De Deo" del padre Diego José Abad; el que cita Lizardi lleva por título: Recuerdo de las eternas verdades confirmadas con la Sagrada Escriptura y expuestos en décimas castellanas.
(3) Hervey. J. Hervey (1714-1758), escritor inglés. Eclesiástico caritativo. Sus dos obras más conocidas son Meditaciones al pie de los sepulcros (1746) y Contemplación sobre la noche y los cielos estrellados. (1747).
(4) la resma de papel florete. Cf. t. I., núm. 2, notas 6, 7, 8.
(5) baca. Fruto o baya del laurel. Cf. Santamaría, Dic. mej.