[NÚMERO 1]
LAS SOMBRAS DE HERÁCLITO Y DEMÓCRITO(1)
Refútase el egoísmo, y trátase sobre las obligaciones del hombre
HERÁCLITO: Ya que yo, por la natural compasión que siempre me ha debido el género humano, y tú, por lo burlón de tu genio, hemos logrado que el inexorable Cerbero(2) nos permita, al cabo de tantos años de reclusión, salir a desahogarnos unos ratos sobre la superficie de la Tierra, me parece que no podremos emplear mejor estos asuetos que en sentir, llorar y lamentarnos de los trabajos y miserias que afligen a la mayor parte de los hombres, porque...
DEMÓCRITO: Detente. ¿Acaso me has desconocido? ¿O tú, que dices que es mi genio burlón, quieres que en un instante se transforme en lúgubre y melancólico? Llora tú, enhorabuena, por toda la eternidad, ya que eres tan necio y mentecato que te afliges por lo que nada te importa; que yo estoy dotado de un humor jovial y placentero, y no pienso llorar un minuto si se cayeran las bóvedas celestiales y confundieran bajo su enorme peso a todos los habitantes del mundo habidos y por haber. ¡Quedara yo bien lucido en verdad, si los ratos que me ha concedido el perro portero de las cavernas de Plutón para que me salga a divertir por el mundo con las locuras de los vivientes, los convirtiera en ratos de fúnebre contemplación y llanto! No, amigo, no esperes de mí una lágrima por cuantas infelicidades y desdichas atormenten a los hombres. Llora tú, suspira, aflígete, moquea y desgréñate, si quieres, por lo que nada te importa ni puedes remediar, mientras yo me río y me divierto a pierna suelta con las mismas locuras de los hombres.
HERÁCLITO: En fin, Demócrito, tienes el corazón empedernido; nada te afectan las calamidades de los hombres; tantos años ha que habitas los sombríos reinos de Plutón no han bastado a modificar tu natural bufón y chocarrero; y si aun el ser faceto fuera todo lo malo y depravado de tu genio socarrón, tal vez fuera perdonable, pero como tus bufonadas se originan de una malicia muy profunda, y manifiestan un corazón egoísta, corrompido e insensible que no sólo ve con la más fría indiferencia los males de los míseros mortales, sino que estos mismos males los celebra y los festeja con una risa insultante, eres, por esta razón, el hombre más inicuo que ha nacido de mujer.
DEMÓCRITO: ¡Miren qué compañero tan condenado me ha tocado para salir a pasear un rato! Un viejo majadero, llorón y provocativo... ¡Voto a...!
HERÁCLITO: No te incomodes, mocetón risueño, que yo no te provoco ni te injurio.
DEMÓCRITO: Peor es eso. ¿Conque no es injuriarme tratarme de bufón, chocarrero, socarrón, egoísta, corrompido, faceto e inicuo?
HERÁCLITO: Si tú advirtieras que estos apodos no se dirigen a tu persona, sino a tu vicio, y que no trato de agraviarte, sino de aconsejarte y persuadirte a que varíes de ese maldito modo de pensar.
DEMÓCRITO: ¡Oh amigo, yo te agradezco tu buena intención!, pero dime por tu vida, ¿eres mi abuelo, o mi padre, o mi suegro, o mi maestro, o mi ayo, o mi tutor, o mi juez, o mi pedagogo? ¿O qué pito tocas tú para conmigo, que así me quieres regañar y aconsejar?
HERÁCLITO: ¡Oh sombra ingrata de Demócrito! ¿No ves que aunque no sea nada de eso que dices, soy por lo menos un viejo experimentado, y por lo mismo me toca en caridad servir a los incautos con mis prudentes consejos y reflexiones?
DEMÓCRITO: Pues, señor viejo prudente y experimentado, muchas gracias otra vez por su buena intención; pero el consejo se agradece cuando se pide, que es señal que se ha menester; y el consejo ha de ser dulce y suave, no mezclado con apodos y baldones; a más de esto: ¿cuándo yo le he contado que necesito de que me enseñe? ¿No sabe que soy tan filósofo como él, y que yo sostengo y defiendo mi sistema sobre todo lo enseñable y aprendible, y que no tengo de cesar de hacer burla de los hombres a pesar de todos los viejos llorones del universo? Conténtese, si quiere, con haber dado tanto que decir al mundo con su llanto, que ha sido causa de que ande nuestro nombre en opiniones sobre si existimos o no existimos, si yo fui más loco que él, o él más que yo, con otras impertinencias de este jaez.
HERÁCLITO: A esas disputas dio más lugar tu risa imprudente que mi llanto mesurado.
DEMÓCRITO: Cada viejo alaba su bordón; pero lo cierto es que yo logré hacer más prosélitos que tú. Sí, en efecto, yo tengo más sectarios de mi doctrina, más son los que se ríen que los que lloran; más son los que miran con desprecio y aun complacencia las desdichas del género humano, que los que las sienten y compadecen.
HERÁCLITO: Eso es verdad, pero no prueba que porque tengas más secuaces, sea tu doctrina la más segura. El egoísmo hace que el hombre, teniendo satisfechas sus pasiones, vea con serenidad las calamidades ajenas; pero esto lo hace el hombre egoísta, el vil, el corrompido; no el sensato, no el sabio, no el virtuoso, no el buen ciudadano; y como el mundo abunda en pícaros y necios, antes que en sabios y hombres de bien, de ahí es que tú tienes más sectarios que yo, pero no mejores.
DEMÓCRITO: Eso es problemático.
HERÁCLITO: ¿Qué problemático, bárbaro, cuando es más claro que la luz, y no hay niño que no sepa que el número de los necios es infinito?
DEMÓCRITO: Pues sea lo que se fuere, yo he salido a espaciarme y a respirar un aire más fresco que el que corre por los lúgubres países que habitamos; no he salido a oír sermones, ni a ponerme a disputar sobre boberas. Confieso que tengo harta necesidad de desahogarme; pero a trueque de no sufrir el martilleo de tu conversación, tendré por menos malo estarme con los demonios que acompañado de semejante mueble. Bien que ya he hallado un medio para salir a pasearme, y salir sin ti.
HERÁCLITO: ¿Y cuál es?
DEMÓCRITO: Ir a buscar las sombras de Quevedo o Cervantes que tienen un natural jovial, y con ellas me acompañaré de buena gana.
HERÁCLITO: Creo que no las has de hallar, porque pienso que han pasado a los Elíseos.
DEMÓCRITO: Pues buscaré a Pilatos, a Judas o Barrabás, que por malos que sean, como no son llorones, ha de ser su compañía menos cansada que la tuya.
HERÁCLITO: Mira: el primero de éstos que dices fue un mal juez, el segundo un falso amigo y el tercero un fascineroso; pero ninguno fue faceto, que es la compañía que tú debes solicitar.
DEMÓCRITO: Pues buscaré a Herodes, a Nerón, a Diocleciano, que sé que no me harán el desaire.
HERÁCLITO: Te cansarás en vano; porque ésos, lejos de ser joviales, fueron unos tiranos de los hombres.
DEMÓCRITO: Tanto que mejor, pues ¿no adviertes que unos monstruos que se complacían en derramar la sangre de los míseros mortales, están bien fáciles a ver con insensibilidad y gusto las miserias presentes de los mismos? De hecho: ¿no te acuerdas que el tal Nerón por modo de diversión hizo quemar a la inocente Roma, y entre tanto duraba el incendio, él estaba en una alta torre riendo y cantando la toma de Troya.
HERÁCLITO: Es verdad.
DEMÓCRITO: Pues ve ahí cómo su compañía me es la más propia.
HERÁCLITO: En efecto. ¿Cuál es el tirano que no se burla de los males de los hombres? Todo tirano es egoísta, y todo egoísta si tuviera autoridad y fuerza, fuera un tirano. ¡Ay, míseros mortales, y a cuántas desventuras estáis sujetos! Vuestras haciendas, vuestras vidas, vuestras honras y vuestros cultos pueden a las veces no ser más que un débil juguete del poderoso, no sólo considerado éste como príncipe, sino considerado como superior y más fuerte. Por dicha en la culta Europa los hombres padecen menos, infinitamente, bajo el poder de sus soberanos que bajo los caprichos del poderoso, ya sea con relación a su autoridad o a su riqueza. Casi siempre estos reyes de que hablo ven con amor y con un interés de padres a sus vasallos; pero ¡cuántas veces sin su noticia, o a lo menos sin toda la debida información, salen unas providencias gravosas e intolerables a los pueblos, emanadas de las cámaras, de los parlamentos y ministerios! Y si esto es así, ¿qué tenemos que extrañar que el despotismo extienda sus abundantes ramas sobre el género humano a pesar de la beneficencia de los mejores soberanos? Sí, Demócrito, el vicio de la tiranía y el despotismo no es privativo de los reyes, como piensan algunos necios. Todo aquel que tiene autoridad sobre otro puede ser déspota o tirano siempre que abuse de su poder o autoridad. Así que, puede ser déspota el juez político, el militar, el eclesiástico, y hasta los más pobres y las débiles mujeres como tengan en el mundo algún grado de jurisdicción o autoridad sobre otros. Por esto habrás visto entrar todos los días en las tristes cavernas que habitamos no sólo emperadores y reyes asiáticos, sino ministros, presidentes, gobernadores, generales, capitanes, jueces, togados, obispos, provinciales, maestros, padres de familias, y hasta viejas rectoras de casas de reclusión y mayordomos y mandones de campos, minas y obrajes.
DEMÓCRITO: Todo eso es cierto, ¿pero a qué viene?, ¿yo te lo pregunto?, ¿me importa a mí algo el que se lleve el diablo a Pedro, a Juan, a Martín ni a todo el mundo? Si los que mandan no hacen lo que deben, si no se sujetan a las leyes, si abusan de su poder o autoridad, si protegen al inicuo, si oprimen al inocente, si tergiversan la voluntad piadosa de los monarcas, si interpretan a su antojo el espíritu de la ley, allá se lo hayan. ¿A mí qué me importa? Si los pobres súbditos se oprimen, se afligen y exasperan, allá se lo hayan también. ¿Por qué no nacieron todos reyes, ricos o superiores? Con eso no tendrían que obedecer, sino que mandar; mas pues está en el orden natural que unos manden y otros obedezcan; sufran unos y manden otros como quieran, y como puedan, que a mí, repito, nada me importan ni los abusos de aquéllos, ni las aflicciones de éstos.
HERÁCLITO: Hablas como un ente extranjero de la especie humana. ¿Quién te ha dicho que nada te importan los caprichos de unos hombres, las aflicciones de otros, ni los bienes o los males de todos? Ya yo veo que eres una mera sombra separada de la materia, y por eso dirás que nada te importa todo eso, pero si aún vivieras en este mundo revestido de tu mismo cuerpo, acaso no te producirías de esa manera.
DEMÓCRITO: Te engañas en verdad, pues lo mismo que ahora te dice mi espíritu mondado de materia, te dijera si estuviera forrado de carne y hueso.
HERÁCLITO: Pues es menester repetir que tu espíritu es el más depravado entre todos los espíritus más indignos del mundo. Dime, bárbaro, ¿conque en el estado de un hombre en sociedad nada te importarían los bienes o los males de tus semejantes?
DEMÓCRITO: Seguramente no. ¿Pues a mí qué provecho me resulta del fausto del monarca, de la brillante carroza del ministro, de la abundancia del rico, de la toga del magistrado, de la prebenda del canónigo, etcétera, etcétera, etcétera. ¡Malditas por cierto las ventajas que de esto le resultan a los pobres! Lo mismo digo respecto de los males. ¿Qué daño se me sigue de la pobreza de Juan, de la enfermedad de Pedro, de la prisión de Diego, de la orfandad de Antonio, etcétera, etcétera, etcétera? Ninguno a la verdad. Conque si yo no he de tener parte en las prosperidades de los felices, ni en las desgracias de los desdichados, debo concluir que nada me importan los bienes ni los males de los hombres.
HERÁCLITO: No puede sacar consecuencias tan absurdas sino un egoísta tan absurdo como tú.
DEMÓCRITO: ¿Qué llamas egoísta, que ya me has egoistado hasta el cogote?
HERÁCLITO: Egoísta es aquel que amándose demasiadamente a sí mismo, se contempla unido a los demás hombres en lo favorable, y enteramente separado de ellos en lo adverso.
DEMÓCRITO: No te entiendo. ¿Pues qué es crimen que el hombre se ame?
HERÁCLITO: No.
DEMÓCRITO: Según este principio, ¿no debe procurar la conservación de su individuo y la mejora de su suerte por cuantos medios le sean o le parezcan oportunos?
HERÁCLITO: Ahí está el error del egoísta. El hombre está íntimamente ligado a su amor propio por la inviolable ley de la naturaleza; este amor propio le manda con imperio que se aúne y se procure su bienestar. Esta ley es común al hombre y al bruto; éste jamás olvida su observancia, antes bien nos da un ejemplo imperturbable. Hasta aquí nada hay de violento, porque amarse el hombre a sí mismo y procurarse su bienestar no sólo no repugna a la naturaleza y a la más sana moral, sino que precisamente la naturaleza lo dicta y todo rito o religión lo prescribe, y por eso en muchas, y especialmente en la católica, es condenado y aborrecido el suicidio.
DEMÓCRITO: Pues entonces ¿en qué consiste lo malo y detestable del egoísmo?
HERÁCLITO: En que el egoísta se ama demasiadamente, como te dije, y en que para satisfacer sus pasiones emplea cuantos medios le parecen oportunos, aun cuando sean repugnantes o injustos, que es lo que tú dijiste. El hombre se debe amar; pero no con demasía, no con extremo, ni saliéndose fuera del orden natural. Éste nos manda que nos amemos, es verdad; pero no que para contentar este amor atropellemos con las leyes de la naturaleza que nos prescribe sus límites, y nos enseña a no dañar a nuestros semejantes por la única razón de mejorarnos.
DEMÓCRITO: Estás muy cansado, quiero dejarte porque ya es tarde, y porque me hostigan demasiado tus seriedades. Vámonos a nuestros sombríos lugares, que yo protesto por la laguna Estigia buscar con el mayor empeño las sombras de Quevedo, Cervantes o Gil Blas para compañeras, porque la tuya en vez de divertirme, me incomoda.
HERÁCLITO: Harás muy bien; y yo solicitaré acompañarme en lo de adelante con las de Fenelón, Hervey,(3) Arnaud,(4) u otros amigos de los hombres; pues en ti sólo encuentro un gran fondo de soberbia y egoísmo mezclado con bastante necedad.
DEMÓCRITO: Muchas gracias por tan lisonjeros favores; pero sábete que no me debes mejor concepto; antes te tengo por un viejo loco, preocupado e impertinente, amén de un Quijote entremetido y ridículo reformador de los hombres. Mas ya es tarde y tocan al alba, hora en que, según las viejas, se recogen los duendes, trasgos, muertos, sombras y demás fantasmas que durante la noche andamos vagando sobre el mundo obscuro.
HERÁCLITO: Todas esas son vulgaridades y hay sobre ellas mucho que decir.
DEMÓCRITO: Sí, pues anda y di lo que te ocurra a quien tenga la paciencia de escucharte. Agur.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) Cerbero. Por Cancerbero. Perro de tres cabezas que guarda las puertas de los infiernos.
(3) Jaime Hervey (1714-1758). Eclesiástico inglés. Sus obras produjeron disputas sobre el calvinismo. Su obra principal es Meditations and Contemplations.
(4) Enrique Arnaud (1641-1721). Pastor protestante francés. Derrotó varias veces a los franceses de Luis XV con un grupo de guerrilleros suizos. Regresó a su país cuando la prohibición de su culto fue levantada. Escribió una Historia gloriosa de la vuelta de los valdeneses.