[NÚMERO 1]
EL HERMANO DEL PERICO
QUE CANTABA LA VICTORIA(1)
Periódico Político Moral
Quid rides? Mutato nomine, de te fabella narratur
¿Qué te ríes? Con diferente nombre de ti habla la fabulilla
Éste es, no hay duda, el siglo de los más raros acontecimientos y fenómenos. El siguiente comprueba esta verdad.
No ha muchos días que me asaltó una mujer en el Portal, porfiándome sobre que le comprara un hermoso perico que llevaba; yo me resistí diciéndole que no me gustaba el animal, que sólo hablaba despropósitos y era buen término de comparación de un tonto. La mujer no desistía de envidarme con él. No parece sino que traía particular encargo en que yo me quedara con el loro, porque me decía: "No, señor, este perico no habla desatinos, sino cosas muy buenas. Sabe mil lindezas, canta muy buenas coplas, aprende cuanto oye y, sobre todo, es muy barato."
Admirado al oír tales excelencias del dicho perico, aunque sin determinarme a creerlas, le pregunté a la mujer por su valor, y ella me respondió: CUATRO PESOS LO ÚLTIMO. Es muy barato, ciertamente, le dije, si sabe cuanto usted dice. Yo lo compraré, y aun a usted le daré una galita,(2) si sabe en efecto lo que me ha contado; pero es necesario que me lo deje usted un día a prueba. No hay embarazo, contestó la mujer, y diciendo y haciendo me acompañó a casa y dejó el perico.
Toda mi familia se enamoró de su hermosura, y más que de ésta de su mansedumbre, porque daba la pata y el piojito,(3) y se dejaba manosear de todos como si de luengos tiempos atrás nos hubiera tratado y conocido: con esto al instante le cobramos cariño y todos se apresuraban a contentarlo. ¡Tan cierto es que un natural dulce y condescendiente se hace amable al momento que se conoce!
Hasta entonces el lorito no había hablado sino palabras vagas y comunes. Aunque luego entonó esta coplilla que admiramos por la oportunidad con que la cantó:
Nunca serán prudentes
los agasajos,
tributados sin orden
a los extraños.
Y son muy buenos
cuando hay de sus virtudes
conocimiento.
Fuimos a comer, y sobre siesta, estando solo con el loro tuve con él el siguiente diálogo (en que se distinguirán los interlocutores con estas letras: A, que significa AUTOR; y esta L, que dice LORO, para no fastidiar al lector con la cansada repetición de LE DIJE y ME DIJO). Este diálogo descubrirá todo lo portentoso del fenómeno. Dije, pues, al perico:
¿Lorito, eres casado?
L: No puedo yo tener tan alto estado.
A: ¿Tu mujer es hermosa?
L: Si no tengo mujer; dime otra cosa.
A: ¿Hablas como perico, o me equivoco?
L: ¿Y tú hablas como cuerdo, o como loco?
Pues si perico fuera
así como me juzgas, no te diera
respuestas meditadas
a las dudas que dejas indicadas.
Al oír yo esto, no pude menos que llenarme de un terrible pavor, y quise huir, creyendo que aquél no era perico, sino duende, diablo, endriago, vampiro, brucolaco u otro de estos que tanto imperio han tenido y aún tienen sobre las cabezas de los idiotas, y a los que siempre he negado hospedaje en la mía; mas acobardado con lo que acababa de oír, creí cuantas fábulas me habían contado, siendo niño, las viejas de mi casa y las ajenas. Y así trataba de correr, cuando el perico con una vocecilla muy melosa me dijo: VEN, VEN, NO TENGAS MIEDO, NO SOY LO QUE PIENSAS; ANTES SERÉ TU AMIGO, Y DE MI CONVERSACIÓN JAMÁS TE ARREPENTIRÁS; GUARDA SECRETO, DESECHA TUS TEMORES Y CONVERSA.
Como con una magia encantadora, se disiparon mis temores y se serenó mi espíritu con las pacíficas razones del perico. Volví a ocupar mi asiento, y él prosiguió: "has de saber que no soy tan perico como piensas. Mi cuerpo es de tal porque, en efecto, mis padres fueron un loro y una cotorra de la Huasteca.(4) Tuvieron muchos hijos antes que yo naciera, y por eso nunca los conocí. Solamente tuve la fortuna y dolor de haber conocido al hermano mío de parto, a quién tocó por desgracia la alma de un tonto, y mi hermano lo fue tanto que apenas sabía decir sino VICTORIA. A este pobre fue a quien lo pilló un gavilán, y murió en sus garras entonando VICTORIA cuando sufría los más funestos descalabros.
"A mí, por el contrario, me tocó en suerte el alma de un filósofo viejo y experimentado, que así ha variado cuerpos en el mundo como varían los cómicos trajes y representaciones.
"El espíritu de este filósofo que me anima, ha animado cuerpos de reyes, de ministros, de magistrados, de jueces, de generales, de damas y de clérigos, de frailes, de ladrones, de usureros, escribanos, médicos, boticarios y toda clase de personas; hasta que por haberse portado mal en el cuerpo de un escritor que lo hizo charlatán, fue sentenciada por Plutón a servir a un perico el cual yo soy."
"¡Malo, periquito! —le dije—. Eso me huele a merenpsicosis,(5) a trasmigración de las almas o, lo que es lo mismo, a un error fabuloso y grosero, y estoy, por lo mismo, por no creerte."
"Poco importa —me contestó el perico—: vosotros los mortales no podréis pasar un disparate ajeno; pero os engullís los vuestros sin violencia."
"¿Cómo se llamó el dueño primero de esa alma que te anima?", le pregunté. Y el loro dijo: "PITÁGORAS; ya verás si será cierto que mi alma ha tenido que hacer varias correrías en tantos años y por tan diversos cuerpos como ha pasado. Pero dejemos por [a]hora esta cuestión, dime ¿en qué pararán por fin tus paisanos? ¿En qué piensan? ¿Qué hacen? ¿Cuál es el grado de su ilustración y libertad política? Y, por último, ¿cuándo se llamarán de veras independientes y libres?"
"¡Oh perico pitagórico!, preguntas tantas cosas de una vez que es imposible responderte con acierto. Lo que te puedo decir es que muchos americanos no las tienen todas consigo. Temen que los españoles les arrebaten su independencia y con ella su libertad. El castellano de Ulúa(6) rompió con nosotros la tan cacareada(7)garantía de la unión, y nos ha hecho y está haciendo mil daños: ya verás que esto no ofrece ningunas lisonjeras esperanzas."
"Pero hasta aquí —dijo el pitagórico— sólo veo una guerra sorda, poco hostil, y que por parte de Ulúa jamás podrá ser decisiva; y sí lo será por parte de los mexicanos, si vuestro gobierno agita por hacerse de una fuerza naval que, por una desgracia que no entiendo, ni tenéis cañones de batir ni podéis hacerlo, cuando los indios en tiempo de la insurrección los sabían hacer con los pies.
"Sin embargo, yo os veo muy azorados: en vuestras caras se lee el temor y desconfianza. ¿No me dirás de qué proviene?"
"¿Cómo de qué? —le contesté—; tienen miedo los americanos a los españoles que están allende y aquende de los mares. Dicen que es fuerza que unos y otros estén en comunicación, y así nos contamos con enemigos exteriores e interiores, que si llegan a realizar sus combinaciones, los acogotarán el día que menos piensen."
"¡Vaya! —dijo el perico—, esos temores son infundados. Los españoles son buena gente: yo he vivido dentro de algunos de ellos, los conozco y creo que no son capaces de pensar con tanta bastardía después del buen acogimiento que han tenido entre vosotros."
"Ellos serán muy buenos —le dije—; pero ¿cómo pensaron con esa bastardía los capitulados en Juchi(8) y otros han tratado de hacernos la guerra después de haber experimentado nuestra dulzura y lenidad?
"Lo que más incomoda a los americanos es ver a muchos de ellos ocupando aún los primeros puestos en el mando de las armas y del gobierno; y esta queja es tan general que hasta las mujeres la tienen. Oye una carta ha pocos días me escribió una señora, y te la voy a leer así para que veas lo general de la queja, como para que admires los talentos de esta buena patriota. Dice así:
'Señor Pensador Mexicano. Amado compatriota: he visto con el mayor agrado los papeles de usted titulados: Ataque al Castillo,(9) y no puede menos mi gratitud que dar a usted sinceras gracias por el ardor y entusiasmo con que se empeña en hacer que los americanos despierten del letargo en que yacen la serie de trescientos años, y sacudiendo esa natural apatía de que siempre han estado poseídos, conozcan su justicia y reclamen sus derechos; pero señor Pensador, permítame usted le diga que aun usted no desmiente ese carácter bondadoso de americano. Sí, señor mío, tiene usted aún muy buenas creederas, se puede usted persuadir a que hay españoles adictos a la América: puede ser que los haya; pero a mí se me hace un imposible. Trescientos años nos han dado pruebas constantes y nada equívocas de su amor y fidelidad a la Madre Patria, y al mismo tiempo nos las han dado muy reales y verdaderas del odio y aborrecimiento con que ven a los americanos. Volvamos los ojos al año de diez y veremos patentizada esta verdad, ¿cuál fue el delito de los americanos? El desear, hasta lo que los brutos nos enseñan, la libertad, el don más precioso que Dios le ha concedido al hombre. Esto y no otra cosa fue bastante para que se desatara su ira y furor, manifestando en sus hechos lo que odian y aborrecen a los americanos, poniendo cuantos medios les han estado a su alcance para destruirnos, para acabarnos y para saciar la rabia que les ha causado el que, después de tantos sacrificios y de tanto sufrimiento, tratásemos de sacudir el ignominioso yugo de la esclavitud, no perdonando ni al decrépito anciano, ni al inocente niño, siendo muchos de ellos víctimas sacrificadas a su crueldad en los mismos vientres de sus desventuradas madres; y si no dígalo ese Bajío,(10) que la humanidad se resiente al recordar los funestos y tristes momentos de nuestra feliz y desgraciada conquista.
'¡Oh americanos inocentes!, sí, inocentes, como me temo que esos leones disfrazados con piel de ovejas y vuestra demasiada confianza nos ponga en la situación más deplorable y desastrosa, más vale precaverse que curarse,(11) dice un refrán, y yo añado, que debemos desconfiar. Sí, debemos desconfiar de todo extranjero: sus miras hacia nosotros nunca pueden ser favorables. No nos expongamos a representar la fábula del pasajero y la víbora que, viéndola tirada en el camino, yerta, sin movimiento y casi expirando de frío, la alza, la acaricia y compasivo la abriga en su seno, y de este modo la restituye a la vida que sin su auxilio perdería sin remedio. Y ¿cuál fue el pago de este animal ingrato y desconocido? Privar de la vida con su venenosa mordedura a aquel que con su calor natural y su compasión candorosa le había franqueado hasta su pecho por auxilio. Si este pasajero hubiera usado de la precaución debida, todo lo pudiera haber hecho; la víbora pudo ser socorrida sin que peligrara su vida. Esto es lo que yo deseo hagan los americanos con los españoles y con todo extranjero: permítaseles enhorabuena habitar nuestra patria, vivir en nuestro suelo; pero sean sólo unos particulares, no se les fíe gobierno ni político ni militar, ellos no deben saber los secretos de nuestros gabinetes, los decretos de nuestro gobierno ni las operaciones de nuestro ejército: por ningún caso deben tener en sus manos nuestras armas. Los españoles sensatos no se darán por ofendidos de estas proposiciones de una mujer que no aspira a otra cosa que a que se consolide la Independencia de su patria. Ellos, en el fondo de su corazón, confesarán que tengo razón en lo que digo, que mis temores no son infundados, que ellos en igual caso harían lo mismo, y si no, que me digan: cuando España sacudió el yugo de los mahometanos ¿se fiaron ellos de éstos? ¿Los dejaron con los empleos, con el mando, con el gobierno y las armas? A buen seguro que no; no son los españoles tan necios ni tan confiados como los americanos; yo aseguro que tomarían todos los medios y precauciones necesarias para cortar el cáncer desde sus raíces, asegurando de este modo la felicidad y libertad de su patria.
'En la carta que usted inserta en su Segundo ataque,(12) escrita en La Habana, advierto unas expresiones que, o bien por mi malicia o por mi demasiado amor a la patria, se me hacen muy sospechosas, dice así: que protestan los españoles que a los primeros que sacrificarán en los más crueles suplicios serán a sus mismos paisanos por haber tomado partido en nuestra Independencia. ¿Y no puede ser muy bien una refinada astucia de estos amigos que, conociendo nuestra credulidad y sencillez, suelten éstas y otras semejantes voces para que los americanos, confiados y agradecidos a estos españoles que nos rodean y que habitan con nosotros, usemos de más confianza con ellos, y de este modo (o porque ya desde ahora estén de acuerdo con ellos, o porque esperen estarlo cuando llegue el caso) conseguir con más facilidad sus depravados intentos? Pues lo cierto es que no es un imposible, y como puede no ser, también puede ser. Y en lo que hay duda y cabe posibilidad, no me creo que está de más toda precaución y desconfianza, pues bajo de la desconfianza vive la seguridad. A los españoles que viven con nosotros en nada se les perjudica en que no tengan los primeros empleos; ningún daño se les ocasiona con que no tengan el mando de las armas, y a nuestra infeliz patria se le pueden ocasionar horrores y desgracias que el entendimiento no es capaz de comprender, y lo que es más, una esclavitud afrentosa.
'No se crea por esto que aborrezco a los españoles, soy cristiana y mi religión me manda que los ame aunque los tenga por mis enemigos; pero esta religión santa no nos prohíbe que procuremos librarnos de las asechanzas y traiciones de nuestros contrarios; quisiera yo a todos los americanos revestidos del espíritu del Evangelio: mansos como la paloma y astutos como la serpiente.
'Ya rompieron el fuego los españoles, debemos, por cuantos caminos hay, atacar a estos mal agradecidos e ingratos. Sí, todos, todos debemos no perdonar medio alguno para destruirlos: los unos con las armas, los otros con la industria; unos con los caudales, otros con las plumas; a todos les compete esta guerra, ni las mujeres están exentas: los obispos, los canónigos, los curas, el clero todo, los religiosos y religiosas, todos deben cooperar con el santo sacrificio, con oraciones y plegarias, para que el Dios de los ejércitos nos conceda una completa victoria.
'Señor Pensador, si usted ha tenido la bondad de leer esta mi carta, espero también la tenga en disculpar las necedades de una mujer ignorante; pero que con el mayor afecto se congratula de ser su atenta servidora. LA PATRIOTA VALLESOLETANA.'(13)
"Tal es la carta de esta señora, que conservo original. ¿Qué te parece, lorito, de su patriotismo y bello estilo?"
L: Si mi espíritu no hubiera animado tantos cuerpos de mujeres sabias y valientes, dudaría, como los tontos, que fuese esa carta producción de una mujer. Pero por razón y experiencia sé que el alma no es macho ni hembra, que discurre a proporción de sus tamaños, educación y luces que adquiera en sus principios, a lo que también concurre el clima, los usos y costumbres, y la organización física del cuerpo. Por tanto, no dudo que sea de mujer esa carta. Desde luego alabo su talento y patriotismo, y quisiera que la imitaran todas las de su sexo; pero creo que hay muchas que, a más de bestias, son traidoras decididas a la patria, la que venderían a los españoles al punto que pudieran. Son de aquella maldita raza que decía: MANTO, MARIDO Y BRETAÑA, DE ESPAÑA.(14)
A: Quemada tengo la sangre, lorito, con esas p... y si fuera gobierno, pagaría muchos espiones que me las denunciaran.
L: ¿Y qué pena les impondrías?
A: No más que enviarlas tusadas a panderetes(15) a España.
L: Era bien merecido, porque esas mujeres agachupinadas,(16) que parecen despreciables, son unos enemigos sordos que hacen a la libertad una guerra terrible. Si son viejas, con fanatismo, y si son mozas y bonitas, con su seducción y su... Una cortesana de éstas es capaz de seducir a un general valiente, hacerlo que entregue la acción y pierda la patria. Lo mismo puede hacer corrompiendo a un ministro, a uno o muchos diputados y al mundo entero. Lo que se dificulta a mil hombres en tiempo de guerra, se le facilita a una chusquilla(17) de éstas.
Una mujercilla entregó a Sansón, otra desarmó a Hércules y le puso la rueca, en lugar de clava; y para no mendigar en la historia antigua esta clase de enemigas; la moderna nos presenta una María Luisa de Parma que, rindiendo al músico Godoy su corazón, perdió la España, después de hacer infeliz a su marido y a su hijo. ¡Tanto daño así puede hacer una mujer a la patria, cuando el amor u otra pasión la ciega!
Pero dejando a un lado a estas viles alimañas, dime ¿por qué no quieren los mexicanos a los españoles?
A: No es que no los quieran: los americanos son más dulces que un caramelo. Ni han pedido que los maten, ni siquiera que los destierren de nuestro suelo; lo que quieren es que no tengan intervención en el gobierno ni mando en nuestras armas, y esto es muy justo, al menos, durante la guerra. La misma España nos ha dado este ejemplo de precaución.
Apenas los franceses invadieron la España, cuando su gobierno expulsó a todos los franceses pacíficos que vivían entre ellos, y el anatema llegó hasta los que vivían en nuestra patria, que entonces dominaban. Lo mismo hicieron con los moros cuando se sacudieron su yugo, y lo propio con nuestros diputados, apenas supieron la Independencia de la América.
Esto está en el círculo de la buena política; por eso, luego que una potencia le declara a otra la guerra, lo primero que hace es darle su pasaporte al embajador o plenipotenciario de ella, y ésta corresponde de igual manera: los gatos y los ratones juntos jamás estarán en paz, y es una torpeza fiar las armas ni el gobierno a los paisanos de nuestros declarados enemigos, por buenos que aquéllos sean; pues como son hombres, son susceptibles a las pasiones, y cualquier desconfianza no es temeraria.
L: Pero ¿no será una ingratitud arrinconar a muchos españoles, sólo por españoles, olvidando la parte que tomaron en vuestra Independencia?
A: No lo será. En primer lugar, que no queremos arrinconarlos, sino que se separen del mando de las armas y no tengan ingerencia en el gobierno, a lo menos mientras dure la guerra, dejándolos quietos y pacíficos en sus casas con todos sus honores y sueldos.
Esta providencia lejos de perjudicarlos, los iba a hacer felices, pues lo serán luego que no sean objeto de la desconfianza de la nación. Estos mismos señores, si aman de veras a la patria, deben despojarse de ese mando en su obsequio, una vez conocida la opinión general.
¿Qué bienes les resultan de estar al frente de las armas y gobierno, si en el más mínimo vaivén de la guerra han de ser víctimas, o de los americanos o de los españoles, pues pierdan o ganen siempre pierden?
Últimamente, los malos son causa de que se desacrediten los buenos, ¿Qué confianza pueden tener los americanos en los españoles que tienen las armas entre nosotros, cuando ven que en España Ballesteros(18) y otros muchos generales, afamados de liberales, han vuelto caras, y están vendiendo su patria como unos chinos, unidos con la Santa Liga(19) y los santos serviles? ¿No es fuerza que teman acá igual voltereta, y más pronta?
L: Es que no todos los dedos de la mano son iguales.
A: Convengo, pero ¿quién persuade a una nación entera tal distinción, cuando se halla prevenida en su contra?
L: Pero...
Iba a redargüir el perico, a tiempo que entró la mujer que me lo vendió a cobrarme los cuatro pesos, que di de buena gana, y dos más, con ánimo de continuar mis pláticas.
(1) Imprenta de don Mariano Ontiveros, año de 1823. El Hermano del Perico que cantaba la Victoria, consta de seis números (52 páginas) en 4º. Cada número con su propia numeración. No precisa fecha de aparición; pero alude a los Ataques al Castilloque aparecieron en la segunda mitad de 1823. Ahora bien, en el número dos contesta la carta de la Patriota Vallesoletana que incluyó en el número primero, y tal "Contestación" está fechada el 22 de noviembre de 1823. De ello se infiere que debió aparecer ese mes. Los números no llevan subtítulo, a excepción del seis.
(2) galita. Diminutivo de gala: propina. Cf. Santamaría,Dic. mej.
(3) piojito. Acercaba la cabeza para que le acariciaran las plumas de la cabeza.
(4) Huasteca o Huaxteca. Vasta zona de la Sierra Madre Oriental que comprende el noroeste del Estado de Veracruz, el sur de Tamaulipas, el este de San Luis Potosí y una parte del Estado de Hidalgo.
(5) merenpsicosis. Posible errata de imprenta, por metempsicosis. Pitágoras creyó en ella. Es famosa la anécdota de que al oír los quejidos de un perro que azotaban, exclamó: cesen el castigo porque en sus quejas he reconocido la voz de un amigo mío.
(6) Alude a Francisco Lemour, quien tuvo a su mando el Castillo de San Juan de Ulúa desde el 24 de octubre de 1822 hasta septiembre de 1825. La contrarrevolución adquirió gran fuerza con Lemour (fue sustituido por José Coppinger).
(7) cacareada. De cacarear: ponderar, exagerar con exceso las cosas propias.
(8)capitulados de Juchi. Las desavenencias entre el Congreso e Iturbide dieron pie a la contrarrevolución que intentaban las tropas capituladas y dirigidas desde el Castillo de Ulúa por el general José Dávila y el brigadier Lemour. Posteriormente, Lemour ocupó la dirección.
(9) El título completo es Ataque al Castillo de Veracruz y prevenciones políticas contra las Santas Ligas. Fernández de Lizardi dedica este periódico a los ciudadanos L. C. J. J. B y T., vecinos de la villa de Jerez, México, Oficina liberal a cargo del ciudadano Juan Cabrera, 26 de septiembre de 1823. Es el primer número de siete que tratan el mismo tema.
(10) Bajío. Región en la cuenca del río Lerma, cuya mayor parte está en el Estado de Guanajuato y alcanza pequeñas partes de Querétaro y Michoacán. Su altitud está entre mil setecientos cincuenta y mil setecientos metros sobre el nivel del mar; es, pues, una depresión (de ahí su nombre de Bajío) limitada por zonas de mil ochocientos metros o un poco más de altitud.
(11) Más vale precaverse que curarse. Equivale a "Más vale prevenir que lamentar".
(12) Segundo ataque al Castillo de San Juan de Ulúa. México, Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1823. Se refiere a una carta firmada por El Patriota Habanero, fechada en La Habana el 10 de septiembre de 1823.
(13) Patriota Vallesoletana. No identificada. El seudónimo "patriota" se empleó por influencia de la Revolución Francesa: era el nombre que se daba a los partidarios de las nuevas ideas. También se llamaron así los republicanos partidarios de Luis Felipe.
(14) manto, marido y bretaña, de España. Frase que se usaba para aludir a los que preferían lo extranjero. Bretaña es un lienzo fino.
(15) tusadas a panderetes. Pandereto o pandereta es un despectivo de pando; con un arco en medio. "Gagini dice 'Tusar el pelo, recortarlo sin arte, cortarlo al rape' De estas dos acepciones la primera se usa en México, la segunda en Venezuela." Cf. Darío Rubio, La anarquía del lenguaje en la América española, México, s. p. i., 1925.
(16) agachupinadas. Partidarias de los españoles. También se aplicaba a la persona que ostentaba los caracteres, vicios, virtudes o costumbres de los españoles o gachupines. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(17) cusquilla. Forma diminutiva de cusca: puta disimulada, pelanduzca, piruja. Cf.Santamaría, Dic. mej.
(18) Francisco Ballesteros (1770-1832). General español. Hizo campaña en 1793 como alférez de los voluntarios de Aragón, y fue promovido al grado de capitán. En 1804, el ministro de Guerra, Caballero, lo destituyó al suponer que había distraído tres mil raciones de forraje. Al poco tiempo el Príncipe de la Paz lo rehabilitó, confiriéndole la comandancia de carabineros. Combatió contra los franceses durante la invasión. En 1811 la regencia de Cádiz lo nombró teniente general. Fernando VII le confirió el ministerio de Guerra; pero perdió el cargo al mostrarse contrario al poder absoluto. Y fue desterrado a Valladolid. En 1820, cuando triunfó el partido exigía una Constitución, fue nombrado presidente de la Junta Provisional. Cuando los franceses penetraron en España bajo el mando del duque de Angulema, Ballesteros los combatió. Fue derrotado el 24 de julio de 1822. El 4 de agosto firmó en Granada un convenio reconociendo la regencia establecida en Madrid, en ausencia del rey, obligándole a entregar las plazas que tenía en su poder con la condición de que sus tropas recibieran los sueldos y que nadie sería molestado por delitos políticos. Riego se opuso a los tratados.
Después de declarar nulos todos los actos del gobierno constitucional, Fernando VII desterró de la capital a todos los empleados de aquel gobierno y oficiales del ejército. Ballesteros mandó su protesta al duque de Angulema por aquella violación de la capitulación que había firmado y por la nueva abolición de la Constitución. Se refugió en Francia y murió en París el 28 de junio de 1832.
(19) Santa Liga. Santa Alianza. España estaba lista para reconquistar las que fueron sus colonias. "Todos temían la mano poderosa de la Santa Alianza, empeñada en sostener la dominación colonial de Fernando por el principio de la legitimidad. " Cf. México a través de los siglos, escrito por Enrique Olavarría y Ferrari, México, Publicaciones Herrerías, s. a., t. IV, p. 124. La Alianza fue firmada en París en 1815 por Alejandro I de Rusia, Federico Guillermo III de Prusia y Francisco I de Austria, para mantener la paz y el orden político de Europa con un sentido cristiano y conservador. Posteriormente se adhirieron Luis XVIII de Francia, los soberanos de Cerdeña, los Países Bajos y Suecia. La Alianza se mostró partidaria de las monarquías borbónicas. Estados Unidos se opuso a ella mediante la "Doctrina Monroe": trató de impedir la restauración del dominio español en América. Una parte muy interesante y famosa (al parecer redactada por el secretario de Estado, Adams), declara: "como principio en el que van comprendidos derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, dada la libre e independiente condición que han asumido y que mantienen, no deberán ya ser considerados como susceptibles de futura colonización por cualquiera de las potencias europeas". El nombre de Santa Liga puede haber surgido por la confusión entre la Santa Alianza y la unión que se llevó a cabo entre Fernando el Católico, Venecia, Milán, el emperador Maximiliano y el papa Alejandro VI para oponerse a la amenaza de Carlos VIII de Francia. Por otro lado, existió la Santa Liga en México: Vicente Gómez —guerrillero que se hizo famoso por sus crueldades contra los españoles—, en la Independencia se levantó en armas con una gavilla de salteadores llamada de ese modo. Gómez se decía comisionado por el general Quintanar de Guadalajara y defensor de Iturbide. Para mayor información sobre la Santa Alianza, cf. "La Santa Alianza" en Alfonso Reyes, Obras completas: V. Historia de un siglo. Las mesas de plomo, 1ª ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1957 (Letras Mexicanas).