[NÚMERO 1]
Sobre la dignidad del rey y la soberanía de la nación
La Constitución, ese código divino que el año de 1812 formaron los representantes de la nación en medio del estruendo de las armas y de las más apuradas circunstancias con tanto tino y sabiduría, a costa de infinitos afanes y vigilias, no es otra cosa que el apoyo de nuestra común felicidad, el antemural de la tiranía y el escudo que debe defender nuestros derechos.
Bien se penetró de estas verdades la nación española, apenas se le hicieron entender, por eso fue recibida la Constitución con general aplauso, jurada con uniforme voluntad y celebrada con infinito regocijo.
Mas ¡oh dolor! ¿Quién nos dijera que nuestra libertad era fantástica, nuestra dicha aparente y nuestra felicidad precaria? ¿Quién había de pensar que en México, antes que en otra parte, se había de renovar la tragedia de nuestra antigua esclavitud? Pero así fue en efecto.
Aquí se rasgó, primero que en la Península, la preciosa Carta de nuestra libertad; aquí se profanó impunemente el santuario sagrado de las leyes; aquí se solemnizó el perjurio, suprimiendo, no menos que por bando, la sacrosanta libertad de imprenta, ese canal de la común ilustración, ese freno de la arbitrariedad y el despotismo; aquí se hollaron los derechos del ciudadano; aquí se violó sin motivo la seguridad personal, tantas veces ofrecida guardar con juramento; aquí... pero corramos un denso y eterno velo sobre unos acaecimientos tan escandalosos que desde luego presagiaron lo próximo de nuestra general esclavitud, como lo vimos.
Apenas pisó el gran Fernando la Península, las negras pasiones se exaltaron en los corazones de algunos de los que lo rodeaban y, fascinando su entendimiento, sorprendiendo su magnánimo corazón y aprovechando los momentos favorables a sus torcidas intenciones, le presentaron de cara los vicios más antisociales, disfrazados con inmaculada capa de las virtudes.
Así que el egoísmo, la adulación, la tiranía, la barbarie, el despotismo, la hipocresía, la superstición, etcétera, se los presentaron en la funesta escena, vestidos con los brillantes trajes de la lealtad, amor a su persona, justicia, ilustración,soberanía, virtud y religión.
A seguida, le hicieron creer a este buen monarca(a) que la nación estaba disgustada con el gobierno de las Cortes y ansiosa por ser regida por el antiguo; sin advertir los del partido odioso que agraviaban hasta el infinito a la heroica nación española, atribuyéndola una vileza, una barbarie y una ingratitud, semejante a la del pueblo de Israel, que harto de libertad y de maná, suspiraba por las coles y cebollas de sus tiranos los egipcios.
¿Pero quién se persuadirá, ¡santos cielos!, que el enfermo ansíe por su antigua dolencia, el esclavo por la cadena de que se ha visto libre y el reo por el verdugo que lo dejó de atormentar? Nadie, porque todos conocen la realidad de estos terribles males; pero como a nuestro amado Fernando estos males se la hicieron ver como bienes, su corazón, dispuesto a felicitar a sus vasallos, dio fáciles oídos a la persuasión infernal, y nos volvió a sumergir, sin advertirlo, en el piélago de desgracias de que apenas acabábamos de salir.
Bajo este malhadado concepto, la fuerza ocupó el lugar de la razón, se concluyó la obra que se había comenzado en México, esto es, se hizo general el perjurio, se restableció la Inquisición, firmísimo apoyo de la tiranía y el despotismo, se abolieron las Cortes, se proscribieron sus representantes, y el libro santo, el Código divino, se anatematizó en los púlpitos como impío, sacrílego y herético, y ¿por quiénes...? ¡Oh Dios de la verdad!, por muchos de los ministros del santuario.
Con estos artificios detestables alucinaron al rey y a la parte menos instruida de la nación, que es la mayor, logrando así que el monarca creyera sus embustes, que los buenos se intimidaran y callaran, que los malos triunfaran, y que el resto del pueblo sucumbiera a sus ideas, teniéndose por leal y por feliz al recibir otra vez el pesado yugo del infernal despotismo, que, pocos meses antes, había detestado con tantas pruebas de un racional convencimiento.
Todo quedó bajo el errado sistema del año de 1808. Las ciencias con sus trabas; las artes con su inercia; el comercio con su languidez; la agricultura con su abandono; la industria con su nada; la marina con su desprecio; el ejército con su debilidad; la educación con su apariencia de bondad; la religión con las supersticiones que la hacen ridícula y odiosa; la legislación con sus vicios, y, en dos palabras, el despotismo entronizado, y todos nosotros con la cerviz doblada y sufriendo el peso de su yugo con la humillación más vergonzosa.
Tal era el estado infeliz de la nación ahora seis meses; pero, ¡gloria al inmortal Quiroga(2) y a sus ilustres compañeros! Esos varones esclarecidos, esos heroicos españoles, esos Gallegos(3) generosos que, decididos por el bien general de la patria, osaron levantar las nobles frentes y, sacudiendo las pesadas cadenas, gritaron libertad en ambos mundos.
¡Gloria inmensa, sí, loor eterno a los manes de Daoiz,(4) Velarde(5) y otros nobles atletas que el 2 de mayo de 1808 se sacrificaron en el Parque de Madrid por la defensa de su patria! ¡Prez inmortal a la memoria de Lacy, Porlier y Vidal,(6) y otros fuertes que el año de 1814 sufrieron las prisiones y la muerte por haber sostenido los derechos de la nación en 1812!
Pero, ¡gloria eterna, loor inmortal, honor inmenso, al preclaro Quiroga, al esforzado Ballesteros(7) y a todos los valientes guerreros españoles, que denodados con impávido pecho y con voz firme acaban de gritar: Constitución!
Ellos, arrostrando los peligros, lucharon contra el despotismo y la ignorancia, advirtieron a la nación, y llevaron el grito santo de la libertad hasta la grada del trono respetable.
Entonces fue cuando el monarca augusto, como quien despierta un pesado letargo, escuchó los gritos de su pueblo que pedía libertad, Constitución, y al momento que se impuso de la justicia de la causa, y de que la heroica voz era pronunciada por el voto general de ambas Españas, se decidió a jurar el Código sagrado, restituyendo a la nación la soberanía que esencialmente le pertenece, asegurando con este golpe de magnanimidad la firmeza del trono de los Borbones y la felicidad del pueblo español en sus dos mundos.
La Soberanía reside esencialmente en la nación, dice nuestro sabio Código (título I, capítulo I, artículo 3). Esta proposición es malsonante y demasiado odiosa a los oídos de un déspota, así como es reverenciada por los reyes benignos como el nuestro. No muchos días hace que la vimos proscrita como herética y escandalosa. ¡Tanta es la fuerza de la adulación y la ignorancia! Pero pese a los déspotas, a los aduladores e ignorantes, la soberanía reside esencialmente en la nación y la suprema autoridad en sus monarcas. De manera que en la nación reside la soberanía y en el rey la autoridad suprema; con la diferencia de que la soberanía de la nación es esencial, propia e independiente, y la autoridad del rey es accidental y dimanada de la nación, sin que esto ceda en demérito alguno de su alta dignidad por dos razones: la primera, porque nadie se degrada por no tener lo que no le pertenece, y la segunda, porque aunque la autoridad suprema del rey dimane de la nación, una vez que ésta se la ha dado, está en obligación de conservársela escrupulosamente. De manera que nadie puede atentar contra la persona del rey... ¿qué es atentar?, pero ni injuriarlo ni faltarle al respeto por ningún caso. Esto quiere decir que la persona del rey es inviolable (título IV, capítulo I, artículo 168), y no puede perder esta soberanía sino dejando de reinar, lo que puede suceder por una de tres razones: porque abdique la corona, por un transtorno de juicio que lo constituya incapaz de gobernar, o por la muerte, con que todo concluye en este mundo.
Sin embargo de lo dicho, hay muchos que se confunden con estas distinciones; no saben cómo conciliarlas entre sí; no entienden cómo la soberanía absoluta resida esencialmente en la nación, ni como ésta sea la que a los reyes autoriza tan altamente; mas esta clase de personas poco instruidas se convencerá y lo entenderá fácilmente leyendo lo que sigue.
Los hombres en el estado natural eran absolutamente independientes unos de otros: disfrutaban una libertad sin límites; no reconocían más ley que su capricho, ni más superior que la fuerza, de modo que cada uno era su soberano, y no sólo suyo sino del más débil a quien podía oprimir.
En efecto, apenas se fueron multiplicando los hombres, cuando los fuertes abusaron de su libertad natural con manifiesto daño de los débiles. Éstos se reunieron en sociedades, así para ayudarse mutuamente como para defenderse de sus injustos opresores.
Ya reunidos, advirtieron que necesitaban de unas leyes que defendieran sus derechos, a las que llamaron civiles, y de otras que contuvieran por medio del castigo a los que las quisieran infringir. A éstas apellidaron criminales.
Mas estas leyes, ora fuesen formadas por todos, ora por los más equitativos y avisados, no podían hacerse ejecutar por todos, porque todos eran iguales y nadie tenía un derecho para hacerse respetar ni obedecer de otro de quien no era superior.
¿Qué remedio había para salvar esta dificultad? No otro que quitar la igualdad común, autorizando a uno particularmente para que fuera el superior de todos.
Para esto era indispensable que cada uno de los electores (que eran todos) cediera una parte de sus derechos, de su libertad y aun de sus propiedades en el elegido, para que éste le conservara los que le quedaban, que eran los más, pues nadie pierde lo más por asegurar lo menos.
De este modo quedó este superior (llamárase rey, juez, emperador, césar o lo que se quiera) constituido en una alta dignidad, superabundantemente autorizado sobre todos en lo particular, y con muy fundados derechos para reclamar la obediencia que le habían ofrecido, tal vez desde los principios, con juramento.
Siendo éste el origen de los primeros reyes, se deduce que entre ellos y los pueblos hubo cierto pacto social, y mediante él se dividió el poder, quedando el rey obligado a sostener la soberanía del pueblo y el pueblo la autoridad del rey.
Como la persona real era inviolable, la soberanía del pueblo jamás podía ofender ni deprimir la real autoridad. Desde este estado, los reyes fueron autorizados infinitamente sobre cada uno de sus súbditos; mas con una autoridad limitada respecto a la nación que los había constituido en jerarquía tan elevada, sin que estas ventajas ni limitaciones tuviesen nada de violentas, sino muy puestas en el orden natural. Me explicaré con más claridad con una comparación muy sencillita, para los que no me hubieren entendido.
Supongamos una ciudad compuesta de cien mil habitantes. Cada uno tiene cuatro pesos; a pesar de su pobreza, cada rato se ven acometidos de ladrones que saquean sus cortos bienecillos; para precaverse de este daño, resuelven fosearse y construir sus puentes levadizos. La determinación es buena; pero ¿quién la pone por obra? Cada uno tiene solos cuatro pesos, cantidad rateramente corta para un proyecto tan grandioso, que lo menos exige cien mil pesos para llevarlo al cabo.
En tal estrecho, convinieron en habilitar a alguno de todos con un peso, de que se privaba cada uno por el bien general. Este uno fue César, a quien desde luego dieron la cantidad estipulada.
He aquí a César con una riqueza exorbitante respecto de cada uno de sus habilitadores, pues él se hallaba con cien mil pesos, cuando uno de éstos contaba sólo tres pesos de caudal; pero al mismo tiempo se hallaba con un numerario limitado respecto a la masa general, pues entre todos tenían trescientos mil pesos, cuando él contaba sólo con cien mil.
Todo está bien aclarado en el cuentecito. César es el rey; la nación, la soberana, cedió una parte de su dignidad al rey, y éste quedó autorizado en supremo grado sobre cada uno de sus súbditos; pero sin embargo, esta dignidad se la confirió la nación, quien se quedó con la mayor parte.
La historia de todos los siglos confirman hasta la evidencia que la soberanía reside esencialmente en la nación. Sabemos que siempre ha habido y aún hay coronas electivas. ¿Quién las ha elegido?, el pueblo. Así que han fallecido, ¿qué ha hecho el pueblo?, reasumir en sí la autoridad que había dado a uno, para dársela después a otro, y a veces para retenerla en sí, como sucedió en Roma. Cuando ha habido dos o más pretendientes a la corona, ¿en quién se ha puesto?, en quien ha sido la voluntad del pueblo. Y ha podido tanto que en España a Wamba, hombre bueno, humilde y que se resistía a reinar, llegaron a obligarlo, presentándole la corona y la punta de una espada, de suerte que para librar su vida no pudo menos que aceptar el trono, en el que gobernó con entereza y prudencia ocho años, al cabo de los cuales abdicó en Hervigio la corona, y se retiró al claustro.
Esta soberanía nacional la han conocido hasta los pueblos incivilizados. En México, apenas murió Moctezuma, eligieron por emperador a Guatzimozin.(8)
Últimamente, la voluntad del pueblo es tanta y su soberanía tan respetable, que parece que la ha reconocido el mismo Dios, si me es lícito explicarme de este modo. Lo que no tiene duda es que ha condescendido con ella.
Cuando Samuel envejeció, dejó a sus dos hijos por jueces del pueblo de Israel. No imitaron éstos los buenos ejemplos de su padre, sino que corrompidos por la avaricia, trastornaron en cuanto pudieron la justicia.
Entonces se congregaron los principales de Israel, fueron a Samuel y le dijeron: tú estás incapaz de gobernar por tu edad, tus hijos no van por los caminos que les has enseñado; y así danos rey que nos juzgue.
Oró Samuel al Señor, quien se desagradó de esta petición. Sin embargo, dijo a Samuel: anda y diles cuál será el derecho o la dominación del rey que ha de reinar sobre ellos.
Fue Samuel, en efecto, y de parte de Dios les hizo la pintura de un rey déspota y tirano, que tal había de ser el que los gobernara.
Parece que era muy natural que el pueblo, oyendo de la boca de un profeta lo que se les preparaba con el rey que querían, desistiese de su pretensión. Pues nada menos sucedió. El pueblo, empeñado en tener rey, despreció los avisos de Samuel, y le dijo: de ninguna manera desistiremos de nuestra primer solicitud. Hemos de tener rey como todas las naciones. Nequaquam: rex enim erit super nos, et erimus nos quoque sicut omnes gentes.(9)
Entonces dijo Dios a Samuel: he oído la voz del pueblo; anda y dales rey, Samuel, instruido de la voluntad del Señor, dijo a los de Israel: váyase cada uno a su ciudad, que fue como mandar que se disolvieran las Cortes, pues estaba otorgado lo que pedían.(b) Esto es del Libro I de los Reyes, capítulo 8.
Ahora bien, Dios se disgustó con la petición del pueblo, y tanto que dijo a Samuel: a ti no te han despreciado, sino a mí para que no reine sobre ellos; sabía que el primer rey que tuvieran les había de salir malo; se los manda advertir;(10) el pueblo se encapricha, se obstina en querer rey, y Dios se lo concede como contra su voluntad, pues después de hecho rey Saúl, dijo: me pesa de haber constituido rey a Saúl.
¿No es esto condescender con la voluntad del pueblo? ¿Y en el uso libre de esta voluntad no consiste la soberanía de una nación? Sí, luego la soberanía reside en la nación desde el principio del mundo.
Ni se diga que muchos reinos han estado sujetos a los reyes sin su voluntad, lo que basta para destruir la máxima establecida, pues la nación que obedece y aun sirve contra su voluntad, no tiene soberanía.
Este argumento es especioso y nada prueba, porque los pueblos que han padecido esta clase de esclavitud, la han padecido por la fuerza; y donde ésta habla, la razón enmudece. Así también muchos pueblos han destronado y decapitado a sus monarcas, para lo que jamás hay razón, pues las personas de los reyes siempre deben ser inviolables.
Hasta aquí hemos hablado de la soberanía de las naciones en general; y si todas han gozado de ella, ¿por qué no España? ¿Quién le pudo privar de un bien tan indisputable y esencial a su naturaleza?
Gozó España, en efecto, de semejante regalía, usó de ella, estableció sus leyes, moderó la monarquía y fue la señora de sí misma, pero las vicisitudes de los tiempos, las continuas guerras, el embotamiento de las letras en los siglos de la barbarie, y sobre todo la ambición, la tiranía y el despotismo, la despojaron poco a poco de sus derechos, enervaron su antiguo vigor y la sepultaron en un abismo de desgracias.
En tan vergonzosa apatía permaneciera hasta hoy, si la para ella feliz revolución de Francia no le hubiera preparado el fuerte golpe con que despertó del pesado sueño en que yacía.
¿Pero quién no había de despertar con semejante sacudida? En un instante se vio España, el año de 1808, sin rey, sin ejército, sin dinero, sin amigos, sin recurso, hostilizada por los franceses y casi reducida a la más vergonzosa esclavitud.
En vano los buenos españoles sacrificaron sus apreciables vidas; sin fruto otros quisieron instalar unas nuevas formas de gobierno: regencias, juntas centrales y supremas, todo fue inútil. El francés se apoderó a su placer de la Península, y la España toda se vio encerrada dentro de los estrechos límites de Cádiz y la isla de León, así como en tiempo del glorioso don Pelayo se vio casi circunscripta entre las montañas y rocas de Asturias y Vizcaya, después que los moros se habían hecho señores de casi todo el territorio español.
En época tan apurada, resolvieron los buenos y libres españoles de Cádiz sacudir el pesado yugo galicano y, al mismo tiempo, reformar el gobierno, cuyos abusos eran la legítima causa de sus males.
Para llevar al cabo tan grandioso proyecto, lo primero que hicieron fue desprenderse del egoísmo. Conocieron que los pocos buenos que había en Cádiz, ni eran suficientes para tan general reforma, ni había quien estuviese autorizado para hacerse obedecer. Entonces es cuando se acuerdan que la soberanía reside esencialmente en la nación. Hacen que ésta se reúna en Cádiz, por medio de sus representantes depositan toda su confianza en el sabio Congreso, y éste echa los primeros cimientos para la felicidad de la monarquía, instituyendo ese precioso Código, que después de abandonado. por seis años, ha sido jurado libremente por nuestro católico monarca.
Sí, éste es el rey legítimo, españoles: Fernando sólo merece los epítetos gloriosos del rey, de grande, de libertador de la nación.
¡Gloria eterna a tan valiente césar! Su memoria no perecerá con el trascurso de los siglos. Nuestros hijos dirán a las generaciones futuras: sois ciudadanos, habéis nacido libres. A seguida, les contarán la historia de nuestras desventuras; ellos, llenos de asombro, preguntarán: ¿a qué rey destinó la Providencia la gloria de arrancar a la nación del carro de la vergonzosa servidumbre? A Fernando VII, les dirán. Este magnánimo monarca fue el héroe que en ochocientos veinte, jurando la sabia Constitución, restableció a la nación en sus derechos, la libertó de la tiranía del despotismo, respetó la ley, convirtió a sus vasallos en hijos amorosos, les restituyó el honor de ciudadanos, fue la gloria de la nación, el autor de su felicidad y el verdadero padre de sus pueblos.
Entonces nuestros pósteros, llenos del entusiasmo más sagrado y de la más sincera gratitud, besarán el retrato del monarca; quisieran haberlo conocido, o al menos haber vivido los días de su reinado, y no pudiendo significar su amor y su agradecimiento de otro modo, exclamarán llenos de regocijo y bien enseñados por nosotros: VIVA LA NACIÓN, VIVA LA LEY CONSTITUCIONAL y la memoria del gran FERNANDO VII, que tan espontáneamente la juró.
J. F. L.
México, año de 1820.
(1) Imprenta de don Mariano Zúñiga y Ontiveros, calle del Espíritu Santo [hoy, Motolinía].
(a) Su majestad lo dice en su Manifiesto de 10 de marzo.
(2) El coronel Antonio Quiroga, junto con el general Rafael de Riego, tomó parte en la sublevación de 1820, que hizo restablecer la Constitución de 1812.
(3) Juan Nicasio Gallegos (1777-1853). Doctor español en derecho y filosofía. Diputado a las Cortes de Cádiz, perseguido por Fernando VII por sus ideas liberales. Se le encarceló; en 1820, recobró la libertad. Escribió A la defensa de Buenos Aires;Dos de mayo. Varias odas: A la muerte de doña Isabel de Braganza, A la muerte de la duquesa de Frías, etcétera, y una elegía A la muerte del duque de Fernandina.
(4) Luis Daoiz y Torres (1767-1808). Capitán de artillería español. En la fecha que cita Fernández de Lizardi, suministró armas al pueblo para que combatiera contra los invasores franceses. En la contienda murió atravesado por las bayonetas del enemigo. Héroe del 2 de mayo de 1803.
(5) Pedro Velarde y Santiyán (1779-1808). Militar español. Murat, general francés, intentó llevárselo a su lado; sin embargo, él se mantuvo firme en sus ideas. El 2 de mayo de 1808 se impuso a los oficiales franceses y a la tropa que guarnecía el parque Monteleón; no obstante ahí mismo murió heroicamente
(6) Luis de Lacy, Juan Díaz Porlier y Joaquín Vidal, militares que entre los años de 1815 y 1819 tomaron parte en conspiraciones y rebeliones contra el régimen absolutista de Fernando VII, y murieron a causa de ello.
(7) Francisco López Ballesteros (1770-1833). General español que combatió a los franceses. Se unió al partido liberal (1816) que pretendía restablecer la Constitución de Cádiz. Derrotó a Fernando VII mediante un ardid militar, obligándolo a prometer guardar la Constitución. Cuando Fernando VII anuló todos los decretos y actos del gobierno liberal (1823), lo condenó a muerte. El duque de Angulema le facilitó el embarque en un buque inglés. Murió en París.
(8) A la muerte de Moctezuma, o acaso poco antes de ella, ya que se hallaba preso por los españoles, los aztecas eligieron a Cuitláhuac (1519), quien falleció poco tiempo después y fue sustituido por Cuauhtémoc, o sea Cuauhtemotzín, que Fernández de Lizardi llama Guatzimozin.
(9) La cita completa es: Nequaquam: rex enimerit super nos, / eterimus nos quoque sicut omnes gentes: / et iucabit nos rex noster. Samuel, 8, vers. 19-20.
(b) Se juntaron a pedir rey todos los principales de Israel, y luego les dice Samuel que se vaya cada uno a su ciudad. Esto me hace creer que de cada ciudad fue uno a Ramatha, donde estaba Samuel, a representar la voluntad de los que no podían ir. Éstas son cortes, y si esto es así, son muy antiguas en el mundo.
(10) Se los manda advertir. La pluralización del complemento directo para denotar que el indirecto está constituido de varias personas, es característica del habla de México.