NUEVAS PRUEBAS DEL CHAQUETISMO
DE LOS CANÓNIGOS DE MÉXICO

 

O sea alcance al número 19 del Payo y el Sacristán(1)

 

Es imposible sufrir a los canónigos de México, ya se encueran,(2) como dicen los vulgares. Sí: su chaquetismo,(3) su odio a nuestro sistema y a nuestros compatriotas no lo disimulan, sino que lo manifiestan a las claras. Ya estaba impreso el papel de ayer en que consta el escrito que presenté al Supremo Consejo de Gobierno sobre infracciones de la ley escandalosamente cometidas por este Cabildo Eclesiástico, cuando se me informó por varios sujetos eclesiásticos y seculares de distinción que este Cabildo acaba de colocar en muy pingües destinos a dos o tres europeos españoles, con agravio de más de setenta beneméritos americanos, que han servido los diez, los quince, los veinte y más años, siendo lo más injusto que han hecho recaer estos empleos en individuos que reúnen muchos, por ejemplo el español montañés don Manuel Llanguas, teniendo por el gobierno antiguo un estanquillo, siendo contador de diezmos y mayordomo de las monjas de Santa Inés,(4) ha solicitado y conseguido, según me dicen, la contaduría del Juzgado de Capellanías, glosas de cuentas de los conventos de las religiosas sujetas al Ordinario, con todas las cofradías y ramos del arzobispado.

El español don Juan Bautista Tarrás, difunto, llegó a reasumir en sí las mayordomías de las monjas de San José de Gracia,(5) de las niñas educandas de la Enseñanza,(6) de las religiosas de la Encarnación,(7) la de la Santísima,(8) siendo tesorero de la Soledad,(9) etcétera, etcétera, y ahora se han dado estas plazas a los tres españoles Llanguas, Peña, y N. que no las necesitaban, pues tenían destinos y alguno de ellos es rico. Esto es la mayor injusticia que se puede dar en este Cabildo Eclesiástico.

¿Acaso estos padres clérigos se han soñado dueños de los bienes que manejan para repartirlos a su antojo? He aquí una de las fatales consecuencias que trae a la nación el intolerable despotismo eclesiástico. Toda corporación, cualquiera que sea, tiene que satisfacer al gobierno de la inversión de los caudales públicos que administra, y aun el mismo gobierno, que no tiene quién le tome cuentas, satisface a la nación, y mensualmente le presenta en la Gaceta un resumen de los caudales entrados, salidos y existentes. Sólo los canónigos no se meten en esos cumplimientos, sólo ellos hacen lo que se les antoja con lo que no es suyo y no hay quién les vaya a la mano. Yo sé de cierta finca que ganaba me parece que mil pesos, cuyo dinero fue destinado por el donatario de ella para dotes de niñas huérfanas, y desde el año de [...] se la han dado los canónigos a un cura del Sagrario en la cantidad de setecientos. Es decir, que han rebajado anualmente cuando menos el dote de una niña, y que dejarán de establecerse tantas huérfanas cuantos años persista esta pública usurpación. No se me enojen sus señorías, pero yo no sé qué nombre darle a esta ilegalísima rebaja que se ha hecho de los arrendamientos de esta finca, destinados por su dueño para unos fines tan piadosos; siendo además de ilegal, innecesaria, porque siempre han sobrado sujetos que paguen el primer arrendamiento establecido.

¿Y a quién han hecho los canónigos esta graciosísima rebaja? ¿Acaso a algún pobre eclesiástico que por haber prestado servicios a su patria ha quedado reducido a la indigencia? Nada menos que eso, sino al doctor don Agustín Iglesias,(10) cura del Sagrario de esta Santa Iglesia Catedral y público enemigo de nuestra Independencia; quizá ésta será la mejor recomendación que tendrá para que lo protejan sus señorías con lo que no es suyo, y con perjuicio de tercero.

Al ver yo estas cosas, el abandono que se hace de los americanos, y la predilección hacia los gachupines(11) para preferirlos en los destinos con agravio de aquéllos, me irrito; me lleno de un celo patrio, y quisiera ser el presidente de la República nomás ocho días, para que no me quedara en ella un servil monarquista, ni morado, ni negro, ni pinto, ni de ningún color. ¡Vive Dios!, que en tan corto plazo les había de enviar a los heroicos caballeros de Ulúa un buen refuerzo de ilustres capellanes que a la hora de su muerte les apretaran la mano o el pescuezo. Con la primera remesa de quince o veinte canónigos, obispos o frailes chaquetones que yo enviara, ya los demás estarían en un puño; pero ya que no soy presidente ni cosa que se le parezca, me contentaré con hacer lo que los perros leales cuando extrañan en su casa algún ruido, que es ladrar para que despierte el amo. ¡Desdichada nación cuyo gobierno no despierta con tanto grito!

Protesto siempre mi respeto al estado eclesiástico y a la Santa Iglesia; pero los canónigos chaquetas, que con éstos sólo hablo, dejando en su buena opinión y fama a los buenos y verdaderos patriotas, no son ni la Iglesia ni el estado eclesiástico, aunque pertenecen a una y otro.

De la misma manera protesto que no les tengo la más mínima aversión a los españoles que nombro en este papel; no me han agraviado en lo más mínimo, y ni aun tengo el honor de conocerlos; ellos han hecho muy bien en haber pretendido los empleos que obtienen. Todos los hombres por lo común somos egoístas, interesables y aspirantes. Si yo mañana pudiera ser general y ministro, obispo, canónigo y presidente, tal vez no me quedaría muy corto; esto de tener mucho dinero, comodidades y representaciones es una gloria, porque a ninguno le pesa haber nacido. Por eso digo que esos españoles que han solicitado y tienen tres o cuatro destinos pingües, han hecho muy bien en pretenderlos; mas el Cabildo ha hecho muy mal en dárselos con agravio de tanto americano benemérito, pues debían conocer que por ser hijos del país, por sus talentos y, lo que es más, por sus servicios, eran acreedores a tener un pedazo de pan con que descansar en su vejez.

Debían también los canónigos tener presente que una de las principales causas de la insurrección fue el justo celo y queja que tienen los pobres criollos de ver repartir a los extraños el pan en su misma casa sin tocarles a ellos una migaja, en expresión del señor Macanaz.(12) ¿Pues cómo es que los canónigos de México insisten en imitar la conducta del gobierno español, prefiriendo los hijos de la Península a los naturales de este país? En aquellos tiempos tenebrosos encabezaban los españoles pretendientes sus memoriales de este modo: don J. de N., natural de los reinos de Castilla. Ésta era la contraseña que entendían bien los gobernantes, para atenderlos con perjuicio de los beneméritos americanos. La simonía tenía su casa propia en nuestra Iglesia. En tiempo del arzobispo Núñez de Haro y Peralta,(13) dignísimo gachupín y acérrimo enemigo de los criollos, se daban los mejores curatos y piezas eclesiásticas a españoles, acaso ignorantes, con agravio de americanos llenos de ciencia y de virtud. Entre los pasquines que le pusieron por esta causa, merece recordarse uno muy picante y agudo.

Pintaron en un lienzo en un lado una porción de clérigos pobretes y prietitos, que manifestaban ser criollos, que presentaban sus hojas de servicio al arzobispo, solicitando curatos, sacristías y otros beneficios; y al otro lado estaba otra porción de clérigos blancos y almidonados, a quienes el arzobispo vendía los beneficios eclesiásticos. Arriba estaba este lema Satiasti, DomineFamiliam tuam muneribus sacris, que quiere decir: "Hartaste, señor, a tus siervos con los dones sagrados." Al señor Haro le gruñeron las tripas de cólera con semejante receta; pero a nuestros canónigos de México, a quienes les viene que ni mandada hacer, me parece que les servirá de un fresco temperante, porque sus mercedes, antes que biliosos, son demasiado flemáticos, según que lo tengo experimentado por mí mismo; pero su socarronería no quita que sean delincuentes ante Dios y los hombres. Son lo más en este caso que el señor Haro; por fin éste era gachupín, y era natural que hiciera más por los suyos que por los nuestros; pero estos padres clérigos, casi los más americanos, que sus buenas mesas, magníficas casas, maqueados coches(14) y vida regalona se las deben no a su portentosa sabiduría, no a su virtud edificante, no a sus pasados méritos, ni a sus presentes trabajos, sino a la insensatez de un pueblo criado y educado en el más vergonzoso fanatismo, hacen muy más que mal en despreciar a los hijos del país para colocar a los extraños.

Sí, señores canónigos, vuestro proceder os hace, ante el hombre sensato, más criminales que el arzobispo Haro, porque a un mismo tiempo os manifestáis injustos y malagradecidos. Injustos porque distribuís muy mal la justicia, pues no dais a cada uno lo que es suyo, sino que dais lo ajeno a quien no lo merece; no sé qué teología moral habéis estudiado. Sois malagradecidos porque abatís a los americanos que son no ya los que socorren vuestras necesidades sin trabajar, cosa que no exigió san Pablo de sus discípulos, sino los que fomentan vuestro lujo y vida regalona. Sí, el labrador americano ayuna para que vosotros comáis espléndidamente; él vela en el campo para que vosotros durmáis en mullidos lechos; viste pieles y jergas para que vosotros os adornéis con sedas y cambrayes; él anda a pie en los montones y sementeras, sujeto a las inclemencias del tiempo, para que vosotros andéis en coches y carrozas inglesas, y él, en fin, trabaja, se desvela, se fatiga, para que vosotros viváis y comáis alegremente. Americanos son los labradores, americanas las tierras que trabajan, americanos los frutos que producen, americanos los dependientes que os sirven y americanos los pesos que os rinden vuestras cuantiosas rentas. Parece natural que por gratitud aliviarais a vuestros bienhechores americanos, con lo que nada os cuesta, pero no es así. Enriquecéis al rico gachupín y dejáis sepultado en la miseria al americano benemérito. Ved si tengo razón para decir que sois injustos, borbonistas y malagradecidos. ¡Bien haya la nación que no os tolera!

El Pensador

Otrosí. Sabemos que el enviado de Colombia, ni pasó a Roma, sino que de Bolonia se volvió a su patria, porque no pudo conseguir nada de su santidad, en favor de aquella República, pues dijo el santo padre que no reconocía la Independencia por las íntimas relaciones que tenía con España. El mismo desaire debe esperar nuestra legación, por los mismos principios, y entonces... Aquí es ella: la guerra del cisma es infalible. Los canónigos y las viejas, los fanáticos y los frailes tontos nos van a armar una chamusquina(15) de los diablos. Si a esto se agregara un gobierno teocrático y papanatas, tendríamos todo lo necesario para que se verificara La nueva revolución que se espera en la nación, título con el que años ha escribí un papel pronosticándola.

Sé que me voy a concitar el odio de la mayor parte del clero y del pueblo supersticioso e ignorante, pero en obsequio de mi patria, a quien tengo sacrificada mi existencia, y por tal de que se ilustren cuatro aunque me aborrezcan cuarenta, les explicaré según mis cortos alcances qué cosa es un papa y un rey de Roma, qué cosa es el centro de la unidad católica y lo que es la corte romana: sabrá el pueblo cosas que ignora y que van a escandalizarle, para que de este modo y conociendo los fundamentos de su religión, reciba sin alterarse las disposiciones del gobierno contra la corte romana, en el último caso. Por ahora es bien que sepan que al bolsillo del papa no le tiene cuenta nuestra Independencia, que es tan enemigo de ella como Fernando VII y que es uno de los primeros personajes de la maldita Liga(16) de los reyes opresores del hombre libre, a la que han dado el irónico epíteto de Santa, por estar ingerido en ella su santidad.

Esta explicación saldrá en los números que faltan para concluir el segundo tomo de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

México, junio 8 de 1825.

 


(1) Oficina de don Mariano Ontiveros.

(2) ya se encueran. Hacen las cosas sin disimulo.

(3) chaquetismo. Cf. nota 6 al núm. 2 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(4) Santa Inés. En 1600 las religiosas de la Concepción fundaron este convento a expensas de los marqueses de la Cadena. Limitado al norte por casas particulares de la calle del Hospicio de San Nicolás; al este, por el callejón de Santa Inés (hoy primera calle de la Academia); al sur, por la calle de Santa Inés (hoy segunda calle de la Moneda), y al oeste, por casas particulares de la misma calle y de la del Indio Triste (hoy primera calle del Correo Mayor). La iglesia de Santa Inés está en la calle de Moneda, esquina con la de Academia.

(5) San José de Gracia. Con el capital de Fernando Villegas y a la iniciativa de fray García Guerra se fundó este convento en 1610, con la advocación de santa Mónica. Lo fundaron dos religiosas concepcionistas. Limitaba al norte con las calles de San José de Gracia (hoy quinta calle de Mesones); al oriente, con el callejón de la Estampa de San José de Gracia; al sur, con la calle del Corazón de Jesús, y al occidente, por casas particulares.

(6) Enseñanza. Sor María Ignacia Azlor, monja benedictina, fundó este convento en 1754. Limitaba al norte con la calle de la Encarnación; al este y oeste por casas particulares, y al sur, con la calle de Cordobanes (hoy cuarta de Donceles). En 1811 el obispo Márquez de Castañiza fundó el de Betlemitas o Enseñanza Nueva, era un monasterio para indígenas que se llevó a varias religiosas de la Enseñanza Antigua. Se hallaba en la calle del Colegio de Guadalupe. Después, las religiosas fueron trasladadas al convento de San Juan de Dios, y posteriormente al de la Orden Hospitalaria de los Betlemitas. Finalmente, volvieron a la Enseñanza Antigua. En la actual calle de Donceles se encuentra la iglesia de la Enseñanza.

(7) Encarnación. Monasterio fundado en 1594 por monjas de la Concepción. Daba al norte a la Perpetua; al este, a Santa Catalina; al sur, a la Encarnación (hoy calle de Luis González Obregón) y al oeste, al edificio de la Aduana. El convento de la Encarnación lo ocupa hoy la Secretaría de Educación Pública, y la iglesia es la Biblioteca Iberoamericana.

(8) Santísima. En la esquina de las calles de la Santísima y Emiliano Zapata.

(9) Soledad. O Soledad de la Santa Cruz. Está en la plaza de la Santa Escuela en el extremo oriente de las calles de la Soledad.

(10) Agustín Iglesias. El dato que tenemos es que el 29 de mayo de 1816 renunció a la rectoría de la Real y Pontificia Universidad de México el doctor y maestro Isidro Ignacio Icaza. El 31 de mayo fue electo para ocupar ese cargo Agustín Iglesias, cura del Sagrario.

(11) gachupines. Cf. nota 11 al núm. 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria.

(12) Rafael Melchor de Macanaz (1670-1760). Político y escritor español. Sirvió a Carlos II y luego a Felipe V, tomando parte en las campañas de Portugal y Cataluña; fue presidente del Consejo de Hacienda y fiscal general del Consejo de Castilla, en cuyo cargo firmó un Pedimento que le indispuso con la Inquisición; desterrado a Francia, escribió Historia de la religión y de la Iglesia; Refutación del jansenismo;Historia de España, y otras obras. Sus actividades diplomáticas, en perjuicio de Francia, le llevaron a la prisión, primero en Pamplona y luego al castillo de la Coruña, hasta el advenimiento de Carlos III. Fue uno de los políticos y diplomáticos más eminentes de su época, paladín del regalismo, y escritor célebre, que dejó más de doscientos volúmenes, la mayoría inéditos, habiendo publicado varias obras, entre ellas, Historia crítica de la Inquisición.

(13) Alonso Núñez de Haro y Peralta (1729-1800). Prelado, gobernador español y arzobispo de México. Designado virrey interino de la Nueva España; durante su administración se llevó a cabo un plan de organización política y administrativa basado en las Intendencias. Realizó reformas en la organización de los juzgados de indios.

(14) maqueados coches. Cf. nota 9 al núm. 13 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán.

(15) chamusquina. Castigo que alcanza a varios, o acción cuyos efectos reciben indistintamente muchas personas. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(16) Santa Liga. Cf. nota 19 al núm. 1 de El Hermano del Perico que cantaba la victoria.