NO HAY POR QUÉ TENER TEMOR,
SIENDO JUSTO EL DIRECTOR(1)

 

Salus populi suprema lex est.(2)

 

 

Había jurado por la laguna Estigia(3) no volver a escribir, mientras no variaran las circunstancias en que nos hallamos; pero al fin me hizo perjurarme el amor de la patria, créase o no se crea.

He estado observando en estos días los grandes debates que ha habido en el Soberano Congreso acerca de la suprema dirección, a que muchos le dan el título dedictadura.(4) Manifiestan en verdad demasiado temor con esta preeminencia, que ya se ha declarado hacer efectiva; y yo confieso que los acompañaba en sus temores, y pensaba que la dictadura era una furia salida del infierno que, introduciéndose en el corazón del dictador, lo convertía en un déspota, tirano de los pueblos, despreciador de las leyes y verdugo capital del género humano; creía que era imposible que se contuviese en sus deberes un particular, exaltado de la noche a la mañana, a lasuprema dictadura; es decir, a la soberanía absoluta, lleno de facultades ilimitadas y libre de toda responsabilidad, y según estas falsas ideas, deducía con algunos señores diputados que la federación se iba a disolver y a envolverse la patria en la anarquía.

Cuando mi imaginación batallaba con estos tristes pensamientos, se me acercó un amigo y noticioso del motivo que causaba mi confusión, me dijo que no fuera tétrico y fatalista, que había una enorme distancia entre un supremo dictador y un director supremo, pues el primero no reconoce sobre sí ninguna autoridad, y el segundo reconoce al Soberano Congreso y a las leyes; que las facultades que se le conceden son limitadas en el modo y en el tiempo; que debe tener un consejo que le consulte en materias de gravedad extraordinarias, y que conduzcan al bien general de la nación; que no tiene el privilegio del cuchillo; y así no puede matar, secuestrar ni proscribir a ningún ciudadano a su antojo, sino conforme a las leyes; que aunque parece que la comisión concedía el veto al supremo director, que eso estaba en veremos, que se debía discutir, y regularmente no se admitiría por el Soberano Congreso, pues en teniendo facultades el director para suspender las leyes que quiera, tendría una verdadera dictadura, se erigiría en un legislador, y revestido de este soberano carácter y con el mando de las armas podría suspender todas las leyes actuales, hacer y sancionar las que quiera, perpetuarse en el empleo, derrocar el Congreso, disolver la federación y coronarse el día que le diera la gana.

Todo esto puede hacer un director, o llámese como quisiere, decía mi amigo, si tiene el veto y bayonetas con qué sostenerlo; pero es difícil que convenga en tal cosa el Soberano Congreso; mas si conviniere en esto con la comisión y mañana el director lo disolviere, quéjese de su liberalidad. Ya lo hizo una vez el señor Iturbide,(5) y no tenía el veto, sino solamente bayonetas; ¿qué podrá hacer el señor director con bayonetas y con veto?, por eso creo que ha de haber su rebaja en este punto, porque a todos nos va en el gallo.(6) Conque no hay que temer, amigo, el director será justo, las cosas tomarán su tono y se asegurará más y más nuestra independencia y libertad, que es a lo que todos debemos aspirar.

Si así ha de ser, le contesté, no me parece mal el director supremo, pues entiendo que será al modo de un virrey que tenía facultades para obrar por sí en los casos extraordinarios, dando cuenta después al rey; estas providencias por lo regular eran justas, y así casi siempre se aprobaban. Tales me parece que son las facultades del supremo director, y en este caso nada le veo de malo; antes de muy bueno, si estas sólitas se conceden por el bien de la patria, que siempre debe ser la suprema ley.

 

Salus populi suprema lex est.


Yo soy de ese parecer, dijo mi amigo; creo que el temor que se ha manifestado a este extraordinario privilegio de la suprema dirección es un fantasma o un toro de petate(7) con que muchos se han asustado, estimulados del siempre santo y laudable celo de la libertad de su patria; el mismo celo que ha esforzado en el Congreso a los adictos al dictamen de la comisión; y si así es, todos los diputados son dignos de bendiciones, los que aprobaron y los que se opusieron al dictamen, pues a todos dirigió un mismo fin, el bien de la patria.

Aleluya tres veces, respondió a mi amigo, si así es, somos felices; pero si el director se vuelve dictador, a título de las armas del poder ejecutivo que ejerce, ejecutivamente nos lleva el diablo; y eso es lo que temo, porque del despotismo a la tiranía no hay un paso, y donde comienza el desprecio de las leyes, allí está el trono fijo de los tiranos.

En este caso, dijo mi amigo, usted no teme el privilegio de la dictadura o dirección, sino el abuso que un déspota, soberbio y sanguinario puede hacer de él; eso es entenderlo, Pensador, eso es entenderlo. En no distinguiendo las cosas de laspersonas, todo es confusión. Las cosas en sí mismas son buenas o malas, según el uso que de ellas se hace: un cuchillo es bueno cuando rebana el pan, es malo cuando asesina al hombre; el fusil es excelente en mano del general que con él rechaza al enemigo, es pésimo en mano del enemigo sangriento que con él asola una ciudad inocente. El bien o el mal no está en el fusil ni en el cuchillo, ésas soncosas, sino en el asesino o el general que usan o abusan de él, ésas son personas. De todo se abusa en esta vida, pero el abuso no está en las cosas sino en las personas. El pueblo que logre tener instituciones liberales, leyes justas y magistrados sabios y virtuosos, tiene cuanto necesita para ser feliz, sea cual fuere su forma de gobierno. A esto debemos aspirar y dejarnos de escrúpulos y rivalidades.

He dicho a usted que está decretado por el Soberano Congreso que el gobierno se concentre en una sola persona por tiempo limitado, y con subordinación al mismo Congreso y a las leyes; que no será dictador, sino director o presidente de la República, y así, nada hay que temer; pero aun cuando fuera dictador hecho y derecho, no debíamos temer si era justo.

En estos días se han acordado de los romanos que abusaron de la dictadura; hubiera sido útil que hubieran dado un lugar a los que usaron de ella en beneficio de la patria.

¿Pues qué, hubo algún dictador bueno?, le pregunté a mi amigo, lleno de admiración. Sí, me dijo éste: en uno de los más fuertes apuros en que se vio Roma, acometida por los sabinos y los ecuos, teniendo éstos al cónsul Minucio, nombraron dictador a Quincio Cincinato,(8) que era un pobre que vivía en el campo cultivando con sus manos un pequeño terreno que tenía de cuatro yugadas,(9) y era la única hacienda con que contaba para subsistir. Los diputados de Roma lo hallaron casi desnudo con el arado en la mano, lo saludaron, le hicieron saber el peligro en que estaba la patria y le suplicaron admitiese la alta dignidad. Quincio, sorprendido, vacilaba en su determinación, y se le conocía por el silencio; pero, por fin, la patria lo llamaba, era preciso obedecerla. Se viste, monta a caballo, parte a la campaña, destruye a los enemigos, salvando el ejército romano; economiza la sangre de los vencidos, perdonando a todos la vida; recobra las tierras perdidas y añade otras nuevas al Estado; entra en Roma triunfante, entre vivas y aclamaciones; arregla los negocios interiores; todo esto en diez y seis días, y teniendo la dictadura por seis meses, apenas vio su patria sosegada, cuando hizo dimisión del empleo y se retiró a su pobre casa a uncir bajo del yugo a sus bueyes el que acababa de libertad a sus hermanos.

¡Era hombre prodigioso Quincio Cincinato!, exclamé al oír su historia; y mi amigo añadió: aun hizo más, el Senado le ofreció las tierras que quisiese, de las que acaba de conquistar; él lo rehusó. Sus amigos, deseando verlo con mejor suerte, le ofrecían o le regalaban varias de sus posesiones, y Quincio nada admitió; satisfecho con haber servido a su patria, se retiró a su pequeña estancia a vivir y morir pobre, pero lleno de honor y bendiciones.

Pues si así son todos los dictadores, dije, lleno de admiración, ¡que vengan uno cada semana! ¡Válgame Dios!, y a cuántas reflexiones da lugar ese rasgo de historia. En el campo y entre los bueyes, entre la desnudez y la miseria, fueron los romanos a buscar al libertador de su patria y lo hallaron; nosotros lo quisiéramos hallar entre los palacios y vidrieras, entre los coches y los pesos.(10) No hay duda: los romanos olían la virtud como los perros la carne, y sabían que aquélla no se circunscribe al lujo, a la representación ni a la fortuna, sino que se halla mil veces en la choza más humilde de una ciudad, y en el más triste páramo del campo. ¡Felices romanos!, ¡quién pudiera trasladar a la América vuestra virtud! De estos sentimientos quisiera ver penetrados a todos los americanos; pero temo que algunas provincias, escabroseadas(11) con esta novedad e ignorantes de los justos motivos que la exigen, y aun de las facultades del director, quieran... tiemblo sólo al pensarlo, quieran, digo, substraerse del gobierno de México.

Es muy temible semejante separación, dijo mi amigo, cualquiera que lo proponga es un traidor a la patria. ¿Habrá provincia que crea en sujetarse a este sistema hace un sacrificio?, pues hágalo norabuena, que la patria lo exige: desobedecer las justas determinaciones del gobierno central es faltar al orden y atacar el sistema directamente; el que hace esto no puede ser patriota. Dios nos libre de los genios díscolos en estas turbulentas circunstancias. Si siembran la desconfianza, siembran la discordia, anulan la federación, introducen la anarquía y arruinan la patria. Esto fuera anticipar el triunfo al enemigo, ahorrándole hasta el trabajo de buscarlo.

Pero como los Estados son soberanos, dije, quizá se juzgan autorizados para hacer lo que quieran en uso de su soberanía. Ése es el muy desatino, contestó mi amigo, y lo mismo será que algunos Estados piensen de ese modo que el que decreten la disolución de todos. Cualquiera gobierno, aun el despotismo absoluto, es menos malo que la anarquía.

¿Y qué le parece a usted, le dije, de esos rumores que corren sobre que viene contra nosotros Iturbide por una parte, y no sé qué expedición de España(12) por otra? Me parece, dijo mi amigo, que puede sucedernos lo que a los conejos de la fábula, a quienes sorprendieron los perros entretenidos en si eran galgos o podencos.(13) Si ahora nos andamos divirtiendo con partidos, si andamos discutiendo sobre si conviene o no el supremo director, si nos dividimos nos rompemos las cabezas, no será mucho que venga Iturbide, la Liga(14) o el que le diere la gana, y que nos eche las cadenas para siempre; y a fe que habrá bien, porque los locos furiosos no deben estar libres, y si nosotros mismos buscamos pretextos para matarnos unos a otros, si amenazamos de peligros, en vez de prepararnos a la defensa, nos entretenemos en frioleras, no podemos ser más locos.

Estas cosas me tienen quemada la sangre, dije a mi amigo: no es mala hora, por cierto, para que andemos disputando si serán galgos o podencos los que nos quieren comer; el caso es evitar el ser presa de ninguno, y eso no puede conseguirse si andamos divididos en opiniones y si los congresitos soberanos se descantillan de la subordinación debida al general y al gobierno supremo. Yo entiendo que la federación no es una absoluta independencia de todo gobierno supremo, sino antes bien, una alianza recíproca y a los gobiernos centrales. La federación me parece que debe ser como las ruedas de los coches, cuyos rayos, aunque independientes entre sí, se unen a las mazas centralistas del eje, y así, éste sosteniendo a todos los rayos, y éstos apoyando las mazas, hacen caminar la máquina sin violencia, la que caería a tierra en el momento que se zafara de las mazas céntricas en que se apoyan. Así sucedería con nuestra máquina social, si por desgracia algún Estado diera a los otros el mal ejemplo de separarse del gobierno central, que deben reconocer como punto céntrico o de apoyo: al instante que esto sucediera, la disolución del Estado era segura.

Así es, dijo mi amigo, ¡Dios nos libre de que algún Estado quiera lo mismo que el de México,(15) pues entonces su ruina, o la general, es infalible! Explíqueme usted cómo está eso, le dije, y él me contestó: Ha de saber usted que una mujer se presentó al juez solicitando divorciarse de su marido, el juez le preguntó si era pícaro, si le faltaba a los alimentos, etcétera, y la mujer le respondió: nada de eso, quiero divorciarme porque tenemos yo y mi marido una misma voluntad: lo que yo quiero quiere él, y lo que él quiere quiero yo. Admirado el juez con semejante razón, hizo llamar al marido, quien le explicó el enigma diciéndole: señor, es cierto lo que mi mujer dice, yo como cabeza de la casa quiero educar [a] mis hijos, arreglar los gastos y, por fin, mandar en mi casa. Esto mismo quiere mi mujer, yo no se lo consiento, y así andamos riñendo todo el día.

Quisiera que todos los Estados de la federación tuviesen presente el cuentecillo. En queriendo todos mandar, el matrimonio, con la libertad, está a riesgo de acabar en entremés.

Usted que tantas pruebas tiene dadas de su patriotismo, diga a nuestros paisanos que la íntima unión entre sí, y la subordinación legal al supremo gobierno de la República, es lo único que puede salvarnos de los peligros que nos amenazan, afianzar nuestra independencia y abrirnos las puertas de la prosperidad.

Dígales que así como un cuerpo de un hombre no puede andar, alimentarse ni defenderse si no tiene cabeza, así tampoco puede progresar ni existir un Estado acéfalo o sin una autoridad suprema que los dirija, sea cual fuere su forma de gobierno.

Dígales que no se asusten con estas providencias que acaba de dictar el Soberano Congreso de concentrar el gobierno en un solo individuo; que éste decantado coloso no es más que un toro de petate, capaz de asustar solamente a los pusilánimes o malvados.

Explíqueles que esta persona no tiene el carácter de dictador, pues éste no reconoce sobre sí ninguna autoridad, obra sólo en consorcio de un vice-gerente, quien le está sujeto como el último de los ciudadanos, y nuestro director depende del Congreso General, ha de tener un vice, compañero suyo, y además un consejo, que sería inútil y ridículo si sólo se instalara para adularlo, sin tener arbitrio para consultarlo en los casos extraordinarios.

Recuérdeles la distinción que se debe hacer entre las cosas y las personas, y que la misma dictadura produjo en Roma admirables efectos en circunstancias tan críticas como las nuestras. Dígales, que un tal T. Larcio fue el primer dictador y fue excelente, cuyo ejemplo siguieron sus sucesores hasta cerca de cien años antes de que se acabara la república; aunque no faltó uno que otro que se hizo odioso, abusando de la plenitud del poder. ¿Mas de qué no se abusa en esta vida?

Hágales ver que el Soberano Congreso ha necesitado tomar esta medida para dar energía al gobierno en beneficio general de los Estados, pues si se carece de ella, falta el prestigio que mueve a la obediencia, y faltando ésta, no puede haber tranquilidad ni paz, ni menos independencia y libertad.

Diga usted que aunque la Comisión Extraordinaria en su dictamen concede al director unas facultades desmedidas, como la de dividir el territorio de la República en los departamentos militares que juzgue necesarios, sin embargo de las leyes de la materia; la de suspender toda clase de empleos de la federación; la de sacar a campaña las milicias cívicas, y la de suspender alguna ley que embarace sus providencias. Todo esto demanda mucha circunspección para aprobarse, y el Soberano Congreso se verá muy despacio en ello como cosas tan arduas.

Adviértales usted que como este alto empleo es muy regular que recaiga en la persona del excelentísimo señor Bravo, como director, y la de vice-director en la del excelentísimo señor Guerrero, cuyo patriotismo y justificación tienen ambos tan acreditados, es infundado cualquier temor, pues hemos dicho, no puede haber gobierno malo si son buenos los que mandan; ni cabe en el juicio creer que un Bravo, tan piadoso que perdonó a los enemigos de la patria —el día que mataron a su padre—,(16) tan constante y sufrido en la campaña, tan infatigable en el gabinete y tan glorioso defensor de los derechos nacionales, fuera capaz de transformarse en tirano de la misma patria, que tantos sacrificios le ha costado. Absit,(17) lejos de nosotros semejantes sospechas infundadas: al contrario, en él contaremos con un padre y diremos No hay por qué tener temor, siendo justo el director.

Últimamente, haga usted ver a nuestros compatriotas que si son limitadas las facultades del director, aun lo es más el tiempo que las ha de ejercer; que es conveniencia general que el Congreso se desembarace de tantas atenciones para que se dedique exclusivamente a formar la constitución; que esto no puede durar arriba de tres meses, pues tienen muy adelantados sus trabajos; que en la conclusión de esta ansiada carta está nuestra felicidad, pues es como milagro que hayamos vivido en paz años sin leyes, sin constitución y sin gobierno, que esperen este momento favorable, que entonces el Congreso se debe disolver, los Estados enviarán sus senadores, y estos terminarán sus diferencias feliz y amigablemente. Estando sistemados, la Independencia será reconocida por la Europa, nuestra libertad asegurada, y las puertas de la abundancia abiertas para siempre. Sí, americanos, exclamaba mi amigo, guardad ahora un poco de silencio, desechad temores vanos y desconfianzas infundadas; sed dóciles siempre; prestad vuestra subordinación al gobierno; dad al mundo esta nueva prueba de vuestros talentos; añadid esta hoja fresca al brillante laurel de vuestras virtudes sociales, y entonces bajaréis al sepulcro con la dulce satisfacción de haber hecho feliz a vuestra patria, y las generaciones venideras entonarán himnos al Ser Supremo en acción de gracias de haber nacido hijos de tan dignos padres. Dijo mi amigo y yo.


El Pensador Mexicano.

 

El que quiera reimprimir éste puede hacerlo, no siendo en esta capital.

 

 


(1) México, Oficina Liberal a cargo del ciudadano Juan Cabrera [Cf. nota 1 a Mañas viejas...], 1824.

(2) Salus populi suprema lex est. La salvación de la patria es la suprema ley. Máxima de derecho público. En Roma, todas las leyes particulares deben olvidarse cuando se trata de salvar a la patria. Frase de Cicerón en De legibus III, 3, 8. A Fernández de Lizardi le gustaba usar esta expresión; por ejemplo, como epígrafe deObservaciones político-legales que en abono de sus impresos hace El Pensador Mexicano(1821, en Obras XIop. cit., pp. 159-173), y en Remedios contra la Liga que ya tenemos encima (1824, en Obras XIIop. cit., pp. 651-659).

(3) jurar por la laguna Estigia. Juramento muy propio del periodo presocrático y aún posterior. En El Hermano del Perico que cantaba la Victoria, número 5, Lizardi escribió: “pero anda, ahí les pesará. Yo se lo juro por la laguna Estigia”, en Obras Vop. cit., p. 60. También usó esta frase en Chanzas contra facetadas y desengaño de viejas (Obras XIop. cit., p. 17), y en Tristes lamentos del caballito de la Plaza de Armas (Obras XII,op. cit., p. 430).

(4) Cf. nota 39 a La tragedia de los gatos... Carlos María de Bustamante dejó constancia sobre esto en varias noticias: “Viernes 9 de Abril de 1824 [...]. Se ha señalado para discutir el Dictamen de la Comisión extraordinaria encargada de consultar las providencias para asegurar la tranquilidad pública que se há impreso y repartido para el día 12 del corriente (Lunes Santo). Es de esperar que esta discusión sea brillante y reñida pues se trata de establecer un Dictador con título de Supremo Director, y es la medida más dura y aventurada que tal vez nos hará correr el albur de nuestra libertad, y alarmas á los Estados y sus Congresos zelosos de ella” (Diario histórico de Méxicoop. cit., t. II, p. 53). “Lunes 12 de Abril de 1824 [...]. Hoy há comenzado la Discusión sobre el Dictamen de las facultades del Gobierno y proyecto de nombrar un Director. El licenciado Bustamante la abrió leyendo su voto en contra: asistió la Comisión Ynglesa y se oyó con agrado pues mostró los graves inconvenientes de esta medida, y que se oponía á los libertades públicas alarmando á las provincias contra el Gobierno General. No gustó á Ramos Arizpe motor principal de ella, y que há regenteado á la Comisión (ibid., p. 54). “Martes 13 de Abril de 1824 [...]. Hoy há seguido la discusión en el Congreso General sobre el Supremo Directorio” (idem). “Miércoles Santo 14 de Abril [...]. Há continuado y quedado pendiente la Discusión de ayer en el Congreso General” (idem). “Miércoles 21 de abril de 1824 [...]. Después de muy larga discusión se aprobó el artículo primero en estos términos... Se concentrará el Gobierno depositándolo en una persona elegida de entre los actuales miembros del Supremo Poder executivo... No se aprobará por ellos mismos sino por el Congreso. El individuo en quien recayere la elección se nombrará Presidente de la República Mexicana. (Es decir está reprobada la denominación de Supremo Director, que tanto há chocado al Público). Sobre esta denominación habló largamente el Diputado Bustamante (Don Carlos) diciendo que era synónima de Dictador, y que era necesario consultar á la opinión é imaginativa de los nombres mal avenidos con ella como con la Dirección de Chile y Buenos Aires” (ibid., p. 56). Hubo un impreso de Bustamante al respecto: No conviene a la libertad de la nación mexicana el nombramiento de un supremo director de ella. Exposición hecha al Soberano Congreso general en la sesión pública del lunes 12 de abril de 1824, México, Imprenta a cargo de Martín Rivera, 12 pp. (viene esta “Exposición” como anexo 6 del tomo II del Diario histórico, pp. 186-191).

(5) Iturbide. Cf. nota 17 a La tragedia de los gatos...

(6) a todos nos va en el gallo. En el ya citado folleto de Chamorro y Dominiquín. Diálogo jocoserio sobre la Independencia de la América (en Obras XI, pp. 103-135) usa “les va mucho en el gallo”. Irle a uno en el gallo (o no irle a uno) es tener (o no tener) interés alguno en un asunto. Santamaría, Dic. mej.

(7) es... un toro de petate. Es un espantajo, un hombre de paja. Santamaría, Dic. mej.

(8) Minucio fue el cónsul romano que en 221 a.C. sometió al pueblo de Lidia. Cuatro años después fue derrotado por Aníbal y salvado por Fabio. El patricio Lucio Quincio Cincinato, del siglo V a. C, en 460, después de derrotar a los sabinos, fue nombrado dictador, precisamente cuando se hallaba dedicado a sus labores agrícolas. Derrotó a los ecuos. Considerando que había desaparecido el peligro, dieciséis días después de su nombramiento, renunció a su cargo. En 439 los patricios lo llamaron nuevamente a encabezar la dictadura para combatir las pretensiones democráticas de Malio. Muerto éste, Cincinato aprobó que se repartiera el grano que Malio tenía y mandó arrasar la casa de éste.

(9) yugada. Espacio de tierra de labor que puede arar una yunta en un día. También es una medida superficial agraria equivalente a 50 fanegas.

(10) pesos. Cf. nota 4 a Mañas viejas...

(11) escabroseadas. Escabrosearse es: “Resentirse, picarse, mostrar algun genero de sentimiento, y en cierto modo exasperarse, concibiendo con disgusto y duréza lo que se ha dicho y oido, y no sintiendo bien de ello.” Dic. de autoridades.

(12) Habiendo sucedido Coppinger a Lemour al frente del castillo de Ulúa, que permanecía en manos de los españoles, se supo que el primero esperaba auxilios de La Habana. Se prepararon buques para combatir las escuadras españolas. El ministro de Hacienda, José I. Esteva fue a Veracruz y Alvarado a contribuir a esta empresa liberadora. Se retrasaban los socorros de La Habana (por lo demás acostumbrados), y al llegar la cuadrilla española fue atacada por la escuadrilla de la República (buques mercantes, lanchas cañoneras y otros barcos que había comprado Michelena en Londres), dirigida por Pedro Sáinz de la Baranda volvió a La Habana. Derrotado y con un ejército enfermo, Coppinger capituló: “el dos de Agosto [de 1822], los moradores de Veracruz experimentaron la desagradable sorpresa de ver llegar al fondeadero de la Blanquilla unos buques españoles conduciendo el relevo de tropas de la guarnición de San Juan de Ulúa. Creyóse en el primer momento que aquello pudiese ser el anuncio de la próxima llegada de numerosas tropas de reconquista.” E. de Olavarría y Ferrari, Episodios históricos mexicanos. Novelas históricas nacionales, Barcelona, México, Tip. de la Academia, 1904, t. II, 1ª parte, p. 155.

(13) Fábula XI, “Los dos conejos”, de Tomás de Iriarte, Poesías, op. cit., pp. 18-19: “porque si ahora volvemos a la guerra intestina, y nos despedazamos unos con otros sobre si hemos de ser republicanos o monarquistas, nos sucede lo que a los conejos, que se entretuvieron en ver si eran galgos o podencos los perros que los seguían”, escribió Lizardi en Viva el general Santa-Anna porque entregó a Veracruz(1822, en Obras XIIop. cit. pp. 261-264).

(14) Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...

(15) Carlos Ma. de Bustamante escribió: “Há hecho una sensación no poco profunda las exposiciones de los Ayuntamientos de Toluca, y Zinacantepeque. Uno y otro muestran el dolor que les há causado la separación que se intenta hacer del Congreso del Estado de México exportándolo de su Capital. Aplaude Toluca [...]. Felicitamos dice há vuestra soberanía con el mayor júbilo por tan heroyca resolución, y le protestamos con sinceridad, que nuestros votos siempre serán dirixidos al acierto en la decisión... mas si há pesar de esos esfuerzos Vuestra Soberanía se viere en la precisa necesidad de separarse de su Capital, tanto nosotros como este benemérito vecindario que representamos, y el Distrito todo, ofrecemos há Vuestra Soberanía un afecto sin límites, nuestras personas, nuestros bienes [...], baxo la firme creencia de que este pueblo [...] jamás podía aparecer día más placentero que aquél en que se le anunciara, que Vuestra Soberanía había fixado en su seno el perpetuo lugar de residencia”; es una noticia del sábado 20 de noviembre de 1824, en el Diario histórico de México, op. cit., t. II, p. 158.

(16) Alude a Leonardo Bravo, padre de Nicolás, Cf. nota 69 a Impugnación que los gatos... “El Sr. Morelos había comunicado á D. Nicolás que no había sido admitida la propuesta que hizo al virey ofreciéndole ochocientos prisioneros españoles por la vida de D. Leonardo, y que antes, por el contrario, había mandado que le diesen garrote, y ya era muerto: la carta del Sr. Morelos concluía con la orden de que mandara pasar á cuchillo a todos los prisioneros españoles que estuviesen en su poder [...]. D. Nicolás penetró hasta el centro del cuadro [de ejecución], y frente á frente de sus víctimas detuvo su caballo [...], les dijo así: ‘Españoles: no la naciente y ya poderosa patria mexicana, no ya su general e infortunada víctima de vuestro bárbaro rencor, os exponen á dejar la vida en medio de las justas voces de venganza y reparación de mis soldados: solo a ellos reclamad por vuestra infausta suerte [...], pues ¿que podemos esperar los criollos de un gobierno que por tal de satisfacer su odio contra de un insurgente, se niega á salvar la vida de doscientos españoles, sus compatriotas? No es, pues, una fría crueldad ni una venganza digna de realistas, quitaros vuestra vida miserable, y en consecuencia he necesitado tomar una venganza mexicana y corresponder á la villana conducta del virey, no sólo perdonándoos la vida, sino restituyéndoos la libertad, para que os marchéis donde mejor os convenga. ¡Mexicanos! ¡Viva la América! ¡Viva el general Morelos!’” E. de Olavarría y Ferrari, Episodios históricos mexicanos. Novelas históricas nacionales, Barcelona, J. F. Parres y Cía. Editores, s./a., t I, 2ª parte, pp. 1218, 1220-1221.

(17) ábsit. Voz que se usa familiarmente para rechazar una cosa o manifestar el deseo de que Dios nos libere de ella.