NO ESTÁ EL AMOR DE LA PATRIA
EN MALDECIR GACHUPINES(1)

 

 

Ayer se gritó en esta capital un papel furioso, grosero, impolítico y lleno de necedades, maldiciones y porquerías.

Yo no me tomara el empeño de refutarlo, si su autor hubiera sido tan valiente como descomedido, y se hubiera firmado con su nombre; pero desconfiando de ningún mérito del papel, y por otra parte temiendo recibir una galita(2) de acero con punta por su inimitable habilidad de maldecir, ocultó su nombre y dejó a todos los escritores públicos expuestos a sufrir la execración general de los gachupines, extranjeros y criollos(3) sensatos.

De hecho: ayer a las dos de la tarde vino una criada mía diciéndome que en la tienda a donde fue estaba un español profiriéndose muy acremente contra mí, por causa del referido papel, diciendo: maldito sea El Pensador, y su madre, y otras expresiones que se omiten por consideración al respetable público.

Es decir que este español me cree autor del papel, que me aborrece de muerte, y que si pudiera se vengaría de mí, privándome de la existencia, siendo yo, ante Dios y los hombres, inocente. De la misma manera pueden engañarse otros muchos, y yo correr peligro. Por tanto, les aseguro que no soy el autor de semejantes ridículos folletos y vanas maldiciones. Esto no es miedo: es un deseo de no tener enemigos, de conservar mi honor como escritor público y de preservarme de una desgracia.

El autor de ese papel, ciertamente maldito, no ha hecho sino cansarnos con las crueldades de los conquistadores tantas veces repetidas, echar en cara a los gachupines pobres su pobreza, como si todos los criollos fueran ricos; decir que después de salir de pobres, se hacían orgullosos,(a) como si fueran más humildes todos los americanos cuando mudan de esfera,(b) reprocharles que no son nobles porque su raza es sarracena, es decir, que ni nosotros lo somos pues descendemos de ellos. En fin, decir, que sean malditos, maldita su nación,(c) y que “su cosita se les pudra, que no orinen, que no puedan mear”, etcétera, son unos deseos de un muchacho, tonto, puerco y malcriado.

El amor de la patria no se prueba con semejantes insultos y groseros papeluchos, sino con ilustrarla con escritos luminosos, con aconsejar al gobierno lo que debe hacer y con sacrificar nuestra vida cuando se ofrezca, en el campo del honor en su defensa. Hacer lo que éste y otros escritores hacen con sus odiosos mamarrachos, no es otra cosa sino desacreditar nuestra moralidad y literatura entre los extranjeros, pues el que de éstos no haya visto sino este papel americano, creerá que todos somos unos.

Vea el autor de las maldiciones cuanto él escribió, mejor dicho y más que lo que dijo, pero con decoro, con juicio y sin excitar el odio español contra nosotros.

La Conquista fue un tejido de injusticias y crueldades; pero ya se fue quien lo dijo: sus autores murieron, requiescant in pace. De los españoles que viven con nosotros, unos nos querrán mal, y otros bien. La prudencia, la religión y la política nos dictan que nos precavamos de aquéllos y amemos a éstos. Es cuanto se puede y se debe decir. Las generalidades hacen enemigos, y no hacen más sino desacreditar a los autores.

 

México, 18 de agosto de 1826.


El Pensador

 

 


(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...]. Gachupines. Cf. nota 22 a Breve sumaria...

(2) galita. Diminutivo de gala: propina. Santamaría, Dic. mej.

(3) criollos. Cf. nota 33 a La tragedia de los gatos...

(a) No todos han sido de tal carácter: innumerables gachupines ha habido ricos después de pobres, y han conservado su naturaleza humilde y benéfica. Valga por todos un don Nicolás del Puerto [Nicolás Antonio del Puerto y Gómez. Español natural de Santander. En un folleto anónimo de 1811 leemos que Puerto había “sido privado de todos sus bienes en el real de Angangueo por los rebeldes acaudillados por Hidalgo Costilla, y habría perdido también la vida si hubiera estado allá al tiempo de la irrupción (...) pero él vio en esta capital (México) entrar las numerosas partidas de prisioneros (del bando insurgente) fatigados de la caminata, hambrientos, desnudos y enfermos o desfallecidos (y) se dedicó a servirles personalmente ínterin les alcanzara el socorro de mil y trescientos pesos que un bienhechor puso en sus manos y otros picos de reales que posteriormente le dieron”. La caridad evangélica llama la atención de los habitantes de México a un objeto tan digno de ella como glorioso para ellos, México, Oficina de don Mariano Zuñiga y Ontiveros], que después de saqueado y perseguido por los insurgentes se vino a México el año de [1]811, gastó el resto que le quedaba de su dinero en mantener a muchos pobres en la zanja [zanja. Al mismo tiempo que se abrían suscripciones para mandar dinero al ejército que luchaba en España contra los franceses, se hacían otras suscripciones; una de ellas fue para “la apertura de una gran zanja, que formando un cuadro que encerrase la ciudad de México, sirviese de defensa contra los insurgentes en caso necesario, de resguardo para evitar el contrabando, y formase un extenso paseo... Esta gran zanja, como obra de fortificación era inútil por su misma extensión, y descuidada después se ha ido ensolvando sin servir tampoco para el resguardo, y como el trabajo en ella era molesto e insalubre por tenerse que hacer estando los trabajadores metidos en el agua, no se presentaba gente voluntaria, por lo que se emplearon en ella a los prisioneros insurgentes... Muchos murieron a consecuencia de las enfermedades que contrajeron en este trabajo”. Lucas Alamán, Historia de México, Imprenta de Victoriano Agüeros y Comp., editores, 1884, t. II, pp. 178-180. Fernández de Lizardi escribió al respecto en la nota a al folleto de 1821 intituladoChamorro y Dominquín. Segundo diálogo jocoserio..., en Obras XIop. cit., pp. 187-188], y presos de la Cárcel de Corte [cf. nota 49 a Calendario para el año...], dando en ésta de comer con mucha amplitud y decencia a los presos decentes. Yo comí el pan de este hombre benéfico y verdadero cristiano: yo bendecí en su muerte su memoria [en Elogio a la memoria de las recomendables virtudes de don Nicolás del Puerto, escrito en 1813, véase Obras Xop. cit., pp. 150-158], y la bendeciré siempre. El senador Vasconcelos [Manuel Vasconcelos. Cf. notas 33 y 34 a Hagan bien...] es un buen testigo de la virtud de este español; virtud tan sólida que, habiéndose quedado sin un real [Cf. nota 20 a Una buena zurra...], solicitó un destino del virrey Calleja [Cf. nota 36 a Impugnación que los gatos...]; éste le dio uno de dos mil pesos [Cf. nota 4 a Mañas viejas...], y ¿qué hizo con su sueldo?, fundar un lazareto en la peste del año de [1]814 [Fernández de Lizardi habló ampliamente de la “muerte amarilla” de 1813, en Propuestas benéficas en obsequio de la humanidad y en Receta o método curativo propuesto por medio de El Pensador en la presente peste, Cf. Obras Xop. cit., pp. 95-113], gastado en alivio de los enfermos criollos y muchos insurgentes, y no contento con esto, mudó su cama al hospital y se dedicó personalmente al servicio de los enfermos, en cuyos caritativos oficios se contagió y murió. ¿Se dirá más de don Luis Gonzaga? Como este gachupín ha habido muchos. Es menester ser justos, no maldicientes [posible alusión al folleto anónimo Malditos sean los gachupines que vinieron a este suelo, y tanto daño han causado, México, Imprenta del ciudadano Alejandro Valdés, 1826].

(b) Lo mismo digo de mis paisanos: mil hay que son humildes con dinero.

(c) Las naciones, consideradas como tales, merecen mucho respeto aun consideradas como enemigas. En ninguna nación cabe odio o ignorancia general. Las miras de los gobiernos no son delito de las naciones.