NO ES SEÑOR EL QUE NACE SINO EL QUE LO SABE SER
Por don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi]
O sea la continuación del Diálogo entre el zapatero
y su compadre, sobre la igualdad en los oficios(1)
ZAPATERO: Verdaderamente que los extranjeros se ríen a pierna suelta de nuestras extravagancias. Nuestros mayores adaptaron algunos errores políticos. Mil veces lo conocemos; pero por no profanar el sagrado templo de la antigualla, no nos atrevemos a oponernos a ellos con firmeza, sino que estamos jurando in verba magistri, como unos platónicos alucinados, o para que usted me entienda, estamos insistiendo con nuestro disparatadocandileta. Mucho es ciertamente que no estemos persuadidos todavía que existe el fénix,(2) la salamadra,(3) el basilisco,(4) los duendes,(5) las brujas(6) y mil quimeras que el otro día tenían sus defensores.
COMPADRE: Pero todo eso, ¿a qué viene, compadre?
ZAPATERO: A persuadir a usted que cuando la razón, la experiencia y nuestra conciencia misma nos advierten el error de una costumbre que hemos seguido, no debemos, a pesar de estos conocimientos, querer canonizarlo por acierto, librando todo el descargo de nuestra necesidad en la autoridad de los antiguos. Esto es cerrar los ojos a la luz del desengaño.
COMPADRE: Pues ello es que toda mi vida he visto tratados con desprecio a los oficiales mecánicos, especialmente zapateros, carpinteros, sastres, etcétera.
ZAPATERO: Ese desprecio ha venido de la costumbre, y esa costumbre de la ignorancia. Nada tiene que ver el ejercicio de un arte con el artífice: el más humilde, en sí, no es culpable, sino honesto y lícito arbitrio de buscar el pan. El artesano debe considerarse de dos modos: o como miembro de la sociedad, o como un mero trabajador. Si como un republicano, le debemos dar el lugar que por su nacimiento, educación y honradez merezca, sin meternos en si es sastre, cómico, zapatero, etcétera, pues estos ejercicios no son partes que lo constituyan semejante nuestro, a más de que ellos en sí no merecen el más leve deshonor. Si lo consideramos como zapatero, verbigracia, bástanos saber si es diestro en su oficio y si no falta a su palabra. Con estas condiciones que tenga, ya tenemos un buen zapatero, que es lo que nos importa; y así el despreciar al hombre sólo por el destino en que se ocupa es, en mi concepto, la mayor injusticia.
COMPADRE: Así será, compadre, pero después de todo, mi ahijado no se casará con la hija de don Lesmes.
ZAPATERO: Ya se ve que no; ni tampoco será admitido en una religión; ni ascenderá de sargento si sienta plaza en el servicio del rey; ni obtendrá, finalmente, ningún empleo de lucimiento. ¿Y acaso porque esto sea y haya sido así, probará justicia jamás? Es cosa que pasma ver que muchos que han perdido la vida en un suplicio por graves delitos, han tenido la fortuna de que en ellos solos haya parado la ignominia, quedando sus hijos expeditos para obtener los ascensos a que después se han hecho acreedores. Y al mismo tiempo ver que a nada puede aspirar el hijo del zapatero, cómico, etcétera, sólo porque su padre se destinó a aquel ejercicio, tal vez por no tener otro modo con qué buscar el pan honradamente. No parece sino que esto es decir que es peor ser cómico o zapatero, que ladrón, traidor o asesino.
COMPADRE: ¿Pero qué quiere usted, compadre, si aunque el hombre de por sí sea bien nacido y de un proceder honesto, se envilece en el hecho de dedicarse a unos oficios tan despreciables?
ZAPATERO: Eso es volver atrás. ¿Por qué han de ser despreciables tales o tales oficios o ejercicios? ¿Por qué han de acarrear infamia ni envilecer al que se emplea en ellos? ¿Acaso los oficios son delitos? ¿No es mejor ser zapatero que ladrón? ¿Y el hombre ocioso no está más expuesto a serlo que el artesano, sea quien fuere? ¿Pues por qué no sólo se han de ver estos hombres con menosprecio, sino que aun sus pobres hijos han de ser desechados de los empleos públicos, como si fueran descendientes de herejes? Si no, díganmelo los defensores de estas ridículas y perniciosas preocupaciones. ¿Hay acaso algún precepto divino que prohíba administrar los Sacramentos a los hijos de los que llamamos tristes artesanos? ¿Hay alguna revelación de que Dios jamás llamará para el sacerdocio al hijo del zapatero, ni para el monasterio a la hija de la cómica? ¿Qué sabemos si aquel, en caso de admitirlo, fuera un gran ministro de Dios, un martillo de los herejes y un santo de sus altares? ¿Si ésta sería otra Teresa?(7) ¿Si aquél otro sería un gran militar o éste un nuevo Licurgo?(8) No lo sabremos, pues no lo experimentamos. Los destinos más humildes no son capaces de envilecer las almas grandes y benefactoras. ¿Quién fue Wamba, rey de España, sino un pobre pastor?(9) ¿Quién fue el papa Adriano VI, sino un hijo de un tapicero de Utrecht?(10) ¿Quién fue Sixto V, sino un cuidador de cerdos?(11) ¿Y quiénes han sido otros muchos que no sólo han ocupado los más brillantes lugares en el mundo, sino que en el día exigen nuestras veneraciones en los altares? ¿Quiénes han sido, digo, sino unos pobres humildes, nacidos de la escoria del pueblo? Al contrario, no basta el nacimiento ilustre ni la cuna de plata para que el hombre deje de ser infame, si él no quiere sujetarse a la razón. Entre púrpuras nacieron Nerón, Calígula(12) y otros. Desde pequeñitos aprendieron a ser reyes y qué fueron sino unos monstruos de la naturaleza, cuyos execrables delitos nos han hecho abominable su memoria.
COMPADRE: Conque es decir que así como las riquezas, los títulos y los honores no son capaces de constituir una alma grande, de la misma manera la pobreza y oscuridad de los oficios más mecánicos, no podrán estorbar que haya entre sus profesores muchos hombres excelentes y que, si pudieran, manifestarían la grandeza de sus almas, la sublimidad de sus talentos, la beneficencia de sus corazones y en el fondo de su virtud. Y que usted apreciará se les quitaran los fantásticos y pueriles embarazos que los detienen, premiando la virtud donde se hallara, pues de este modo mirarían todos los oficios con una honrada igualdad, se dedicarían a ellos muchos niños gustosos, sabiendo que jamás les serviría de obstáculo para aspirar a mejores artesanos, más fomento de la industria, menos ocio; de consiguiente, menos vicios, más comercio, mejor educación, menos miseria y más felicidad.
ZAPATERO: Ahora me ha entendido usted perfectamente.
COMPADRE: No es lo más esto, compadre, sino que todos lo entendieran, y se pusiera en práctica tan racional proyecto.
ZAPATERO: Espero que el tiempo irá abriendo los ojos a los hombres.
COMPADRE: Y si no quisieren, ¿qué hemos de hacer sino reírnos de ellos?, a Dios.
Con superior permiso
(1) México. En la Oficina de Ontiveros, año de 1812.
(2) fénix. Ave fabulosa. Según viejas creencias era única y renacía de sus cenizas. "Dice la leyenda que cuando veía cercano su fin, reunía maderas y resinas aromáticas que exponía a los rayos del sol para que ardieran y en cuyas llamas se consumía. De la médula de sus huesos nacía otra ave. Símbolo de la inmortalidad y de una era." En alquimia: "Símbolo de la regeneración de la vida universal. Corresponde al color rojo." Cf. Zaniah, Diccionario esotérico. Compendio de términos orientales y occidentales relacionados con el ocultismo y temas afines, 2ª ed., Buenos Aires, Editorial Kier, 1974 (Col. Horus), p. 193.
(3) salamandra. Según los cabalistas, espíritu elemental del fuego. Animal que soportaba el fuego como su propio elemento. Benvenuto Cellini dice que vio una y hasta le dieron una bofetada para que no lo olvidara. (Nota que nos remite José Rojas Garcidueñas).
(4) basilisco. Animal fabuloso de carácter infernal al que se le atribuía la capacidad de asesinar con la mirada, "representado en forma de serpiente con cabeza puntiaguda y tres apéndices prominentes y cola estrífida en la punta [...]. En oriente se le atribuía forma mixta de gallo y serpiente." Cf. Ibid., p. 66.
(5) duendes. Espíritus chocarreros traviesos. "Elemental diablillo familiar. La tradición asigna a los duendes estatura enana y forma cambiante, suponiendo que rondan de noche por casas y parajes. Se les atribuye la realización de trabajos misteriosos. El vulgo suele llamar así a las apariciones o fantasmas que, de una manera y otra, manifiestan su presencia en determinados lugares." Cf. Ibid., p. 163.
(6) bruja. Mujer que tiene pacto con el diablo. En México se usó en determinadas fiestas que una persona envuelta en una sábana corriera de un lugar a otro para espantar a la gente. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(7) Teresa de Cepeda y Ahumada, Santa Teresa de Jesús (1515-1582). Nació en Ávila de los Caballeros. Fueron sus padres Alonso Sánchez de Cepeda, de antigua y linajuda familia, y de doña Beatriz de Ahumada, de cuna no menos rancia e ilustre. Por ende, si nos atenemos a su origen, no es atinada la ejemplificación lizardiana.
(8) Licurgo. La existencia de este gobierno en Esparta es dudosa. Lo más probable es que la "legislación de Licurgo" sea resultado de las luchas de orden legislativo que terminaron hacia el año 804 a. C. Se le atribuye ser hijo de Eunomo, rey de Esparta. O sea que su origen es noble.
(9) Wamba (672-685) Rey de los visigodos de España, sucesor de Recevinto. Sabemos que a su elección se opusieron algunos nobles, entre ellos Hilderico, conde de Nimes. Seguramente lo considera "alma grande y benefactora" porque impidió que los árabes pasaran por el estrecho, reorganizó el ejército e impuso servicio militar obligatorio a clérigos y seglares.
(10) Adriano VI. En el Correo Semanario de México, núm. 21, Fernández de Lizardi dice que Adriano Florente era natural de Utrecht, cardenal obispo de Tortosa, inquisidor general de España y maestro del emperador Carlos V. Probablemente la clave de su estimación radica en que, según añade, posiblemente murió envenenado por sus intenciones de reformar los abusos de la curia romana.
(11) Sixto V. Felix Peretti (1521-1590). Hijo de hortelano. Quizá a esto obedece la afirmación de que, cuando era niño, había guardado cerdos. Blanchard alude a su pobreza en dos párrafos: "la primera vez que fue á Roma era tan pobre, dice Mr. de Thou que se vió obligado á pedir limosna". También se refiere a que usaba camisas remendadas. Camila se lo reprochó, y él respondió: "Nuestra elevación, hermana, no debe hacernos olvidar el lugar de donde hemos salido: las piezas y los remiendos son las primeras armas de nuestra casa." Cf. Escuela de costumbres, op. cit. t. I, p. 299 y 308 respectivamente.
(12) Nerón era hijo de Cneo Domicio Aenobarbo y de Agripina, quien al contraer matrimonio con el emperador Claudio, logró que éste adoptara a Claudio César Nerón. Cayo Julio César Germánico, conocido como Calígula, era hijo de Germánico y Agripina la Mayor. Vivió con el emperador Tiberio a partir del año 32, habiendo nacido el año 12.