MAÑAS VIEJAS Y GOBIERNOS NUEVOS(1)

 

 

De nada sirve la mudanza de gobiernos si no se reforman las costumbres.

No ha muchos días que el excelentísimo Ayuntamiento(2) de esta capital mandó se procediese a formar un padrón general de todos los individuos nacidos, estantes y habitantes en ella. En efecto, se está procediendo a formarlo sin que ninguna cabeza de familia se resista ni se haya resistido a esta política y superior providencia, si no es el señor canónigo Guevara,(3) que no consintió que se empadronara su familia, pretextando no sé qué excepciones en virtud de su fuero eclesiástico o canonical, como si valiera ningún fuero para no obedecer las superiores órdenes y providencias que son de mera policía; pero así sucedió: entre el señor canónigo y el excelentísimo Ayuntamiento hubo sus contestaciones, en una de éstas exigió al excelentísimo Ayuntamiento que se le oficiara de ruego y encargopara dejarse empadronar; parece que esa respetable corporación no estuvo muy de humor para condescender con su señoría, antes bien, y muy rebién, lo multó en la pequeña cantidad de cien pesos,(4) y a fe que le valió al fin de todo su fuero, pues cualquiera otro ciudadano desaforado, que hubiera tenido el arrojo que su señoría, hubiera pagado más cara la burla. No sabemos en qué habrá parado este negocio, pero él nos provoca a hacer las siguientes reflexiones:

1ª En los parajes libres y republicanos me parece que es muy ridícula la distinción de fueros, pues, proclamando el sistema la igualdad ante la ley, con los fueros no se verifica tal igualdad, porque se verifica haber diversas leyes para castigar un mismo delito, según es el individuo que lo comete, sea ejemplo el de la embriaguez:(5) a un pobre paisano que se halle tirado borracho en una calle y se le averigüe serlo consuetudinario, se conducirá a la cárcel pública y después arrastrará una cadena por las calles por determinado espacio de tiempo: no así si el borracho en cuestión es un clérigo, fraile o un oficial de la tropa, pues entonces, aunque adolezca del mismo vicio que el paisano, se verá con diferente consideración, porque su fuero, su carácter, su clase y... lo ponen a cubierto de la ley general, y lo sujetan a sus ordenanzas, cánones o estatutos monacales, y ya se sabe lo ventajoso que es que nos juzguen los de nuestro pelo.(6)

No por esto se entienda que quiero decir que todos los jefes y prelados sean indulgentes o consentidores de sus subalternos o súbditos, ni menos que sus particulares reglamentos permitan que los crímenes queden impunes: lo que quiero decir, y digo y diré siempre, es que es más fácil que esta impunidad se halle en los jefes particulares de una corporación con sus criminales, que entre los jueces generales de la gran masa de los ciudadanos; esto es tan cierto que el proloquio común le llama a esta clase de justicia justicia de compadres;(7) bien es verdad que, a ocasiones,(8) suele volverse justicia de suegros, pues si el jefe o el prelado, el obispo o el provincial tienen encono con éste o el otro súbdito suyo, a la menor cosa le cargan la ley..., dije mal, le cargan su capricho a sombra de la ley, y ni la impunidad ni la severidad excesiva son favorables a la sociedad en general. Esta primera reflexión nos confirma en nuestro modo de pensar, y, desde luego, sin meter en cuenta los escándalos que suelen originarse por las competencias de jurisdicciones, por razón de la diferencia de fueros, me atrevo a asentar esta proposición: en los países libres y bajo gobiernos republicanos, toda distinción de fueros es odiosa, ilegal y, de consiguiente, opuesta al si[s]tema de la igualdad de la ley.

¿Cuánto mejor sería que todas las leyes fueran generales, que unos mismos jueces aplicaran las penas que ellas impusieran a los delincuentes, fuéranse quienes se fueran, sin excepción de personas; por ejemplo, si la ley mandaba que el ladrón sin asesinato sufriese seis años de grillete en los trabajos públicos, esta pena se le aplicase al primer ladrón que se cogiera, fuérase militar o paisano, eclesiástico o secular, capitán o tambor, canónigo o monaguillo? En tal caso, se verificara la decantada igualdad ante la ley, y todos temerían su rigor, seguros de que no había privilegios ni fueros que los patrocinasen.

La segunda reflexión es: que a cualquier liberal llena de sorpresa el saber que el señor canónigo Guevara quisiera que el excelentísimo Ayuntamiento de México lesrogara y encargara que se dejara empadronar su señoría, atendiéndose al fuero eclesiástico, o no, si no, al canonical, que es más grande, porque tal repugnancia no la ha manifestado ningún eclesiástico, sino un canónigo: sin duda que este fuero lo considero de mayor jerarquía que el de sacerdote; mas sin embargo, Jesucristo, que fue el sacerdote de la ley de gracia, según el orden de Melquisedebc(9) el primer pontífice de la Iglesia universal y, de consiguiente, más aforado que ningún canónigo del mundo, se dejó empadronar y permitió que su sagrada Madre hiciera con él en sus entrañas un penoso viaje para obedecer, no ya la orden de un Ayuntamiento católico, sino la de un bárbaro gentil cual César Augusto Octaviano, sin exigirle que se lo suplicaran de ruego y encargo. ¡Válgate Dios por ruego y encargo, cuánto dicen estas dos palabras, y cuánto ignoran muchos de los que las alegan!

Rogar y encargar un hombre armado de poder y bayonetas a otro desprovisto de ambas cosas, es una paradoja, al parecer inconcebible, porque el que puede y el que tiene la fuerza jamás ruega, sino que manda, seguro de que le han de obedecer. ¿Pues en qué ha consistido este formulario español? No en otra cosa sino en la liga que ha[n] hecho el trono y el altar para oprimir a los inocentes pueblos so capa de religión y fidelidad, y no ha sido sino hipocresía, ambición y fanatismo. Los reyes, conociendo el influjo que tienen los sacerdotes sobre el pueblo, los atrajeron a su partido con dones y privilegios desmedidos para que les sometieran los pueblos a su obediencia, o bien halagados con la esperanza de un cielo, o amenazados con el terror del infierno,(a) y los sacerdotes, aterrorizados con el poder de los reyes, o ambiciosos de sus dádivas y honores, correspondieron fielmente a sus ideas. Así es que siempre los reyes afectaron una humillación servil a los sacerdotes para ejemplarizar a sus vasallos, aunque, por otra parte, cuando no les tenía cuenta, no sólo los desobedecían, sino que los degollaban cuando se oponían a sus caprichos: la historia nos presenta a miles los comprobantes de esta verdad. Valga por todos santo Tomás de Cantorberi, degollado en su iglesia con sus canónigos por oponerse a los decretos del rey.

Esto quiere decir que los eclesiásticos nacieron ciudadanos, no sacerdotes; de consiguiente, deben vivir sujetos a las leyes generales del país, así como vivieran en Pekín o Constantinopla si se trasladaran a esos reinos, y que, sin faltarles el honor y distinciones a que son acreedores como ministros del santuario, podrían nivelarse en lo civil con el resto de los demás ciudadanos; y así se excusarían mil alteraciones importunas que todos los días se ven entre los tribunales eclesiásticos, militares y civiles, que sólo sirven para escandalizar los pueblos, entrampar la justicia y quitar el tiempo a las supremas autoridades. El fuero de hombre de bien es sin duda el mejor y el único que debe haber en las repúblicas. El que lo sea, no necesita más privilegio para ser respetado en la sociedad: ésta lo distinguirá siempre sobre el escandaloso y relajado; los tribunales no tendrán que imponerle castigo alguno, y sus virtudes públicas lo pondrán a cubierto de la calumnia.

 

México, 23 de julio de 1824.


El Desaforado.

 

 


(1) Oficina Liberal de Juan Cabrera [estaba en la calle del Coliseo Viejo núm. 16]. Este folleto es de Fernández de Lizardi, según consta en A ti te lo digo nuera, entiéndelo tú mi suegra, también de 1824.

(2) Ayuntamiento. Los ayuntamientos también se llamaban cabildos municipales y se componían de varios alcaldes y regidores, y de un síndico. Los alcaldes tenían funciones judiciales de primera instancia y aun de apelación en algunos casos. Los regidores formaban el cuerpo del Ayuntamiento, y el síndico cuidaba de los intereses de la corporación. El Ayuntamiento de la Ciudad de México también se llamó Diputación.

(3) Guevara. En el Correo Semanario de México,número 1, Fernández de Lizardi escribió que las monjas recibían “dos y medio reales diarios que cierto arzobispo difunto impuso a las religiosas de Jesús María, según se lee en la defensa que hizo de ellas el señor Guevara.” En Obras VIop. cit., p. 22.

(4) pesos. Unidad monetaria de México. Al establecerse la moneda mexicana dentro del sistema decimal, teniendo como unidad el peso, éste tuvo valor de ocho reales. Un real equivalía a doce centavos y medio.

(5) Cita la embriaguez porque era un problema nacional, un ejemplo de ello es esta “Noticia de Policía” aparecida en el Aguila Mexicana del 29 de junio de 1825 (año III, núm. 76): “Desde el 24 de noviembre de 1821 hasta fines del mes de mayo último (1825) han sido aprendidos por las autoridades municipales 307 ebrios entre hombres y mujeres: 191 escandalosos de ambossecsos: 106 ladrones idem é idem: 6 asesinos: 16 portadores de armas: 11 vagos: 187 sospechosos de los dos secsos, que hacen la suma de 824 personas. Es de advertir que en esta suma no van comprehendidos los militares aprehendidos por las mismas autoridades, los que han sido puestos á disposición de sus gefes. De suerte que, aunque aumentamos la suma referida con los presos que deban haber entrado en el mismo espacio de tiempo por otros conductos diferentes, siempre resulta una grande ecistencia de prisioneros en las dos cárceles de Méjico, cuyo número, sin duda, no bajará de 800 individuos.” Reproducida por Carlos Ma. de Bustamante en Diario histórico de México, t. III, vol. 2, nota previa y notas al texto de Manuel Calvillo, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1984, p. 305. Fernández de Lizardi, en su “Constitución política de una república imaginaria” (junio 1 de 1825), escribió al respecto: “Art.42. A todo el que se encuentre tirado en la calle ebrio o profiriendo en tal estado palabras obscenas y escandalosas, se le aplicará por la primera vez 3 meses de trabajos públicos, por la 2ª un año y por la 3ª 10 en las colonias.” Obras V,op. cit., p. 429.

(6) pelo. Cf.nota 4 a La tragedia de los gatos...

(7) justicia de compadres. Según Joaquín García Icazbalceta, en su Vocabulario de mexicanismos, la palabra compadrazgo se refiere a un determinado “concierto entre dos ó más personas para favorecerse mutuamente, y por lo común con daño de otra.” México, Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana, 1975, p. 114.

(8) a ocasiones. Frase que se asimila a otra: “a veces”, sustituyendo “en”.

(9) Melquisedebc. Se refiere a Melquisedec. El Salmo 109, 4 califica a Jesús de Pontífice Eterno según la orden de Melquisedec, por oposición a esta frase, sacerdote según la orden de Aarón. En el templo del convento de San Francisco de Nueva España “levantábanse al pie de la columna y de los muros, diez pedestales que sostenían las estatuas de madera de los sacerdotes Aarón y Melchisedec.” García Cubas, El libro de mis recuerdosop. cit., p. 436.

(a) No quiere decir esto que se vean como preocupaciones los premios y los castigos eternos, sino que muchas veces se ha usado de la idea de tales premios y castigos para sujetar a los hombres a la dominación de los reyes, aun tiranos. No ha seis años que era pecado mortal, digno del fuego eterno, el ser insurgente. Así se predicaba en los púlpitos y se decía en los confesionarios, alegando la trilladísimaEpístola de san Pablo a los romanos [alude a la sentencia de que todos, sin excepción, deben estar sujetos a las leyes civiles. Rom. 13, 1]; con ella y con otros textos de la Escritura se empeñaban en persuadirnos que los americanos habíamos nacido destinados a Dios para ser eternamente esclavos de los reyes de España; a consecuencia, se nos decía que pecaba mortalmente y ofendía al Ser Supremo todo el que de algún modo trataba de hacer libre a su patria de la dominación española, llegando a tal extremo este error que se abusaba delpúlpito y confesionario escandalosamente; en aquél se decía que la misericordia de Dios no alcanzaba a los insurgentes, y en éste se mandaba a la mujer delatar al marido, a la hija, al padre, al hermano, etcétera. Éstos son hechos que no se pueden desmentir.