MALDITA SEA LA LIBERTAD DE IMPRENTA(1)
Diálogo
Entre don Liberato y don Servilio(2)
SERVILIO: Sí, amigo, ¡maldita sea la libertad de imprenta!, ya lo dije.
LIBERATO: ¿Pero qué daños le ha traído a usted la libertad de imprenta, que tan amostazado está con ella?
SERVILIO: ¿Cómo qué daños? Infinitos. Vea usted, yo tenía mi pan y con qué comerlo muy descansadamente en la, para mí y otros como yo, santa y santísima Inquisición.(3) Por nuestros pecados habló tanto contra ella el maldito canario,(4) y le levantó tantos testimonios, que dio con ella en tierra el año de [1]812. Quiso Dios que se restituyera a España el señor don Fernando VII y sus amigos, como tan católicos, conociendo la falta que hacía este baluarte de la fe y firmísimo apoyo de la monarquía absoluta, luego que echaron noramala al Congreso de Cortes, lo reinstalaron, y volvimos sus individuos y ministriles a plantarnos las veneras verdes, a jalar nuestros buenos salarios y a manejar los bienes ajenos contra la voluntad de sus dueños, muy santamente y en cumplimiento de nuestro "santo oficio".
Pero, ¡ah tiempos de barbarie y herejía! Ya no pudimos sostenernos. La Constitución resucitó, la Inquisición murió para siempre(5) y nosotros hemos quedado desvenerados, desbolillados y sin blanca. ¿Dígame usted don Liberato, no es semejante golpe capaz de trastornar el meollo a todos los servilios del mundo? Quis talia fando temperet a lacrimis?(6) ¿Quién no llorará a moco tendido(7) la ruina de la santa Inquisición y con ella la de sus dignos hijos y paniaguados?(8) ¿Pero quién tuvo la culpa de esta su destrucción tan ominosa para la santa religión?
LIBERATO: ¿Quién, don Servilio?
SERVILIO: ¿Cómo quién? Esa maldita libertad de imprenta, porque aunque el rey y sus amigos se empeñaron en restablecer el sostén de la fe y la columna de la monarquía absoluta, ya la libertad de imprenta había echado muy profundas raíces en los españoles enemigos declarados del trono y el altar, ya se habían acostumbrado a ser libres, ya no se hallaban sin publicar sus ideas y, embriagados con el poco tiempo que probaron la libertad, no cesaron de minar los augustos edificios del solio y el templo, hasta que dieron con ellos en tierra, abriendo de par en par la puerta a la herejía, al libertinaje, a la disolución, a la inmoralidad y a la más sacrílega aristocracia, pintando al pueblo mil ventajas que jamás conseguirá, bajo los especiosos e insignificantes nombres de igualdad, libertad, ilustración, justicia y buena fe.
LIBERATO: Pero cuando usted pruebe que una ley es mala porque perjudica a algunos con beneficio general, no podrá menos que confesar que esa mala ley de libertad de imprenta, que así ha dañado a usted, ha traído incalculables ventajas a la patria.
SERVILIO: Cierto que son bien conocidas. Véalas usted todas demarcadas circunstanciadamente. Trastornar la religión del Estado so pretexto de reforma eclesiástica, como si estas reformas tocaran a las autoridades civiles y no a los concilios eclesiásticos. ¡Gran ventaja! Con este trastorno se consigue que el pueblo tenga a los señores canónigos por inútiles y gravosos al Estado, que juzgue vagamundos y holgazanes a la mayor parte de los frailes, que repugne pagar los emolumentos parroquiales, pues se le hace creer que son granjerías de los curas, bien excusadas con que los curatos se pongan a dotación; y que crea el mismo pueblo que los diezmos, en el estado presente, son más que diezmos, pues le hacen ver que el pobre labrador no sólo paga diezmos de lo que Dios le da en ganancia, sino del principal que él emplea en sembrar, de suerte que paga diezmo de su mismo capital que ya lo pagó el año pasado.
LIBERATO: ¿Cómo está eso, don Servilio, que yo no lo entiendo?
SERVILIO: Ni yo tampoco; pero dicen los enemigos del estado eclesiástico que Pedro, hacendado que este año siembra 50 fanegas de trigo y en su cultivo gasta el importe de doscientas, ya pagó el diezmo de las 250 fanegas el año anterior.
LIBERATO: Eso no tiene duda.
SERVILIO: Pues añaden que si levanta de cosecha quinientas fanegas, le cobran cincuenta de diezmo, no debiendo pagar sino veinte y cinco de las doscientas cincuenta, que legítimamente lucró; de manera que está pagando año por año diezmo de lo diezmado y rediezmado, atrasándose sin sentir, y arruinándose así la agricultura.
También dicen que sucede lo mismo con el ganado. Cobran diezmo de toda vaca, oveja, cabra, etcétera, parida, sin contar las que se ahorranporque se les mueren las crías; que en la provincia de Valladolid(9) se pregonan los diezmos en pública subasta, los saca quien más puja. Por los años de [1]807, [180]8 y[18]09 se remataban ordinariamente treinta mil pesos; con esto los diezmos caían sobre los pueblos como lobos hambrientos para sacar su dinero con cuanta ganancia podían. Con esto dizque cobran diezmos de reses y luego del queso que daba la leche de los becerros ya diezmados; diezmo de lechones, de gallinas, de huevos, de hortaliza y era de admirar no cobrasen diezmo de muchachos.(10) Todo esto dicen los nuevos reformadores para empobrecer las catedrales y minorarles su descanso a los canónigos. ¿Qué dice usted, qué ventajas puede traerles a éstos, a los frailes copetones(11) y a los curas ricos la libertad de imprenta?
Esta maldita libertad ya comienza a declararse contra el trono, como lo ha hecho contra el altar. Ya se ha impreso en nuestro Continente, y aun en México, que aquí no conviene monarquía, que no tenemos con qué sostener un emperador; que la Monarquía moderada es una paradoja inconcebible, pues el día que el monarca se enfade y pueda, echará a palos al Congreso y se acabará la moderación; que si al monarca se le ponen tantas trabas que sea un mero firmón o un fantasma de rey, que no pueda nada, nos es un personaje inútil y gravoso, y si puede algo, como mandar las armas, dar los empleos y ejercer el poder ejecutivo, siempre nos será temible y nos hará andar con la barba sobre el hombro.(12)
Dicen que menos que nada conviene que, caso de ser el nuestro gobierno monárquico, sea emperador ningún príncipe de la casa de Borbón, pues éste sufrirá la moderación menos tiempo que un paisano nuestro; porque no agradeciendo la corona, que siempre creerá que se le ha usurpado, se dará prisa a recuperarlo y nos hará perpetuamente esclavos. Se ha impreso que la nación conviene sea república, y que al señor Iturbide(13) se haga (sin ejemplar) durante su vida presidente protector perpetuo de ella, en premio de sus muy distinguidos servicios; y por último, hay quien avance a pronosticar que si no se da este corte en la actual crisis, la patria se va a envolver en la más espantosa anarquía.
Esto, y mucho más se platica, se arguye y se imprime, que es lo peor. ¿No le parece a usted ventajosísima la libertad de imprenta? Yo la maldigo cada vez que amanece, porque advierto que si aquí hay rey, sea de donde fuere, alguna vez se alzará con el santo y la limosna,(14) y entonces para sostenerse, invocará la religión católica, hará ver que los diputados fueron masones, sus disposiciones heréticas, y para esto instalará la santa Inquisición, que fulminará excomuniones por las uñas, tan justas como la que ha sufrido El Pensador en nuestros días;(15) renovará sus calabozos y habrá una fritanga de herejotes y jacobinos que será una gloria. ¡Oh!, ya me da el olor de sus malditos chicharrones por las narices. Entonces, cuando se me devuelva mi empleo, mi sueldo y mi venera, juro in verbo sacerdotis,(16) que más de cuatro pícaros se han de acordar de mí. Date prisa, Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, levántate y juzga tu causa contra estos herejes que hoy se nos disfrazan con el nombre de liberales. Exurge Domine, judica causam tuam.(17)
LIBERATO: He estado escuchando a usted con admiración de ver cómo la verdad triunfa aun en la boca de sus mayores enemigos. Usted ha dicho muchas verdades, sin sentir, y ciertamente se verificará manto usted teme: porque la libertad de imprenta, aunque poco a poco, irá ilustrando nuestro pueblo, a pesar de la ignorancia y fanatismo que se le oponen; y así, bien puede usted perder las esperanzas de volver a ponerse la venera.
SERVILIO: Eso fuera si la libertad de imprenta en México fuera cierta; pero la fortuna es que tiene mil trabas, y a lo menos uno de los fiscales no se descuidará en denunciar cuantos papeles no sean conformes a sus ideas.
LIBERATO: Ésa es otra verdad que me tiene desesperado. Cuando reflexiono que tenemos libertad de imprenta con dos fiscales y sesenta jurados que se le pueden venir encima al pobre escritor, por el papel que escribió acaso con las más inocentes intenciones, entonces sí me desanimo y exclamo con usted: ¡maldita sea tal libertad de imprenta!
SERVILIO: ¡Oh! Pues ¿qué quería usted una absoluta libertad? No faltaba más para que nos llevara el diablo en cuatro días.
LIBERATO: No quiero una libertad absoluta que abra la puerta a todos los abusos, ni a cuya sombra se puedan cometer impunemente los mayores delitos, favoreciendo el desahogo de las pasiones ruines; pero tampoco quiero una libertad con tantas trabas y fiscales que incesantemente amenacen al escritor, de suerte que éste siempre escriba temblándole la mano, temiendo verse arruinado de la noche a la mañana sin el menor delito.
SERVILIO: ¿Pues cómo sería la libertad de imprenta por dictamen de usted?
LIBERATO: A los que atacaran directamente la religión y nuestra Independencia y libertad, los castigaría, probado el delito, con un año de prisión en lugar decente por primera vez; si repetían el delito con dos años, y si reincidían, con destierro perpetuo de la América.
SERVILIO: Tres cosas me hacen fuerza(18) de ese plan.
LIBERATO: Diga usted cuáles son y lo satisfaré.
SERVILIO: La primera, que no se acuerda usted de imponer pena a los infractores de la unión.(19)
LIBERATO: Es tan natural no dañar al que no nos daña, que juzgo excusado ponerlo como ley fundamental, sabiendo que la natural de todo país prescribe el condigno castigo al injusto agresor séalo de obra, de palabra o de escrito.
SERVILIO: La segunda, que no señala usted pena a los autores de escritos injuriosos.
LIBERATO: A los injuriados toca hacer ver la ofensa, y las leyes ya tienen señalado el castigo a esta clase de delitos.
SERVILIO: La tercera es que advierto a usted muy suave en la aplicación de las penas a los que abusaran de la libertad de imprenta.
LIBERATO: Es la razón que el extravío de la opinión no debe castigarse como la malicia de la voluntad. Nosotros, sin faltar a la verdad y nuestro mismo honor, no podemos decir las cosas de otro modo del que las concebimos. Si yo, por ejemplo, escribo que nos conviene el gobierno republicano federativo por ésta, aquélla y la otra razón, y concibiendo esto, digo que nos conviene monarquía, sólo por adular el capricho o la opinión de algunos, entonces seré un bribón que hablo contra mis sentimientos, haciendo traición a mi entendimiento, a la verdad y a la patria; pero si digo lo que siento, llevado de una buena intención y con deseos de que mi patria sea feliz, ¿por qué se me ha de castigar esta virtud como si fuera un crimen?
Aun cuando las proposiciones del autor no sean admisibles, aun cuando sean descabelladas y perjudiciales al Estado en la práctica, no por esto debe ser castigado, si por otra parte se manifiesta la buena intención con que las hizo, pues ésta lo recomienda y lo salva de toda interpretación siniestra. Somos unos seres finitos y miserables, que acertamos por casualidad como el burro flautista,(20) por más que nos lisonjee nuestro amor propio y nos aplaudan nuestros errores los que sacan partido de ellos y de nosotros.
Siendo ésta una verdad inconcusa que no habrá ningún orgulloso que la niegue, ¿por qué se ha de castigar al escritor con tanta severidad, al tiempo que con mayor indulgencia se disimulan los yerros de los jueces?
Además de esto, libertad de imprenta con fiscales, me parece una paradoja como monarca moderado con bayonetas, hombre libre con una cadena, buen bailador cojo, etcétera, etcétera.
SERVILlO: ¿Según eso usted querría que no hubiera fiscales?
LIBERATO: Sí, señor, quisiera que hubiera muchos, o uno solo enfrenado. Muchos, todos los ciudadanos, pues cualquiera tiene acción popular para denunciar los escritos que notoriamente ofendiesen la religión o la seguridad del Estado; o uno solo que hablase por el común; pero que fuese un sabio, virtuoso, recto, imparcial y siempre obligado a discutir ante los jueces de hecho púb1icamente sobre el escrito denunciado con su autor, bajo la condición de que si lo convencía éste, sufriría la pena de la ley; y si era al contrario, esto es, si el autor convencía al fiscal, éste perdería el empleo, multado en doscientos pesos a beneficio del autor, en pena de su ineptitud o su malicia.
SERVILIO: ¡Jesús! Entonces, ¿quién querría ser fiscal?
LIBERATO: Cualquier hombre sabio y virtuoso, pues éste, cuando denunciara un papel, lo habría leído, releído y entendido. Se habría hecho cargo de su malicia y estaría seguro de presentársela de frente al escritor. De este modo vería usted qué pocos papeles se denunciaban, y de los denunciados qué pocos se absolvían por los jurados, pues las calificaciones fiscales serían claras, sólidas, precisas y armadas por todas partes de la ley, de la justicia y la razón. Pero en el estado actual un zapatero de viejo puede ser fiscal de libertad de imprenta, porque siempre van en la verde(21) como los coimes(22) de billar cuando juegan treguas;(23) si ganan, tienen su real y se divierten, y si pierden, siempre se divierten y no hay quien les cobre nada. Así son nuestros fiscales. Llega un papel a sus manos que no les gusta, o no le gusta tal vez a algún amigo suyo que los provoca a la acusación. Forjan su calificación como quieren; lo denuncian; si los primeros jueces fallan queha lugar a formación de causa, cate usted al pobre autor en las uñas del juez de letras que por primera diligencia lo sume en una cárcel contra la ley expresa. Allí, con el espíritu sobresaltado, sin libros, sin amigos ni recursos y en un tiempo muy limitado, se ha de defender, con más miedo de que no se enojen los señores. Si es penco(24) y cobarde que no sabe sacudirse, ya lo tiene usted condenado a una prisión de dos, cuatro o seis años. Si tiene comercio, oficio o empleo, todo lo pierde y arruina en este tiempo. Si es pobre, ya lo tiene usted peor, pues no sólo perece él, sino su infeliz familia en el momento. Para mantenerse ésta y mantenerlo, se comienza empeñando, se sigue vendiendo y se concluye prostituyéndose las hijas y mujer que no tienen más arbitrio para subsistir. ¿Y qué se le da la mina de esta infeliz familia al fiscal? Nada por cierto; él se queda en su casa muy contento.
Si el autor se defiende con razón y energía, los jueces lo absuelven, pero nadie le quita el susto, las incomodidades, ni el pesar de su familia. ¿Y el fiscal? Se va muy fresco a su casa, seguro de que nada le han de hacer. Yo no concibo cómo pueda ser esto justo. Si oído al autor lo absuelven, claro es que él dijo bien, y el fiscal erró su acusación. Pues, ¿por qué el yerro del fiscal, pudiendo ser perjudicial en el momento, se disimula, y el del escritor se castiga severamente, debiendo ser tanto más delincuente el fiscal por su opinión que el autor? Lo primero, porque a éste puede cubrirlo la ignorancia que no se debe presumir en el fiscal. Lo segundo, porque el daño que éste va a hacer con su acusación injusta es positivo, y no lo es el que se presume del escrito del autor; y lo tercero, porque éste puede escribir con calor o precipitación, creyendo que obra bien, como escriben los más, que si presumieran que los habían de perder, sofocarían sus ideas y jamás pensarían en publicarlas. De suerte que el dar la firma en la imprenta y esperar resultas en su casa, prueba que el autor no cree cometer ningún delito, pues si tuviera tal intención, o no escribiría o daría su firma sobre el lomo del caballo, como algunos lo hicieron en el tiempo de nuestra Independencia y en esta misma ciudad, sin embargo de que no concebían ningún delito en explicarse a favor de su patria; pero temían la persecución que por este patriotismo habían de sufrir del gobierno español.
Este acaloramiento patriótico no puede tener el fiscal cuando extiende su calificación, pues debe proceder a sangre fría, no sobre su juicio, sino sobre el escrito y la ley; de consiguiente, cuando es precipitada e injusta; debe acusarse y ser castigado el fiscal como criminal o inepto.
Además, si la opinión general ha de refluir en uno o dos fiscales, más vale que no haya libertad de imprenta, sino que todos sujeten sus escritos a la previa censura; al fin, al fin, siempre hay censores a cuyo juicio están sujetos los autores, con peligro de perderse, el que no tenían sin libertad de imprenta.
SERVILIO: ¿Conque, según eso, mejor sería como estábamos antes?
LIBERATO: Si no fuera mejor, sería más seguro, porque antes es verdad que el autor tenía que sufrir la altivez y groserías de algunos censores y las majaderías de otros, que o manc[h]aban los mejores períodos, o tachaban las frases más graciosas, o truncaban los más trabajados conceptos, o en examen le reprobaban la obra que acaso no entendían; pero, por fin, si el autor se determinaba, imprimía su obra con aquellos despilfarros, y ésta corría, quedando él muy tranquilo en su casa. Ahora no es así. Imprime el escritor lo que quiere, es verdad, sin previa censura; mas no sin censura posterior. Sale su papel, y se queda temiendo si no le gustará al señor fiscal, si lo denunciará, si le tocarán buenos jueces en primer juri, o si irá a la cárcel a hacer la cuenta de la impresión. Ésta no me atreveré a llamada libertad de imprenta, sino peligro de imprenta.
SERVILIO: Pues ello es que ciertamente es libertad, pues cualquiera puede escribir lo que se le antoje, sin que nadie se lo pueda evitar.
LIBERATO: Pero después que imprimió, puede verse perdido por lo que menos pensaba, y maldita sea tal libertad con tanto riesgo. Yo le digo a usted, amigo, es usted muy libre para hablar lo que se le dé gana sin que nadie pueda estorbárselo, con sola la condición de que continuamente estarán en acecho de sus palabras dos fiscales, y al menor descuido que usted tenga y hable algún desatino sin malicia, sino con poca advertencia, o acaso con buena intención, le plantarán una bofetada que le harán escupir las muelas. Ya usted ve que esta condición es muy justa y la pena es una friolerilla. ¿Qué respondiera usted? ¿Admitiera tal libertad?
SERVILIO: De ningún modo. ¿Qué mayor pena podía darse que tener que hablar siempre con recelo de que los fiscales le aplastarán a uno las narices?
LIBERATO: Pues tal es nuestra libertad de imprenta. Por el papel que uno escribe con la mejor intención, puede verse perdido de la noche a la mañana. No ha muchos días que el fiscal, licenciado don Ignacio Alvarado, denunció un impreso de El Pensador titulado A unos los mata el valor y a otros los defiende el miedo.(25) Por fortuna los primeros jueces fueron sensatos; conocieron que el papel, bajo el estilo irónico, envolvía muchas advertencias útiles a la patria, y lo absolvieron. Si da con cinco vocales del modo de pensar del fiscal, ya tiene usted al pobre Pensador en la cárcel y a su larga familia(26)en la calle, lo que sobre la excomunión hubiera caído como miel sobre buñuelos.(27)
SERVILlO: ¿Es posible que hiciera eso el señor Alvarado? Apenas puedo creerlo. Sobre que me aseguran que es muy liberal.
LlBERATO: Con toda su liberalidad quería echar a El Pensador por la cabeza.
SERVILlO: Me alegro, me alegro que se vaya volviendo chismocito el señor Alvarado. De esa manera no hará falta el señor Retana;(28) se multiplicarán las denuncias, se intimidarán los escritores, publicarán solamente paparruchas, bautizadas con títulos chicharrones,(29) y sofocaremos con disimulo esta maldita libertad de imprenta, que tanto nos incomoda.
LIBERATO: Tal es el deseo de los servilios. Yo por mí le aseguro que si se ha de verificar lo que usted dice, mejor será que se suprima la libertad de imprenta, pues con tanta traba y espionaje, más bien puede llamarsetrampa para que caiga el escritor incauto, que gaje de libertad civil para publicar nuestras ideas. Mejor es la ley que quita las ocasiones de delinquir, que la que franquea la puerta al delito y luego le prepara castigos. ¡Ojalá el Soberano Congreso(30) piense sobre esto seriamente! A Dios.
Abril 12 de 1822.
El Pensador.
(1) México, Oficina de Betancourt, 1822. Este folleto fue publicado por Luis González Obregón en El Pensador Mexicano. Diálogos sobre cosas de su tiempo, op. cit., pp. 46-58; pero sin los datos de edición. Sí los da en Novelistas mexicanos. Don José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit., en la página 125.
(2) En las Cortes de Cádiz, en la discusión que se promovió para decretar la libertad de la imprenta, se "dio a conocer el origen de la formación de los partidos, que estuvieron en continua lucha durante la existencia de estas Cortes, y que se han perpetuado después en los congresos sucesivos en España y en México. Estaban por las ideas de reformas y trastorno de todos los principios hasta entonces admitidos en España, los eclesiásticos tenidos por jansenistas, varios de los profesores de las Universidades y todos los jóvenes versados en la lectura de los libros franceses del siglo anterior, y estos fueron los elementos que compusieron el partido a que se dio el nombre de 'liberal', por calificarse por tales opiniones que seguían los que lo formaban; en el opuesto se contaban los eclesiásticos contrarios al jansenismo, los magistrados de los antiguos tribunales y varios abogados, y éste permaneció por más tiempo anónimo, hasta que se le aplicó el epíteto de 'servil', tomado de una composición poética de D. Eugenio de Tapia, en que así lo caracterizó, escribiendo maliciosamente las dos sílabas separadas, de esta manera: 'ser-vil'. Los diputados americanos, a quienes se daba el nombre de 'la diputación americana', enteramente unidos entre sí, con excepción de pocos individuos, para todas las cuestiones de América, formaron un partido separado, que en los asuntos generales se arrimaba a los liberales." Lucas Alamán, Historia de México, op. cit., t. III, pp. 3 y 8.
(3) Inquisición. Cf. nota 20 a Quien mal pleito tiene...
(4) Antonio Josef Ruiz de Padrón, político español nacido en las Canarias. Cf. nota 8 a Si el gato saca las uñas...
(5) Fernando VII abolió la legislación de las Cortes en 1814 e hizo que se restableciera el Santo Oficio, constituyéndose en algunas provincias los Tribunales subalternos; pero la falta de un inquisidor general impidió su funcionamiento, por lo que muchos obispos, cabildos, corporaciones y particulares pidieron al rey el restablecimiento del Tribunal de la Santa Inquisición. Fernando VII utilizó como pretexto el que cundían por todas partes las doctrinas de los enciclopedistas y dictó el Decreto del 21 de julio de 1814, restableciendo los Tribunales del Santo Oficio en su jurisdicción. La revolución de 1820 impuso al monarca la Constitución de 1812 y le obligó a establecer una Junta provisional; ésta dictó una orden suprimiendo la Inquisición en España el día 9 de marzo de 1820.
(6) Quis talia fando Myrmidonum Dolopumve, aut duri miles Ulixi temperet a lacrimis?¿Quién, de mirmidones o dólopes o soldado del duro Ulises, tales cosas hablando se abstendrá de lágrimas? Virgilio en la Eneida, lib. II, vv. 6-8. La versión es de Rubén Bonifaz Nuño (cf. nota 24 a Defensa que el Pensador...).
(7) llorar a moco tendido. Llorar desconsoladamente.
(8) paniaguado. Lo mismo que compinche, es decir, compañero en malas artes o mal vivir. Santamaría, Dic. mej.
(9) La confusión que producía la diversidad de jurisdicciones en la Nueva España (estaba dividida en reinos, gobernaciones, alcaldías mayores y corregimientos) motivó una última división política en 1786. La mitad meridional quedó dividida en doce Intendencias, que llevaban el nombre de su capital: México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Valladolid, Guadalajara, Zacatecas; Guanajuato, San Luis Potosí, Mérida, Durango y Arizpe; estas dos últimas quedaban incluidas en la Comandancia General de Provincias Internas, que fue creada al mismo tiempo en el Norte. El actual estado de Michoacán quedaba situado en casi todo el territorio que comprendía la Intendencia de Valladolid.
(10) "El diezmo era una contribución que se pagaba a la iglesia y consistía, en propios términos, en entregar a las autoridades eclesiásticas el diez por ciento del producto bruto de todos los frutos de la tierra. Obligaba a todos los miembros de la comunidad, bajo pena de pecado mortal. Así, el arzobispo de México recomendaba a sus fieles que se pagara, para evitar 'la torpe avaricia, ingratitud y fraudes, para no provocar la severa y divina indignación' que se podía traducir en el 'castigo de esterilidad, secas, malos temporales e infelices sucesos'. Se imponía [a] 'todos y cualesquier personas, vecinos, moradores, estantes y habitantes en esta Ciudad y demás Villas, pueblos y lugares de este nuestro Arzobispado, de cualquier estado, calidad y condición que sean, y especial y señaladamente a todos los dueños, administradores, mayordomos; arrendadores, terrasqueros y depositarios de cualquiera haciendas de labor, ganados mayores y menores; ingenios, trapiches, conventos, e iglesias seculares o regulares, cofradías o hermandades, así de españoles como indios, caciques o mazehuales, negros, mulatos y chinos'. Los productos afectados eran 'todas las semillas y legumbres sin excepción, de todos los ganados mayores y menores, sus esquilmos, leche, queso, requesón, mantequilla, natilla, cuajada, jojoqui, y lo demás que de ella se hace, del anochorado, lanas, medias lanas, lanas peladas que resultan en los pelambres, en los rastros y carnicerías; del anino, algodón; de todas aves domésticas, como gallinas, palomas, ánzares; patos, etcétera, de los azúcares, panochas, piloncillo, mieles, remieles, caña, etcétera, del añil, agua de azahar; de todas las frutas de todo género de árboles frutales, aunque sólo cultivaban para comer el fruto su dueño, regarlo o darlo de limosna, calabaza de la tierra y de Castilla, legumbres y hortaliza, pepita, rosa y otras flores'. En resumen, el diezmo obligaba a todos los habitantes del virreinato, y afectaba a todos los frutos de la tierra y lo que de ellos derivaba." Catalina Sierra, El nacimiento de México, op. cit., pp. 136-137. Los datos que esta autora entrecomilló fueron tomados de Fortino Hipólito Vera, Colección de documentos eclesiásticos de México, o sea antigua y moderna legislación de la Iglesia Mexicana, Amecameca, Imp. del Colegio Católico, a cargo de Jorge Sigüenza, 1887, pp. 423 y 425. Cf. nota 4 a Ideas políticas... 2.
(11) copetón. Se usa como sustantivo, aplicado siempre con cierta intención de censurarlas por orgullosas, a las personas distinguidas y de viso, a que se dan aires tales. Santamaría, Dic. mej.
(12) andar con la barba sobre el hombro. Cf. nota 13 a Chamorro y Dominiquín. sobre asuntos interesantes...
(13) Agustín de Iturbide. Cf. notas 2 y 6 a Contestación de El Pensador... y 32 aChamorrro y Dominiquín. Segundo diálogo...
(14) alzarse con el santo y la limosna. Quedarse con lo ajeno, y a menudo en forma fraudulenta, o con lo dado en confianza. Santamaría, Dic. mej.
(15) Cf. nota 3 a Exposición del ciudadano... y notas 2 y 14 a Demostración de la justicia...
(16) in verbo sacerdotis. Bajo palabra de sacerdote.
(17) Exurge, Domine, judica causam tuam. Levántate, Señor, y juzga en tu causa. Éste era el lema de la Inquisición.
(18) hacerse a uno fuerza alguna cosa. Influir poderosamente en su ánimo para decidirlo a obrar de una manera o de otra.
(19) garantía de la unión. Cf. nota 3 a Hasta que se le vio una...
(20) "Sin reglas del arte, / borriquitos hay / que una vez aciertan / por, casualidad." En "El burro flautista", fábula de Iriarte en Poesías, op. cit., pp. 15-16.
(21) ir en la verde. No arriesgar o perder nada de lo que es propiamente suyo, como el jugador que juega con dinero que ha obtenido tramposamente. Jack Emory Davis, Estudio lexicográfico de El Periquillo Sarniento, op. cit., 205.
(22) coime. En las casas de juego, el encargado de marcar los tantos de los jugadores, y de algunas otras comisiones similares. Leovigildo Islas Escárcega,Vocabulario campesino nacional. Objeciones y ampliaciones al Vocabulario agrícola nacional, publicado por el Instituto Mexicano de Investigaciones Lingüísticas en 1935,México [Secretaría de Agricultura y Fomento], 1945, p. 158.
(23) treguas. Juego de billar en el cual quien pierde paga el alquiler de la mesa.
(24) penco. Contracción eufémica de pendejo, o sea cobarde, pusilánime y, por eufemismo, tonto, torpe, estúpido. Es un término injurioso y obsceno. Santamaría,Dic. mej.
(25) Que publicamos en este volumen.
(26) Cf. nota 11 a Contestación de El Pensador...
(27) miel sobre buñuelos, o miel sobre hojuelas. Frase que se utiliza para expresar que una cosa viene o cae muy bien sobre otra.
(28) José González Retana. Cf. nota 29 a Observaciones político-legales...
(29) chicharrones. Cf. nota 2 a Chanzas contra facetadas...
(30) Congreso. Cf. nota 3 a ¿Qué va que nos lleva...?, y 19 a Exposición del ciudadano...