Lunes 22 de noviembre de 1813(1)
No es criticar al gobierno proponer medios para la felicidad del pueblo. En lo primero entra la sátira, la malicia y el odio junto con el desacato, cuando en lo segundo sólo se encuentra el rendimiento y el deseo de hacer felices a los conciudadanos y bienquisto para con ellos al mismo gobierno que los dirige.
Lo mismo debe entender por su parte el ayuntamiento o diputación subalterna, sea cual fuere el grado de su autoridad.
Nadie en lo particular, ni menos la corporación, tiene que resentirse porque el escritor público, amante del bien común, les haga advertir sobre este o aquel abuso; porque les inspire esta o aquella útil providencia contraria, ni porque les insinúe lo perjudicial de las que tal vez se dicten sin mayor tino, aunque con buena intención.
Todos los que gobiernan son hombres, y con esto tienen cuanto han menester para errar a cada paso contra su propia voluntad, ya por la falta de conocimientos interiores del país que rigen, ya por las muchas atenciones que los distraen y no les permiten presentarse muchas veces como desearan a la investigación de un solo asunto, ya por la debilidad de los mismos en quienes depositan su confianza y ya, por último, por otras menudencias que no son del caso analizar.
Por todo esto, puede suceder mil ocasiones que, o los males público no se remedien o que las providencias que se tomen con este objeto sean no sólo irrisorias por su ineficacia, sino perjudiciales al pueblo por su falta de tino.
Bajo esta suposición, es muy fuera de orden racional incomodarse ni declamar contra ningún publicista cuando éste escriba contra algún abuso o cuando proponga algunos medios para cortarlo.
Yo voy a indicar de dónde puede provenir la exorbitante escasez o carestía de carbón, si ésta es más que aquélla, y cuáles serían los medios eficaces para volver [a] la abundancia. Si mis propuestas fueren racionales y ofrecieren probabilidad, no deben desecharse, sino admitirse; no porque yo las dicto, sino porque conducen al bien general; y si no lo fueren, con entregar al desprecio este papel queda todo compuesto.
La carestía del carbón, que días hace padecemos, puede proceder, o de escasez real del dicho efecto, o de la sórdida avaricia de los monopolistas resgatones. Si de lo primero, es menester averiguar la causa. Ésta puede ser, o porque los indios carboneros se hayan disminuido en la peste que acabamos de sufrir, o porque se hallen ocupados en sus cosechas, o porque tengan interceptados los caminos, o, finalmente, porque los ladrones de los pueblos colindantes de esta ciudad (este acre nombre merece todo monopolista), o porque esta clase de ladrones, repito, nos abarroten el carbón aun antes de que baje de los cerros. Si la escasez es por falta de manos que lo trabajen, no queda otro recurso que quemar las puertas y ventanas de las casas; después, de las mesas, roperos, camas, sillas y demás muebles de madera, porque el mal es irremediable a lo menos temporalmente. Mas si es porque los insurgentes nos hagan el gravísimo mal de impedir que venga a México con la abundancia que antes, es menester desalojarlos de las inmediaciones carbonarias; y si esto no se puede, rogarles nosotros los escritores que no nos hagan tan gran mal como hacernos comer frío o crudo. Mas yo no creo, ni nunca he creído que ellos sean la causa verdadera de esta escasez.(a)
Resta adivinar si lo serán los resgatones de los pueblos circunvecinos. Yo no lo sé, pero no es juicio temerario el presumirlo. Me han dicho que en un pueblo de éstos (cuyo nombre no tengo presente) un solo sujeto tiene cinco mil cargas encerradas.
Y ¿qué haremos con estos hormigones? Lo que convenía, a mi parecer, era (puesto que a esa distancia no alcance la autoridad de los señores regidores) que por orden superior se mandaran allá, de cuando en cuando, los cabos de policía o como se llaman, para que de los vecinos de los mismos pueblos se informaran de si había en ellos algunos encierros de carbón, y, en caso de haberlos, se decomisaran y condujeran a esta ciudad, pagando además los abarrotadores los costos del viaje a los cabos referidos, quienes en ningún caso se deberían excusar de este trabajo, pues para eso tienen aquella P bordada en sus chaquetas, y para esos ganan dos pesos todos los días, para velar no sólo sobre la seguridad pública respecto a conspiraciones populares o ingreso de insurgentes (a lo [que] difícilmente podrán dar acertado cumplimiento), sino también para cuidar de la mayor exactitud en asuntos de policía, y, siendo el espionaje de los resgatones una de sus principales obligaciones, el encargarse de él y desempeñarlo con esmero sería lo más conforme con su instituto.
Hasta aquí he hablado en el supuesto de que la carestía del carbón sea por escasez de él en esta ciudad; pero si la culpa está en los abarrotadores, ¿qué haremos? Insisto en el proyecto del tío Toribio;(b) esto es, ofrézcanse por medio de rotulones, no veinte y cinco pesos (como dijo) por premio a quien denunciara un encierro de carbón, sino solamente los cinco, pues por cinco pesos, según está el mundo y son las gentes, habrá quién denuncie a su madre. Hecho esto, procédase a la erección de guardas en las garitas para que éstos introduzcan el carbón hasta las plazas.
A más de lo dicho, permítase que entre todo carbonero y que venda su carbón libremente sin tener que pagar cosa alguna en la diputación, ni que detenerse allí para nada, pues los indios tímidos y mezquinos, por tal de no sufrir esta ligera contribución al escribano ni presentarse ante él, dejarán de volver otra vez y, lo peor de todo, impondrán a sus compañeros en lo prevenido de un modo aterrorizador y ya no vendrá ninguno después.
Tampoco juzgo por prudente el que se les tase su efecto, el que se detengan en venderlo ni el que se compelan a lo más mínimo. Toda traba que se les aplique no puede traer otras resultas que disgustarlos y despedirlos de México y esto no podrá abaratar el carbón en ningún tiempo.
Es necesario, pues, dejar a los carboneros entrar y salir libremente en esta ciudad y vender su carbón del mismo modo, porque un sabio político español dice que contra el monopolio, el monopolio, y contra el monopolio, la libertad. Déjese lucrar a los indios cuanto puedan los primeros días; impídase sólo que ningún sujeto tenga en su casa arriba de cuatro cargas, y veremos si no abarata el carbón.
La incomodidad que perciben los señores regidores en la plazuela de Jesús todos los días, no es gaje de su oficio. Es cierto que ellos deben sacrificarse, si es preciso, en obsequio del pueblo que los constituyó sus ecónomos, pero no abatirse ni ultrajarse sin provecho, como está sucediendo.
¿Qué es ver a un señor regidor de la noble ciudad de México embutido en un cajoncito de la plaza de Jesús, verbigracia, todo tiznado, rodeado de la chusma de hombres, mujeres y muchachos, aturdido a gritos y despachando él mismo y por su mano el carbón, siendo un carbonero del populacho y un cajero y administrador de los indios carboneros? ¡Vamos, que esto no es decente ni a México ni a sus regidores! Estos caballeros deben entretenerse en asuntos más graves y útiles al pueblo, no en despachar saquitas de carbón en una plaza pública.
No por esto digo que estos señores hayan hecho mal exponiéndose a tan ímprobo como mecánico trabajo. México sería un ingrato si dejara de conocer que en este caso han dado las mayores muestras de su celo por el bien general y que por un efecto de su amor patrio se han excedido en abatirse tanto. Lo que digo es que bien pueden omitir el desempeño de esta comisión encargándola a los guardas de plaza, para quienes es más propio, que no para ellos.
Supuesto que era conveniente el conducir a los indios carboneros a las plazas públicas y dejarlos en ellas vender a como quisieran (advirtiéndoles primero que a nadie vendieran sino un tercio de carbón cuando más), era ociosa la resistencia del rigor. Es cierto que la gente se agolpa en estos lugares, que se aporrean, se rompen la ropa, se roban, etcétera; todos estos excesos son inexcusables donde quiera que concurra el populacho con desorden. Es también innegable que se deben precaver en estos lances los daños comunes para evitarlos; mas tampoco hay duda en que, en nuestro caso, éstos no se puedan impedir por la sola presencia del regidor, y cuando algo se consiguiera sería por el temor de los centinelas; pues he aquí que, quedando los guardas encargados de ayudar a los indios (gratis) y de hacerlos observar la anterior advertencia de que no vendieran por mayor ninguna cantidad, y los soldados prevenidos, no para maltratar a la pobre gente (como suelen hacer), sino para contener los excesos del desorden con la bayoneta amenazadora, quedaba el pueblo servido y los señores capitulares excusados de esta fastidiosa tarea.
Después de no ser decente al distinguido empleo de un regidor el ir a tiznarse de carbón confundido entre la gente más grosera,(c) es al mismo tiempo innecesario para la distribución de tal efecto; y no sólo, sino que, además de esto, demerita la opinión de los señores semaneros en el concepto del pueblo ignorante, según lo que tengo advertido y voy a declarar para gobierno de los interesados.
Es el caso. Entre la gente que se agolpa con ansia a comprar carbón, suelen no faltar algunos señores clérigos, religiosos, y otros sujetos notoriamente decentes. Éstos, por su traje y respeto se hacen lugar, y a costa de algunos apretones llegan hasta el telonio(2) del señor diputado, y entonces le ruegan, le instan, le porfían porque los despache... Mientras, viene el amigo, el deudo, el lacayo del conde L, la criada de la marquesita H, el papelito del canónigo R y otros más que suplican de preferencia. Entretanto, no cesa el clamor de los pobres. Unos alegan el tiempo que ha que están allí, otros que en el día anterior quedaron emplazados para el presente; éste su cabeza rota, aquél su bolsa cortada, quién sus enaguas hechas tiras o su rebozo perdido, y todo se vuelve gritos y confusión.
En este momento crítico tenemos al regidor comprometido, o a desairar a los señores decentes y personas de su estimación y respeto, para lo cual era menester tener la circunspección de un areópago, lo que no es fácil, o a malquistar su opinión con el populacho, que es lo que sucede.
Los que ven esta preferencia y no sacan carbón, salen renegando del regidor y de toda su dinastía, y los que lo llevan, nada le agradecen. Vean ahora los señores regidores qué bonito albur van a jugar a la plaza. Después de molerse la sangre y el espíritu, después de abatirse y tiznarse, y después de constituirse muchachos carboneros del público, ni se lo pagan, ni se lo agradecen unos, y otros lo despedazan a improperios. ¡Tanta es la desvergüenza de los necios!
Por todo lo dicho, quisiera que ningún señor regidor se volviera a presentar en esos lugares; y por lo que respecta al carbón, dije, repito y siempre diré: que para que abunde, el único remedio es celo y libertad. Celo contra los resgatones de gruesas cantidades dentro y fuera de esta capital, y libertad para con los introductores de este efecto; y mientras este sistema no se adopte (¡ojalá y me engañe, y sea lo contrario!) me parece que no se verá el carbón en muchos meses.
Este pronóstico lo fundo en los ejemplares que tenemos en México con todos los demás renglones necesarios, que caros se pusieron y caros se han quedado; y para no dudar del buen éxito de mis propuestas, tengo la razón, la autoridad del señor Jovellanos(3) y la experiencia reciente de las carnes que, habiéndose encarecido el año pasado, apenas el excelentísimo señor Venegas permitió libremente su introducción y venta en esta capital, cuando al instante abundaron como lo vemos.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) Si ellos fueran, la escasez habría empezado antes y los indios carboneros lo dijeran; nada de esto hay, conque...
(b) Suplemento de 8 de noviembre.
(c) Este oficio es algo despreciable, pues hasta los tenderos enmantecados tienen un muchacho que despache carbón, por no ensuciarse más.
(2) telonio. Oficina pública donde se pagaban los tributos.
(3) señor Jovellanos. Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez (1774-1811). Político y escritor español. Autor de estudios sociales, económicos, jurídicos, literarios y artísticos en general. Compuso entre otras obras: el Informe en el expediente de la ley agraria, Memorias sobre los espectáculos y diversiones públicas en España y Elogio de las Bellas Artes.