Lunes 20 de septiembre de 1813(1)
Concluye la crítica acerca de los coches
Después de haberme exhortado el tunero a que dejara a los coches en paz y las hubiera con sus dueños o con los que toleran los abusos que se notan en su administración, se fue, dejándome convencido de que no hay hombre, por idiota que sea, que alguna vez no baste a dar un buen consejo.
Con el que me dio mi indio, la interrupción de mis ideas y el refrigerio de las tunas, se me sosegó la cólera y propuse variar enteramente de concepto y de estilo, declamando contra la corruptela que he notado y dejando el remedio en manos de quien lo puede poner, que acaso será nuestro muy noble y excelente ayuntamiento, de cuyo celo y eficacia no dudo, si este papel llegare a su noticia.
Es el caso. Un coche de éstos se alquila por cuatro reales la hora, precio exorbitante a mi ver, atendida la violencia con que corren las horas y la cachaza con que andan los carruajes; pero esto no es lo más. Según la cuota de los dichos cuatro reales, corresponden dos reales por media hora; hasta aquí no hay novedad; pero conforme a este cálculo, debía ganar un coche un real por un cuarto de hora, medio real por siete y medio minutos y tal vez una cuartilla por tres o cuatro. Yo no hallo dificultad en nada de esto, porque hasta donde digo ni el tiempo ni la moneda es indivisible. Pero aquí levantan el grito los dueños de los tales carretones (y ya se sabe a cuanto equivale la frasecilla tales), por medio de sus cocheros, diciendo: "No, señor, no se pagan cuartos." Así está mandado y hemos de pasar por este mandamiento a revienta cinchas: no se pagan cuartos. Es decir, no se pagan cuartos como cuartos, sino como medias horas. He aquí un robo público y tanto tiempo tolerado. Pruébolo: si le compro a un comerciante dos varas tres ochavas de lienzo a dos reales vara, le pagaré cuatro reales por las dos varas, y por las tres ochavas me cobrará tres cuartillas nada más; y si él me exigiera por las tres ochavas un real, diríamos que era un robo manifiesto, pues quería imponerle a tres ochavas el valor justo de media vara. Pues tanto así roban los dueños de los coches cuando exigen dos reales por cuatro o cinco minutos que hayan pasado de la hora. Mil ocasiones me ha sucedido reñir con los cocheros por esta declarada sinrazón (como les habrá sucedido a innumerables); les he hecho ver la injusticia de este procedimiento; ellos se convencen; pero su ordinaria respuesta es que "si no llevan lo que me piden, en virtud de haber pasado la hora, los mayordomos o cuidadores, que están embutidos en las paredes del Parián, les cargarán a su cuenta el exceso que les faltare". Yo dejo a estos en su buena opinión y fama; más lo cierto es que los cocheros se disculpan con sus pedagogos, como que son sus jefes inmediatos; éstos con los dueños; los dueños con que así se mandó, que ésta ha sido la práctica desde el establecimiento de estos alquileres, y que los que pudieran abolir este abuso con su autoridad, o no han caído en él o se desentienden del remedio; y, pregunto: estos últimos, ¿con qué se disculparán después de mi reclamo? La injusticia está manifiesta, la ulterior tolerancia de ella es poco decorosa y no se puede alegar ignorancia en el caso.
No es disculpa decir que el andar en coche es lujo y no necesidad, y, por lo mismo, es tolerable el exceso. Sea lo primero, que no siempre ni todos andan en coche por paseo; muchas veces toman algunos un coche por necesidad, y por necesidad gravísima, como por llevar un confesor, un médico, una partera, por no mojarse un enfermo, etcétera. Sea lo segundo, que ¿quién ha canonizado por justo el hurto cuando lo apadrina el lujo? Por la misma razón sería lícita la usura.
Ni es disculpa tampoco decir que a nadie se fuerza a tomar un coche, porque esto es mentira. No se violenta o no se obliga a nadie a tomar coche con una fuerza física: es verdad. No se obliga a todos con una fuerza virtual: es falso. Si no hay más coches, si cuantos hay han de costar lo mismo, y si yo lo necesito, precisamente me he de valer de ellos y he de entrar por el aro de pagar los cuartos de hora como medias horas quiera que no quiera; y esto ¿qué es si no fuerza? Y quitarme por fuerza un maravedí ¿qué es si no robo? Y lo peor es que en el robo concurren no sólo los ladrones que lo hacen, sino los que cooperan, o los que disimulan, o los que sabiéndolo no lo avisan para que se impida, como yo robaría si, advirtiendo este abuso pernicioso, no declamara contra él con el fin de que se remedie; lo que es muy fácil: únicamente con fijar unos rotulones en las calles por la persona o personas que estén autorizadas, previniendo: "que con arreglo a justicia se cobre por el alquiler de los coches el tiempo que trabajaren, con respecto a los cuatro reales prefijados por hora; de suerte que, así como por media hora se exigen dos reales, así también se exija un real por un cuarto, y medio real por seis, siete u ocho minutos."
Con esta trivial diligencia se cortaba de raíz un abuso envejecido y gravoso al público; porque supongamos que sólo hay cuarenta coches de los que vamos hablando; que éstos, procediendo con conciencia escrupulosa, no hurtan diariamente en esta forma más que cuatro reales; hacen veinte pesos diarios, que importan al mes seiscientos pesos, y al año (si no es bisiesto, y exceptuando Jueves y Viernes Santo, que están de ayuno) siete mil doscientos setenta pesos. ¡Ahí es nada! ¿Y qué, un hurto al público de siete mil doscientos pesos es juguete? ¿Podrá pasar por parvedad de materia ni disimularse por más tiempo? ¿Y qué diremos si la cuenta se suma por los años que ha que están dichos coches en posesión de esta corruptela? Entonces monta una cantidad espantosa.
Otro abuso hay no menos digno de corregirse; y es que, siendo establecidos los coches alquilones para servir al lujo, a la comodidad o necesidad, muchas veces, o casi siempre, en este último caso, los cocheros (sea por su voluntad o por la de sus amos) aumentan arbitrariamente el precio de los alquileres con gravamen conocido del público. Sea ejemplo: está lloviendo y quiere alguno tomar un coche para no mojarse; y entonces el cochero, conociendo la necesidad y deseando aprovechar el lance, pregunta: "¿Para dónde ha de ir? Se le responde, y a proporción de la jornada impone el precio de dos o tres pesos o más, según es de ancha su conciencia, las órdenes de su amo y el traje del que solicita el coche. Éste es no sólo abuso, sino ladronicio desvergonzado como los demás; porque supuesto que el contrato que se ha hecho con el público señala cuatro reales por hora sin prevenir tiempo llovioso o sereno, y el mismo público tácitamente se ha conformado, debe estarse a lo estipulado, sin admitir excepciones voluntarias impuestas por la mala fe de los cocheros o de los dueños de los coches.
Esto sé yo, según las leyes del contrato, a no ser que tengan su moral prieta que no he estudiado.
En fin, con lo dicho hay bastante para que se remedien estos perniciosos abusos, en queriendo remediarlos los que pueden y deben. Y si con lo dicho no bastan a persuadirse estas verdades, nada basta.