Lunes 13 de septiembre de 1813(1)
Continúa la materia del anterior
Después de lo dicho, resta advertir que nuestra malicia es tal que, en queriendo, interpretamos cuanto no nos acomoda, los desfiguramos y le damos a una proposición unos colores que de ninguna manera le convienen en su genuino y literal sentido. De semejante traición nada se puede librar, como no se han librado las mismas sagradas Escrituras. Así, antes de calificar una proposición de subversiva, infamatoria, escandalosa, etcétera, deberíamos examinar nuestra conciencia por si nos tocaran las generales, y, en tal caso, suspender el juicio creyéndonos muy expuestos a errar en la sentencia por la pasión con que podríamos producirnos, y esperar la decisión de otros o más bien la del público imparcial.
Hablo cuando la materia fuera común y las producciones generales; que siendo sobre hechos particulares y con expresiones insultantes y señaladas, entonces el agraviado haría muy bien en defenderse, porque esto puntualmente es lo que debe evitar todo escritor moderado y lo que justamente se prohíbe, aun con la libertad de la imprenta.
También debo advertir que no me propongo observar por ahora ningún método en mis escritos, porque no quiero o porque no me conviene, y así tan presto hablaré de esto como de aquello, como de lo otro, o como de lo que se me diera la gana, que ninguno manda en mi pluma ni en mi cabeza. En tal concepto, daré más saltos de unas materias en otras de mi periódico que los que da un volantín en la cuerda, sin que por esto sólo entienda que ha de desmerecer la aprobación de los discretos, pues a más de ser esto lo corriente en semejante clase de papeles, sé muy bien y ellos saben cuánto disgustan los tratados monótonos o iguales de una misma cosa. Todo causa fastidio en esta vida siendo sin variación. Si en un jardín no viéramos sino rosas de Castilla, por más que sean lindas y fragantes, pronto nos disgustara o empalagara su uniformidad. No así cuando viéramos el tal jardín adornado de diferentes tiestos, porque en unos admiraramos la belleza del clavel, en otros el matiz de la amapola, en éste el recorte de la alejandrina, en aquél la candidez de la azucena, y quizá no faltara quien se prendara del insulso mirasol y del ordinario zempazúchil, porque no hay cosa tan mala que no tenga algún admirador.
Puesto que las advertencias son unos remedios anticipados para las enfermedades de los libros, no deberá hacer fuerza que yo, conociendo de cuántos achaques puede adolecer mi periódico, me dé prisa en amontonar avisos sobre avisos y advertencias sobre advertencias, como que no se me oculta ni mi poco caudal, ni el tiempo en que escribo, ni la fuerza de la preocupación, ni lo imposible que es dar gusto a todos, ni la turbamulta de sabios e ignorantes que leerán mis papeles con diverso gusto, instrucción y fin, ni otras muchas cosas que sería enfadoso relatar.
Por estas razones espero que los lectores juiciosos disimularán tantas advertencias, considerando que no son inútiles los muchos remedios cuando el mal está pidiéndolos de justicia. Y ya con esta salva pasemos adelante.
He dicho que no me sujetaré a ningún método mientras no me convenga o no me parezca. Ahora añado que, cuando lo juzgue oportuno (que lo juzgaré muy seguido), no haré escrúpulo en valerme de la doctrina de muchos autores, no sólo para confirmar mis opiniones con las suyas, sino para vaciar sus producciones en cuerpo y alma, pues poco importa al lector, siendo bueno y útil lo que escribo, que lo diga yo o Perico el de los Palotes, así como nada le importa al que tiene hambre que le den de comer en su cocina o le presenten un bocadito de la calle con tal que esté bien sazonado.
Así pues, cuando en la materia que trate me vengan a cuento algunas anecdotillas, producciones o reflexiones curiosas de algunos autores, protesto que saldrán al papel más enteras de mi pluma que salieron los soldados griegos de los entresijos del caballo troyano.
Lo que haré, para que no me tengan por plagiario o ladrón de letras, es citar las fuentes de donde hubiere bebido lo que brinde, pues es de rigurosa justicia que el honor de las bellas producciones ceda en obsequio de la buena memoria de sus autores, y no apropiarse, como algunos hacen, hijos ajenos, cuyos padres tal vez los desentierran otros más perspicaces y los dan a conocer a todo el mundo con bastante oprobio de sus robadores, pudiéndoseles a éstos cantar a cada paso el ego versiculos feci de Virgilio. Y ya basta de prevenciones. Pasemos a otra cosa.
Coches de alquiler
Para el insigne Don Quijote, honor de la Mancha, gloria de la caballería andantesca, ejemplo de los desfacedores de entuertos y vengador de ajenas sinrazones, estaba reservado acometer a molinos de viento, atropellar ejércitos terribles de carneros y destripar gigantescas botas de vino tinto.
Pero ¡qué! ¿Sólo aquel intrépido caballero supo arrostrar los riesgos más inminentes y no acobardarse a la presencia de los más fieros monstruos y vestiglos? No, lector mío. El Pensador Mexicano, que no le va en saga a Don Quijote en lo loco ni en lo entremetido, va hoy a la faz del universo a entrar en una descomunal refriega con un escuadrón desaforado de los más endiablados endriagos, que en forma de batalla se nos presentan en la Plaza Mayor de esta ciudad y sus inmediaciones a robarnos todos los días con la mayor desvergüenza del mundo, provocándonos a la lid, que nadie hasta la presente ha osado admitir con el mayor descaro sin temor de Dios, del rey ni de la justicia.
Estos follones malandrines son setenta, ochenta o qué sé yo cuántos coches alquilones que, auxiliados de doscientas mulas y cien cocheros con sus cuartas, y algunos con sus trancas,(2) cotidianamente están en expectación de ver lo que se pela al pobre público...
Pues por más que os hayan temido, ¡oh míseros cacaxtles!,(3) por más que os hayan disimulado tanto tiempo, sin hablaros la más mínima palabra, y por más que os halléis juntos y congregados con vuestras mulas y cocheros y envanecidos con vuestra deforme estatura, habéis de entrar conmigo en la pendencia; y así, venid... ¿Qué hacéis...? Non fuyades, gente cobarde, que un solo caballero os espera sin más cabalgadura que su asiento y sin otras armas que su péñola, y no teme salir desairado del encuentro, ora vengáis uno a uno a lo fidalgo, ora todos de montón a lo villano... Pero pues no os movéis a mis reclamos, defendeos, si podéis, que ya os embisto.
En esto estaba mi acalorada fantasía temblando de cólera en la silla, con la pluma en la mano y las narices en medio de las cejas, cuando acertó a pasar por mi puerta un tunero; yo, deseoso de refrescar la bilis exaltada, lo llamé y, después de comerme cuatro tunillas, me vino en deseo oír la opinión del indio tunero acerca de lo que llevaba escrito contra los coches. Después de escucharme éste con atención (porque hay indios no muy de a tiro... pues ... ¿eh?) me dijo: "No lo seas ansina, pagre, los coche no los tienen la culpa de esto que dices; ellos no son gente ni lo saben nada; harto hacen los probe con andarse quebrando por las calle, aguantando los vómito de los borracho y sirviendo de tapadera de mil infamia. Los que lo tienen culpa... pues, ya lo sabosté; pues contra eso ha de gritar; y dejelosté los probe coche viejo, que de algo sirven."
Se continuará
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) trancas. Nombre popular de las borracheras. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(3) cacaxtles. Indio de las numerosas tribus coahuiltecas. Por extensión, aborigen del país.