Fábula XXXIV

LOS DOS LOBOS AMIGOS

 

Érase un Lobo anciano

amigo de otro Lobo un poco enano,

sin el que no se hallaba,

porque antes que quererlo lo adoraba.

Siempre juntos se vían

a ciertas horas; juntos departían

en sus conversaciones.

Jamás sus opiniones

se hallaron encontradas.

Amigos se decían y camaradas,

y en fin, tanto se amaron,

que su amistad los Lobos envidiaron.

Pero cierto accidente

esta amistad turbó muy brevemente,

pues una calentura

puso al Lobo chaparro en la apretura

de no salir dos días

a hacer sus averías

por ranchos, por rediles y por prados,

a sombra de pastores descuidados.

Mas ya convaleciente

salió a hacer experiencia de su diente,

cuando con alegría

vio al Lobo viejo que hacia él venía,

saltando peñas y pisando abrojos

con un carnero. —Amigo de mis ojos

—dice el enfermo—, seas bien venido

a socorrer al pobre entelerido.

¡Con qué gusto los dos nos comeremos

hoy este corderillo que tenemos!

—No tienes que echar ojo al corderillo,

porque no te ha de dar por el galillo.

—Es que me muero de hambre.

—Importa poco.

Guarda dieta, estás malo, no seas loco.

—¿Qué dieta he de guardar? Dame un pedazo.

—De ninguna manera, tontonazo.

Encargo mi conciencia.

Te ha de dañar, lo sé, tengo experiencia.

—Más que me lleve el diablo, buen amigo,

¡quieres darme un cuartito?

—¿No te digo?

Piensas una quimera.

¡Qué tonto fuera yo si te lo diera!

¿No ves que está chiquito,

y que lo necesito,

porque tal vez mañana

no hallaré qué comer?

—¡Disculpa vana!

¿No eres mi antiguo amigo y compañero?

—Sí, mientras no me trates del carnero;

pero si has dado en eso, camarada,

se acabó la amistad y ya no hay nada.

Diciendo esto, el maldito

se marchó con su tierno corderito,

dejando al pobre amigo abandonado

y expuesto a ser del hambre devorado.

Así como este Lobo vil, ratero,

hay en el mundo amigos engañosos,

finos hasta no más y cariñosos

mientras no se les habla de dinero.