LOS CURIOSOS QUIEREN SABER EN QUÉ PARAN
LOS HUESOS DE CORTÉS(1)
¡Válgate Dios y en qué laberinto de huesos nos hemos metido en estos días! Unos huesos muy honrados y por muchos llorados, y por algunos regañados, y otros, como los del pobre Cortés, echados fuera de su casa, maltratados en los papeles públicos y execrados generalmente.
¡Qué tema traen contra el desbaratado esqueleto de este ilustre conquistador! Unos quieren echarlo al camposanto de San Lázaro,(2) otros al de Santa María, y no faltan algunos que quieran quemarlo,(3) como si hubiera sido puto el pobrecillo. Éstas son notorias injusticias.
Lo peor es que ya su casa, sita en el lado derecho del altar mayor de la Iglesia de Jesús,(4) se alquila, porque ya los huesos de aquel caballero no parecen por allí, y quisiéramos saber en dónde están o los han soterrado.
Bueno está que haya desocupado la casa el señor Cortés, luego que supo que venían tantos personajes que no tenían casa a propósito en que vivir; pero hubiera sido mejor que le hubieran puesto cédula, avisando si se alquila con traspaso o sin él.
No hay remedio: hay huesos dichosos y huesos desgraciados. ¿Quién había de decir que los de los héroes, excomulgados y traidores, habían de entrar en México con tanta pompa y solemnidad nunca vista, y que los del glorioso conquistador Cortés, que nos trajo la santa religión de Jesucristo, habían de andar de aquí para allí? !Vaya, que hay cosas que es necesario verlas para creerlas!
A algunos les persigue la desgracia hasta el sepulcro; pero a Cortés lo ha perseguido más allá.(5) El pobre hombre amó mucho a los indios: dejó una buena porción de miles para que se hiciera en Texcoco un convento de religiosas inditas, dedicado a la Purísima Concepción de María santísima, en cuyo convento era su voluntad que lo enterraran.(6)
En efecto, trajéronse de España sus huesos, y cate usted señor lector, que el convento no pareció: allá los albaceas sabrán por qué. Con esto, en clase de depósito, se colocaron en Jesús,(7) habían estado muy quietos y sosegados tantos años, sin meterse con alma nacida, cuando he aquí que de repente, se encajan en México los señores Hidalgo,(8) Allende,(9) Matamoros,(10) Morelos,(11) Mina(12) y toda la ilustre caterva de héroes que hemos visto, y al momento van sacando de su sepulcro al señor Cortés y lo han zampado donde ni se supo ni se sepa. Aquí entra bien aquello de que de fuera vendrá quien nos echará de casa. Ello es cosa admirable que aquel que conquistó tanta tierra, no halle hoy siete palmos en que descansen sus restos mortales. Si no anda aquí la mano de Dios para casualidades, son increíbles las cosas que suceden.
Por mí no ocuparía su casa ninguno de los héroes mexicanos, sino el gran Mina: así porque lo merece, como porque quedaría menos celoso Cortés viendo que su sepulcro lo ocupaba un paisano suyo, y más valiente que él.
Por lo demás, no soy de opinión de que sus huesos se remitan con desprecio a ningún camposanto: déjense en cualquier iglesia o en la misma en que están, que nada nos han de hacer. No se diga que los americanos somos tan vengativos. Sólo para los inquisidores estaba reservado vengarse en los muertos; dignos son los cadáveres de nuestra consideración, y aun los gentiles conocieron esta verdad. Fingieron que Polidoro se había convertido en un cierto árbol y que una vez Eneas tronchó una rama de él, y salió sangre, oyendo una triste voz que le decía:
Quid miserum Eneas, laceras?, jam
parce sepulto.
Nam Polydorus ego...
Eneas, ¿por qué maltratas a un infeliz? Yo soy Polidoro: perdóname que estoy ya sepultado.
Así nos pudiera decir Cortés, y los generosos mexicanos deben dejar que sus huesos reposen tranquilos donde el gobierno determine, y que él y sus compañeros de armas per misericordiam Dei requiescant in pace.
Otras cosillas hay más dignas de atención. ¿ Para qué está la estatua de Carlos IV, encerrada en ese cajón?(13) ¿Qué hace allí?, ¿qué espera? ¿Estará como el toro en el coso para salir de repente haciendo averías? Cuidado, cuidado con ese caballote. Equo ne credite Teucru. No hay que fiar en él, está preñado como el de Troya. Mejor es que lo bajen bonitamente y lo lleven paso a paso a la Alameda,(14)para que se conserve esa prueba de la habilidad mexicana, sin pensar en fundirlo. Sería muy bueno ponerle una inscripción al modo de ésta:
MÉXICO
A la memoria de Carlos IV,
cuya imbecilidad
abrió la puerta
a la feliz Independencia.
Así fue, si este pobre rey hubiera tenido el valor de un Carlos y, la prudencia de un Fernando VI, o la intrepidez de un Carlos III, todavía estaríamos como siempre, pues ni Napoleón se apodera de España, ni en ésta hay Cortes, ni Constitución ni libertad de imprenta, ni ilustración ni Independencia. Conque véase cuánto le debemos a Carlos IV, y lo quieren fundir. Ni pensarlo.
En su lugar en la Plaza Mayor(15) se pudiera elevar una pirámide en honra de nuestros héroes, y en el pedestal colocar estatuas de bronce que los representaran, con sus correspondientes elegantes inscripciones.
¿Y cómo le va a[l] señor Lemour(16) con su castillo de Ulúa?(17)
El Pensador.
(1) México, Imprenta del ciudadano, Lizardi, 1823.
(2) camposanto de San Lázaro. El cementerio y el hospital de leprosos de San Lázaro, fundado en el siglo XVI, estaba en el extremo oriente de la ciudad, en el actual barrio de San Lázaro. Santa María. La parroquia de la Asunción de María era conocida como la Redonda porque se le dedicó un panteón semejante al de Santa María la Rotunda de Roma. Este panteón se dedicó el día 2 de enero de 1735.Posiblemente Fernández de Lizardi alude al cementerio de Santa Paula (que estaba en la calzada de Santa Marta, que conducía al templo de Santa María la Redonda) que fue fundado por el arzobispo Alonso Nuñez de Haro y Peralta en 1784 para que se sepultaran los cadáveres de quienes morían en el hospital de San Andrés. Allí se hacían sepultar algunos sujetos ricos por humildad, como fue el caso del conde de Regla.
(3) "En los primeros años de la Independencia fué grande el odio que por lo español se tuvo en México y se puso especial cuidado en destruir todo lo que recordase los 'ominosos tres siglos' del gobierno virreinal y se pidió repetidas veces por exaltados oradores, que se quitasen de la iglesia de Jesús los huesos de Cortés y se destruyesen. El más arrebatado de estos fué Fray Servando Teresa de Mier. De varios lugares de la República se trajeron en 1823los restos de los héroes Sacrificados en pro de la Independencia durante la terrible guerra de emancipación, lo que vino a despertar el recuerdo de todo lo malo de los dominadores hispanos y en periódicos y folletos, a los que se daba profusa circulación, se contaron por extenso las crueldades de la conquista 'excitando al pueblo a extraer los huesos de Cortés para llevarlos a quemar a San Lázaro'." Artemio de Valle-Arizpe, Historia de la ciudad de México, según el relato de sus cronistas, 4a. ed.. corregida, aumentada y con ilustraciones, México, Edit. Pedro Robredo, 1946, p. 190.
(4) "aunque la traslación y las honras fúnebres de los restos de los caudillos nacionales se celebró con la mayor compostura y orden, se temió que la plebe patriótica profanara la sepultura de Cortés, por lo que se sacaron sus cenizas mortales, interviniendo en ello don Lucas Alamán y las llevó a un lugar seguro, y los encargados del sepulcro, gente tímida y por demás timorata, procedió con gran actividad a destruir éste y hacerlo desaparecer del todo. El grave historiador Alamán afirma que la caja en que estaban encerrados los restos se depositó bajo la tarima del Altar Mayor, de allí fueron sacados más tarde y ahora no se sabe a punto fijo dónde reposan, pero sí se puede asegurar que están en la ciudad de México. Para dar con ellos se tropieza con el infranqueable juramento que diz que varios señores tienen hecho sobre los mismos evangelios para no descubrirlos ni señalar el lugar en que se guardan con veneración." Artemio de Valle Arizpe, Historia de la ciudad de México, ibidem. En una sesión de Cortes de agosto de 1822 ya se habla planteado el sacar los huesos del sepulcro. Lo que no se realizó.
(5) Desde luego que en España limitaron sus poderes varios individuos, entre ellos: Alonso Estrada, Rodrigo de Albornoz, Alonso de Aguilar y Peramil de Cherino, que ocupaban diversos cargos públicos por nombramiento del monarca.
(6) Fernández de Lizardi se confunde: los huesos de Cortés estuvieron en Texcoco, en la iglesia de San Francisco. Su petición testamentaria es que lo enterraran en un supuesto convento, que nunca se fundó, en Coyoacán. Humboldt en su Ensayo político dio por sentado que éste existe; pero no es así. Los huesos de Cortés no han tenido el sosegado descanso que él quiso que tuvieran en lugar sagrado, en la paz del convento de monjas de la Concepción que mandó se fundara en la su villa de Coyoacán para que allí se labrase enterramiento para sí y para sus descendientes. Tras amargas decepciones, largas enfermedades, injustos desvíos y humillado por el Emperador y los magnates de su corte, se fué doliente y triste a Castilleja de la Cuesta y allí entregó el alma el 2 de diciembre de 1547 [...]. Con gran solemnidad y acompañamiento fué llevado su cuerpo á San Isidro del Campo y se depositó en la Capilla Mayor, en el sepulcro que era entierro de los duques de Medina Sidonia, en donde estuvo hasta el 9 de junio de 1550 en que se sacó de allí para dar el lugar que ocupaba el cuerpo a don Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, llevando los restos del Conquistador a la peana del altar de Santa Catarina, en el mismo Monasterio. Pero deseando don Martín cumplir con la voluntad de su padre, expresada en su testamento, mandando que se llevasen sus restos a su amada Nueva España y a la villa de Coyoacán en donde se les había de dar tierra en el monasterio de monjas de la Concepción, dió poder suficiente en 1562 para que los frailes de San Isidro entregaran los huesos de su padre y señor á Diego Ferrer y a Pedro de Tapia y los trasladasen a México, lo que no se hizo sino hasta 1566; pero como aún no se había llevado a cabo la fundación ordenada por don Hernando se depositaron en Texcoco, en la iglesia de San Francisco, en donde estaban ya los restos de su madre y los de sus hijos Luis y Catalina." A. de Valle-Arizpe, La ciudad de México, op. cit., p.189.
(7) "No dejaron ahí [en Texcoco] tranquilos los [restos] de don Hernando, pues en 1629 fueron traídos a México a la iglesia grande del convento de san Francisco, debido ésto a la iniciativa del virrey Marqués de Cerralvo y del Arzobispo don Francisco Manzo de Zúñiga" [...]. "El preclaro virrey segundo Conde de Revillagigedo mandó que se llevasen los restos de Hernán Cortés de San Francisco a la iglesia de Jesús Nazareno, aneja al Hospital que éste fundó, para cumplir así 'si no con la letra, al menos con el espíritu de su última voluntad' como lo expresa el sagaz historiador José Luis Mora. Allí, al lado del Evangelio, se labró un suntuoso sepulcro de mármol y jaspes, rematado por el escudo, las armas y el busto de Hernán Cortés hecho todo ello en bronce por el insigne don Manuel Tolsá." Valle-Arizpe, Historia de la ciudad de México, op. cit., pp.188-189. En 1946 los restos fueron descubiertos y reinhumados de junto al altar mayor de la iglesia de Jesús por el presidente Manuel Avila Camacho. El busto realizado por Tolsá fue enviado a Palermo, a la casa ducal de Terranova. Sobre este tema véase "Los restos de Hernán Cortés" en Cuadernos Americanos, núm. 2 de 1947, escrito por Francisco de la Maza.
(8) Hidalgo. Cf. nota 12 a Vida y entierro...
(9) Allende. Cf. nota 34 a Otra afeitada...
(10) Mariano Matamoros (1770-1814). Caudillo de la independencia.
(11) Morelos. Cfr. nota 37 a Segunda defensa...
(12) Mina. Cf. nota 20 a Oración de los criollos...
(13) El folleto siguiente trata este asunto en extenso.
(14) Alameda. Cf. nota 13 a Respuesta de El Pensador...
(15) Plaza Mayor. Cf. nota 3 a No es lo más el juramento...