LAS VIEJAS Y EL FRA[N]CMASÓN
PELEÁNDOSE CON GARAY(1)
Por pasar el rato y combatir preocupaciones ridículas, que se sostienen a sombra de nuestra santa religión, mal entendida, me propuse hacer un ensayo de mis talentos dramáticos, y compuse una comedilla en dos actos titulada: Las viejas y el fra[n]cmasón,(2) cuyo argumento es el que sigue.
ACTO PRIMERO
Don Urbano, joven rico y circunspecto, es amigo de don Jacinto, oficial alegre y primo de Angelita, hija de don Pascasio y doña Elvira, viejos fanáticos de remate.
Don Urbano se enamora de Ángela, y ésta le corresponde fielmente; pero no pueden lograr el fin de sus castos amores porque la madre ha dado en que don Urbano es masón sólo porque viste de negro, y lo aborrece de muerte sólo por esta causa.
Apoya este odio un clérigo joven, ordenado de menores que, fingiéndose sacerdote y abate, haciendo muy bien el hipócrita y condescendiendo con todas las ideas de los viejos, se ha hecho dueño de sus voluntades y es un pegoste y un gorrón eterno de la casa.
En esta aflicción, Urbano consulta con Jacinto sobre lo que debía hacer; éste le aconseja que se determine a pedir a su prima, y en este estado van a visitar a Angelita a hora en que sus padres no están en casa, y ella está acompañada de Margarita, supuesta sobrina del abate, y en realidad su dama, a quien había robado de su casa y llevádola a la de Elvira, bajo el pretexto de que había quedado huérfana y no tenía casa de más virtud donde recogerla, mientras la ponía en un convento.
Con esta señorita platica Ángela a tiempo que entran Urbano y Jacinto; éste se pone a cortejar a Margarita y Urbano a su querida; la muestra un aderezo que le ha comprado, se ratifican ambos en sus amores y él la(3) da un abrazo. Todo lo observa el abate al paño;(4) se llena de ira y celo, va a buscar a Elvira, se lo cuenta todo y ésta viene con él; halla a su hija cantando y la reprende muy agriamente. Jacinto desmiente al clérigo; éste se quiere sostener con maldiciones. Don Urbano traba con él la riña y aun quiere echarlo por el balcón; las viejas se escandalizan y Jacinto hace que don Urbano se retire, como lo verifica.
En este estado Jacinto, con el sable desnudo, tirando tajos como loco y dando desaforados gritos, continúa desmintiendo al abate, quien toma el partido de callarse. A este tiempo entra don Pascasio, y Jacinto lo recibe con mil locuras. Atónito de aquella escena, pregunta la causa, se la refiere su mujer, se enfurece Pascasio contra su hija y jura castigarla.
Jacinto vuelve a desmentir al abate y con una astucia ingeniosa hace que éste se desmienta con su boca, con lo que se satisfacen los padres de Angelita, abrazan a ésta y todo queda en paz.
ACTO SEGUNDO
Jacinto ha contado a su amigo Urbano el desenlace de esta aventura, y le insta a que se resuelva a pedir a su prima, para lo que él iría primero a prevenir el ánimo de los viejos. Va en efecto, pero a echarlo a perder, creyendo acertarlo, porque les asegura que Urbano es masón, gran maestro, gran hechicero y que tiene pactos con el diablo; añade que le parece conveniente que dejen casar a su prima con él, pues será peor que se la robe por el aire, o convierta en burro a Pascasio, pues lo sabe hacer de perlas.
La tentativa de Jacinto pega bien con su tío, pues éste apenas oye las gracias de Urbano, cuando se intimida y deja en libertad a su hija para casarse. La vieja, menos crédula, se obstina; pero el ignorante clérigo la persuade que es posible cuanto Jacinto ha contado; ella entonces se asusta, pero no cede al enlace; antes dice que se valdrá de las armas de la Iglesia. Para esto previene a su hija, criada y domésticos con santos, camandules,(5) palma quemada, etcétera, y les ordena el conjuro que han de hacer en compañía del padre luego que entre el maldito masón.
En efecto, el pobre don Urbano entra sin saber la mojiganga que le espera. Inmediatamente lo rodearon todos presentándole sus armas; quien le muestra un santo, quien una camándula. Pascasio le pone la Cruz y toca una campana; el clérigo lo rocía de agua, la criada lo llena de humo, quemando palma en un anafre, y todos a una voz gritan por vía de estribillo del conjunto: fuera masón y Kirieleisón.(6)
Don Urbano se sorprende con esta escena tan ridícula, y mucho más cuando preguntando la causa de aquel espanto a su amigo Jacinto, éste, usando de su chocarrería y buen humor, le contesta: yo no tengo amigo masón: kirieleisón. Entonces don Urbano cree que toda aquella gente ha perdido el juicio y trata de marcharse de aquella casa. Al intentarlo entra precipitada doña Inés, madre de la supuesta sobrina del abate y, sin ningún miramiento, arrebata a golpes a su hija. Los gritos de ésta y los de la enojada madre desarman el furor de los fanáticos, vuelven en sí, reclaman a Inés por su descomedimiento; ésta se serena un poco, y cuenta cómo aquel clérigo no era sacerdote ni virtuoso, sino un pícaro hipócrita que, después de haber seducido a su hija, se la robó de su lado; pero que aquellos padres con quienes iba son de parte del señor provisor(7) para conducir preso a don Celestino, que éste es el nombre del abate.
Se despide Inés de aquellos señores, queriendo llevarse a su hija para castigarla; entonces ésta se hinca y se abraza de las rodillas de don Urbano, implorando su protección por vida de doña Angelita; los clérigos quieren llevarse al tunante abate, y éste también invoca el favor de Urbano, quien, impuesto de que ambos se amaban y que si Celestino tuviera algún acomodo, se casaría con Margarita, le ofrece su protección, y le señala en su casa un regular destino. Se deja entender cuál será en este momento el júbilo de estos amantes y la admiración de todos los testigos del hecho.
Parece que las cosas van tomando un aspecto favorable, cuando despedidos los clérigos con un recado político de Urbano para el provisor, acaece otra nueva aventura.
Entra un escribano con unos alguaciles y notifica a don Pascasio de embargo ejecutivo, si no exhibía la cantidad de seis mil pesos(8) en que ha salido descubierto en una administración de rentas que manejó.
El pobre viejo se queda confuso, su mujer se enfurece. Ángela llora y todos se entristecen. Don Urbano, que ha entendido la causa de aquella pesadumbre, le da con disimulo la llave de su escribanía a Jacinto y le ordena que vaya al instante y traiga en oro los seis mil pesos. Jacinto sale al momento; entretanto se procede al inventario de los bienes y se comienza por las alhajas, plata de uso, dinero y ropa de lujo; pero la vieja se desespera, se empeña en que no ha de quedar nada en la casa; abre los baúles y tira por el suelo pelucas, casacones antiguos, trapos viejos y cuanto topa. No contenta con esto hace sacar los colchones y bancos y aun hasta los trastos de cocina, con cuya comisión cumple la criada perfectamente y queda el teatro hecho un baratillo.
Don Urbano no hace más que observarlo todo paseándose en la sala. Hecho el inventario de lo valioso y sujeto a embargo, trata de llevar a la cárcel a don Pascasio, pues ésta era la orden si lo embargado no cubría la dicha cantidad. Aquí son los desmayos de Angelita, las lágrimas de Elvira, la consternación de don Pascasio y la lástima de todos.
Urbano acude a hacer menos sensible aquella escena de dolor; se interesa con el escribano para que se espere un poco mientras le llega un documento que puede aliviar aquella familia desgraciada. El escribano es inexorable en el cumplimiento de sus deberes; pero Urbano, con una oncita de oro, da en tierra con su integridad. Concede la espera, y a poco entra Jacinto tropezando con los trastos. Urbano entrega los seis mil pesos al escribano, quien lo pone por diligencia, se va, y la alegría cae de golpe sobre aquella familia desdichada.
La narración del hecho excusa ponderar los extremos de gratitud que todos prodigan a su bienhechor. Éste pide a los viejos en premio de su acción una alhaja que había visto. Los agradecidos ancianos le dicen que él es el dueño de todo, que tome lo que quiera pues no tiene con qué pagarle. Entonces Urbano toma la mano de Angelita, sus padres confirman el himeneo entre mil tiernas expresiones de gratitud y reconocimiento.
Éste es en compendio el argumento de la comedia. En tiempo del señor Iturbide(9) la presenté al gobierno, quien la dirigió al padre Sartorio(10) para su censura. Este digno eclesiástico le negó su aprobación, creyendo equivocada y escrupulosamente que mi designio al componerla fue preconizar las virtudes de los masones; pero por lo demás, alaba la pieza diciendo que “las unidades están guardadas, los caracteres sostenidos, los episodios arreglados y el estilo cómico.”(11)
Dejé pasar aquel tiempo, y en éste la presenté al señor Molinos,(12) quien la encargó a la censura no de un literato, sino de dos que lo fueron el doctor Mier(13) y el doctor Gastañeta.(14) Ambos la aprobaron sin tacharle una tilde. La aprobación unánime de estos señores honrará mi pobre producción, a pesar de Zoilos(15) y Momos,(16) atendidos su público y notorio patriotismo, virtud y literatura. En esta confianza el señor gobernador del Distrito concedió su permiso para que se representara, como consta por su Decreto de 11 de septiembre de este año.
Inmediatamente la pasé al señor coronel Barrera,(17) quien al momento mandó se entregara al señor Garay.(18) Este buen cómico no sólo se ha negado a ponerla en el teatro, sino que la ha reprobado a mis espaldas.
Por medio del administrador, don Cayetano Castañeda,(19) le he mandado decir que denote los defectos de mi comedia bajo su firma: no ha tenido resolución para esto, y mi obra se quedara eternamente en el despacho del Coliseo,(20) si yo no la recogiera, como lo he hecho.
Conozco que abundará en defectos; pero quiero que se me digan y prueben para aprender. Sé la diferencia que hay entre ser actor y autor. A éste toca mover las pasiones, y a aquél expresar la alma del concepto. Cuando la comedia o tragedia es mala de por sí, la silbarán aunque la representen con todas sus fuerzas san Garay, san Prieto,(21) san Amador,(22) san Herrero y el mejor cómico del mundo; y si no, vaya una apuesta señor Garay: cien pesitos le pongo a usted a que no representa una piececita que yo le haga sin que le silben. Admita usted y verá como gano; pero de tales silbos no tendría usted la culpa, sino yo. Desde muchacho oí esta imperfecta, pero cierta quintilla:
si el papel de una comedia
es malo, según Heredia,
no tiene la culpa aquel
que representa el papel,
sino el que hizo la comedia.(23)
La mía estará llena de defectos: sé cuánto se necesita para hacer una comedia buena; pero, por fin, la concebí, la parí, es mi hija: la quiero aunque sea tuerta, lagañosa y corcovada. Mi amor propio es como el de Garay y como el de todos. Empero no soy obstinado ni soberbio. Jamás negaré los defectos de mi hija; pero me enfada mucho el despotismo y más el español. Diga usted, señor Garay, y pruebe los defectos de mi comedia, y entonces, si me convence, agradeceré su censura porque algo aprenderé; pero desairar mi obra porque se le antoja, o porque no vino de allende de los mares, es una injusticia o parcialismo. ¡Pobre patria!, ¡cuándo tus hijos adelantarán! Al primer tapón zurrapas.(24) A la primer obrita de un americano, desairarla. Éste es el modo de que desmayen los talentos americanos.
¿Que está usted persuadido de que cuantas piezas han puesto en nuestro teatro son perfectas? No, señor, hay quien lo entienda, y se ponen muy buenos mamarrachos, como el Desdén con el desdén,(25) La vida es sueño,(26) Los templarios,(27) Guardar a una mujer no puede ser, etcétera, etcétera. Cuando usted quiera que le señale los pecados mortales cómicos que tienen, lo haré; no como usted, que reprueba sin señalar causales.
Suplico a usted ante el público que señale los defectos de mi comedia. Cuidado con el compromiso.
Voy a que pase al señor Prieto... quizá más prudente formará un juicio más favorable de mi comedia; y si lo forma como usted, señalará sus defectos que es lo que desea su servidor de usted.
El Pensador.
México y octubre 15 de 1826.
(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].
(2) Las viejas y el fra[n]cmasón. Drama de Fernández de Lizardi que no se ha registrado en sus bibliografías; aparentemente ha desaparecido, debido, quizás, a que no fue publicado, aunque se abrió la suscripción. O quizás fue retirado de la circulación. En Hasta en el teatro hacen daño los gachupines con mando, folleto de 1827, Lizardi habla de su enfermedad, de la conveniencia de que saliera de México para curarse. Para obtener dinero, dice, ha empeñado en una empresa teatral su comedia Las viejas y el fra[n]cmasón, a sabiendas que tiene un enemigo mortal en el administrador del Coliseo, don Cayetano Castañeda, quien el año de 1826, cuando Fernández de Lizardi publicó el argumento de la obra (Las viejas y el fra[n] cmasón peleándose con Garay), se empeñó en que no fuera representada. Al final del folleto citado, de 1827, escribió que la suscripción a la comedia se abría en la librería del finado Ontiveros, al precio de cuatro reales. En 1822 Lizardi publicó Censura del presbítero don Manuel Sartorio a la comedia hecha por El Pensador Mexicano bajo el título de Las viejas y el fra[n]cmasón, y defensa impugnando la censura por el mismo Pensador, véase en Obras XII, op. cit., pp. 243-255.
(3) Ocasionalmente Fernández de Lizardi utiliza el laísmo.
(4) al paño. Actor colocado detrás del telón o bastidor, o asomado a cualquier intersticio de la decoración, que así colocado observa la acción o habla en la representación escénica.
(5) camándules. Rosario de 1 o 3 dieces.
(6) José Manuel Sartorio, censurando Las viejas y el fra[n]cmasón, escribió lo que sigue: “Las ideas de abrazos y de besos con lengua ofrecen al teatro especies lúbricas y escandalosas. Las palabras kirieleisón, la imagen de san Ignacio, el bonete, el acetre, la agua bendita, la palma bendita, todo traído para un conjuro ridículo y burlesco, es una mezcla de lo sagrado con lo profano y, consiguientemente, una profanación.” Cf. Censura del presbítero don Manuel Sartorio... en Obras XII, op. cit., p. 244.
(7) provisor. Cargo más o menos equivalente al actual de regente de la Ciudad de México.
(8) pesos. Cf. nota 4 a Mañas viejas...
(9) Iturbide. Cf. nota 17 y 18 a La tragedia de los gatos...
(10) José Manuel Sartorio (1746-1829). Sacerdote y escritor mexicano. En el gobierno virreinal fue censor de libros y periódicos. En la Independencia fue vocal de la Junta Provisional Gubernativa. Su obra es Poesías sagradas y profanas, edición póstuma de 1832. Fernández de Lizardi escribió Censura del presbítero don Manuel Sartorio... (Cf. notas 2 y 6 a este folleto).
(11) Véase Observaciones que El Pensador...
(12) Molinos. Cf. nota 22 a Se le quedó...
(13) Mier. Cf. nota 7 a Las sombras de Concha...
(14) Gastañeta. Cf. nota 6 a Una buena zurra...
(15) Zoylo. Cf. nota 56 a Impugnación que los gatos...
(16) Momos. Usando sinécdoque alude a Momo, rey carnavalesco. Unmomoes un gesto o dicho burlesco, por lo tanto, la frase significa: “a pesar de las censuras severas y las burlas.”
(17) Manuel Barrera. Era regidor del Ayuntamiento de México en 1827. Fernández de Lizardi lo citó en la lista de conspiradores iturbidistas apresados el 2 de octubre de 1823 en el Cuarto ataque al castillo de Ulúa, Cf. Obras XII, op. cit.
(18) Diego María de Garay. El Tocayo de Clarita, en Poderoso caballero es don dinero(México, Oficina de Ontiveros, 6 de mayo de 1825) defiende al empresario mexicano Manuel Barrera y critica a los artistas Andrés del Río y Diego Ma. de Garay por obstaculizar el funcionamiento del Coliseo.
(19) Cayetano Castañeda. Figura como contador de la Compañía Cómico Trágica en una lista del 15 de junio de 1831. Antes fue agente teatral. Citado por Enrique de Olavarría y Ferrari en Reseña histórica del teatro en México 1538-1911, pról. de Salvador Novo, 3ª ed., Porrúa, 1961 (Biblioteca Porrúa, 211), t. I, p. 274.
(20) Coliseo. Cf. nota 36 a Hoy truena...
(21) Andrés Prieto. Actor y director teatral supuestamente madrileño. Debutó en México el 4 de abril de 1826 en el Coliseo, con la tragedia Los templarios. Se inició en el Teatro del Príncipe, en Madrid, en 1818. Era el segundo actor después de Isidoro Márquez. Hizo escuela en México, aunque se creó enemigos por su carácter. Parece que regresó a España en 1830. Presentó en México El sí de las niñas, El anciano y los jóvenes, El solterón y su criada, El opresor de su familia, Misantropía y El hombre agradecido.
(22) José María Amador. Él, Bartolomé Arias y Diego María Garay eran los galanes del teatro mexicano de su época. En las Conversaciones del Payo y el Sacristánnúmero 19, Fernández de Lizardi se refiere a la “claridad de voz de este actor”.Obras V, op. cit., p. 214. Refiriéndose Lizardi a que a los actores se les trataba con desprecio, dice: “Ningún particular trata ni juzga como infames a don Luciano Cortés, a don Josef Amador, a don Juan López Extremera.” Respuesta de El Pensador a la Cómica Constitucional, en Obras X, op. cit., p. 231.
(23) El padre Isla, en Cartas de Juan de la Encina, escribió: “lo que dijo un poeta moderno en este hemistiquio bribonesco, de una décima zumbona: Si el papel de una tragedia / Es malo (según Heredia), / No tiene la culpa aquel / Que representa el papel, / Sino el que hizo la comedia.” José Francisco de Isla, Obras escogidas, op. cit., p. 405.
(24) al primer tapón zurrapas. “Phrase, con que se reprehende á los que por sus ruines operaciones dan desde luego á conocer su mal modo.” Dic. de autoridades.
(25) Desdén con el desdén. Comedia de Agustín Moreto y Cabaña (1618-1669): el conde de Foix, el príncipe de Bearne y Carlos, conde de Urgel, se enamoran de Diana, hija del conde de Barcelona. Carlos decide vencer la indiferencia de ella usando la misma actitud y dándole a entender que su galantería es cortesía. Ella se enamora de él. Ambos simulan estar enamorados de otros y finalmente se casan.
(26) La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681).
(27) Los templarios o Los caballeros templarios, de Juan Pérez de Montalbán, editado en el tomo primero de sus Comedias, Valencia, Sonzoni editor, 1652, que tuvo, al parecer, una primera edición en 1635. Pérez de Montalbán, escritor madrileño, fue clérigo presbítero y notario del Santo Oficio. Lizardi escribió: “Me admira ciertamente la escrupulosidad del señor censor [Manuel Sartorio] que cree que en esta comedia [Las viejas y el fra[n]cmasón] se hace la apología del masonismo, no habiendo una palabra de que pueda inferirse; y por otra parte veo representarse la comedia de Los templarios sin el menor escrúpulo, siendo así que estos caballeros fueron los primeros masones, o éstos, si se quiere, no son sino caballeros templarios.” Censura del presbítero don Manuel Sartorio...; Cf. nota 2 a este folleto, en Obras XII, op. cit., p. 252.