LAS TERTULIAS DE LOS MUERTOS
ANTIGUOS Y MODERNOS(1)
Por El Pensador Mexicano
La historia y la poesía hacen
hablar a los muertos
El coronel Concha(2) y don Encarnación Ortiz(3)
ORTIZ: ¡Oh, señor coronel! ¿Conque, ya vino usted a visitar estas moradas lúgubres, depósitos de sombras y eternos receptáculos de la verdad?
CONCHA: Sí, amigo Pachón, ya sin saber cómo, me hallo confinado a estos mundos enteramente nuevos para mí.
ORTÍZ: Lo son para cuantos llegan tan pronto como usted.
CONCHA: En verdad que todo me es extraño. Ahora treinta días, no podía yo acostumbrarme en el mundo de la mentira a cosas a que ya me voy acostumbrando.
Mas en verdad, señor Pachón, que usted vino con anticipación a estos lugares sombríos, enviado por mis valientes tropas, la noche del 19 de agosto en el pueblo de Etzcapusalco.(4)
ORTIZ: ¡Valientes! ¡Oh! Sí lo serían, pero mi muerte no fue efecto de su valor, sino de la suerte.
CONCHA: ¿Cómo de la suerte?
ORTIZ: Así: en una noche muy lóbrega, nadie de vuestros soldados podría decir, yo maté al Pachón. Amigo, era difícil que no me hubiera tocado una bala entre la granizada de ellas que nos disparaban, parapetados en el cementerio y azoteas del pueblo.
CONCHA: El parapetarse no arguye cobardía; antes sí, buena disposición en un general que debe cuidar su tropa cuanto pueda.
PACHÓN: No lo niego, pero más valor manifiesta la tropa que acomete al enemigo dentro de sus trincheras y sin más antemural que sus pechos. Si yo hubiera estado tras un parapeto no hubiera muerto en esa noche, pero tengo la gloria de que morí cumpliendo con mis deberes.
CONCHA: Usted murió por arrojado, pues el cañón que quiso sostener no era su arma.
PACHÓN: Todas las armas son del soldado y, si fuese dable, debía saber manejarlas todas, para usarlas en su caso. Yo le aseguro a usted que si la mala suerte no me dirige la bala con tanta anticipación, siempre se llevan ustedes el cañón de a ocho, pero se lo llevan descargado, y a costa de algunos muertos más, pues no me era desconocido el manejo de la artillería.
CONCHA: Me dicen que usted murió con la mecha en la mano.
PACHÓN: Y sintiendo no haber disparado el cañón.
CONCHA: Fue en usted una temeridad viendo el cañón atascado, con las mulas y los artilleros muertos, dejar el caballo y aplicarse sólo a su servicio.
PACHÓN: Yo no tuve tal acción por temeridad, sino por obligación, y algunos soldados que han venido por acá después que yo, me aseguran que mis jefes y todos mis paisanos han alabado mucho lo que usted llama arrojo, apellidándolo de valor sobresaliente y heroico.
CONCHA: Sí, los paisanos de usted son pródigos en alabar, y su gobierno en dar honores. Yo creo que dentro de poco le darán a los descendientes de usted un famoso escudo de armas.
PACHÓN: Sí, ¿y cómo será el tal escudo en concepto de usted?
CONCHA: Se lo pintaré a usted según el arte heráldica. Dividido el escudo en sus cuatro áreas, la primera será gules,(5) la segunda, azur,(6) la tercera,sinople(7) y la cuarta, sable.(8) En la primera se colocará del primer esmalte un brazo al pie de un cañón con una mecha encendida y...
PACHÓN: Poco a poco, señor coronel. Hábleme usted en castellano, porque yo no entiendo nada de cuanto dice. ¡Vea usted y qué sé yo de áreas, ni gules, nisures, ni nada de eso! Háblame de modo que nos entendamos francamente.
CONCHA: Las que yo uso son las voces propias de la arte heráldica o del blasón.Áreas se llaman los cuatro cuarteles en que se divide el escudo. Gules se llama el color rojo, azur el azul, sinople el verde y sable el negro.
PACHÓN: ¿Pues no hubiera sido mejor que hubiera usted dicho: el escudo se partirá en cuatro partes, una colorada, otra azul, otra verde y la última negra, y no esos sinoples y sables? Yo no entiendo por sable sino la espada con que he peleado en la campaña.
Pero dejándonos de boberías, yo para nada necesito esos distintivos de la vanidad de los vivientes, porque aquí, como usted irá mirando, todos somos unos y sólo se distinguen por sus méritos los que habitan estas regiones, de manera que, aunque vea usted que yo a muchos les dé los tratamientos que tuvieron en el mundo, es porque usted los vaya conociendo, pero aquí no se usan tratamientos.
CONCHA: Así lo he conocido, pues usted no me ha dado señoría.
PACHÓN: Ni usted la ha menester, como ni yo el escudo. A mis hijos sí pudiera servirles tal distinción, porque en el mundo todos son locos y es fuerza que los cuerdos, que son los menos, se sujeten a las preocupaciones de los locos que son los más, para pasar la vida con algún alivio y honor. A más de que no creo que se le hiciera a mi familia un favor extraordinario con darle un cuadrito pintado, como usted dice, con un brazo con una mecha encendida al pie de un cañón y un letrero que dijera: Murió al pie del cañón en defensa de su patria. ¡Oh!, semejante figurilla y estas palabras, juntas con un pliego impreso y autorizado que refiriera mi muerte, al que creo que ustedes llaman diploma, sería un aliciente para que mis descendientes me imitaran y para que los demás se llenaran de una noble emulación.
Con estas frioleras, que no cuestan un real, pueden los gobiernos sabios premiar el verdadero mérito y animar a los ciudadanos a emprender acciones heroicas.
CONCHA: Pero ¿cómo quiere usted señor don Pachón o señor don Encarnación Ortiz, que se le conceda un escudo de armas, propio solo de las familias ilustres, cuando su nacimiento y principios son humildes?
PACHÓN: Vaya, vaya, señor don Concha, que ésas son las preocupaciones de la rancia España, y por las que el famoso Cervantes escribió su tan bien aplaudido Quijote.
Amigo, los premios no deben recaer sobre las cunas, sino sobre los méritos de los hombres. Los romanos fueron los mejores políticos que ha conocido el mundo, y libraban los honores a quien los merecía, sin preceder informaciones de hidalguía y limpieza de sangre, lo que ha sido, me parece, privilegio exclusivo de los antiguos españoles. Digo de los antiguos, porque los de hoy creo que piensan con más cordura.
Las acciones grandes hacen al hombre grande; las distinguidas, distinguido; las virtuosas, virtuoso, y las infames, infame, sea quien fuere quien las haga, y todo lo que se desvíe de estos principios eternos, es locura y quijotismo con el que jamás pasarán los americanos de brutos si los siguen. ¿Me entiende usted señor don Manuel? Mientras que los premios recaigan sobre las cunas ilustres, los grandes caudales, los relumbrones, y no sobre los méritos legítimos ni las acciones virtuosas, no crea usted que habrá muchos héroes en España ni en la América, sino muchos quejosos del gobierno y muchos farolones inútiles que ni honrarán las armas ni las letras.
CONCHA: Yo admiro el estilo de usted, seguramente no se explicaba así en Etzcapusalco.
ORTIZ: Yo no tuve escuela ni erudición en el mundo de la mentira, pero en éste nadie desconoce la verdad.
CONCHA: Pues la verdad es que usted fue un temerario en querer sostener un cañón solo y ya atascado.
ORTIZ: Éste fue valor, señor don Manuel, temeridad fue la de usted en haber salido de Jalapa(9) solo y después de haber vuelto a los dos dragones que había pedido, exponiéndose a morir como murió.
CONCHA: ¿Pero en qué estuvo mi temeridad? Yo caminaba bajo la salvaguardia del gobierno, ¿debería temer que me asesinasen unos bárbaros despreciadores de las leyes?
ORTIZ: Sí, amigo, usted debió temerlo, y no fiarse de las leyes, de aquellas mismas leyes que atropelló tantas veces, con ofensa de Dios y de los hombres, porque este mismo Dios ha dicho que con la medida que el hombre mide, será medido.(10)
¿Usted se acuerda que por los pueblos por donde pasaba dejaba estampadas las huellas del horror, de la desolación, del hurto y de la muerte?, ¿de cuántos asesinatos no es usted reo?, ¿de cuántos pillajes y destrozos? No hay pueblo por donde usted pasó que no llene de execraciones su memoria.
¿A cuantos padres no dejó usted sin hijos?, ¿a cuántos hijos sin padres?, ¿a cuántos esposos sin mujeres?, ¿a cuántas esposas sin marido?, ¿a cuántos infelices sin recursos, después de robarles sus muchos o pocos intereses?(11)
Estos escandalosos crímenes fueron muchos y públicos: el pueblo estaba alarmado contra usted y se acordará que en la noche del 25 de septiembre de este año de 1821, en la capital de México, cuando entró en ella con su valiente división el señor Filisola,(12) no se oían otras voces sino éstas: viva la religión, viva la Independencia, viva la libertad, y muera Concha. Este muera Concha era el estribillo o remate de esos dos, los vivas del pueblo mexicano, lo que asustó a usted tanto que le hizo apresurar su marcha más que de paso.
CONCHA: Es verdad que el sobresalto y el terror se apoderaron de mi corazón terriblemente en esa triste noche, y traté de apresurar mi viaje para substraerme del furor de una plebe bárbara y encarnizada contra mí.
ORTIZ: Ésa fue la peor inadvertencia de usted. ¿Pues qué pensaba usted, que sólo en México tenía enemigos?, ¿no consideró que aun estando en Jalapa dejaba miles de ellos a su retaguardia?, ¿no se acordó de que el Dios de la misericordia es el mismo Dios de la justicia que no deja impunes los delitos?, ¿no reflexionó que este Dios de la paz ha prometido vengar a los agraviados indefensos, y que por eso se llama el Dios de las venganzas?, ¿no oyó usted jamás decir que la sangre del inocente Abel clamaba por venganza contra el fratricida Caín, y que Dios tomó por su cuenta el castigo de éste?(13) Pues si oyó usted, si advirtió, si consideró, si supo algo de esto, ¿con qué confianza caminó solo, creyendo que lo salvaría un pasaporte del general, de las manos de un Dios justo y remunerador imparcial de las acciones de los hombres?
CONCHA: Es verdad, pero yo nunca me creí autor de tantos crímenes. Mis soldados, que no tenían subordinación, cometieron mil excesos contra mi voluntad y contra mis órdenes expresas.
ORTIZ: Esas disculpas, señor don Manuel, aquietarán a los que no hayan vivido en estos tiempos, pero a mí y a otros que sabemos las gracias de usted, ¿cómo nos han de satisfacer?
Nadie, sino usted, hacía arrancar las uñas con las llaves de los fusiles a muchos infelices americanos que la barbarie del gobierno llamabainsurgentes, esto es, a los amantes de la libertad de la patria, cuyas causas se hicieron públicas en México por medio de la imprenta, y el señor conde del Venadito dejó a usted impune, pero Dios no. Nadie, sino usted, asesinaba a los infelices que encontraba en los caminos, requiriéndolos de que eran insurgentes y así que le decían: "No señor, soy un pobre que voy con mis burritos a vender mi fruta, o esto o aquello a tal parte", decía usted: "Bien, ¿conque no eres insurgente?, pues para que no lo seas, denle a este cinco balazos." Y sin confesión y sin delito, que es lo más, asesinó usted a muchos desgraciados, repartiendo entre sus compañeros del robo los miserables despojos de aquellos desdichados enseñando, con tan infames acciones, a sus ladrones a no respetar ni las vidas, ni las propiedades de los hombres; y así no se respetaban las órdenes hipócritas que una que ora vez dio usted, fue porque sabían que todo era una parola,(14) pues usted mandaba, amenazaba y nunca castigaba a sus asesinos y bandidos. Y con tantos crímenes que pesaban sobre usted, ¿creía salir vivo del reino?
CONCHA: Sí, porque jamás pensé que hubiera unas manos tan alevosas que me quitaran la vida sin defensa.
ORTIZ: Sin ella se las quitó usted a muchos, pero ¿quién cree usted que le quitó la vida?
CONCHA: Unos viles asesinos infractores punibles de las leyes.
ORTIZ: Se engaña usted.
CONCHA: ¿Cómo, si yo los vi?
ORTIZ: Usted vio a los ministros ejecutores de la divina justicia, pero ellos no decretaron la muerte de usted, sino aquel Dios grande y terrible que hundió a Faraón en el mar con su ejército,(15) aquel que sentenció al sacrílego de Baltasar en una noche a la pérdida de la vida y del reino,(16) y aquel que abatió al sacrílego Nabuco.(17) Ése, ese Dios fue quien a usted le quitó la vida en las inmediaciones de Jalapa por las manos de los alevosos infractores de las leyes.
CONCHA: Más de treinta puñaladas me dieron.
ORTIZ: Cincuenta le dieron al cruel emperador Calígula, y Roma alabó a los asesinos. No hay que engañarnos: la muerte de los tiranos es deseada, y cuando se verifica, no hay quien la sienta ni quien persiga a los agresores con empeño. En estos casos, los asesinos hacen las veces del verdugo; y si no hubiera hombres que ejecutaran la justicia de Dios, habría ángeles exterminadores como los hubo en Egipto contra los tiranos de Israel.
No quiero probar que a nadie le sea lícito el tomar venganza por su mano, ni menos califico de justa la alevosía. Los traidores y asesinos son reos de muerte. Lo que digo es que Dios mil veces permite estos delitos en castigo de otros mayores; pero los homicidas tampoco quedarán sin ca[s]tigo, salvo el raro caso de que sea cometido el homicidio por inspiración divina, como el de Judit en Holofernes,(18) el de Jael en Sisara(19) y otros; pero esto es rarísimo.
CONCHA: Lo que siento, después de todo, es que mi familia, mis hijos, yacerán abandonados y qué sé yo si perseguidos por mi causa.
PACHÓN: No tema usted eso, señor don Manuel: la América es nación generosa, está acostumbrada a padecer y perdonar, y además, conoce que es una necedad buscar el retrato del padre en el hijo cuando no se le parece.
Así como la propia virtud y no la ajena deben hacer recomendable al hombre, así el delito propio y no el de sus padres será el que lo haga abominable entre sus semejantes. Si los descendientes de usted manifestaren honor, virtud y amor a la patria, no dude usted que ésta los premiará, sin acordarse de los extravíos de usted.
CONCHA: Así sea, pero me pesa que hayan de ser insurgentes o independientes, pues todo se va allá.
ORTIZ: Muy mal está usted con los independientes.
CONCHA: Y con los primeros más. ¿Quién había de estar bien con los insurgentes, que todos eran ladrones, homicidas, brutos?... Vamos, unas gavillas de léperos y canallas a prueba de bomba.
ORTIZ: No, no se siga usted equivocando aquí también. La falta de ilustración en aquel tiempo, y la desunión que sembró en el reino el gobierno español, desorganizó los planes mejor combinados, introdujo en las huestes americanas a muchos hombres sin cultura y sin moralidad, y se volvió todo un barullo y una Babilonia espantosa; pero a la vuelta de este cuadro desagradable, admirará siempre el hambre imparcial y pensador: jefes diestros, soldados bravísimos y sabios políticos que alternaban con esas chusmas indisciplinadas, y que mil veces, pusieron en cuidado a los mandarines y tropas mejor disciplinadas del gobierno.
CONCHA: Yo jamás confesaré que hubo en la pasada insurrección ningún hombre que mereciese la atención.
ORTIZ: Será capricho; mas ahí vienen algunos de nuestros héroes; ellos convencerán a usted de que los hubo.
Hidalgo, Allende, Matamoros, Morelos, Bravo,(20) Galeana, Mina y los dichos.
HIDALGO:(21) Usted sin duda es el coronel Concha.
CONCHA: Servidor de ustedes.
HIDALGO: Luego que tuvimos noticia de su llegada a estos países, quisimos pasar a saludarlo, y lo hemos verificado en este instante. Continúen ustedes su conversación.
CONCHA: Decía yo al señor Ortiz que no hubo héroes sino facciosos, ladrones y asesinos en la pasada insurrección.
HIDALGO: Se ha equivocado usted, porque hubo muchos hombres de bien y dignos servidores de la patria.
CONCHA: Si todos son como usted y los presentes, cierto que son muy beneméritos.
HIDALGO: ¿Pues qué tachas puede usted ponernos?
CONCHA: Señor cura: es vergüenza que pregunte usted tal cosa. ¿Que ya no se acuerda usted de las mortandades de Granaditas, Guanajuato, y de las matanzas en las barrancas de Guadalajara? ¿Se ha olvidado usted de la escandalosa permisión que dio usted a sus tumultuarias gavillas para que asesinasen y robasen a los europeos? Pues, ¿con qué cara querrá usted figurar entre los héroes, cuando, aunque su acción hubiese sido heroica, la levantó y condujo con los crímenes más detestables?(22)
HIDALGO: Nunca fui preocupado, ni merecí en mis días el concepto de necio. Conozco con dolor y confieso que hice mal, pero si pudiera disculparme yo diría que el grito de la insurrección, dado por mí en Dolores la noche del 16 de septiembre de [1]810, fue intempestivo e inmaturo, mas no pudo ser menos. Mis planes eran bien meditados, pero no hubo lugar de combinarlos. Yo me vi descubierto cuando menos lo esperaba; temí la persecución, mi infalible ruina y, lo que me hubiera sido más sensible, la sofocación de mis ideas que fueron siempre hacer independiente nuestro suelo.
Por otra parte, en esa noche yo no contaba con ninguna fuerza disponible. No tenía a mi devoción sino al pueblo, y con el pueblo me alarmé. Es decir, con un populacho ignorante, miserable y que odiaba el nombre español.
Por esto, luego que comprendieron que el objeto de mi alzamiento no era otro que substraernos de la dominación española, despertaron en sus pechos los agravios que por largos años habían recibido de muchos europeos, concibieron el más negro odio contra los que había avecindados en Dolores, hallaron la ocasión y aprovecharon la venganza, asesinando y robando a cuantos pudieron.
Quisiera yo haber evitado estos excesos, mas no tenía fuerza ni elocuencia suficiente para contener ni persuadir a un pueblo bárbaro y enfurecido, a quien necesitaba, y en quien libraba la seguridad de mi persona y la realización de mis proyectos. Habría querido verlos verificados sin aquellos horrores, mas no era en mi arbitrio el impedirlos. Yo me aturdí.
El grito santo de nuestra libertad pronunciado en Dolores discurrió por todos los pueblos inmediatos con la velocidad del rayo. ¡Oh, si se extendiera sin las circunstancias que lo hicieran odioso entre los buenos! Pero el crimen, tolerado por necesidad, fue como indispensable el adoptado por sistema.
Los pueblos me seguían a bandadas, contaba con algunos regimientos bajo mi mando, carecía de caudales con qué sostenerlos, los necesitaba, era preciso autorizar el robo o sucumbir con ignominia.
Cuando confieso lo odioso de estos crímenes; estoy muy lejos de pretender justificarme. Yo debería haber muerto antes que consentir un solo asesinato. Esto me preceptuaban las leyes natural y divina, pero quisiera haber visto en mi lugar a cualquiera de mis acusadores, a ver si se hubieran dejado degollar humildemente, despreciando la ocasión de salvarse, que se me vino a mí tan a las manos.
ALLENDE:(23) Mi general, usted no fue tan sanguinario como lo pintan. A haberlo sido: entramos en la capital el 2 de noviembre, como yo deseaba y decía a usted.(24)
HIDALGO: No accedí a las instancias de usted sabiendo que el gobierno carecía de fuerzas qué oponerme, pues todas las que tenía me presentó en el Monte de las Cruces y fueron dispersas y arrolladas por nuestras tropas;(25) pero consideraba la mucha ignorancia y fanatismo de los mexicanos, sabía que la Inquisición, en cumplimiento de su ministerio apostólico, me había calumniado de hereje para hacerme odioso a un pueblo alucinado y nimiamente crédulo; temí que este pueblo desarmado hubiera hecho oposición a mis soldados, y que éstos hubieran derramado su sangre ferozmente. Por evitar estas desgracias, me retiré, esperando que el tiempo les hiciera conocer las imposturas y arterías de aquel tribunal santo por antífrasis.(26) Tengo el consuelo de que ya las han visto, y se han desengañado de que tan hereje fui yo como el señor Morelos.
Yo sufrí, amigo, más que usted, pues pasé por el vejamen del autillo, que me hicieron padecer aquellos santos tiranos, sin haberme probado jamás el más mínimo desliz contra la fe.(27)
GALEANA:(28) ¿Cómo no?, ¿pues quería usted herejías más claras que las suyas? No sé cómo no me tocó a mí la excomunión de participantes: Ya se ve que como era un ranchero, no me pudieron levantar ese falso testimonio, y además que tuve la felicidad de morir por mi patria antes que usted, si no me encajan el sambenito,(29) y me ponen mi alcatráz(30) en la cabeza como a usted.
MORELOS: Pero ¿cuáles fueron las herejías que usted me oyó?
GALEANA: No es malo que se le hayan olvidado a usted tan pronto. ¿Quiere usted mayores herejías que haber derrotado a las tropas del rey innumerables veces?, ¿quiere usted más crimen contra la pureza del dogma católico que haberle matado tanta gente al invencible Calleja(31) en el sitio de Cuautla,(32) haberlo resistido, a pesar del bombeo,(33) de la peste y de la escasez de víveres que sufrimos tantos días y, por último, haberle roto la línea de circunvalación, y marchándose por sus bigotes, la noche que quiso, dejándolo burlado, avergonzado con Venegas y sus paisanos, pues se aseguraba que ni las ratas escaparían de Cuautla? Pues esas fueron, mi general, las herejías que llevaron a usted al Santo Oficio. ¿Le parecen de poca gravedad? ¡Ah! Si a mí me cogen vivo, me encorozan(34) por la grande herejía que cometí en haber metido, con solos veinte hombres, la agua que nos cortaron,(35) y cuya operación no pudo impedirle la fuerza de doscientos hombres que me echaron encima, de los que muchos quedaron en el campo para pasto de zopilotes.(36)
MATAMOROS:(37) Ciertamente, compañero, que dice bien el señor Galeana. Ésas fueron las herejías que condujeron a usted al indigno tribunal que lo avergonzó hasta el extremo.
MORELOS: Dios perdone a esos exinquisidores, pero aquí, que estamos en el mundo de la verdad, dígame usted, señor Concha, usted que fue mi alcaide y mi conductor hasta el suplicio,(38) me oyó usted alguna vez una sola palabra que desdijese de los principios de nuestra santa fe, o que siquiera lo escandalizase por avanzada?
CONCHA: Aquí no hay a quién adular ni quién dé grados, y así debo decir que nunca oí de boca de usted una palabra contraria a nuestra religión. Antes es público que desde que abrazó usted el partido de la insurrección, se abstuvo de decir misa y de administrar los sacramentos, y en los días próximos a su muerte lo vi confesarse, comulgar varias veces, y aun en el coche en que lo llevé a morir en el pueblo de Ecatepec, me aseguró usted que perdonaba de corazón a sus enemigos, y oí con muchos que se auxilió usted mismo, con fervor de cristiano valiente que se consuela en tales desgracias, con la esperanza de la misericordia del verdadero Dios.
MORELOS: Esa confesión de usted me honra más que las apologías de mis amigos. Bien que todo el mundo conoció la impostura del Santo Tribunal, quien o escribió o mandó escribir en los papeles públicos un extravío privado de mi vida, propio de hombre frágil y miserable, pero que no había necesidad de publicarlo por las prensas, mas esos señores lo hicieron caritativamente para probar que yo era hereje. ¡Ah, si fuera lícito publicar estas herejías, qué pocos de mis enemigos se hubieran escapado de la coroza en ese tiempo!
HIDALGO: No se escandezca usted, compañero: los gobiernos bárbaros y débiles siempre acuden a la religión para sostenerse. Conocen que quien tiene la opinión, tiene la fuerza, y por esto, hipócritamente se hacen muy celosos defensores de la religión que sigue el pueblo, y le hacen creer que es enemigo de su religión el que es enemigo de ellos, y con esta vil artería se atraen la voluntad de los pueblos, y logran malquistar tal vez a los defensores de sus derechos, como sucedió con usted. Los pueblos ignorantes y fanáticos están muy bien dispuestos para servir a los tiranos contra sí mismos.
MORELOS: Pero a mí, lo que me irritó más en aquel tiempo fue la ignorancia y poca vergüenza con que los inquisidores dictaron, o toleraron, el impío y calumnioso periódico en que me acusaron de herejías contradictorias entre sí.(39)
HIDALGO: Eso debe consolar a usted, porque descubre su ignorancia, su venganza, su ninguna religión y su poca vergüenza. Tal papel es un testimonio contra ellos y una ejecutoria del heroísmo de usted.
MORELOS: Dícese que aún ahora, ya independiente nuestra patria, se piensa en restablecer la Inquisición(40) con...
HIDALGO: No diga usted eso, compañero.
GALEANA: No lo permita Dios.
ORTIZ: Decir Inquisición es herejía.
MATAMOROS: Se acabó la Independencia el día que se piense en eso.
ALLENDE: Si ha de suceder, me alegro haber muerto.
CONCHA: Bueno será poner otra vez el antemural de la fe y el apoyo del trono.
MINA:(41) Diga usted el baluarte de la ignorancia y el más seguro apoyo del despotismo. Cada vez que yo me acuerdo de que la Inquisición condenó como herejía el principio santo de la libertad de los pueblos, me estremezco.
CONCHA: ¿Qué principio es ése?
MINA: La gran máxima de que la soberanía reside en la nación. Desde ahora digo que si los americanos se sujetan a la Inquisición, ya pueden abjurar la Independencia y prevenir los cuellos a las argollas que se les destinan, pues, cristianamente, con arreglo al Evangelio de Jesucristo y conforme al espíritu de la Iglesia.
Pueblos de la América, yo os amé, yo abandoné mi patria, crucé los mares y morí por vosotros, deseando haceros libres. No me pesa que la muerte me hubiera separado de vosotros sin ver logrados mis intentos, no siento que en mi ruina hubiera tenido parte algún americano ingrato, pues éste, además de haber sido un vil, era un idiota; consuélame saber que para matar basta un bruto, para agradecer se necesita un hombre, y entre vosotros hay muchos sensatos que agradecidos sintieron mi muerte, y aún hoy hacen de mí memorias lisonjeras; pero por el amor que os tuve y por el sacrificio que hice de mi vida por vuestra libertad, os consejo, os exhorto, os conjuro para que no admitáis Inquisición, pues el mismo día de su instalación será el de vuestra infame esclavitud. Yo lo juro.
MORELOS: Poco a poco, señor general, no se dice que se ha de poner la Inquisición(42) en la "casa chata", ni que se pondrán los padrecitos puños azules, ni que habrá corozas, velas verdes, sambenitos ni chamusquinas. No, nada de eso: un pueblo libre no ha de permitir tales monstruos, ilegalidades ni vilipendios, sino un tribunal de teólogos llamado, no Inquisición, sino Tribunal Protector de la Fe, y ya usted ve que esto no es malo.
MINA: Malo no es, pésimo, endemoniado. Cualquier tribunal que juzgue en asuntos de fe, llámese como se llamare, es Inquisición, estará propenso al despotismo y, después de todo, será ilegal porque los jueces privativos y legítimos para esta clase de delitos son los señores obispos y nadie más.
MORELOS: ¿Pero qué no podrán subdelegar en otros sus facultades?
MINA: Esa subdelegación es la que puede acarrear a los americanos otra vez su esclavitud. Juzguen los señores obispos los delitos contra la fe y no otros, y el pueblo religioso y cristiano estará contento. Nombren sus teólogos consultores, háganse, en tal caso, los juicios públicos a puerta abierta, y si convencieren a alguno de hereje formal, destiérrese de la América como perturbador del Estado, sin darle más castigo, siendo la sentencia dada públicamente por el obispo, y sin confiscación de bienes, ni más pena que el destierro, pues Jesucristo, que fue el primer protector de su Iglesia, cuando encomendó su cuidado a los apóstoles, no les dijo: "Id por las cuatro partes del mundo, predicad mi Evangelio y al que no lo crea, quitadle lo que tenga, infamadlo y quemadle vivo." Tal precepto estaba reservado a los santosinquisidores.
MORELOS: Usted dice muy bien, y yo creo que así se determinará... Mas allí vienen muchos señores, entre ellos algunos príncipes mexicanos, como Moctezuma, Guautimotzin y otros.
MINA: Es cierto. Ya vienen cerca, y distingo entre ellos algunos caballeros españoles y extranjeros como Cortés,(43) Colón,(44) Casas,(45) Remesal,(46) Boturini,(47) y otros.
HIDALGO: Dejémosle lugar para que aumenten nuestras tertulias.
(1) México, Imprenta de don Celestino de la Torre, 1821. Fue recogido por Luis González Obregón en El Pensador Mexicano. Diálogos sobre cosas de su tiempo, op. cit., pp. 27-45. El folleto carece, en esta edición, de pie de imprenta, y sólo aparece al final el año; González Obregón registró este folleto en Novelistas mexicanos, op. cit., p. 120.
(2) Manuel de la Concha. Cf. nota 5 a Gloria al Dios de los ejércitos...
(3) Encarnación Ortiz (m. 1821). Uno de los "Pachones", cuyo apodo provenía de ser originarios todos del rancho de las Pachonas, municipio de San Felipe Torresmochas, Guanajuato. Ortiz colaboró brillantemente al lado de Mina, a la llegada de éste (1817) a la Nueva España para luchar a favor de las ideas independentistas. En compañía de Mina y al frente de las fuerzas que habían pertenecido a su hermano Matías, muerto en noviembre de 1814, el Pachón tomó parte en numerosas batallas, como la de la toma de San Juan de los Lagos, el asalto a la hacienda de El Jaral, el del Fuerte del Sombrero y el intento de la toma de Guanajuato. A la muerte de Mina, Ortiz se unió a las fuerzas del padre Torres. Posteriormente se acogió a indulto, aunque regresó a la lucha cuando Iturbide proclamó el Plan de Iguala. Murió a manos de las tropas realistas del coronel Manuel de la Concha, durante la batalla de Azcapotzalco, el 19 de agosto de 1821. Francisco Ortiz, hermano de Encarnación y de Matías, también figuró dentro del grupo de los "Pachones". Cf. notas 7 y 13 a Gloria al Dios de los ejércitos...
(4) Etzcapusalco. Azcapotzalco. Cf. nota 16 a Gloria al Dios de los ejércitos...
(5) gules. Color rojo heráldico que en pintura se expresa por el rojo vivo, y en el grabado, por líneas verticales muy espesas.
(6) azur. Color heráldico que en pintura se expresa con el azul oscuro, y en el grabado, por medio de líneas horizontales muy espesas.
(7) sinople. Color heráldico que en pintura se representa por el verde, y en el grabado, por líneas oblicuas y paralelas a una que va desde el cantón diestro del jefe al siniestro de la punta.
(8) sable. Color heráldico que en pintura se expresa con el negro, y en el grabado, por medio de líneas verticales y horizontales que se entrecruzan.
(9) Jalapa. Ciudad capital del estado de Veracruz, cabecera del municipio del mismo nombre. Se le llamó también Jardín del Anáhuac y Ciudad de las Flores. El nombre oficial es Xalapa Enríquez. Existía antes de la llegada de Cortés, quien fundó ahí el convento de San Francisco.
(11) En el Correo Semanario de México, numero 3, se lee: "Así se vieron en la guerra por la Independencia; ejecútanse prisiones, saqueos y asesinatos, mandados por jefes incapaces de mandar ni de ser obedecidos por el estado de embriaguez en que se hallaban, fuese por accidente o por costumbre, como el sanguinario y detestable Concha." Obras VI, op. cit., p. 55.
(12) En la tarde del día 24 de septiembre, una división de cuatro mil hombres a las órdenes del coronel Filisola entró en la capital, recibida con gran entusiasmo de los habitantes y por un repique general que se prolongó hasta ya muy entrada la noche. Cf. nota 12 a Ni están todos los que son...
(14) parola. Labia, verbosidad. El término parolar se refiere a hablar mucho sobre cosas sin interés.
(20) La intervención de Nicolás Bravo (Cf. nota 44 a Chamorro y Dominiquín... independencia...) no aparece en este diálogo, aunque, como, se verá al final, Lizardi prometió una continuación.
(21) Miguel Hidalgo y Costilla. Cf. nota 7 a Reflexiones interesantes...
(22) Estando los insurgentes en San Miguel, en septiembre de 1810, y entregadas las armas por los españoles, la plebe, mezclada con los soldados del improvisado ejército insurgente, intentó saquear la casa de Francisco Landeta; un hombre apareció, en uno de los balcones, "gritando ¡Viva la América y mueran los gachupines!, y al decir esto arrojaba monedas de plata a la multitud agrupada en la parte exterior [...]. Alamán afirma que aquel hombre era el mismo cura de Dolores: 'Hidalgo desde el balcón de la casa de Landeta tiraba al pueblo las talegas de pesos gritando: ─¡Cojan, hijos, que todo esto es suyo! Los criminales que estaban en la cárcel fueron puestos en libertad, y como lo que se hizo en San Miguel con éstos y con los europeos fue lo mismo que se practicó en cuantas poblaciones entraron Hidalgo y los suyos, omitiré repetirlo, dándolo por supuesto.' Pero este cargo, que con su mala fe y su inquina característica hace al jefe de la revolución el oráculo del partido conservador, queda desvanecido por Liceaga, quien asienta terminantemente que en esos momentos, cuando el individuo que apareció en los balcones de Landeta arrojaba dinero a la muchedumbre, el cura de Dolores y Allende, de vuelta del Colegio de San Francisco de Sales, presenciaron desde la calle aquel desorden, y que el segundo arremetió espada en mano a los que entraban y salían ocupados en robar dicha casa." J. M. Liceaga, Aclaraciones y rectificaciones a la Historia de México por Alamán,p. 64; cit, en México a través de los siglos, op. cit., t. III, p, 114. Juan Antonio Riaño, intendente de Guanajuato, ante la amenaza del ataque insurgente, pensó primero defender la ciudad entera e hizo levantar en las calles algunas fortificaciones y trincheras; después mudó de parecer y pensó que era preferible hacerse fuerte en la Alhóndiga de Granaditas. "En la noche del 24 [de septiembre de 1810] hizo que se trasladasen con el mayor sigilo a la Alhóndiga [...] la tropa y el paisanaje armado, todos los caudales reales y municipales, que ascendían a seiscientos veinte mil pesos, todos los archivos de la intendencia y del ayuntamiento, enorme cantidad de municiones de guerra y provisiones de boca en grande abundancia, cuidando de que esa misma noche quedaran derribados los parapetos construidos poco antes. Amaneció el día 25 y con él la consternación de los españoles y de los criollos más acomodados, que a poco comenzaron a reunir sus caudales y efectos, y con ellos se recogieron y encerraron en la Alhóndiga, 'con lo que puede regularse que la suma que allí se reunió en barras de plata, dinero, azogue de la Real Hacienda y objetos valiosos no bajaba de tres millones de pesos.' El 28 se presentaron en la trinchera de Belén, Mariano Abasolo e Ignacio Camargo, intimando la rendición de la plaza; Riaño se negó a entregarla, y cercade las doce del día los insurgentes, ayudados por el pueblo, asaltaron el edificio. Muerto el intendente Riaño de un tiro, la guarnición comenzó a debilitarse. Los asaltantes, entre ellos un joven de veinte años llamado el Pípila, cercaron la Alhóndiga y arrimaron a la puerta de entrada ocote y le prendieron fuego, el cual pronto consumió la puerta. Entonces se precipitó desbordada la gente en el patio, la batalla había terminado. Comenzaron la matanza y el saqueo [...]: esparcidos los asaltantes por las trojes y los corredores, ebrios de venganza por la muerte de dos mil quinientos de los suyos, que yacían en las cercanías y en el patio mismo del lúgubre edificio, enardecidos por el fuego incesante que habían afrontado por espacio de cuatro horas,dieron rienda suelta a su furor inmolando sin misericordia a los vencidos [...]. Terminada la matanza, los vencedores, mezclados con el pueblo, saquearon la Alhóndiga [...]. Era siniestro y pavoroso el aspecto de Granaditas en las últimas horas de la tarde. Grandes charcos de sangre teñían el pavimento y las escaleras; incontables cadáveres tapizaban el suelo en el patio, en los corredores y las trojes [...]. Hidalgo hizo cesar tanto desorden publicando el día 30 un bando severo en el que conminaba con la pena de muerte a los saqueadores." México a través de los siglos, op. cit., t. III, pp. 119, 120 y 125-126. Durante su estancia en Guadalajara, Hidalgo se enteró de una conspiración de los españoles presos, que pretendían entregar la ciudad al brigadier realista Calleja. El 11 de diciembre de 1810, se dio aviso al Padre de la Patria, de que los preparativos para el asalto estaban listos. Hidalgo dictó severas medidas contra los conspiradores, e igual que lo había hecho en Valladolid, donde mandó degollar a más de ochenta personas en el cerro de las Bateas. Las que se ejecutaron en las barrancas de Guadalajara fueron, según fuentes fidedignas, más de setecientas, entre las que se contaban frailes y clérigos que habían servido a los europeos conspirados. Hidalgo en su declaración afirmó que los ejecutados en Guadalajara fueron trescientos cincuenta españoles "sacaban a los españoles del Colegio de San Juan, del Seminario y de los otros edificios en que estaban presos, en grupos de cuarenta o más, llevándolos a las barrancas cercanas a la ciudad y dábanles muerte, sepultando luego los cadáveres en largas y profundas zanjas. Este horrible degüello principió la noche del 12 de diciembre y se prolongó hasta las últimas del mismo mes." México a través de los siglos, op. cit., pp. 194-195. Los encargados de ejecutar a los conspirados fueron el torero Marroquín, el capitán Vicente Loya, Muñiz, el ejecutor de los asesinatos de Valladolid, Alatorre, Cajifa y Vargas.
(23) Ignacio María de Allende. Cf. nota 10 a Ideas políticas... 1.
(24) Después de la derrota del ejército realista en el Monte de las Cruces, los insurgentes emprendieron la retirada, cuando se creía en la ciudad de México que las huestes de Hidalgo se apoderarían de ella. "El 2 de noviembre súpose en México que Calleja y Flon reunidos avanzaban a marchas forzadas al socorro de la capital, y poco después llegó la noticia de que el numeroso ejército independiente, levantado su campo, retrocedía lentamente hacia Toluca [...], era difícil concebir que un ejército victorioso y fuerte de ochenta mil hombres abandonase voluntariamente la cómoda conquista que parecía estar al alcance de sus manos [...]. Aun hoy [...], no se ha logrado establecer las verdaderas causas que obligaron a los jefes de la revolución, vencedora hasta entonces, a retirarse rumbo al interior desdeñando alcanzar el fruto de sus precedentes victorias. Unos atribuyen tan inesperada resolución a la falta de plan, de sistema y de objeto determinado que caracterizó los actos de Hidalgo, o al aturdimiento que produjo en su ánimo el espectáculo de los numerosos muertos y heridos que cayeron en la batalla de las Cruces. Otros pretenden explicarla con la situación en que los rápidos movimientos de Calleja colocaron al ejército independiente y con la inacción de los partidarios de su causa en el seno de la misma capital, que amedrentados por la energía del virey no se atrevieron a moverse, y algunos la hacen consistir principalmente en la falta absoluta de parque y en la consideración que tuvo Hidalgo de que entregándose al saqueo de la opulenta ciudad las masas indisciplinadas que le seguían, la noble causa de la insurrección quedaría enteramente desacreditada, no compensándose este funesto desastre moral con las notorias ventajas materiales que pudieran alcanzarse. En presencia de estas opiniones contradictorias y de las conjeturas más o menos fundadas que acabamos de citar, preciso es atender al único documento oficial que nos ha dejado el Padre de la independencia relativo a su marcha hacia el interior y a los hechos mismos que debieron influir en la resolución por él adoptada. La escasez de municiones de guerra, después del reñido combate de las Cruces, está plenamente acreditada en el siguiente documento, autorizado por el mismo jefe de la revolución: 'El vivo fuego que por largo tiempo mantuvimos en el choque de las Cruces debilitó nuestras municiones, en términos que convidándonos la entrada á México las circunstancias en que se hallaba, por este motivo no resolvimos su ataque y sí retroceder para habilitar nuestra artillería. De regreso encontramos el ejército de Calleja y Flon, con quienes no pudimos entrar en combate por lo desproveído de la artillería; sólo se entretuvo un fuego lento y a mucha distancia, entretanto se daba lugar a que se retirara la gente sin experimentar quebranto, como lo verificó. 'Esta retirada, necesaria para la circunstancia, tengo noticia se ha interpretado por una total derrota, cosa que tal vez puede desalentar a los pusilánimes, por lo que he tenido a bien exponer a Ud. esto, para que imponga a los habitantes de esa ciudad, en que de la retirada mencionada no resultó más gravamen que la pérdida de algunos cañones y unos seis u ocho hombres que se ha regulado perecieron o se perdieron; pero que ésta no nos debe ser sensible, así porque en el día está reunida nuestra tropa, como porque tengo montados y en toda disposición cuarenta y tantos cañones reforzados de a 12, 16 y otros calibres y en diversos puntos, por lo que concluídos los más que se están vaciando y proveídos de abundante bala y metralla no dilataré en acercarme a esa capital de México, con fuerzas más respetables y temibles a nuestros enemigos. Me dirá Ud. en contestación cómo se hallan esos ánimos, qué noticias corren con alguna probabilidad, qué se dice de México, Tlaxcala, etc., y últimamente, cuanto ocurra. Es regular se hayan reunido los bienes de los europeos, y el que se hayan vendido algunos; el dinero existente de éstos, de rentas, y lo más que pueda realizarse de acuerdo con el corregidor, me lo remitirá para la conclusión de mis disposiciones.─ Dios guarde a Ud. muchos años. Cuartel general de Celaya, Noviembre 13 de 1810. ─Miguel Hidalgo, Generalísimo de América.― Al margen. La letra del presente es propia mía, y la firma la misma que usaba el benemérito Hidalgo, de quien era Secretario. México, Octubre 5 de 1827.─Ignacio Rayón'. Tales fueron las causas de la retirada del generalísimo Hidalgo después de la sangrienta batalla de las Cruces. Dícese que con este motivo empezó el desacuerdo entre el jefe de la revolución y el capitán general Allende, que estaba resuelto a emprender el ataque de la capital." México a través de los siglos, op. cit., t. III, pp. 151-152.
(25) En la batalla del Monte de las Cruces, el 30 de octubre de 1810, Hidalgo, con un ejército de cien mil hombres, venció al brigadier Torcuato Trujillo; pero, después de esta victoria, y cuando tenía a la capital indefensa, emprendió la retirada. Cf. la nota 13 a Reflexiones interesantes....
(26) El edicto de excomunión pronunciado en contra de Hidalgo fue citado por Lizardi en sus Conversaciones del Payo y el Sacristán, t. I, núm. 23: "Oíd la terrible excomunión que el bárbaro, impío y anticristiano Tribunal de la Inquisición fulminó (por adular a los reyes de España, bajo cuya maldita protección se mantenían tantos sacrílegos vagamundos), fulminó, digo, contra el heroico Hidalgo, y sus dignos prosélitos, y contra vosotros mismos, que todos, si creéis en las excomuniones, estáis excomulgados como el mismo diablo. Oíd [...]. 'Nos, los inquisidores apostólicos contra la herética pravedad y apostasía, en la Ciudad de México, Estados y provincias de esta Nueva España, Guatemala, Nicaragua, Islas Filipinas, sus distritos y jurisdicciones, pro autoridad apostólica, real, y ordinaria, etcétera. A vos el bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla, cura de la congregación de los Dolores en el obispado de Michoacán, titulado capitán general del ejército de los insurgentes. Sabed, que ante nos pareció el señor inquisidor fiscal de este Santo Oficio, e hizo presentación en forma de un proceso, que tuvo principio en el año de 1800, y fue continuado a su instancia hasta el de 1809, del que resulta probado contra vos el delito de herejía y apostasía de nuestra santa fe católica, y que sois un hombre sedicioso, cismático y hereje formal por las doce proposiciones que habéis proferido y procurado enseñar a otros; y han sido la regla constante de vuestras conversaciones y conducta, y son en compendio las siguientes [...]. Y mandamos que esta nuestra carta se fije en todas las iglesias de nuestro distrito, y que ninguna persona la quite, rasgue, ni cancele, bajo de la pena de excomunión mayor y de quinientos pesos aplicados para gastos del Santo Oficio y las demás que imponen el derecho canónico y bulas apostólicas contra los fautores de herejes; y declaramos incursos en el crimen de fautoría y en las sobre dichas penas a todas las personas sin excepción, que aprueben vuestra sedición, reciban vuestras proclamas, mantengan vuestro trato y correspondencia epistolar, y os presten cualquiera género de ayuda o favor, y a los que no denuncien y no obliguen a denunciar a los que favorezcan ideas revolucionarias y de cualesquiera modo las promuevan y propaguen, pues todas se dirigen a derrocar el trono y el altar, de lo que no, deja duda la errada creencia de que estáis denunciado y la triste experiencia de vuestros crueles procedimientos muy iguales, así como la doctrina y los del pérfido Lutero en Alemania. En testimonio de lo cual mandamos dar y dimos la presente, firmada de nuestros nombres, y sellada con el sello del dicho Santo Oficio, y refrendada de uno de los secretarios del Secreto de él. Dada en la Inquisición de México, y sala de nuestra audiencia a trece días del mes de octubre de mil ochocientos diez. Doctor don Bernardo de Prado y Obejero. Licenciado don Isidoro Sáinz de Alfaro y Beaumont. Por mandado del Santo Oficio. Doctor don Lucio Calvo de la Cantera. Secretario. Nadie le quite pena de excomunión mayor'." Obras V, op. cit., pp. 243, 246-247.
(27) Conducido Morelos a México, el 22 de noviembre de 1815 en la madrugada, se le encerró en las cárceles secretas de la Inquisición, donde fue juzgado y sentenciado a muerte. El día 26 de ese mes precedió la ceremonia de la degradación "para la cual el obispo de Oaxaca aguardaba, revestido de pontificial, en la capilla que está a los pies de la Sala del Tribunal. Morelos tuvo que atravesar toda ésta de uno a otro extremo, con el vestido ridículo que le habían puesto y con una vela verde en la mano, acompañado por algunos familiares del Santo Oficio; el concurso numeroso, más ansioso cada vez de verle cerca, se levantó sobre las bancas al pasar por el espacio que entre ellas se había dejado; Morelos, con los ojos bajos, aspecto decoroso y paso mesurado, se dirigió al altar; allí se le revistió con los ornamentos sacerdotales, y puesto de rodillas delante del obispo, ejecutó éste la degradación por todos los órdenes, según el ceremonial de la Iglesia. Todos estaban conmovidos con esta ceremonia imponente; el obispo se deshacía en llanto; solo Morelos, con una fortaleza tan fuera del orden común, que algunos calificaron de insensibilidad, se mantuvo sereno; su semblante no se inmutó; y únicamente en el acto de la degradación se le vio dejar caer algunas lágrimas. Esta era la primera vez, desde la conquista, que este terrible acto se verificaba en [...] la capital. Cuando se hubo concluido, fue consignado Morelos a la autoridad secular, encargándose de su persona por comisión del virrey el coronel Concha, el mayor de plaza don José de Mendívil y el capitán don Alejandro Arana, nombrado éste último secretario para las actuaciones subsecuentes, quienes en aquella misma noche le trasladaron a la Ciudadela, escoltándole una compañía del provincial de infantería de Tlaxcala, que fue el cuerpo que hizo con Concha toda esta campaña, desde el valle de Toluca hasta la prisión de Morelos y su conducción a la capital." L. Alamán,Historia de México, cit. por Fco. de P. de Arrangoiz, México desde 1808..., op. cit., p. 150. Cf. nota 46 a Chamorro y Dominiquín... independencia...
(28) Hermenegildo Galeana. Cf. nota 45 a Chamorro y Dominiquín... independencia...
(29) sambenito. Insignia de la Santa Inquisición, que se ponía sobre el pecho, y espaldas del penitente reconciliado, a modo de capotillo amarillo con una cruz roja de forma de aspa. La palabra procede de dos: saco bendito, ya que en la Iglesia primitiva los que hacían penitencias públicas se vestían con unos sacos o cilicios, que eran bendecidos por el obispo o por el sacerdote. Con esta indumentaria se colocaban a las puertas de las iglesias hasta haber cumplido su penitencia y ser absueltos de sus culpas, y admitidos con los demás fieles al gremio de la Iglesia. La vestimenta fue adoptada por la Santa Inquisición.
(30) alcatraz. Cucurucho con el que se cubrían la cabeza los penitentes.
(31) Félix María Calleja. Cf. nota 30 a Chamorro y Dominiquín. Segundo Diálogo...
(32) Morelos llegó con su ejército a Cuautla Amilpas el 9 de febrero de 1812. La ciudad había sido comenzada a fortificar por el jefe insurgente Leonardo Bravo; Morelos continuó con esa labor, con cinco mil hombres bajo sus órdenes. El 19 de febrero, el general Calleja emprendió el asalto a la ciudad. La lucha duró seis horas y constituyó una derrota para las fuerzas realistas. Ante tal situación, Calleja acordó sitiar la ciudad. El sitio de Cuautla duró setenta y dos días, lapso en el que se libraron combates reñidísimos levantando reductos los sitiados e impidiendo los sitiadores la entrada de víveres. El 2 de mayo, Morelos salió con sus fuerzas, sin embargo, fue descubierto y sus fuerzas fueron mermadas por los realistas. El Siervo de la Nación logró huir con su escolta hasta el pie del Popocatépetl, perseguido mu