LAS SOMBRAS DE CONCHA E ITURBIDE(1)
DIÁLOGO
CONCHA:(2) ¡Oh, amigo don Agustín!, ¿tanto bueno por acá? ¡Qué pronto le picaron a usted la retaguardia!
ITURBIDE:(3) Tráteme usted con más comedimiento, señor don Manuel, advirtiendo que, la distancia que hay entre un coronel y un emperador, ésa hay de usted a mí.
CONCHA: Déjese usted de eso, don Agustín: por acá no hay esas distinciones. La muerte a todos nos iguala. Aquí lo mismo es el gañán que el emperador, y solamente se distinguen las sombras de los muertos por los talentos que tuvieron sus dueños en la vida o por las virtudes en que sobresalieron. Usted está acabado de llegar; pero ya irá mirando y conociendo por sus propias fisonomías a los Demóstenes y Cicerones, a los Horneros y Virgilios, a los Plinios y Tácitos, a los Sénecas y Platones; a los Solones y Licurgos, a los Brutos y Catones, a los Epaminondas y Arístides, y a tantos otros hombres ilustres, antiguos y modernos, que sobresalieron en valor y ciencia, en heroicidad y patriotismo, y verá usted cómo todos los otros muertos, tontos o viciosos, los miran con cierto respeto y sumisión con la que no tratan a sus compañeros, a quienes llenan de baldones aunque hayan sido reyes, como a los Calígulas y Dioclecianos, a los Tarquinos y Nerones, y a otros de igual calaña.
ITURBIDE: Pues, según usted mismo, en estos lugares sombríos me deben dar preferencia sobre usted, porque en el mundo le excedí en talentos, en virtudes y valor.
CONCHA: Esos es muy problemático, señor don Agustín. Cada cual alaba sus madejas.
ITURBIDE: Así será; pero negar que tuve más talento que usted es negar la luz del día. Usted jamás me aventajó ni pudo, porque además de que careció de los principios y finura en que yo me crié, era usted muy devoto de las botellas, con lo que bastaba para que siempre tuviera el cerebro ofuscado.
CONCHA: Es verdad, y aquí no me causa rubor el confesarlo: yo nací y me crié más pobre que usted, causa suficiente para que mi entendimiento se hubiera cultivado menos; pero tuve harto talento para llegar a coronel desde la humilde condición de cobrador de peajes, y de hacerme rico habiendo nacido pobre.
ITURBIDE: Eso no prueba talento, don Manuel, sino intriga, astucia, protección; y si no, diga usted por qué medios llegó a coronel. ¿No es verdad que todos sus servicios no fueron otros que robar y matar insurgentes?, ¿recomendarse en las gacetas,(4) pretender, cohechar y conseguir? ¿La hoja de servicios de usted no está escrita con sangre americana?
CONCHA: Usted me confunde y me avergüenza. Fui un bárbaro, un asesino: lo confieso; pensaba que había de ser inmortal, trataba de asegurarme una subsistencia regalona y decente para toda la eternidad, y he aquí que a pesar de los ayes de la humanidad que afligía, no vacilaba en cometer los mayores delitos siempre que de ellos me resultara algún provecho; pero, amigo, aquí estamos en el mundo de la verdad. Sí, aquí no se miente, porque a los muertos nada les aprovechan las mentiras. Usted me da en cara con mis delitos sin acordarse que de los mismos hizo usted escalones para ascender a coronel de Celaya.(5)
ITURBIDE: Sí, pero yo no sentenciaba a muerte borracho ni saqué a nadie las uñas con las llaves de los fusiles: atrocidad que horrorizó la humanidad.
CONCHA: Tampoco yo maté trescientos hombres indefensos en Viernes Santo, ni me mofé de un clérigo, mi amigo y condiscípulo, infundiéndole amistad, para después hacerlo fusilar.(6) Este tormento que usted dio a su alma fue peor que si le hubiera arrancado las uñas con las llaves de los fusiles.
ITURBIDE: Yo estaba engañado, creyendo que debía servir al rey de España, y sabía por experiencia que el gobierno español premiaba a proporción de lo crueles que eran los jefes; y así éstos mentían en sus partes alegremente, señalando por miles los muertos insurgentes que hacían cuando eran solamente decenas. Así lo hice en el famoso parte que di del Viernes Santo: que sólo fusilé treinta; pero añadí en el parte un cero más, porque los ceros no cuestan nada, y creo que con estas mismas palabras se lo dije al doctor Mier(7) cuando me reconvino sobre ello en los momentos de mi exaltación.
CONCHA: ¿Y él qué le dijo a usted?
ITURBIDE: ¡Oh!, ese clérigo es muy patriota, pero muy atrevido: me dijo que para el caso de mal hecho, lo mismo eran treinta que trescientos.
CONCHA: ¿Así se lo dijo a usted?
ITURBIDE: Así me lo dijo.
CONCHA: ¿Y por qué no lo mandó usted ahorcar?
ITURBIDE: Porque era diputado del Congreso nacional.
CONCHA: Pero usted creo que no le tuvo mucho respeto al Congreso nacional, pues llegó a disolverlo después de haber apresado a muchos diputados.(8)
ITURBIDE: Sí, pero esto lo hice después que fui proclamado emperador de México.
CONCHA: Esa proclamación fue muy violenta. La hizo el famoso sargento Pío Marcha,(9) con el auxilio de unos cuantos soldados y unos pobretes seducidos de un barrio.
ITURBIDE: Sea como fuere, a mí me proclamaron emperador en la noche del 19 de mayo de 1822. Se repicaron las campanas, tronó la artillería a las once y media de la noche; se iluminaron las principales calles, con interés o con entusiasmo, y hubo un infeliz que a falta de leña quemó su cama y sillas para iluminar el frente de su casa. El populacho y unas músicas militares se afrontaron a mi casa, y aun a gritos y vivas querían que me coronara en ese acto.
CONCHA: ¡Pobres gentes! El alboroto sería terrible, y usted no tendría un desengaño.
ITURBIDE: Amigo, la lisonja ciega y ensordece. Salí con mi comitiva a proclamar al pueblo, exhortándolo a la obediencia al Soberano Congreso.
CONCHA: Tal vez todo fue pantomima. A lo menos el día siguiente obró el Congreso impulsado por la fuerza del populacho.
ITURBIDE: Pero estaba desenfrenado. Yo no tenía arbitrio para contenerlo.
CONCHA: Sí tenía usted: las bayonetas las mandaba; no era necesario que hubiera sesión el día siguiente.
ITURBIDE: ¿Cómo no? ¿Y el pueblo?
CONCHA: Dejárase con la incertidumbre, guardándose el orden con las tropas del mando de usted y nada hubiera habido.
ITURBIDE: Es verdad; pero tantos me persuadieron.
CONCHA: Eso es decir que a usted no lo movió el amor de la patria ni la fuerza, sino su egoísmo, atizado por los aduladores que lo perdieron.
ITURBIDE: Así fue seguramente. Ahora lo siento.
CONCHA: Así sentimos todos los hombres en estos recintos de la verdad las calaveradas que cometimos en la vida. Usted se hizo un emperador intruso, animada su ambición por los aduladores que lo rodeaban.
ITURBIDE: Así fue, pero ¿quién no había de pensar que era la mera verdad, cuando hasta los obispos, que hacen voto no sólo de ser hombres de bien sino de ser santos, eran mis primeros aduladores... Ellos me engañaron asegurándome que el Todopoderoso me autorizaba para constituirme en déspota de los mexicanos, que eso quiere decir emperador. Sí, amigo mío: estos maestros de la doctrina de paz, estos doctores de la ley, estos anunciadores del Evangelio santo de Jesuscristo, que sabían y conocían que yo no debía entronizarme sobre un pueblo que había derramado su sangre por ser libre, éstos me engañaron y me persuadieron que yo debía mandar como rey o tirano, que tanto vale el título sobre pueblos libres.
¡Qué de adulaciones, qué de bajezas no cometieron para captarse mi voluntad en esos momentos! Baste deciros que el día de mi coronación, a cuyo acto no quiso asistir el doctor Mier, excusándose con que a los clérigos les era prohibido asistir a mojigangas, los canónigos se esmeraron tanto en sus obsequios que no dejaban mover a mi mujer al tiempo de vestirla; siempre rodeados de ella la acongojaron de modo que tuvo que fingir que quería hacer aguas(10) para que se fueran y la dejaran ponerse el ropaje. Esto fue público y viven los testigos.
CONCHA: ¡Cuánto me compadece la suerte de usted, señor de Iturbide! Usted no hubiera sido tan ambicioso si hubiera tenido mejores amigos; pero usted, joven inexperto, ufano con haber libertado a su patria de la dominación española, creyendo que por este servicio todo se le debía y atizada esta ambición caballeresca por los Herreras(11) y Cabaleris,(12) por los Álvarez(13)y Pérez(14) y por tantos otros, era como necesario que usted se precipitara de error en error y se hiciera odioso como se hizo.
ITURBIDE: Es verdad. Otra hubiera sido mi suerte si tuviera mejor elección, pero pensé que cuantos lisonjeaban mi gusto eran mis amigos, que se interesaban en mi felicidad, y que mis decretos aconsejados por ellos eran bien recibidos de la patria. El Pensador, en un papel que imprimió y tituló El sueño de la verdad,(15) me aconsejó que fuera popular, que diese audiencia diaria, que no me fiase de los ministros y que indagase la opinión por mí mismo: no aprecié estos consejos, fieme de los que se decían mis amigos, consulté no con la opinión pública, sino con la suya, desprecié a los pobres que tartamudeaban para hablarme, me envanecí, me creí omnipotente y, torpemente ignorando la opinión, no preví la mina que se preparaba bajo de mis pies, la que, explotando a su tiempo, me derribó del trono.
CONCHA: Amigo, yo no puedo ser indiferente a las desgracias de usted, ni creo que lo sea ningún hombre de bien. Usted fue un héroe y nadie le borrará ese título hasta cierto tiempo; usted sólo ha sido digno de compararse con Napoleón, el hombre de los siglos; pero le faltó la experiencia y el consejo de los sabios y vino a ser víctima de la ley en el Congreso de los Tamaulipas.(16)
ITURBIDE: No me recuerde usted un chasco tan pesado. Ese Congreso obraría justamente; pero yo ignoraba la ley que me proscribía.
CONCHA: Amigo, aquí no hay más sino adorar los altos decretos de la Divina Providencia. El Congreso de los Tamaulipas obró de buena fe y quizá con violencia; pero ya se hizo, ya usted murió, ya no hay remedio. Ese Congreso obró según creyó que debía obrar, y de su juicio resultó el mayor bien a la nación, porque, hábleme usted con verdad, ¿qué venía usted a buscar en la República Mexicana?
ITURBIDE: El bien de ella misma.
CONCHA: Eso es quimera. Ningún hombre hace falta en el mundo para nada. Apenas muere uno cuando otro le reemplaza en todo lo que él desempeñaba; conque usted ninguna falta hacía a los mexicanos.
ITURBIDE: Es verdad; pero quería vivir y morir en mi patria.
CONCHA: Eso pudo usted haberlo conseguido fácilmente con prudencia y dando tiempo al tiempo, como que los americanos son muy dóciles y muy humanos; virtudes en que no ceden a ninguna nación del mundo. Los tamaulipas conocieron que la presencia de usted era amenazante a la libertad de la patria y lo mataron: bien o mal ya se hizo; el daño paró en un solo individuo; pero si no lo hace, ésta es la hora en que se hubieran derramado en América arroyos de sangre.
ITURBIDE: Es verdad. Yo tenía mucho partido y los liberales lo tenían igual. El choque hubiera sido terrible y habrían perecido en la lucha mil inocentes. Ya morí, sí; en mí sólo paró el daño que amagaba a mi patria: el golpe fue muy duro a mi amable esposa y a mis inocentes hijos;(17) pero consolaos, tiernos pedazos de mi corazón, consolaos con la memoria de que mi muerte hizo felices a miles de habitantes de vuestros compatriotas [sic]... Sí, sois muy nobles y no tenéis talentos apocados. Tú, mi Agustín,(18) que tanto lloras la muerte de tu padre, tú que acaso te desahogas con venganzas quiméricas que jamás podrás realizar, piensa lo que hubiera sucedido si yo me hubiese internado en la República Mexicana...
¡Oh, Dios!, yo no quisiera levantarte el telón en esta escena tan triste y lastimosa. Tú vieras talados los campos y hechas escombros las ciudades de tu patria; tú vieras al feroz soldado arrancar la virgen del claustro, profanar la virtuosa casada, hollar el pudor de la doncella, inmolar al sacerdote sobre la ara, asesinar al robusto joven sobre la sementera del trigo en que libraba la subsistencia de sus ancianos padres, y envolverse todo en humo, en sangre y en desolación. ¿Qué hicieras, hijo de mi corazón, en tal momento? ¿Qué hicieras, amada esposa mía, en un lance tan triste y apurado? ¿Un padre y un marido valdrían más para ti que centenares o millares de víctimas sacrificadas por sostenerme? No, nada menos, felicitaos por mi muerte, pues con ella se ahorró la sangre de innumerables inocentes. Yo morí; alguna vez había de rendir mi existencia a la naturaleza de quien la recibí; pero con la mía no acabaron millares de existencias. Sois inocentes y la generosa nación mexicana no os desamparará: compadecedme, aprended de mí y, si podéis, olvidadme para siempre. Así hablara yo a mi mujer y a mis hijos.
CONCHA: La misma prudencia de usted para consolarlos excitaría su ternura; pero dígame usted, ¿cómo se le durmió su gallo(19) en venir a meterse a nuestros puertos solo y sin contar con el menor auxilio, sabiendo que tenía innumerables enemigos? Vamos don Agustín, que esa errada no puede dispensársele, porque en efecto usted era astuto.
ITURBIDE: Amigo, conozco que hice mal. Pude a bordo haberme informado del estado de la opinión y de las determinaciones del gobierno, y entonces hubiera dado mi cuarto de conversión a la derecha; pero ¿qué quiere usted?, al mejor cazador se le va la liebre.(20)
CONCHA: Es verdad; también a mí se me fue cuando renuncié la escolta que se me daba para mi marcha, y me puse en camino, solo y con la confianza que pudiera si hubiera hecho milagros en la América, lo que proporcionó la mejor ocasión para que me asesinaran.
ITURBIDE: No, es menester decirlo: aquel Dios que toma a su cargo la venganza del inocente oprimido por el poderoso, fue quien nos ofuscó para ejercitar visiblemente su justicia y castigar nuestras fechorías en el mismo lugar en que las cometimos.
CONCHA: Eso será; pero lo seguro es que tan calavera fue usted como yo.
ITURBIDE: No, eso no; más calavera fue usted; a mí a lo menos se me vio una, pero a usted ninguna.
CONCHA: ¿Cuál fue la que se le vio a usted?
ITURBIDE: ¿Cómo cuál? Haber hecho la Independencia de mi patria. Esta gloria no me la usurpará la envidia ni el encono de mis enemigos.
CONCHA: Es que dicen que usted lo hizo por su conveniencia...
ITURBIDE: Amigo: el médico me cura por la suya; mas no por eso dejo de recibir el beneficio de la salud ni podré excusarme de confesarlo.
CONCHA: ¡Lástima que se hubiera usted desgraciado!
ITURBIDE: Yo no me desgracié. Nadie trabaja en su daño con conocimiento: me desgraciaron los falsos amigos y malos consejos. Yo era joven, era emprendedor; vi la fortuna risueña a mi favor, me tenía mucho amor, me juzgué suficiente para todo, ansiaba por hacer papel en el mundo, como Bonaparte; mis llamados amigos conocieron mi mucha ambición y poca filosofía, trataron de sacar partido de mi debilidad, lisonjearon mi opinión y me perdieron. Vea usted cómo yo solo o con mi deliberación no me desgracié.
CONCHA: Es verdad, ¿y qué sabe usted del Estado de México?(21)
ITURBIDE: Dicen por el último correo que se ha hecho república federal, y han elegido por presidente al general Victoria.(22)
CONCHA: Y ¿qué concepto le debe a usted ese general?
ITURBIDE: Yo, la verdad, no lo quise en el mundo; pero aquí debo decir a usted que es hombre de bien; no conoce el interés que es lo más; se ha formado en la escuela de las desgracias; tiene valor y talento y, sobre todo, un patriotismo muy acrisolado. Es regular que sea buen presidente.
CONCHA: Como no le echen el vaho los coyotes y lo ataranten.(23)
ITURBIDE: ¿Qué quiere usted decir con eso?
CONCHA: Que como no se fíe de aduladores y tuerza la justicia por falta de energía o por capricho, todo andará bien; pero si los oye, si los cree, si sigue sus consejos sin consulta de los patriotas sabios y acreditados, lo enredan en dos por tres, y llevóselo todo el diablo.
ITURBIDE: No lo enredarán, porque su excelencia conoce bien a los hombres, sabrá que no se ha de fiar de todos, será indulgente con la miseria humana y severo inexorable con el crimen; y, sobre todo, no olvidará mi elevación y caída.
CONCHA: Así es: la historia de Napoleón y la de usted son unas lecciones muy modernas y trágicas que deben estudiar los que mandan las naciones. Por lo común los hombres, cuando llegan a puestos tan elevados, padecen una metamorfosis que no advierten hasta que un golpe de fortuna los vuelve en sí; pero ya sin remedio. Napoleón era muy popular de general y cónsul; mas luego que subió al trono, se hizo insufrible: aun a los ministros tiraba con los taburetes;(24) usted fue idolatrado de sus paisanos mientras conservó un carácter amable y familiar; pero apenas dejó el título de Primer jefe del Ejército Trigarante,(25) cuando recobró su antiguo orgullo, el que se aumentó según que lo iban graduando sus hechuras.
ITURBIDE: Una de mis principales torpezas fue el empeño que tomé en arrinconar los insurgentes antiguos.
CONCHA: Sí; en efecto, ésa fue una impolítica conocida, porque los más de ellos eran veteranos y tenían su patriotismo acreditado. Ahora ya los más beneméritos están premiados y volarán a defender su patria si hiciere alguna intentona la Santa Liga,(26) como parece que se teme.
ITURBIDE: Los mexicanos, bajo la dirección de un general tan prudente y patriota como el señor Victoria, nada tienen que temer de los enemigos exteriores, estando unidos, pues aquéllos no libran el feliz éxito de su empresa en sus propias fuerzas, sabiendo y bien que una nación en masa es irresistible; pero todo lo fían en la intriga que tanto saben jugar sus agentes. Ninguna diligencia se perdona por éstos para introducir la desunión. Cuando yo vivía, era el pretexto de los partidos; hoy ya no existo, y no les faltan disensiones como el choque presente de los congresos.(27) Que se descuiden y se desunan, y su independencia y libertad se perderá para siempre. A Dios, amigo don Manuel; el viaje ha sido largo y estoy cansado.
CONCHA: A Dios, don Agustín.
México, octubre 26 de 1824.
El Pensador.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros [cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...]. El domingo 31 de octubre de 1824 Carlos Ma. Bustamante escribió: “El Pensador ocupado en pensar el modo de sacarnos el dinero há publicado hoy un Papel intitulado Las sombras de Concha é Iturbide ó diálogo entre un par de majaderos en la región de Plutón. Ambos se ponen como dos verduleras, y concluye el escritor con hacer un elogio de Victoria, objeto grande de este mamarracho.” Diario histórico, op.cit., t. II, p. 148.
(2) Manuel de la Concha. Cf. nota 29 a Impugnación que los gatos...
(3) Agustín de Iturbide. Cf. nota 5 al presente folleto y 17 a La tragedia de los gatos...
(4) gacetas. La Gaceta de México apareció en enero de 1784, dirigida por Manuel Antonio Valdés; fue suspendida en 1809, pero la siguió inmediatamente la Gaceta del Gobierno de México, el 2 de enero de 1810, convirtiéndose en un arma de propaganda del gobierno español. Duró así hasta el 29 de septiembre de 1821, ya que continuó con el nombre de Gaceta Imperial de México, en la etapa iturbidista. El 19 de abril de 1822 cambió su título a Gaceta del Gobierno Imperial de México. Volvió a cambiar de título en 23 de mayo de 1823 por el de Gaceta del Gobierno Supremo de México; en 1824 apareció como Gaceta del Supremo Gobierno de la Federación Mexicana hasta el 31 de mayo de 1825.
(5) Iturbide inicialmente fue coronel del Regimiento de Infantería Provincial de Celaya y comandante general del Ejército del Norte. Cuando se le nombró Generalísimo de Mar y Tierra, el 28 de septiembre de 1821, renunció a que se le dieran otros tratamientos. Alamán dice que Iturbide fue en este periodo “severo en demasía con los insurgentes, deslució sus triunfos con mil actos de crueldad y con la ansia de enriquecer por todo género de medios, lo que le atrajo una acusación que contra él hicieron varias casas de las principales de Querétaro y Guanajuato, por cuyo motivo fué suspendido del mando y llamado a México a contestar los cargos que se le hacían.” L. Alamán, “Don Agustín de Iturbide”, en Semblanzas e ideario, pról. y selec. de Arturo Arnáiz y Freg, México, UNAM, 1939 (Biblioteca del Estudiante Universitario, 8), p. 111.
(6) Cf. nota 17 a Pésame de El Pensador...
(7) José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (1765-1827). Fraile dominico, doctor en teología. Lector de filosofía en el convento de Santo Domingo. Por el sermón que predicó el 12 de diciembre de 1794 acerca de la Virgen de Guadalupe, el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta lo encarceló, lo desterró por diez años y lo inhabilitó para enseñar, predicar y confesar, privándolo, también, del título de doctor. A partir de entonces se suceden sus aprehensiones y fugas de cárceles y conventos de España, Francia, Italia y Portugal. En 1811 trabajó en las prensas de Londres a favor de la independencia mexicana: vino con la expedición de Francisco Javier Mina. Iturbide lo encarceló y Fernández de Lizardi fue uno de sus defensores. Fue diputado por Nuevo León al Segundo Congreso Constituyente. En esta etapa se declaró centralista; en 1824 firmó el Acta Constitutiva de la Federación de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos.
(8) Cuando Iturbide disolvió el Congreso y encarceló a los diputados, Fernández de Lizardi escribió la Defensa de los diputados presos y demás presos que no son diputados (Obras XII, op. cit., pp. 187-193). “En agosto de 1822 se descubrió en México una conspiración de importancia pues se trataba de nada menos que de declarar por medio de una revolución, que el Congreso no había obrado con libertad en la elección del Emperador, y haciendo que aquél saliese a continuar sus sesiones en Texcoco, apoyado en la fuerza que hubiese hecho la revolución, no se dudaba que el mismo Congreso se declararía por la República, y dejando a su discreción disponer de la persona de Iturbide y su familia, se presumía que sería mandado a los Estados Unidos u otro país que eligiese, con una pensión para su subsistencia. Andaban en esto el diputado D. Juan Pablo Anaya, el Padre Mier, Iturribarría y algunos militares, entrando por mucho, o más bien, considerándose como el principal promovedor, el Ministro de Colombia (D. Miguel) Santa María. El gobierno, por medio de sus agentes, estaba informado de todo; mas para poder obrar contra los conspiradores (se utilizó una carta que el teniente D. Adrián Oviedo recibió de D. Anastasio Zerecero) en la que daba una idea circunstanciada del plan de la conspiración, con cuyo documento y (otras delaciones se creyó que había fundamento bastante para proceder a la prisión de los cómplices en la noche del 26 de agosto. Para la ejecución de las prisiones, se reunió un cuerpo de tropa en el Paseo Nuevo (de Bucareli), de donde partieron varios oficiales con destacamento que designó Echávarri, para dirigirse a las casas de las personas que habían de ser aprehendidas. (El Padre Mier fué una vez más reducido a prisión).” Lucas Alamán,Semblanzas e ideario, op. cit., pp. 13-14.
(9) Pío Marcha. Cf. nota 11 a Pésame de El Pensador...
(10) hacer aguas o de las aguas. Orinar. Común entre muchachos de escuela. Santamaría, Dic. mej.
(11) José Joaquín Herrera (1792-1854). Militar. Llegó a ser presidente de la República. Participó en varias acciones militares contra los insurgentes; se retiró en 1820 con el grado de teniente coronel. Luchó al lado de Iturbide en el Ejército Trigarante.
(12) Miguel Cavaleri fue subdelegado de Cuernavaca en 1821. “El español D. Miguel Cavaleri, á cuya travesura y espíritu revolucionario se debieron en gran parte los progresos de los trigarantes” fue “amigo y confidente” de Iturbide. “Cavaleri había servido en la marina española, tenía muchas relaciones con los individuos de aquel cuerpo, poseía un gran fondo de astucia y travesura, le asistía una afluente verbosidad, abundaba en destreza para granjearse la voluntad y confianza, y era, finalmente, el hombre más a propósito para conducir planes revolucionarios.” Lo apresaron los realistas pero se fugó y volvió a reunirse con Iturbide. Mariano Torrente, Historia de la Independencia de México, presentación y notas de Ernesto de la Torre Villar, México, UNAM, Coordinación de Humanidades, Miguel Ángel Porrúa, 1988 (Biblioteca Mexicana de Escritores Políticos), pp. 409-410, 413 y 414. Existen datos de un asistente Miguel Cavaleri que estuvo preso y fue remitido de Tulancingo a Perote el 10 de abril de 1823, según datos aportados por Fernández de Lizardi en una Lista de presos, México, Imprenta de Joaquín Fernández de Lizardi, 1823. (Obras XII, op. cit., pp. 371-372.)
(13) Melchor Álvarez (1782-1847). Militar español. En la guerra de España tomó parte en 24 acciones. Sirvió a los realistas contra los insurgentes. Se unió al Ejército Trigarante en 1821. Condecorado con las Cruces de Bailén, Gerona, de Guanajuato y San Hermenegildo. Director de táctica del regimiento suizo de Redin. En México fue jefe político y gobernador de Oaxaca (1826); comandante general y jefe de Querétaro; general de división en 1822 y jefe político de Yucatán; vocal de la Junta Consultiva de Repartimientos de Bienes y Tierra (1823), vocal de la Junta de Generales para el Arreglo del Escalafón; inspector general de Infantería y Caballería, y comandante del Departamento de México hasta 1837. Murió en la Ciudad de México.
(14) Antonio Pérez Martínez (1763-1829). Obispo de Puebla. Catedrático de filosofía, teología y Sagrada Escritura; cura de varias parroquias y del Sagrario y canónigo de la Catedral. Fue diputado por Puebla a las Cortes españolas (1808-1810) y en ellas coautor de la Constitución; y a él tocó disolver a las Cortes cuando era su presidente. Entonces se adhirió al grupo absolutista llamado Los Persas. Volvió de España cuando fue promovido y consagrado obispo de Puebla (1815). En 1821 sus diocesanos frustraron el intento de procesarlo que tuvieron las nuevas Cortes peninsulares. Colaboró activamente en la consumación de la Independencia y en el establecimiento del Imperio. Después se consagró a sus deberes pastorales. Socorrió pecuniariamente a las escuelas lancasterianas y a la Academia de San Carlos, fue patrono de las Bellas Artes de Puebla y dejó una valiosa colección de libros de arte y pintura. Publicó Sermones y Pastorales.
(15) En realidad se trata del folleto Concluye el sueño de El Pensador Mexicano. Perora la Verdad ante su ilustrísima y el Soberano Congreso, México, Oficina de Betancourt, 1822. “Ni le digan a vuestra majestad que la dignidad de emperador se opone a la popularidad de ciudadano [...]. Si vuestra majestad se digna a admitir la idea de audiencia pública, economizando los trenes y ceremoniales imponentes, le aseguro que vivirá más instruido en las interioridades de su imperio, la justicia estará mejor distribuida, vuestra majestad más amado y el pueblo más gustoso y satisfecho.” Obras XII, op. cit., p. 57.
(16) Cuando Iturbide regresó con intenciones de volver a ocupar el trono, el Congreso de Tamaulipas acordó su decapitación. Formaban parte de ese Congreso: José Antonio Gutiérrez de Lara (presbítero, presidente); Miguel de la Garza García (vicepresidente); José Eustaquio Hernández, Juan Echandia, Juan Bautista de la Garza, José Antonio Barón, Bernardo Gutiérrez, José Ignacio Gil y José Feliciano Ortiz (secretario).
(17) Su esposa fue Ana María Huarte. Por lo menos tuvo ocho hijos: Agustín Jerónimo (el primogénito), Sabina, María de Jesús, Ángel, Salvador, Felipe Andrés, María Guadalupe y Josefa. Según datos, a su regreso a México, Ana María estaba embarazada.
(18) Agustín de Iturbide Huarte llegó a ser secretario de Estado y Despacho de Negocios Eclesiásticos de la República Mexicana. Colaboró con Simón Bolívar (Cf. El general en su laberinto de Gabriel García Márquez).
(19) dormir el gallo. Descuidarse en lo que importa, no obrar a tiempo. Santamaría,Dic. mej.
(20) al mejor cazador se le va la liebre. Frase que expresa que el más hábil o el mejor puede errar, ya por equivocación, ya por olvido.
(21) Estado de México. Cf. nota 15 No hay por qué...
(22) Guadalupe Victoria. Cf. nota 55 a La tragedia de los gatos...
(23) Se llamaba coyotes a los españoles europeos. La alusión indirecta puede tener que ver con los animales vistos según el eje caliente-frío; así el coyote, el puma y el zorrillo son calientes, y consiguientemente lo es su vaho. Véase Alfredo López Austin, Los mitos del tlacuache, México, Alianza Editorial Mexicana, 1990, p. 233.
(24) “Cuando [Napoleón] todavía era muy joven aprendió a juzgar y manejar a los hombres en la vida con la escuela de la política corsa.” Sus ministros no tuvieron responsabilidad colectiva, y sólo Talleyrand y Fouché le hicieron frente a este “hombre de sentimiento violentos y viva imaginación. El Morning Post aludía a Napoleón como ‘un ser indefinible, mitad africano, mitad europeo: un mulato mediterráneo’.” Cambridge University Press, Historia del mundo moderno. Guerra y paz en tiempos de revolución 1793-1830, bajo la dirección de C. W. Crawley, Barcelona, Edit. Ramón Sopena, 1980, pp. 217, 218 y 222.
(25) Ejército Trigarante. O Ejército Imperial Mexicano de las Tres Garantías. Integrado por fuerzas de Iturbide y Guerrero que defendían las tres garantías: independencia, unión y religión. En la Proclama que Iturbide lanzó en Iguala (24 de febrero de 1821) más conocida como Plan de Iguala dice: “16. Se formará un Ejército Protector, que se denominará de las Tres Garantías, y que sacrificará del primero al último de sus individuos, ante la más ligera infracción de ellas. 17. Este Ejército observará a la letra la Ordenanza, y sus Jefes y Oficiales continúan en el pie que están con la expectativa no obstante, a los empleos vacantes y a los que se estimen de necesidad y conveniencia. 18. Las tropas de que se compongan se considerarán como de línea y lo mismo las que abracen luego este Plan; las que lo difieran y los paisanos que quieran alistarse, se mirarán como Milicia Nacional, y el arreglo y forma de todas, lo dictarán las Cortes.” Ernesto de la Torre Villar et. al.,Historia documental de México, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1964, t. II, p. 147.
(26) Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...
(27) “Hoy [jueves 7 de octubre de 1824] se há armado gran zambra en el Congreso: es el caso. Ayer se decretó que desde el día 10 del corriente entrará el Presidente Victoria á gobernar por sí, separándose de sus Colegas. Hállase sin un Consejo que lo dirija pues no tiene senadores, ni menos del congreso se le pueden señalar consejeros pues en diversas ocasiones que se há tratado de la materia há mostrado resistencia á ello.” Carlos Ma. de Bustamante, Diario histórico de México, op.cit., t. II, p. 141.