LAS PORFÍAS DE EL PENSADOR(1)

 

 

Todo hombre que mira con insensibilidad las miserias de sus semejantes, aunque tenga dinero, aunque tenga empleos elevados, aunque se ría, ande en dos pies y discurra, no es hombre: se engaña y se engañan cuantos por tal lo tienen. Es un monstruo con cara de hombre o más bien una fiera entre los hombres. Sí, éste, en cuanto está de su parte, destruye y devora la humanidad. Este vil, este desconocido, este cruel degenera de la alta dignidad que Dios le dio y, sin pólvora ni acero, sólo con su criminal indiferencia, con su nefando egoísmo y sórdida avaricia, hace perecer y sacrifica en las inmundas aras de la miseria innumerables víctimas que gimen y sollozan en vano sus mezquinos y nunca oportunos socorros. ¡Cuántas veces a estos espíritus opresores, a estos disfrazados verdugos, entre las recámaras del corazón, reclama la afligida viuda su esposo, el triste huérfano su padre, la destituida joven su honor y tanto miserable su existencia! ¿Es posible, ricos desventurados, que podéis ver con la mayor serenidad a tanto infeliz que vaya por esas calles mendigando vuestros sufragios, con repetidos ayes y plegarias manifestando su hambre en la palidez de sus rostros y sus lacerías en los andrajos sucios que los cubren? ¿Es posible que no os conmuevan las repetidas noticias que se oyen de las infelicidades que se padecen en la presente peste?(2) Son bien notorias; pero ¡ah!, que vosotros estáis ocupados en adquirir dinero, os falta tiempo para atender a vuestras negociaciones, y los ratos que os sobran los dedicáis a holgaros en el Coliseo,(3) tertulias y paseos: procuráis alejar de vuestra vista todos aquellos tristes objetos que os puedan causar algún fastidio, quizá por eso tenéis la escandalosa costumbre de cerrar vuestras casas al mediodía para que no os molesten los clamores de los pobres que se juntarían en vuestros patios a pediros como Lázaro las migajas que se desperdician de vuestras mesas.(4)

Sí, cerrad vuestras puertas para los pobres, vuestros oídos para no atender sus gemidos y vuestras manos para no socorrerlos; pero perded, entre tanto, la esperanza de oír de la boca de Jesús en el último día de los siglos aquellas dulces palabras: "Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve desnudo y me vestisteis, anduve peregrino y me hospedasteis", etcétera. Éstas (si continuáis en vuestra pecaminosa indolencia) no hablarán seguramente con vosotros, sino las contrarias: Id, malditos de mi Padre, al fuego eterno que os está preparado porque tuve hambre, no me alimentasteis, estuve desnudo, no me vestisteis, me vi enfermo, no me curasteis, etcétera.(5) Entonces diréis, ved cómo hemos errado el camino de la verdad, y mirando a muchos de estos infelices sentados a la diestra del Padre (porque muchos de ellos son mejores que vosotros en su conducta moral) exclamaréis entre la rabia y desesperación: He aquí cómo estos mendigos, estos trapientos,(6) estos desgraciados en el mundo son contados entre los hijos de Dios. Y entonces les pediréis que os den una gota de agua para refrigerar la insaciable sed que os ha de devorar eternamente... Yo desearía poder decir aquí: Dios no lo quiera, pero sé que Dios es inmutable en sus decretos eternos y que no ha de querer salvaros, si vosotros mismos no ponéis los medios para ello. No solamente no ha de querer; pero, siendo todopoderoso, no ha de poder, pues para el mérito o para el demérito os ha dado el libre albedrío. "El que te crió a ti sin ti, no te salvará a ti sin ti."(7) Esto es, sin que tú cumplas sus preceptos, correspondas a sus inspiraciones y hagas cuanto esté de tu parte dice san Agustín.

Conque, hermanos de mi alma, sed humanos, compadeceos de los pobres, aliviad sus cuitas, indagad, preguntad por los miserables, procurad hacer todos los días algún beneficio y tened como Tito por perdido el día en que no lo hagáis.(8) No creáis que estos esfuerzos los produce la envidia de vuestra suerte: los que así os hablan, aun cuando sean pobres, tienen más franca la puerta del Cielo y el camino más allanado para salvarse. Vosotros tenéis muchos obstáculos: vuestras pasiones están en mejor aptitud para desahogarse; la verdad penetra vuestros oídos acostumbrados a la adulación con más trabajo. La misma Escritura dice: "¡ay de los ricos!", y en otra parte, "bienaventurados los pobres":(9) el ¡ay! significa, casi siempre, condenación. Conque así, no creáis efectos de la emulación lo que sólo son clamores de la verdad; ni penséis que la compasión hacia los pobres es un heroísmo de que sólo es capaz el católico; los paganos ejercitaron la hospitalidad y misericordia aun con los extraños, entre ellos se han visto ejemplares de piedad desinteresada que pudieran lucir en lo más florido de la Iglesia. En Constantinopla y otras ciudades de la Turquía no se encuentra para nada un mendigo, ni se ven tantos lastimosos espectáculos como entre nosotros. Divididas las ciudades en cuarteles y encargados éstos al cargo de algunos señores, que son unos legítimos procuradores de los pobres, está hecho todo el costo para aliviar a los miserables, porque cada comisionado tiene cuidado de saber cuántos hay en su barrio dignos del socorro público, y éste lo colecta entre los pudientes de su departamento y lo reparte a proporción de la necesidad. Esto se ve entre moros, ¿y entre cristianos se verá otro tanto? Fácil sería la división de cuarteles en México, fácil también el nombrar los comisionados, fácil hallar a los miserables; pero, ¿que los pudientes de los barrios se prestarán constantes y gustosos a contribuir para unos fines tan sagrados? Eso sí no es muy fácil seguramente. ¡Vergüenza es que entre los infieles se hallen hombres más sensibles y más inclinados a favorecer la humanidad afligida que entre nosotros que llenamos la boca a cada instante con decir que somos cristianos, que nuestra religión es la más pura, que estriba en la caridad, que esta virtud nos hace perdonar al enemigo, socorrer al desvalido, moderar nuestras pasiones, etcétera! Todo es cierto; pero si un protestante vive con nosotros un par de años, y observa nuestra conducta moral, ¿lo creerá? Antes exclamará con el lobo de la fábula: entre esta gente unas cosas se dicen y otras se hacen.(10) Los cristianos pregonan que su religión estriba en el amor de Dios y sus semejantes, que según estos principios se debe perdonar a los enemigos; pero cuenta cómo alguno hace un agravio a otro [ya] que la venganza no se apartará de él hasta el sepulcro. Aseguran que se debe, bajo la culpa grave, socorrer al extremadamente necesitado; pero las calles de sus lugares hierven en enfermos, contrahechos y mendigos en pos del socorro que no encuentran. En sus pestes mueren a centenares, más por la falta de piedad y subsistencia regular que por el veneno de la atmósfera. En sus templos se ven charlando con el mismo descoco(11) que en los Coliseos y Alamedas...(12) Éstos son los cristianos, éstos los perfectos, éstos los ortodoxos y ésta la purísima y única religión de que tanto blasonan.

Así se burlan los herejes de nosotros y ridiculizan la santa religión que profesamos. ¡Religión divina, única, verdadera y don soberano prodigado a nosotros por la mano del Todopoderoso, tú eres la que eres, por más que nosotros no seamos lo que debíamos ser! Sigamos.

La peste va en aumento cada día, el aire está muy infestado, muere mucha gente, y los socorros y el cuidado no son los necesarios. Conque ¿a qué esperamos?, ¿a que este fuego tome un cuerpo formidable que cuando se quiera extinguir sea imposible? Hasta ahora el mayor número de víctimas es de los pobres, y qué, ¿los ricos tienen cédula de privilegio del Padre Eterno para no contagiarse? Llegará el caso forzoso de que la corrupción del aire penetre las vidrieras, subiendo las más elevadas escaleras, y entonces serán los ayes y los malhayas.

Pues, ricos, vuestra misma conveniencia y amor a vuestra conservación exigen que penséis seriamente en contener los rápidos progresos de la peste. Sabed que en muchos lazaretos y hospitalitos o no caben los enfermos o están muy mal asistidos. Esta conducta es una espuela que aguija la pestilencia a su último grado. Al pobre enfermo se debe contemplar y serenarle el espíritu cuando se pueda, como que la alteración de éste influye tanto en la organización de la máquina material. ¿Pues qué serenidad ha de lograr un infeliz a quien el médico lo trata con indiferencia y los asistentes con dureza? El primero lo ve sobre la marcha y los segundos mezclan sus alquilados servicios con regaños. El médico receta por rutina y los segundos le aplican los remedios (si los aplican) por fuerza, les ponen el alimento delante y si quieren lo toman, y si no, lo dejan. Así viven estos afligidos y mueren desesperados. No bien acaban de vivir, los bajan calientitos y los zampan en el carretón, y esto sin mucho examen. ¡Cuántos pobres irán medio vivos a resollar al camposanto!

Creo que estos lazaretos estrechos, inmundos y sin ventilación son más perjudiciales que los cuartitos y accesorias de los pobres. La razón es clara: las partículas pestilenciales que respira un enfermo en su alcobita se disipan notablemente, y acaso no las vuelve a inspirar otra vez (contando con que tenga la precaución de no cerrar las puertas) o a lo menos no las inspira todas, porque ya la mayor parte de ellas se retiró de sus narices el trecho necesario para recibir otro aire limpio. No así en los hospitales de que hablo: juntos treinta y cuarenta enfermos en unos pequeños departamentos, tal vez húmedos y aún chorreando agua, como el que está por San Lázaro,(13) conocido con el nombre de la Casa del Padre Padilla, mal dispuestos para el caso, porque o están sin ventilación, o si la tienen es sin orden, precisamente nunca pueden respirar un aire libre, pues antes que les llegue el que entre por la puerta o ventana, ya recibieron el que acabó de arrojar el compañero, como que está más inmediato. Dentro de breve, la corrupción del que sale de sus pulmones infesta todo el ambiente y ya les es imposible respirar otro. De ahí se sigue el inminente riesgo en que están los asistentes, los médicos y los sacerdotes.

Otro abuso es ponerle la frazada(14) y petate(15) del que acaba de morir al nuevo que entra de refresco.(16) Estos reemplazos tan lejos están de la caridad, que son una criminal indolencia. Las frazadas se deben lavar, asolear y sahumar muy mucho, y los petates quemarlos fuera de poblado.

Los médicos deben estudiar mucho y asistir a pocos. El ver y recetar a muchos enfermos, con esmero y prolijidad, es imposible. Más vale curar diez que matar veinte. ¿Cómo he de creer que en una hora o dos, que dura la visita de un lazareto (si dura tanto) se imponga bien el médico del estado de sesenta o más enfermos? ¿Ni que examine los síntomas como conviene, variando éstos a cada instante? ¿Ni que una misma fórmula de curación, unas mismas medicinas, ni una misma dosis sea[n] provechosa[s] a diferentes enfermos, diferentes en edad, estado, ocupaciones, sistemas, complexiones, etcétera, etcétera? Mi razón no puede concebir estos milagros. Pues este modo observan muchos médicos, así en los hospitales como en las casas, sin advertir, sin duda, que lo que a uno aprovecha, en igual calidad o cantidad a otro daña.

Si fuera mi intención zaherir a los malos  médicos (únicos de quienes hablo), traería muy a propósito una porción de anecdotillas recientes y justificables, como que viven los médicos y los testigos; pero mi deseo es que aquéllos se enmienden y que sean útiles a la humanidad afligida, no que se confundan y avergüencen. Bien saben que medicus dicitur a medendo;(17) y así médico es el que cura, no el que mata. Su carácter es recomendado en las Sagradas Letras;(18) pero para merecerlo es menester tener ciencia, experiencia y caridad: donde falte alguna de estas cualidades, ya no se hallará un médico, sino un miserable charlatán o más bien un asesino con licencia.

Cuando un enfermo prudentemente conozca que el médico, a quien le va a fiar el cuidado de su salud, es de la última clase, hará muy bien en abandonarlo y dejarse en manos de la Providencia si no hay otro.

Otro abuso se nota, y es el mal modo de sepultar los cadáveres. Casi a la superficie de la tierra, cubiertos con una ligera capa de polvo, les cuesta poco trabajo sacarlo a los zopilotes(19) y a los perros. Éstos los sacan, en efecto, y mientras se los comen, están infestando el aire funestamente. Es, pues, preciso que las sepulturas o zanjas estén bien profundas para que, quedando los muertos bien enterrados, se les imposibilite su extracción a los animales. Esto es muy fácil, como haya quien se encargue de este cuidado.

Es también muy doloroso ver en las calles a muchos infelices flacos, descoloridos y extenuados pidiendo limosna acabados de salir de los hospitales, no sólo sin convalecer, pero muchas veces a medio curar, porque la usanza es que apenas los ven medio aliviados, los echas a la calle, como ellos mismos lo aseguran, de que se sigue que los más de estos pobres, si escapan de la caída, perecen en la recaída, si no se mueren tal vez de hambre. En muchas accesorias se han hallado cadáveres, sin que haya quién los haya visto morir. Esto no es nuevo.

Algunos dirán: ¿y a tanto abuso se podrá hallar algún remedio? Sí, señores, y muy fácil, como haya caridad en los que tienen, y protección de parte del gobierno, de la que no cabe hoy duda alguna. Pero no se ha de oponer dificultades a cada paso que sólo están, las más veces, fundadas en los intereses particulares. Éstos deben reputarse por ningunos cuando se trata, como ahora, del bien general.

Hemos dicho que los lazaretos son pocos y no a propósito por falta de espacio y de ventilación, pues el remedio es multiplicarlos de modo que no falten lugares para enfermos y que éstos disfruten un aire más libre, estando pocos en un departamento, verbigracia, dos en una pieza.

Parece un imposible; pero no lo es, si se atiende a tantas fábricas que hay en México de mucha capacidad y que se pueden ceder, por ahora, a los enfermos sin perjuicio de sus poseedores. Tales son una porción de conventos que dan lugar sobrado para los religiosos y para los enfermos. Pero supongamos que no quieran aquéllos adunarse con éstos, ¿no podrán los padres de Belén de mercedarios y de las Huertas pasarse al convento grande, y prestar sus conventitos a los pobres? ¿No podrán hacer lo mismo los franciscanos y ceder el convento de Santiago,(20) el de San Cosme(21) y San Diego?(22) Los dominicos ¿no podrán franquear Portacoeli(23) y San Jacinto?(24) ¿Los agustinos no podrán prestar su colegio de San Pablo?(25) ¿La casa que era Inquisición(26) no se podrá emplear hoy en un objeto tan recomendable? ¿La Acordada(27) no podrá enviar sus presos a las cárceles de Corte(28) y Diputación(29) y servir de un hospital excelente? ¿La casa que se titulaAmor de Dios no pudiera desempeñar su título, pasando interinamente su Academia,(30) cursada por cuatro gatos, a una casa particular y dejar sus cuadras en obsequio del amor del prójimo? El encierro de las Recogidas(31) ¿no puede poner éstas en las cárceles y recibir en sus galeras una porción de enfermos considerable? Etcétera. Pues ya se ve cómo con esta economía resultarían, cuando menos, doce hospitales famosos, donde sobran departamentos espaciosos y bien ventilados.

¿Y creeremos que se hallarán imposibles qué vencer para la ejecución de este proyecto? Yo pienso que no los hay, ni que los puede fingir el egoísmo, especialmente por unos individuos que profesan la perfección y caridad evangélica.

Para que los enfermos estén bien asistidos, es necesario, después del cuidado de los alimentos, que se encargue su salud a los médicos, y jamás a los practicantes bisoños; que a cada médico no se le fíe más número de enfermos que aquel que él mismo diga es capaz de asistir prolijamente; que los enfermeros sean primero prudentes y caritativos, y luego activos y eficaces. No sería muy difícil hallarlos donde se hallan hombres tan piadosos que saben perder la vida en obsequio de sus hermanos. Tal ha sido en nuestros días el benemérito don Nicolás del Puerto.(32)(a)

El aseo de las piezas en que estén los pobres enfermos, el cuidado de mudarles ropa, y generalmente, la limpieza, es excusado recomendarla, pues ya se sabe cuánto contribuye la suciedad y el desaseo al aumento de estas enfermedades contagiosas.

También se debería mantener a los pobres en los hospitales, hasta tanto estuviesen libres del peligro, y después enviarlos siquiera por ocho o diez días a la convalecencia, pues estos miserables se abandonan a la infelicidad luego que salen, y comen chile, frijoles o lo que encuentran. De que resulta que hacen el gasto en el hospital para su curación infructuosamente, pues los más, después que salen, regularmente caen por su desarreglo o pobreza, y no la cuentan.

Para esta convalecencia era necesario otro hospital capaz y bien asistido. ¿Y qué fábrica había mejor para esto, que el alcázar de Chapultepec?(33) Grande, alegre, bien ventilado y fácil a restablecer, con su amenidad, el abatido espíritu de los enfermos.

Es, además, muy necesario que el cuidado de estas casas de caridad esté a la vigilancia de personas de carácter y representación, y no descanse en hombres idiotas ni mercenarios. Que estos señores visiten todos los días los hospitales, que vean la comida, que presencien las curaciones, si es posible, que asistan a los médicos cuando recetan, que pregunten a los enfermos por el trato que reciben así de éstos, como de los enfermeros... En una palabra, que sean unos tutores de los pobres y unos fiscales de los médicos, boticarios y asistentes. Pero ya dije, es menester que tenga carácter o representación. Y ¿quiénes mejor podrían encargarse de este importante negocio que los señores curas y diputados? Los primeros no se rehusarán por su instituto, y por ejemplarizar a los demás, y los segundos añadirán esta prueba de amor que manifiestan al pueblo, pagándole de este modo la confianza que ha depositado en sus manos. ¿Qué se puede perder en esta operación?, ¿un par de horas cada día? No pueden estar mejor empleadas.

Pero supongamos que todo se allana, que los religiosos prestan de buena gana sus conventos; que los presos desocupan la Acordada; las recogidas, San Lucas;(34)los alumnos la Academia; y que el gobierno franquea la Inquisición y Chapultepec. Supongamos que se escogen los mejores médicos, que éstos son eficaces, que los asistentes también, y que los señores párrocos y regidores concurren con su presencia y celo a llevar a cabo la observancia de las reglas que prescribimos..., pregunto ¿de dónde se saca para todo esto, porque se ha menester mucho dinero? Aquí está el punto de la dificultad. En México hay muchos pesos; pero los que los tienen ¿querrán gastar algunos en obsequio de la humanidad afligida? Es muy difícil la respuesta: por eso comencé este papel hablando contra la dureza de los ricos de México, que es ciertamente escandalosa. ¡Maldito sea el dinero, si no se ha de emplear en beneficio de los hombres, cuando están (como hoy) en la extrema necesidad!

Se me dirá, ¿pues no han contribuido los ricos para el socorro de los pobres? ¿No se les dan sus frazadas? ¿No se mantienen en los hospitales? ¿No se les paga médicos y botica? ¿Qué más quieren? Quieren que la caridad sea completa y que seaperfecta: faltándola estas circunstancias no es caridad, es cumplimiento, es una hipocresía, porque no digan.(35) El bien, para ser tal, ha de serlo en todas sus partes, porque donde hay defectos, y más defecto grave, ya se vició y pasó a ser mal, según aquel axioma bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu. No está completa la caridad del día porque muchos pobres no hallan lugar en los hospitales, y quizá muchos de los que están en ellos han habido menester empeños. En el de San Juan de Dios,(36) que se dice general, no caben, ni tienen fondos suficientes. El de San Andrés(37)es para gálicos(38) y militares que pasan hoy de mil mensales. El del Espíritu Santo(39) es para aun corto número de convalecientes. El de Indiosllamado Real,(40) no basta para esta clase. El de Jesús(41) es también para un número muy corto de enfermos, y han de llevar certificación de que son españoles. El de San Hipólito(42) es para locos. El de San Lázaro, para leprosos, etcétera. Conque venimos a quedar en que para los febricitantes(43) del día no hay más que unos pocos lazaretos. Éstos no les proporcionan todos los auxilios oportunos, ni son capaces de admitir a cuantos enfermos vayan: conque la caridad, por esta parte, no es completa. No es perfecta porque está probado que muchos infelices que, abandonados al cuidado de la maestra naturaleza, vivirían a merced de la Providencia y del aire de sus alcobas, menos malsano que el de los hospitalitos: en éstos perecen muchas veces por la mala asistencia, el mal régimen de los médicos y el aire que respiran totalmente corrompido. De esto sale que después de los gastos que se erogan, no hay caridad perfecta, a pesar de que las intenciones de sus cooperantes sean sanísimas, como no lo dudo.

¿Pues qué remedio para subvenir con provecho a tanta miseria? ¡Hacer como he propuesto, y franquear los socorros pecuniarios. Verificados mis proyectos, seguro está que dejen de morir muchos, pero infaliblemente morirán muchos menos. Entonces los que salgan, saldrán a vivir, no a recaer. Saldrán elogiando y no murmurando de los hospitales, y muchos se acogerán a ellos, que hoy les tienen más horror que a las cárceles.

Pero es forzoso reclamar la caridad común. Los ricos deben franquearse con más liberalidad, como que tienen más proporción, pero todos debemos esforzarnos a hacer cuanto está de nuestra parte, porque a todos nos comprende el precepto del amor del próximo.

El arbitrio de que los señores curas colecten por sí mismos limosna en sus parroquias para el socorro de los pobres enfermos, ni es difícil, ni es inútil: muchos de mediana esfera, y aun los más pobres, dotados de un corazón sensible, darían su real(44) o su peso(45) de buena gana; y muchos pocos darían semanariamente alguna cantidad que ayudaría bastante.

En México hay malo y hay bueno, como en todas partes; así como sobran avarientos, indolentes y egoístas, no faltan piadosos, cristianos y caritativos. Lo que es necesario es estimularlos por todos caminos, advertirlos de las necesidades y proporcionarles medios o conductos para sus socorros.

La peste, repito, va tomando un cuerpo espantoso. Parroquia hay donde mueren treinta o cuarenta al día, y parroquia que se van quedando sin feligreses. Ya pasan de miles los que han fallecido: si continúa por dos meses más en este tono, es de temer que se consuma la tercia parte de la población numerosa de esta capital, y en tal caso se experimentará de un golpe la falta que hace la gente en la sociedad, porque si ahora ya faltan carboneros, panaderos y aguadores, después faltará todo. ¿Y qué haremos cuando se aumente la necesidad, sobren ladrones y falte qué comer? Conque ahora es tiempo de evitar todos los futuros consiguientes que amenazan: ahora es tiempo de atesorar en sacos que no se envejecen ni se comen la polilla, y ahora, por fin, es tiempo de hacer ver que somos cristianos, sensibles y racionales.


Puede imprimirse. México, 3 de julio de 1813.


Doctor Beristáin(46)

 


 

(1) Imprenta de Jáuregui, año de 1813.

(2) peste. Cf. nota 18 a los Avisos de El Pensador.

(3) Coliseo. Cf. nota 19 a El muerto y el sacristán.

(4) Lc. 16, 19-21.

(5) Con respecto a estas dos citas, Cf. Mt. 25, 34-43.

(6) trapientos. Que llevan vestidos rotos.

(7) San Agustín, "De libero arbitrio" III, 17, 47. Ciudad de Dios, libro V, caps. IX y X.

(8) "Leian un día a Renato II, la vida de Tito, y estaban en aquel pasaje en que, habiendo pasado un día este Príncipe sin haber concedido alguna gracia, dijo a la noche a sus cortesanos: Amigos míos, yo he perdido este día." Cf. Blanchard, op. cit.,t. I, p. 338.

(9) Lc. 6, 20 y 24.

(10) Se refiere a la fábula de Esopo "El lobo y la vieja". "Rondaba un lobo hambriento en busca de comida. Llegado a cierto lugar, oyó a un niño que lloraba y a una vieja que le decía: —No llores, niño, que te entregaré al lobo. Creyendo el lobo en las palabras de la vieja, se detuvo, y esperó mucho tiempo. Llegada la noche, oyó nuevamente a la vieja cantando al niño: —Si viene el lobo, niño, lo mataremos. Al oír estas palabras, el lobo siguió su camino, pensando: 'En esta casa hablan de una manera y obran de otra...' Las palabras deben estar en consonancia con los hechos." Cf. Las mejores fábulas del mundo, op. cit., pp. 54-55.

(11) descoco. Descaro.

(12) Alameda. Cf. nota 22 a El muerto y el sacristán.

(13) San Lázaro. Cf. nota 6 a Avisos de El Pensador.

(14) frazada. Cf. nota 25 a Respuesta de El Pensador al Amigo Consejero.

(15) petate. Cf. nota 18 a Respuesta de El Pensador al Amigo Consejero.

(16) refresco. Forma adverbial. Dícese de lo que se añade o sobreviene para un fin.

(17) Tenemos datos de citas sobre medicina en Gn. 50, 2; Ecli. 38,1-15; Mr. 2, 17; Lc. 4, 23, y 8, 43; Col. 4, 14; pero ninguna corresponde a ésta.

(18) Ecli. 38, 1-15.

(19) zopilotes. Mexicanismo con el que se designa el catártido negro de cabeza pelada y pico encorvado. En México se le llama zope, chombo, shope, nopo. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(20) Santiago. El de Santiago Tlatelolco.

(21) San Cosme. Este convento fue terminado en 1675 y era de los franciscanos descalzos. Estaba en el extremo oeste de la ciudad. Todavía existe el templo en la calle de Serapio Rendón.

(22) San Diego. Actualmente desaparecido. En 1580 llegó a México un grupo de religiosos descalzos que se hospedaron en San Cosme; tiempo después llegaron los religiosos del Perdón. Varios de ellos fundaron el monasterio de San Diego, que se constituyó en custodia en 1593. Después se trasladaron a un lugar del tianguis de San Hipólito y levantaron una iglesia que, con la advocación de San Diego de Alcalá, fue dedicada en 1621.

(23) Portacoeli. Colegio e iglesia de la orden de Santo Domingo, fundada en 1603 para preparar misioneros a las Filipinas. Luego fue colegio. Más tarde se amplió la casa que fue de Isabel Luján, donde estaba el colegio, y se construyó la iglesia. Actualmente la tienen los católicos maronitas del rito melquita.

(24) San Jacinto. Fue propiedad dominicana. Se encuentra casi enfrente del hasta hace poco Colegio Militar. Los dominicos se aposentaron en México el 23 de junio de 1526, y se erigieron en provincia con el título de Santiago el Mayor en 1532. Tenían diez conventos.

(25) Colegio de San Pablo. Perteneciente a los religiosos agustinos, fue fundado en agosto de 1575. Pedro Moya y Contreras, arzobispo de México, se opuso a la concesión para ello; pero a pesar de esa oposición, los religiosos entraron en posesión de él. En el año de 1862 fue clausurado por el gobierno liberal, y fue destinado a hospital. Llevó después el nombre de Hospital Juárez. Cf. Alberto Leduc, Luis Lara y Pardo y Carlos Roumagnac, Diccionario de geografía, historia y biografía mexicanas, París, Librería de la Vda. de C. Bouret, 1910, p. 879.

(26) Inquisición. Se refiere al edificio que había ocupado el tribunal de su nombre, situado en la esquina de la Perpetua (hoy 1ª de Venezuela y Santo Domingo). "Ha servido en diversas épocas para la lotería, para cuartel, para las cámaras del Congreso; fue Palacio del Estado de México cuando tuvo la ciudad por capital; sirvió para que se estableciera la primera escuela lancasteriana, intitulada el 'Sol'. Vendida por el gobierno del Arzobispo Posadas, sirvió de morada a los alumnos del Colegio Seminario desde 1850 hasta 1853..." Este hermoso edificio, hoy propiedad de la Universidad, alojó casi un siglo a la Facultad de Medicina. Cf. Artemio de Valle-Arizpe,Historia de la ciudad de México según los relatos de sus cronistas, 4ª ed., correg., aumentada y con ilustraciones, México, Edit. Pedro Robredo, 1946, pp. 296-297. También véase Francisco de la Maza, El Palacio de la Inquisición, eds. del cuarto centenario de la Universidad, México, UNAM, 1951.

(27) Acordada. La cárcel de la Acordada se estableció primero en los galerones del Castillo de Chapultepec, más tarde fue trasladada a San Fernando; después al caserón llamado del Obraje, que estaba en la esquina de las calles de Revillagigedo y Avenida Juárez. El Ayuntamiento delimitó un terreno que colindaba con este caserón para la institución de un nuevo edificio y sirviese como cárcel. Entre el nuevo edificio y el caserón del Obraje se dejó una calle que se llamó de la Acordada, hoy Balderas. La cárcel de la Acordada quedaba exactamente en la contraesquina, hacia el sur de la capilla del Calvario.

(28) Cárceles de Corte. En Palacio Nacional, en el patio del lado norte. En 1779, unos inspectores la describen así: "Bajando [de la Real Sala del Crimen] a la cárcel, en los entresuelos, hay dos piezas con ventanas a la calle del Arzobispado, la capilla a que sigue una pieza, cárcel de mujeres, enfermería de ésta, y por una escalera baja a un sótano y a un patiecito en que está la pila; por la misma cárcel de mujeres se formó otra vez para la de los hombres, y en una pieza alta, sobre el portal, hay un tabique que le hace dos, y llaman 'enfermería vieja', y abajo los calabozos que llaman 'jamaica', al chico y al grande 'Romita', y en lo más interior, tres galeras con nueve bartolinas que caen bajo de un callejón oscuro que está por la contaduría de tributos y sala de caballeros, maisero, cocina, enfermería, al lado del entresuelo, con un cuarto pequeño que sirve de ropero y pasando al patio en que está la pila, el 'boquete' con un cuarto oscuro y en el de fuera otro para el portero, quedando en el zaguán la guardia." Citado por Javier Piña y Palacios en La cárcel perpetua de la Inquisición y la real cárcel de Corte de la Nueva España, México, Eds. Botas, 1971, p. 29.

(29) Cárceles de Diputación. En la traza de la ciudad de México se señalaron seis solares. En uno de ellos se instaló el Ayuntamiento o diputación en 1532, por la compra de otros terrenos adyacentes; hacia 1582 se ensancharon las casas ministeriales formando la cárcel y la alhóndiga. Un motín destruyó todo el 8 de junio de 1692. Estuvo en ruinas hasta que en 1714 el duque de Linares ordenó que se reconstruyera, lo que se hizo seis años después. Los Portales se construyeron en 1722 y la nueva casa quedó concluida en 1724.

(30) Casa del Amor de Dios y su Academia. El Hospital del Amor de Dios es actualmente el edificio de la Academia de San Carlos. En la calle de Academia y continuación de Moneda. En julio de 1788 fue cerrado y sus enfermos llevados al de San Andrés. Fue fundado en 1539 por el obispo Juan de Zumárraga en el sitio que hoy ocupa la Academia de San Carlos. Dedicado especialmente a enfermos de "bubas" o sifilíticos.

(31) Recogidas. El editor de la 4ª edición de El Periquillo Sarniento apuntó: "Edificio destinado anteriormente a la corrección de mujeres malas, pero ya hace mucho tiempo que por falta de fondos no ha servido a los objetos de su institución. Posteriormente fue cuartel y fábrica de puros."

(32) Nicolás Antonio del Puerto y Gómez. Español natural de Santander. En un folleto anónimo de 1811, leemos lo siguiente: "ha sido privado [Nicolás del Puerto] de todos sus bienes en el real de Angangueo por los rebeldes acaudillados por Hidalgo Costilla, y habría perdido también la vida si hubiera estado allí al tiempo de la irrupción [...] pero él vio en esta capital [de México] entrar las numerosas partidas de prisioneros [del bando insurgente] fatigados de la caminata, hambrientos, desnudos y enfermos o desfallecidos [y] se dedicó a servirles personalmente ínterin le alcanzara el socorro de mil y trescientos pesos que un bienhechor puso en sus manos y otros picos de reales que posteriormente le dieron; él mismo [cuidó] de comprar la carne, las menestras, el pan y todo lo necesario de buena calidad, viéndolo, escogiéndolo, dirigiéndolo y economizando lo posible, poniendo cocina en la calle, sin olvidar el aseo y limpieza, puntualizando las horas y repartiendo en la Cárcel de corte por su mano el desayuno, comida y cena; de modo que los vio robustecer y que en cuarenta y siete días contados desde el veinte y nueve de diciembre al trece de febrero inclusive, distribuyó treinta y dos mil cuatrocientas seis raciones a tres diarias por persona; dio petates, frazadas y otras cosas a muchos de ellos [...]. Ni se olvidó Puerto de facilitarles los socorros espirituales: él rogó a un misionero ejemplar, cual es el reverendo padre fray José Rubín, ex-Guardián de San Diego, que fuese al presidio de Santiago y a la Cárcel a predicar, consolar y enseñar la doctrina cristiana a los presos insurgentes". Cf. La caridad evangélica llama la atención de los habitantes de México a un objeto tan digno de ella como glorioso para ellos. En México, reimpresa en la Ofna. de don Mariano Zúñiga y Ontiveros, pp. 2 y 3.

(a) El merecido elogio de este digno español lo daremos en su lugar. [Cf. Elogio a la memoria..., en este volumen].

(33) Alcázar de Chapultepec. Castillo en el cerro y bosque del mismo nombre. Actualmente enclavado dentro de la ciudad de México. Fue habitado por toltecas y por aztecas. Fue fortaleza, Colegio Militar que sucumbió gloriosamente en la invasión del 47; fue residencia del emperador y luego de los presidentes de la República. Hoy es el Museo Nacional de Historia.

(34) San Lucas. Casa de corrección para mujeres, también conocida con el nombre de Recogidas [Cf. la nota 33 a este folleto]. Estaba en la Plaza de San Lucas. En tiempos de Fernández de Lizardi se hallaba cerca de la garita de San Antonio Abad, en el extremo sur de la ciudad.

(35) porque no digan. El temor al qué dirán. Inclusive hay un verso: "Dichoso tú, padre Adán, / tú que en el mundo viviste / y nunca jamás temiste / al maldito 'qué dirán'." Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios, dichos y dicharachos mexicanos, op. cit.p. 184.

(36) San Juan de Dios. Los hermanos de San Juan de Dios ocuparon el antiguo Hospital de los Desamparados (1606). El pueblo olvidó el nombre y lo llamó Hospital de San Juan de Dios. Edificio que se conserva junto a la iglesia de igual nombre. Durante muchos años fue hospital para mujeres, más tarde, expendio de artesanías.

(37) San Andrés. El edificio, convertido en hospital en 1779 por una peste de viruelas, fue después Antiguo Colegio de San Andrés de los Jesuitas; clausurado debido a la expulsión de éstos en 1767. Demolido el hospital en su lugar el arquitecto Bérnard construyó, hacia 1910, un moderno edificio para la SCOP, que alojó a Telégrafos Nacionales y al Archivo General de la Nación.

(38) gálicos. Cf. nota 20 a Chanzas y veras.

(39) Espíritu Santo. Fundado en 1600 por Alonso Rodríguez y su mujer, Ana de Saldívar. En 1612 lo cedieron a la orden de los Hermanos Hospitalarios o Hipólitos. A la muerte de los propietarios, éstos reedificaron una iglesia anexa. En 1820 se dio un decreto de Cortes Españolas de extinción de órdenes monacales y la casa se destinó a escuela primaria y luego a imprenta. La iglesia y claustro del Espíritu Santo estuvieron en la hoy calle de Isabel la Católica, entre Madero y 16 de Septiembre, en el sitio que hoy ocupa el Casino Español.

(40) Hospital Real de San José de los Naturales. En 1553 el rey acordó fundar un hospital dedicado al cuidado de indios. No estaba adscrito a ninguna orden religiosa ni al arzobispado. También se le llamó Hospital Real de Indios. Fue suprimido en 1822 y se demolió al ampliarse la avenida San Juan de Letrán.

(41) Hospital de Jesús. La calle frente al hospital se llamaba Calle del Rastro. Artemio de Valle-Arizpe dice al respecto: "Cortés destinó para su fundación la manzana entera que hoy ocupan la iglesia, el hospital y otros edificios pertenecientes a éste. Comprende su área once mil novecientas y cuatro varas cuadradas, por ser noventa y tres las que tiene de extensión el frente de Norte a Sur, y ciento veintiocho el costado de Oriente a Poniente. El frente mira a la Plazuela de la Paja [parte de la manzana comprendida entre las avenidas de la República del Salvador y José María Pino Suárez y el callejón del Parque del Conde], que es una ampliación y continuación de la calle del Rastro: por el costado del Sur se termina con la calle por donde antiguamente corría una acequia, que por la calle de la Puerta Falsa de la Merced [8ª y 9ª de San Agustín, ahora Uruguay], venía atravesando dos manzanas de casas a salir a la esquina del Puente de San Dimas y desde ahí sesgando por entre las casas, pasaba por la calle del Puente de la Aduana Vieja [1ª, 5ª y 6ª de 5 de Febrero, son lo que era Aduana Vieja y Puente de la Aduana Vieja], terminaba tras Regina, en la del Puente de Monzón [4ª calle de Mesones], por la cual iba a reunirse con otras. Por el Poniente y Norte limitan el cuadro de la calle cerrada de Jesús y la plazuela en que está el mercado [de Jesús] que es propiedad del hospital; por cuya razón, y la de pagar censo al mismo hospital algunas casas de las calles vecinas por el terreno sobre el que están fabricadas, se puede presumir que el que se tomó en su principio fue mayor que el que ocupa efectivamente ahora." Cf. op cit., p. 198.

(42) San Hipólito. La iglesia, el convento y el hospital de San Hipólito no fueron en un tiempo más que una sola cosa. Su fundador, Bernardino Álvarez, obtuvo los terrenos junto a la ermita de San Hipólito para la construcción de este hospital. Actualmente, el edificio está en la Avenida Hidalgo. A éste se le dio el uso de manicomio.

(43) febricitantes. Dícese del que tiene indicios de fiebre o calentura.

(44) real. Cf. nota 11 a Consulta que un payo hizo...

(45) peso. Unidad monetaria de varios países de América.

(46) Doctor Beristáin. Cf. nota 21 a Propuestas benéficas.