LAS ESPERANZAS DE DON ANTONIO
SIEMPRE EL MISMO
O sea
Diálogo entre el Autor y don Antonio(1)
PENSADOR: ¿Qué es esto?, amigo don Antonio,(2) ¿usted tan triste?, ¿usted tan abatido y pusilánime?, ¿qué es lo que tiene, qué le acobarda, qué le aflige?
DON ANTONIO: ¡Ay, amigo! Déjeme usted lamentar mi desgracia y entregarme a la última desesperación, antes que excitar con sus preguntas más y más la causa que me irrita y me devora.
PENSADOR: ¿Tan grande es, tan cruel y tan terrible?
DON ANTONIO: ¡Ah! ¡Y como que lo es! ¡Infeliz de mí! ¡Desgraciado don Antonio! Tu ruina es infalible, el trono de tu poder y de tus glorias va a derrocarse, tus adoradores van a voltearte las espaldas y el agradable incienso que quemaban los pretendientes ante tu solio, va a convertirse en una negra nube de oscuro humo que hará abominable tu simulacro, llenándolo de tizne en todas partes.
Sí, esas Cortes, esas futuras Cortes,(3) que aún no existen cuando ya me amenazan de muerte, esa reunión de ilustrados patriotas será el escollo donde naufragará, por sin duda, el magnífico bajel de mi fortuna.
Cuando miro con ojos llenos de agua los palacios de los príncipes, las salas de las audiencias, los tribunales de los jueces, los lugares de los ayuntamientos y tantas partes donde yo ejercitaba mi poder sobre los hombres y donde recibía adoraciones y perfumes, y considero que me espera el momento terrible y azaroso en que me lancen de ellos para siempre, no puedo menos que llenarme del más vivo dolor y sentimiento y exclamar con el Aventurero de La Mancha: "¡Oh, dulces prendas por mí mal halladas, dulces y alegres cuando Dios quería!"(4)
Por eso, amigo, y considerando que como decía el otro: Cedere temporibus, sapiens vir, debet inicuis,(5) el hombre fuerte y de carácter debe ceder (aunque sea a fuerza) a los tiempos pesados y malditos, he resuelto marcharme antes que me echen; bien que con harto dolor de mi corazón, pues estoy muy bien hallado en esta tierra. Pregunte usted ahora si el dolor que me aflige es moco de pavo(6) o cosa que se puede echar a puerta ajena.
PENSADOR: Tiene usted mucha razón, señor don Antonio, porque más vale no haber sido que no dejar de ser, pues es bien sabido que
El ciego que nunca vio
como no sabe qué es ver,
no vive tan sin placer
como el que después cegó.
Así es que a usted le ha de ser muy sensible que no lo admitan, no 1o obedezcan ni escuchen en esas partes donde siempre han venerado a usted como el oráculo de la justicia y como el legislador universal de nuestro imperio.
DON ANTONIO: Ésa es mi pena, amigo. Ése es mi dolor y sentimiento. Maldito sea el día en que nací y la noche en que me concibió mi madre, diré yo con más razón que el pacientísimo Job,(7) pues aquel varón justo estaba dotado de muchos quintales de paciencia y humildad y yo no tengo un adarme de uno ni otro. A Dios, señor Pensador, los pensamientos de usted jamás alcanzarán a remediar mis males. Me voy, me voy, antes que me corran un desaire.
PENSADOR: Conténgase usted señor don Antonio, no sea usted tan precipitado. Reflexione despacio en lo que caen las cosas, y verá que no ha de salir del reino aunque lo echen con palancas. Tranquilícese usted acordándose que México es la metrópoli del imperio en donde usted estableció su solio desde el tiempo de los Moctezumas(8) y Corteses,(9) y de donde no lo pudieron arrojar ni las leyes de Indias, ni las cédulas de los reyes buenos, ni las Cortes de España, y lo que es más que todo, ni la libertad sagrada de la imprenta. ¿Cómo, pues, podrán lanzado del reino unas Cortes novicias y bisoñas en donde acaso (Dios no lo quiera) habrá diputados que hablen contra usted temblándoles la barba? Alegue usted en el último caso el derecho de propiedad, y si no vale, el de posesión; y si éste no, el de prescripción; y si no pega,(10) válgase de un letrado, que para todo hay leyes en el mundo, y verá usted como se queda con nosotros.
DON ANTONIO: No lo crea usted, señor Pensador, aunque se lo juren. Tengo muchos enemigos en la nación que me aborrecen de muerte, y lo mismo es oír mentar mi nombre, que llenarme de maldiciones e improperios.
PENSADOR: Es verdad, mas también tiene usted muchos amigos y casi siempre entre los jueces y superiores.
DON ANTONIO: No hay duda, mas yo deseara que me quisieran todos.
PENSADOR: En usted está.
DON ANTONIO: ¿Y cómo?
PENSADOR: Fácilmente. Conque influya usted con cuanto poder tiene en los jefes, superiores y jueces para que no se desentiendan del mérito, para que administren la justicia sin excepción de personas, para que no dejen de respetar la ley en todas partes, sin arbitrariedades, para que no la tuerzan e interpreten por cohechos, por empeños, por adulación, por encono, ni por ninguna de las pasiones viles. En una palabra, para que acojan a usted en los tribunales como a don Antonio, pero no como a Don Antonio siempre el mismo. De suerte que sólo con que usted se quite el apellido, todo andará bien y todo el mundo amará a usted.
DON ANTONIO: Pues tarde, mal y nunca verá usted eso; porque yo tengo mucho carácter y no soy capaz de prostituirme a tal vileza coma quitarme el apellido. ¿No ve usted que en mi apellido está cifrado mi poder y autoridad, y lo mismo será abandonarlo que dejar de existir en este imperio? No señor, eso no puede ser ni por pienso.(11)
Aunque me lleve a1 abismo
el más coludo demonio,
no me llame don Antonio,
si no fuere siempre el mismo.
PENSADOR: Esa es mucha obstinación.
DON ANTONIO: Pero necesaria.
PENSADOR: ¿Por qué?
DON ANTONIO: Porque sí.
PENSADOR: Esa no es razón.
DON ANTONIO: Si es razón o no es razón,
es cuestión que no se ingiere
en nuestra conversación,
porque yo tendré razón
para cuanto yo quisiere.
PENSADOR: Muy coplero está usted hoy.
DON ANTONIO: Según está el humor y la vena.
PENSADOR: Pues yo no me he de quedar atrás y [l]as habré de descubrir a usted tal cual es, aunque sea en cuatro pies como los burros. Oiga usted:
Don Antonio siempre el mismo
da de quien es testimonio;
pues el mismo don Antonio
es el mismo despotismo.
DON ANTONIO: Y ya se ve que sí. Por eso quisiera yo que usted empleara su discurso en consolarme y animar mi espíritu decaído, cuando considero que las futuras Cortes establecerán tales leyes y tribunales que me será imposible dejar de estrellarme en ellas a cada paso, y ya que no sea fácil que me echen del imperio, lo será el que me corran mil desaires y que poco a poco se disminuya mi poder. Si usted me diera unos remedios eficaces contra estos males que me amenazan muy de cerca, sería usted mi médico, mi abogado, mi defensor y mi padre. Pero consejos como los del otro día y los de ahora, no me consuelan; porque además de que consejos y bigotes años hace que no se usan, los que usted me da, lejos de consolarme, me encolerizan, porque aconsejarme que no sea siempre el mismo, es como aconsejarme que me muera antes de que me maten, y ésa es demasiada necedad.
PENSADOR: Pues, amigo, yo no tengo habilidad para otra cosa, y a cualquiera que viese aborrecido de la nación o de algún lugar por déspota, no podría menos que aconsejarle no lo fuese, y si él se encaprichaba en serio, allá se lo hallase, que por mi parte se quedaría sin consuelo.
DON ANTONIO: Pues, amigo, es usted muy para poco o para nada. Yo sí soy para mucho. Puntualmente estoy pensando no sólo el modo de no salir del imperio, sino de ejercer en él mi dominación, antigua como siempre, a pesar de todas las Cortes del mundo.
PENSADOR: Me admiran las esperanzas de usted y quisiera saber en qué se funda.
DON ANTONIO: Pues oiga usted. ¿De dónde han de venir los diputados a Cortes que han de hacer las leyes y los jefes y autoridades que las han de hacer cumplir?
PENSADOR: ¿Cómo de dónde? Del imperio mexicano.
DON ANTONIO: ¡Ah bien! ¿Conque no han de venir del cielo? ¿No han de ser angelitos, sino que precisamente han de ser hombres?
PENSADOR: Eso es una sandez el preguntarlo.
DON ANTONIO: Pues cate usted ahí el fundamento de todos mis consuelos y esperanzas. Si los diputados y superiores han de ser hombres, han de tener pasiones; si tienen pasiones, estarán propensos a errar; si tienen tal propensión, será imposible que no yerren; y si yerran, ya me tiene usted entronizado, pues seré el mismo don Antonio como siempre.
PENSADOR: ¿Y si las leyes son pocas, sencillas, claras y tales que le cierren a usted las puertas en los tribunales, qué hará?
DON ANTONIO: ¿Qué importa que las leyes sean buenas, si los que las administran son malos? ¿Acaso todas las leyes de España e Indias fueron malas? ¿No había muchas de ellas benéficas, justísimas e inmejorables? Y sin embargo, ¿no atropellaban con ellas cada rato los jueces y superiores, interpretándolas siniestramente, olvidándolas de propósito y haciendo de las mejores tanto aprecio como de las coplas de Calaínos?(12)
PENSADOR: Con dolor es menester decir que sí.
DON ANTONIO: Pues ahí tiene usted como si ahora sucede lo mismo con los señores jueces y superiores, como de su misericordia esperamos piadosamente, todo se quedará como se estaba, y don Antonio como siempre.
PENSADOR: Pero como ahora los jueces serán íntegros, obrarán conforme a derecho, y no le harán a usted lugar.
DON ANTONIO: Eso es lo que usted cree; mas no lo que yo espero. Unos jueces serán íntegros y obrarán al derecho; mas otros serán interesados, ignorantes, egoístas y perversos, que obrarán al revés, y con éstos don Antonio como siempre.
PENSADOR: Tal vez se harán unas leyes que manden deponer a esos jueces a la primera denuncia justificada, y los limitarán de modo que no les permitan usar de sus bríos.
DON ANTONIO: No hay ley buena de que no se pueda hacer uso majo, y como a los jueces de que hablo no se les esconde esa habilidad, cate usted que no me desampararán, y don Antonio como siempre.
No se engañe usted señor Pensador, no sé de qué le sirven a usted tantos años de reino. Ya sabe usted que yo varío más trajes que Proteo figuras.(13) Tan presto, soy capitán general, como sargento, cabo-escuadra, oidor, alcalde, regidor, subdelegado, provincial, guardián, director, administrador, etcétera, etcétera, etcétera. Siempre obtengo diferentes representaciones y ejercito autoridades diversas, con las que hago lo que quiero bajo la apariencia de la persona que represento. Y así no espere usted que en su patria la balanza de Astrea siempre se maneje con tal integridad por todos que no se incline el fiel hacia donde pese menos la razón. Siempre que haya hombres con autoridad, ha de haber déspotas y, entonces, don Antonio como siempre.
PENSADOR: Es cierto que usted funda bien las esperanzas que tiene de no salir del imperio en toda la vida; pero a lo menos será menor su poder y representación, instaladas las Cortes.
DON ANTONIO: ¿Por qué?
PENSADOR: Porque lo primero de que se tratará, será de proteger la libertad de la imprenta y ya verá usted que los escritores son enemigos de los déspotas, y rigorosos celadores de la observancia de las leyes; por lo que usted debe temer a la libertad de la imprenta más que a un ejército de soldados valientes. Ya ha visto usted que lo que no hicieron las armas en diez años, lo consiguió la imprenta en uno, ilustrando al pueblo en sus derechos y logrando de esta manera nuestra deseada Independencia.
DON ANTONIO: Yo temería desde luego la libertad de la imprenta, pues en efecto es terrible[mente] contraria del despotismo; pero no hay mal que no pueda tener remedio.
PENSADOR: ¿Y qué remedio habrá para que los escritores no persigan a usted?
DON ANTONIO: Perseguidos yo a ellos.
PENSADOR: La ley los favorecerá.
DON ANTONIO: Se interpretará la ley.
PENSADOR: Ellos reclamarán su genuino y literal sentido.
DON ANTONIO: No se les hará aprecio.
PENSADOR: Se quejarán.
DON ANTONIO: ¿A quiénes?
PENSADOR: A los jueces superiores.
DON ANTONIO: Yo estaré con ellos.
PENSADOR: Los escritores no cesarán de hablar.
DON ANTONIO: Se pondrán en la cárcel.
PENSADOR: ¿Sin justa causa?
DON ANTONIO: A esto responderé con Segismundo en la comedia de La vida es sueño:
Nada me parece justo
en siendo contra mi gusto.(14)
Y así, aunque hablen divinidades, en siendo contra mí, los acusaré desediciosos, subversivos, herejes, injuriosos, calumniosos y cuanto yo quisiere. En este caso, si no se defienden, los podriré en las prisiones, y si saben defenderse, los despacharé a Cóporo,(15) a Acapulco,(16) Chapala,(17)Barrabás(18) u otra parte, el fin será alejarlos de aquí para que no me malquisten con el pueblo.
Usted, no se canse, yo he de ser el mismo, pésele a quien le pesare, y usted lo ha de ver con sus ojos.
PENSADOR: Instaladas las Cortes, no lo creo.
DON ANTONIO: Pues búsqueme entonces y me hallará.
PENSADOR: ¿En dónde?
DON ANTONIO: No puedo señalar casa porque he de tener muchas; pero tenga usted cuidado de ver los proveídos(19) de los memoriales,(20) y en donde vea aquellos antiguos decretos que sólo se fundan en la voluntad del juez sin dar razón, sino el sic volo, sic jubeo,(21) como no ha lugar, estése a lo mandado, no puede accederse a esta solicitud, etcétera, etcétera, allí vivo yo seguramente. Solicíteme usted, que no dejará de hallarme.
PENSADOR: ¡Ojalá y nunca encuentre a usted! Aténgome a que la libertad de la imprenta velará sobre la conducta de usted.
DON ANTONIO: Y yo me atengo a que no sólo no permitiré que protejan a los escritores, que se propaguen las luces ni se premien a los sabios, sino que coartaré la libertad de la imprenta y perseguiré a los escritores hasta hacerlos enmudecer. Ya usted me tiene bien experimentado.
PENSADOR: Si todos los escritores tienen el carácter que yo, sufrirán las persecuciones de usted, pero al compás de sus cadenas cantarán siempre en honor de la patria:
Muera Don Antonio el mismo;
guerra a la arbitrariedad;
pues habiendo despotismo,
no puede haber libertad.
DON ANTONIO: Está bien, el tiempo decidirá mi suerte y mientras tanto, a Dios.
PENSADOR: A Dios.
(1) México, Imprenta (contraria al despotismo) de D. J. M. Benavente y Socios, 1821.
(2) don Antonio. Cf. nota 2 a Consejos a don Antonio...
(3) Cortes. Cf. nota 18 a Cincuenta preguntas...
(4) Versos de un Soneto de Garcilaso de la Vega, que Cervantes pone en boca de don Quijote cuando llega a la casa de El Caballero del Verde Gabán (Segunda parte de El Ingenioso. Hidalgo. Don Quijote de la Mancha, cap. XVIII).
(5) "El varón sabio siempre se conforma con su suerte, aunque sea la más adversa." Fernández de Lizardi tradujo esta frase en Pescozón de El Pensador al Ciudadano Censar, folleto de 1820. Obras X, op. cit., p. 300.
(6) moco de pavo. Frase jocosa, con que se da a entender a otro la estimación de alguna cosa considerada como despreciable.
(8) Moctezuma. Cf. nota 5 a El Pensador Mexicano al excelentísimo.
(9) Cortés. Cf. notas 26 y d a Chamorro y Dominiquín... independencia., y la nota 50 a Chamorro y Dominiquín. Segundo diálogo...
(10) no pega. Al parecer este modismo se originó en la República Mexicana debido a un sermón que el doctor José Mariano Beristáin y Souza predicó en la Catedral de México: el 30 de septiembre de 1812 hizo grandes elogios de la Constitución liberal, que entonces se había jurado, y que en un arranque de elocuencia llamó "libro sagrado". Al enterarse dos años más tarde, que el rey se había negado a jurarla, en la misma Catedral Beristáin pronunció otro sermón, desdiciéndose del anterior: "No pegó el arbitrio tomado por los liberales para destruir el trono y el altar dictando la Constitución." La frase "no pegó" dio lugar a un pasquín dirigido a Beristáin, y con el tiempo llegó a ser coloquial.
(11) ni por pienso. Frase con que se pondera que una cosa ha estado tan lejos de suceder o ejecutarse, que ni aun se ha ofrecido soñando. También se utiliza en lugar de ni por sueños.
(12) coplas de Calaínos. Frase proverbial que se usa para designar algún discurso impertinente, vano o inútil. Calaínos es un personaje de un romance antiguo de caballería, "moro de nación", "señor de los Montes Claros y de Constantino la Llana." Se le supone amante de una hija de Almanzor, conocida como "la infanta de Sevilla", que vivía en Zaragoza, y que le mandó ir a París a desafiar y cortar las cabezas a tres de los famosos Pares de Francia: Oliveros, Roldán y Reynaldo de Montalbán; fue vencido por Roldán, quien lo decapitó.
(13) Proteo. Hombre que cambia de opinión o de partido con frecuencia. Alude a la divinidad marina de la teogonía griega: dios polimorfo por excelencia. La expresión gozó de gran popularidad durante la época de El Pensador Mexicano. Incluso al propio Lizardi se le acusó de veleidoso: "Mi opinión a favor del héroe de Iguala en septiembre de [1]821 fue la misma que en mayo de [1]822, esto es, que fuese emperador. ¡Hola, Pensador! Tú eres un Proteo, un adulador, un necio que te contradices sin respeto al público a quien escribes. Tú has dicho que no quieres monarcas que degeneren en déspotas, que la nación no quiere monarcas, y que el gobierno republicano es el mejor que nos conviene. Esto has escrito de tu puño y has persuadido con vehemencia ¿pues cómo ahora piensas de otro modo? Es necesario ser un Proteo para variar tantos aspectos. Así tal vez se explicarán algunos contra mí, y es menester satisfacerlos." El Amigo de la Paz y de la Patria núm. 1, en Obras V, op. cit., p. 6.
(14) Escena V de la jornada II de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca.
(15) El cerro de Cóporo pertenece al municipio de Zitácuaro, en el estado de Michoacán. Durante la lucha insurgente fue fortificado por Ignacio López Rayón, para resistir al ejército realista en junio de 1814.
(16) Acapulco. Ciudad y puerto en el estado de Guerrero. En 1778 adquirió el derecho exclusivo de comercio de España con las Indias Orientales. El Acapulco original fue devastado por la guerra de independencia y por los terremotos.
(17) Chapala. Población situada en el estado de Jalisco, en la ribera norte del lago del mismo nombre; éste tuvo gran importancia durante la guerra de independencia: en su isla de Mezcala, el presbítero Marcos Castellanos, ayudado por Encarnación Rosas y José Santa Anna (que fue gobernador de la isla), opusieron resistencia al ejército realista. Después de cruentas luchas y cuantiosas pérdidas, José de la Cruz logró apoderarse de ella.
(18) despachar a Barrabás. Expresión que equivale a mandar al diablo: despedir o rechazar a alguien de mala manera o con sumo disgusto.
(19) proveído. Auto, acuerdo, resolución judicial.
(20) memorial. Papel o escrito en que se pide una merced o gracia, alegando los méritos o motivos en que se funda la solicitud.
(21) Hoc volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas. Es el verso 222 de la sátira VI de Juvenal, que se convirtió en fórmula del despotismo: lo quiero, así lo mando; sirva mi voluntad de razón.