Fábula II
LA ROSA Y LA AMAPOLA
Una Amapola ufana
a una Rosa decía:
—Mírame qué lozana
me ostento, prima mía.
A todos soy amable,
a todos suave, a todos muy tratable;
y no tú, que, aunque bella,
arrogante y pulida,
aunque del campo estrella,
te ostentas presumida
y, esquiva cuanto hermosa,
te resistes a todos espinosa.
Un muchacho maldito
a este tiempo llegó.
Provoca su apetito
la Rosa; mas se halló
burlado, pues se espina,
y al cogerla la suelta y desatina.
Pero ya recobrado
de aquel primer susto,
mira más sosegado
todo el jardín con gusto.
Ve fácil la Amapola,
la coge, la deshoja y diz: —Mamola.
Esta infeliz se queja
en idioma de flores;
mas una y otra oreja
tapó con sus olores
la Rosa; entonces fría
y con voz socarrona la decía:
—Prima, si tú te vieras
de espinas bien cercada,
si recatada fueras,
no te vieras burlada,
no sólo de un muchacho,
sino del necio indigno populacho.
Sábete que las rosas
más bellas y fragantes,
las más lindas y hermosas,
se preservan constantes
del libre mentecato
sólo con sus espinas y recato.
Esto parece cuento;
mas sin duda aseguro
que habló con gran talento
la Rosa, y aun lo juro,
esto es, a las doncellas,
que tienen un lugar entre las bellas.
