Fábula IX

LA POLILLA CON ALAS

 

¿Quién creerá que la Polilla

tuviera su vanidad?

Pues ello es que fue verdad.

Dígalo la fabulilla.

Una hormiga, o sea el gusano

que la madera taladra,

una vida muy tranquila

dentro una puerta gozaba.

Allí nadie la afligía,

ningún insecto la daña,

y aunque no tiene opulencia,

no sabe lo que son ansias.

No disfruta las delicias

que a los ricos empalagan,

pero tampoco padece

las penas que los asaltan.

Mas como a su suerte todos

hacen, tal vez, mala cara,

se cansó doña Polilla

de su fortuna mediana.

—¿Qué me falta, se decía,

para disfrutar más alta

fortuna que la que tengo?

¡Ah! seguramente nada.

Si recorro mis principios,

veo ser de una ilustre casa

(decía bien, que era de un duque

la que ella apolillaba).

Si acuerdo mi habilidad,

mis primores y mis gracias,

hasta hoy, ¿qué insecto es capaz

de disputarme la palma?

¡Qué digo insecto! Los hombres

que de saber tanto jactan,

no es posible que una puerta

destruyan con tanta gracia,

que taladren con tal tino

ni enhuequen con tanta maña

como yo, que en dos por tres

hago la madera rajas.

Si mi virtud rememoro,

mi retiro, mi templanza

y otras prendas, considero

que en ellas nadie me iguala,

et caetera, que parece

muy mal la propia alabanza.

Yo lo sé, nadie lo ignora

de los vivos, y esto basta.

¿Pues por qué no he de tener

muy fundadas esperanzas

de que Júpiter escuche

con atención mis plegarias?

Así pues, Júpiter alto,

oye benigno mis ansias,

muda mi suerte y dispón

que de esta madera salga.

Yo no te pido imposibles

ni cosas desatinadas.

Mi súplica se reduce

a que me des un par de alas.

Este dón has concedido

a cualquiera musaraña;

pues para lograrlo yo,

¿qué es, Padre, lo que me falta?

El caballito del diablo

es sabandija endiablada,

y vuela por esos aires

como la mejor calandria;

¿pues por qué no he de volar,

¡oh, Padre de mis entrañas!

yo también, pues soy mejor

que ésa y otras cucarachas?

Júpiter hizo del sordo

a una petición tan vana;

pero la necia Polilla

en su pretensión porfiaba,

y tanto, que si pudiera,

también novenas rezara,

hiciera votos a miles

y tal vez peregrinara.

Enfadóse el gran Tonante,

y díjola: —Noramala.

¿Ignoras, vil insectillo,

que me pides tu desgracia,

y que yo, por un efecto

de mi bondad extremada,

preveo tu mal y te niego

lo que pides con tanta ansia?

Nada bastó: la Polilla

machaca que más machaca,

constantemente pedía

que se le dieran las alas.

Tanto hizo, tanto rogó,

que al fin Júpiter se enfada

y accede a su petición

sólo para castigarla.

Al punto que la Polilla

llegó a verse habilitada

de sus alitas, marchó

a volar fuera de casa.

Mas apenas se apartó

de su nido cuatro varas,

cuando dos o tres muchachos

a sombrerazos la atrapan.

Volar quiso, mas no pudo;

cayó al suelo ya sin alas,

do los muchachos la cogen,

juegan con ella y la matan.

 

¡Oh, cuántas veces los hombres

sudan, se empeñan y afanan

para salir de su esfera,

y así buscan su desgracia!