Fábula XX
LA PALOMA CELOSA
Un Palomo bebía
alegre en un arroyo cristalino.
Su Paloma lo vía
desde la copa de un frondoso encino,
porque ya días andaba recelosa
y lo acechaba oculta y cuidadosa.
Mas quiso serlo tanto,
que la necia, engañada por sus ojos
llenos de amargo llanto,
vido con celos mil y mil enojos
que su querido con amor besaba
a una Paloma que en el agua estaba.
Pero en el mismo instante,
del alto encino la atalaya deja.
Vuela do está su amante,
le reconviene triste y se le queja.
El Palomo, confuso y aturdido,
la jura que la es fiel ni la ha ofendido.
—Oye —dice a su amada—,
es mi figura la rival temida
que viste retratada
en el arroyo. ¿Crees que sumergida
Paloma alguna en él vivir pudiera?
Depón tu desconfianza, que es quimera.
—¿Quimera? ¡Voto a Cristo!
—responde la Paloma envuelta en ira—.
¡Quimera lo que he visto!...
Dijo, y desesperada se retira,
perseguida por doquiera de su celo,
y al fin pierde la vida sin consuelo.
Mujeres desdichadas
que os dejáis dominar de un celo necio:
sed más consideradas;
no hagáis de las sospechas tanto aprecio,
que el celo que no rige la prudencia
pinta una realidad de una apariencia.
